Capítulo 33 – Sospechosos muy habituales 313
El calor caía sobre Nueva Gades como una maldición bíblica, pese a que solamente eran las nueve de la mañana. El aire que entraba por las ventanillas abiertas del Dacia Logan no refrescaba, sino que empapaba. Era como poner un ventilador delante de un horno industrial.
Brais tenía el codo apoyado en la ventanilla.
No quiso verbalizarlo, pero recordó los momentos en los que a esa pose chulesca de poli de peli le acompañaba un cigarro encendido y humeante.
Una imagen idílica. Otra vez más, y ya eran muchas, en los últimos días, suspiró por su anhelo a las hebras de tabaco.
A su lado, Perico, que revisaba por cuarta vez una libreta llena de anotaciones, lo miró un momento, extrañado por esa absorción de aire tan forzada que hacía su colega, antes de seguir a lo suyo.
—¿Estás apuntando algo importante? —preguntó Brais, después de recuperar el resuello y algo de compostura.
—Los sitios a los que he seguido a Róvalo y el tiempo que he estado.
Ya sabes, me gusta anotar. También le he dicho al poeta, como le toca ahora el turno de seguimiento, que haga lo mismo.
Para tenerlo todo atado y bien atado —añadió con un guiño—.
Ahora en comisaría quiero aprovechar para echarme una horita a descansar la vista, tío.
Estoy que me caigo. Después sigo con lo de las órdenes que faltan, lo de Lozano y, sobre todo, con lo del lapislázuli.
Le meteré presión a la científica. —Ahora fue Perico el que suspiró, pero de puro agotamiento—. Tenemos tantos frentes abiertos.
—Vale. Me parece bien.
La conducción era lo bastante monótona para meditar en silencio sobre el caso. Y es lo que estaba haciendo Brais hasta que su colega volvió a hablar.
—Pero antes voy a decir una cosa impopular —dijo de pronto el subinspector mirando con intensidad a Brais.
—No, déjalo mejor —replicó Brais con displicencia.
—Todavía no la he dicho.
—Da igual. Te conozco.
—Pues la voy a decir igual.
Brais suspiró y miró al techo de su coche.
—Tú ganas, tío malaje.
—Creo que estamos haciendo una gilipollez.
Brais sonrió.
—Eso ya es más tranquilizador.
—¿Por qué?
—Porque cuando tú crees que hacemos una gilipollez normalmente acabamos acertando.
Perico negó con la cabeza.
—No, en serio. Me refiero a lo de Camila.
Brais dejó un cigarro imaginario en el cenicero del coche, que aún contenía las pruebas de antiguas (o no tanto) pavesas.
—¿Qué pasa con Camila? —preguntó con el semblante arrugado.
—Que seguimos sin encontrarla.
—Ya. Para eso estamos haciendo el seguimiento de Róvalo.
—Pero nadie sabe dónde está. Y no creo que él nos vaya a llevar a su paradero. Más que nada porque me da a mí que tampoco tienen ni puta idea.
—Ya. Aunque es lo único que podemos hacer. Seguirlo. Estar cerca por si logra, él o los suyos, dar con ella… No sé —dijo antes de quedarse callado de nuevo.
—Y que tú llevas dos días diciendo que es urgente este caso porque la muchacha salvadoreña está en peligro, pero luego te comportas a ratos con una pachorra… No sé yo —terminó Perico.
Brais se quedó mirando el puerto.
—Porque sé algo.
—¿Qué?
—Que está viva.
Perico resopló y su interés en lo que Brais decía empezó a caer en picado.
—Eso no es saber algo. Eso es una corazonada.
—Sí y no.
—¿No?
—No.
Brais se giró despacio.
—Una corazonada es pensar algo porque sí. Yo pienso que está viva porque alguien lleva una semana intentando encontrarla desesperadamente. Y porque llamó a su madre. —Brais hizo una pausa para coger aire; un aire que soltó en forma de suspiro—. Y porque no hemos encontrado un cadáver.
Perico guardó silencio. Era verdad. Primero las llamadas al crucero.
Después los movimientos extraños del consignatario.
Luego los dos tipos que aparecieron buscando información.
Y por último la visita al barco tras la noticia publicada por Luis Aguirre.
Demasiada gente preocupada por una mujer desaparecida.
Y la preocupación continuaba, lo cual en el fondo era muy buena señal.
—Si estuviera muerta —continuó Brais— no habría tanta prisa.
—Eso pensé yo también. Aunque podrían haberla cogido después de que llamara a su madre.
—Pienso que no. Entonces no seguirían detrás suya.
Perico se inclinó hacia él.
—¿Dónde coño está?
Brais sonrió. Una sonrisa hueca, vana y definitivamente algo triste.
—Eso quiero averiguar. No lo sé —Brais soltó un nuevo suspiro que reflejaba la realidad de su desesperación pese a todo—.
Aunque yo apostaría que está escondida en Cádiz.
Y más concretamente en Nueva Gades. Nos falta afinar un poco.
Tengo pensado hacer rondas por los alrededores del muelle y la conservera cuando no me toque seguir a Róvalo.
Al fin y al cabo las llamadas de Camila venían de las cercanías y es el sitio que mejor conoce.
—Una aguja en un pajar —comentó Perico—. ¿Y cuándo piensas descansar, picha mía?
—Cuando no me des el coñazo.
—Eres desesperante.
—Lo sé.
El teléfono de Perico vibró justo cuando pasaban por delante del paseo de Canalejas. El subinspector miró la pantalla y soltó un taco.
—La madre de Camila.
Brais levantó las cejas y dirigió sus ojos al teléfono de su compañero.
—¿Ella otra vez?
—Sí.
Perico activo el manos libres de su móvil y contestó de seguido.
—¿Diga?
La mujer sonaba agotada. Habían hablado tres veces durante los últimos días. Cada conversación era peor que la anterior. La angustia iba ganando terreno, lo cual se sostenía en una lógica aplastante dadas las circunstancias.
—Inspector… —empezó la mujer suspirando nada más empezar.
—Subinspector Vélez al habla. Diga señora.
—No sé si hago bien llamando...
—¿Ha pasado algo?
—No. —Silencio—. Solo quería saber si hay noticias.
Brais cerró los ojos. Era una pregunta sencilla. Y también imposible de contestar con sinceridad si no querían matar en vida a la señora.
—Todavía no. Pero estamos en ello.
La mujer tardó varios segundos en responder y cuando lo hizo no fue aflicción ni tristeza lo que rezumaban sus palabras. Al contrario, era más bien una mezcla de esperanza y terror.
—Mi hija está viva. Lo sé.
No era una pregunta. Era una afirmación. Una necesidad. Brais tragó saliva.
—Eso creemos nosotros también —señaló Perico con su habitual empatía.
—No, no. Sé que está viva. He recibido dos nuevas llamadas de ella. Una ayer y otra hoy, hace un rato.
—Soy el inspector jefe López —se presentó Brais tras aparcar en la parada del autobús número uno— y me encargo junto con el subinspector del caso de su hija. ¿Quién la llamaba?
—Era ella. Camila —dijo tajante la mujer.
—¿Y qué le dijo? ¿Dónde está?
—No me dijo nada.
—¿Cómo?
—Que colgó cuando yo contesté. Las dos veces.
—¿Y cómo sabe que era su hija? —intervino Perico.
—Porque eran dos números de teléfono con prefijo de ahí, de España.
—¿Qué prefijo?
—Nueve cinco seis —respondió la señora con seguridad absoluta—. Cádiz.
Ambos policías estaban haciendo cábalas. Cada uno por su cuenta, sin hablar, sin emitir sonido alguno. Ni siquiera el escandaloso claxon del autobús que no podía acercarse a la parada por culpa del Dacia Logan de Brais consiguió traerlos de vuelta a la realidad.
La mujer había facilitado los números en cuestión. Perico tomó nota e inmediatamente, una vez finalizada la comunicación con la madre de Camila, telefoneó a Garrido para pedirle que buscara el origen de ambos teléfonos y así conocer su ubicación exacta.
Tras todo aquello, Brais estaba preparado para arrancar de nuevo el coche. Sin embargo, una nueva llamada se lo impidió.
—Ahora es Vanesa. No me deja tranquilo con lo de los robos.
Brais contestó con la mano todavía en la caja de cambios. Todo parecía normal a ojos de Perico, hasta que su amigo cambió el rictus, colgó y metió primera a toda leche.
—¿Tienes mucho sueño? —le espetó al subinspector Vélez mientras miraba al retrovisor para incorporarse a la vía, cerca de la Plaza España, en dirección a la Punta de San Felipe y, por ende, a Nueva Gades.
—¿Tú qué crees, cojones? ¿Por? ¿Qué te ha dicho Vane? —se atrevió a preguntar Perico, aunque enseguida se dio cuenta de su error.
—Vamos a llevar de excursión a Lozano, nuestro estibador favorito.
—Miedo me das. ¿Una excursión? Venga, explícate, pichurra, que cuando te quieres poner críptico te pones más insoportable de la cuenta, con esa cara que tienes.
—Nos lo llevamos a la comisaría. A interrogarlo como presunto delincuente.
—¿Por el asesinato de María, no? ¿Qué te ha contado Vanesa, joder? —pidió Perico harto ya de rodeos.
—Te acuerdas de la web de citas donde estaban María y Camila inscritas.
—Sí, claro. Me sé casi de memoria el expediente del caso. ¿Me vas a decir algo que no controle? —insistió de nuevo con una impaciencia que crecía exponencialmente.
—Pues nuestro amigo, el “Gordo” Lozano, forma parte de sus beneficiarios. Vanesa ha encontrado dos nombres que se repiten una vez tiró de los hilos de las cuentas bancarias de la sociedad. Dice que ha tenido que meterse en la deep web y luego preguntar a una amiga hacker.
—¿”Dip güé”? Bueno, da igual, cosas de colgados de la informática —dijo a toda velocidad el subinspector—. Entiendo que Lozano es uno de ellos.
—¡Bingo!
—Pues nada, vamos a por él. Ya echaré una cabezadita en tu despacho cuando terminemos.
—Por supuesto… ¿Pero no vas a preguntar por el otro?
—¿Qué otro…? —frenó su pregunta cuando se dio cuenta—. Ah, vale, verdad. Dijiste que eran dos. Sorpréndeme —pidió a desgana.
—No te lo vas a creer.
—Joder, Brais. Dale ya, que me quedo sopa.
—Nuestro amigo, el capitán más empanado del globo: Don Augusto Delonghi.
—¡Anda ya! Si es un… un… Un atontao.
—Sorpresas te da la vida —dijo Brais encogiéndose de hombros con las manos sobre el volante.
—¿Y a por el capitán no vamos?
—Tenemos que elegir. Así que ahora vamos a que nos cuente Vanesa los detalles y después, a por Lozano. Estoy barruntando una idea en la que puede valernos el estibador. —La expresión de Brais era de confianza absoluta. Y eso es lo que más aterrorizó a Perico.
—Siento ser tan repetitivo, pichita mía, pero miedo me das.
—Gracias. Yo también te quiero.
Brais, mientras conducía miraba al horizonte que formaban los edificios y demás estructuras de Nueva Gades a medida que se acercaba a él.
No conducía un Tesla para poder hacerlo en modo piloto automático, pero la realidad era que ni le gustaba esa marca en absoluto y que era capaz de que sus miembros dirigieran su viejo coche mientras él ponía en orden los pasos de un plan que empezaba a tomar forma en su cabeza.