Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 32 – Allanamiento de morada 308
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Capítulo 32 – Allanamiento de morada 308

El plan era sencillo. Demasiado sencillo.

Perico, que finalmente y a regañadientes aceptó participar en el “operativo” oficioso, se encargó de citar al consignatario y a su mujer en la comisaría de Nueva Gades.

Una excusa formal que no podría rechazar.

Para rendir sus defensas, le garantizaría que no habría nadie ajeno en la entrevista que pudiera reportar a los medios su presencia en la comisaría.

Sabían que, en su posición de empresario de renombre y persona de reputación, más publicidad relacionada con la policía le llevaría a rechazar cualquier citación no obligatoria, derivándola de inmediato a su equipo de abogados de “Champions League”.

Mientras tanto, Beli entraba, a eso de las ocho y diez de la tarde, en el domicilio de Róvalo y familia haciendo uso de sus más que evidentes capacidades y aptitudes para con las cerraduras.

Fue conminado, antes de proceder al allanamiento, a vaciar su vejiga con carácter previo para no repetir situaciones arriesgadas como lo sucedido en casa de Lorena.

—Estoy de la próstata, pero no soy gilipollas —le soltó Beli, indignado en los preparatorios.

Brais, por su parte, se dedicaría a lo suyo: vigilar.

Y si algo salía mal… Bueno. Intentarían improvisar.

Como hacía siempre, en su trabajo y en su vida.

Esta vez, la conciencia le remordía, pese a que había aleccionado férreamente a Beli de que se limitara a los trajes, y a pesar de que había justificado que aquello lo hacía única y exclusivamente para proteger a Camila y que solo se trataba de una confirmación previa antes de ir a por el culpable con todas las de la ley.

Aún así, Perico refunfuñó por triplicado para dejar clara su postura:

—Solo espero no tener que escupirte un “te lo dije” cuando te visite en el trullo, pichita.

Una vez metidos en faena, lo que no anticiparon fue la alarma. Ni la empresa de seguridad que ello conlleva. Ni los dos policías que aparecieron apenas unos minutos después del momento de la evasión.

Brais, en su papel del inspector de policía más borde de Nueva Gades, tuvo que salir al paso.

Con camisa de cuadros en lugar de camiseta heavy, con vaqueros en vez de pantalones pitillo negro y gorra de beisbol y gafas de sol sustituyendo a su sempiterna chupa de cuero.

Brais iba disfrazado de ciudadano normal y estaba casi irreconocible.

Algo que le resultaba muchísimo más ridículo que ponerse uniforme.

—Policía Nacional —les espetó a los agentes con su mejor cara de mala hostia reconcentrada.

Mostró la placa para acreditar su pertenencia a los “buenos”. Los agentes lo reconocieron a medias.

Y mientras todos discutían sobre sensores, movimientos sospechosos y protocolos de conexión a alarmas, Beli pudo salir tranquilamente, ajeno al peligro que hubiera tirado por la borda su libertad y el sueldo de Brais de los próximos años.

Cuando por fin volvieron a encontrarse, Brais estaba blanco.

—¿Te has vuelto loco?

—¡Aguanta el genio, picha! —le respondió su amigo con las palmas de ambas manos enfrentadas a Brais—. ¿Qué te pasa?

—¡Había alarma, co-cojones, Be-beli! —tartamudeó Brais, alterado y fuera de sí—. Han ve-venido dos agentes y un ti-tipo de la empresa de se-seguridad. Tenías que haber abortado la misión o, por lo menos, haberme avisado pa-pa-para… Yo qué sé, joder.

—Sabía que tú estarías alerta y me protegerías. De chicos también hacíamos buen equipo cuando se metían contigo. Tú te ponías a correr con tus patas largas y yo le daba un buen cate preventivo a quién te quería meter.

—Ofú —protestó de nuevo Brais a medio suspirar—. ¡Que había alarma! Que to-todo esto po-podía…

—También había diferencial, chaval.

—¿Qué? —preguntó Brais desconcertado y pestañeando a cien por hora.

—Que lo bajé. El diferencial de la electricidad —precisó Beli—, y el peligro se fue a otro ladito.

—Pues a la vista está que no fue así. Porque eso no significa...

—Sí significa. Créeme. Tengo experiencia en estas cosas, aunque no me vanaglorie más de la cuenta. Esos habrán venido porque alguien avisaría o vete tú a saber —se justificó despreocupado.

Brais, indignado, negaba con la cabeza sin parar. No se lo podía creer.

—Pero que cortes la luz no siempre supone que se corte la alarma. Si estás tan enterado, ya lo debes saber.

—En esa marca de alarmas sí —afirmó Beli, henchido como un palomo ligando en una convención de palomas receptivas.

—Eres mu listo, Beli, pero… ¿Y las cámaras qué? ¿Y si había?

—La mayoría no llevan batería —contestó sobrado— Estas no llevan. Se vuelven tontas unos segundos después de cortar la electricidad.

—Joder. ¡Eres un creído, cojones! ¿Cómo sabes eso al cien por cien?

—Porque sé cosas. La experiencia es un grado, que diría mi abuelo.

—Eso no es una explicación.

—Para mí sí.

Brais se llevó una mano a la cara. Se estaba poniendo rojo e iracundo y no sabía si era porque todavía recordaba lo cerca que estuvieron de cagarla con todo el equipo hacía un rato o porque discutir con su colega de la infancia era como darse cabezazos contra un muro.

Pero en el último momento, viendo la beatifica expresión de Beli, decidió tirar de una gracieta e ironía, todo en uno.

—Espero que no tengan una cámara para gatos como la de Lorena.

Beli soltó una carcajada que interrumpió y sustituyó rápidamente por un semblante serio y solemne. Mantenía una mueca que no encajaba con lo que continuó diciendo después.

—Eso fue muy bueno. Me pillaron con las manos en la masa. Pero un fallo lo tiene cualquiera, hasta yo —dijo elevando el moflete derecho en una expresión de arrogancia máxima.

—No tuvo ninguna gracia y lo sabes.

—Lo tuyo nunca fue el humor, Brais, por más que vayas vestido siempre de negro como Eugenio. Aunque te falta el cigarro.

—Ve-vete al ca-carajo. Sabes que lo estoy de-dejando.

—Casi desde que te conozco, siempre lo estás dejando. Y sigues tartamudeando cuando alguien te dice algo de eso.

Entonces, antes del contraataque de Brais, Beli sacó una pequeña bolsita transparente con cierre zip. Dentro había diminutos fragmentos azules. Tejido. Muy poco.

—¿Es eso lo que yo creo? —dijo Brais lanzando sus manos hacia la bolsa y agarrándola ansioso.

—Tus trajes. Había dos azules —respondió altanero.

—¿Esto es de-de los dos?

—Ome, por favor. Que soy un profesional. La duda ofende.

—¿Seguro?

—Que sí, chaval. Tenía como veinte trajes de chaqueta el colega, pero solo esos dos eran azules.

Brais observó los fragmentos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal.

Tembló. Esperaba… No. Ansiaba —esa era la palabra— que la investigación se enderezara de una vez y le ofreciese un candidato definitivo a pasar unos cuantos años fuera de la sociedad.

Porque, lo tenía claro, el que había matado a María y perseguía a Camila, fuese quien fuese, no merecía compartir mundo con el resto de gente buena.

- o -

Una hora más tarde estaban reunidos en la comisaría con Perico.

Brais le preguntó y este, serio y taciturno como la estatua de un estadista que quiere pasar a la posteridad, se limitó a responder que había cumplido su parte.

Había entretenido, cual artista circense, a José Félix Róvalo y a su esposa.

Como era de esperar, estos no se mostraron felices ni mucho menos.

El subinspector Vélez contestaba lacónico a todas las cuestiones que planteaba su amigo y superior.

Y eso le valía a Brais para saber que había algo más. Siempre lo había. Mala señal.

—¿Qué pasa, Perico?

—El consignatario.

—¿Róvalo? ¿Qué pasa con él?

—Se va. Me lo dijo como quien no quiere la cosa después de que le llamaran de la central de alarmas para decirle que había habido un corte de electricidad.

—Puñetero Beli.

—¿Qué pasa, cojones? —preguntó el subinspector Vélez apretando la nariz.

—Nada, nada —respondió Brais—. Dime. ¿A dónde se iba Róvalo? A su casa, ¿no?

—A Cabo Verde más bien. Por negocios. Cosas de barcos, contenedores y mierdas de esas.

Perico se quedó expectante. Aguardaba la reacción inmediata de Brais. Sin embargo, en contra de la previsión del subinspector, este se quedó callado procesando la información con los ojos entrecerrados.

—¿Cuándo? —dijo al fin.

—Mañana.

—¿Cuánto tiempo?

—Cuatro días.

Brais apretó los dientes.

—Me cago en mi puta cama —dijo Brais mesándose su cada vez más poblada barba—. Voy a hablar con el juez. Este se quiere quitar del medio. Y no me extrañaría que hiciera algo con Camila antes de irse.

—Ya me he adelantado yo. La secretaría judicial del instructor es amiga mía. La he llamado y me dice que el juez no ve motivos suficientes para quitarle el pasaporte.

—Claro que no, joder. Si solamente se va a escapar a un país sin convenio de extradición un sospechoso de asesinato —ironizó.

—Todo es circunstancial. Esa es su conclusión —explicó Perico a la par que levantaba los hombros.

Brais miró los fragmentos de tela. Luego a Perico. Luego a Beli. Y después a la pared. Durante varios segundos nadie habló.

Finalmente dijo:

—Vigilancia.

—¿Qué?

—Veinticuatro horas.

—¿Quién?

—Todos.

—¿Todos? Si estamos en cuadro. Lo único es que Agustín nos traiga refuerzos de la comisaría provincial.

—No quiero que Agustín lo sepa. No puede ser que algún ricachón meta presión y se levante la liebre para que el consignatario de los huevos salga huyendo de verdad.

—¿Entonces?

—Mientras que se confirma la procedencia de los trajes de Róvalo y que lleva lapislázuli, nos vamos turnando tú, yo, Vanesa.

—¿El poeta?

—También. Es cumplidor y le debo una.

—¿Ein? —Perico puso cara de guiri al que hablan en gaditano profundo y veloz—. Le tienes cariño —añadió tras volver a su rictus habitual.

—Muchísimo.

—No se nota.

—Eso es porque soy gallego honorario.

Beli sonrió. Perico negó con la cabeza. Y Brais volvió a mirar los fragmentos azules.

Si la científica confirmaba lapislázuli, tendrían algo sólido.

Por primera vez. Algo que no fuera pura y simple intuición.

Algo que no fuera humo que se lleva el viento.

Algo que quizás impidiera que José Félix Róvalo subiera a un avión y desapareciera durante cuatro días.

O para siempre. Y en Nueva Gades, cuando alguien poderoso empezaba a huir, casi nunca era una buena señal.