Capítulo 31 – Sastres y desastres 299 #2
—Creo que sé a qué se dedica —dijo Brais ante la cara de sorpresa de Perico, que lo miró frunciendo el ceño.
—Una sociedad relacionada con contenedores —indicó la agente en prácticas.
—Vale. ¿Puedes mirar el teléfono?
—Aquí delante lo tengo.
—¿Puedes cotejarlo en alguna base de datos de esas que tú manejas tan bien, Vanesa?
—Umm… Claro. Ahora mismo.
Vanesa tardó unos segundos.
—Es un teléfono de Transfélix S.L.
Brais cerró los ojos.
—Claro.
—Róvalo, el dueño de la consignataria, me cago en su cama —dijo Perico tratando de imitar esa particular forma de quejarse al atar los cabos que Brais había puesto en bandeja—. Un día me tienes que explicar cómo te coscas de esas cosas.
—Por eso soy inspector y tú sub —bromeó—. Lo importante es que ya encaja —añadió Brais. Pero no estaba contento. Ni mucho menos.
—Sí, ya encaja todo.
—Casi todo —matizó Brais mirando al horizonte de mar que había tras el paso de peatones en el que habían parado—. Y creo que sé cómo acelerar las cosas. Pero temo por Camila. La están buscando.
—Ya, sí. Casi todo, ya… ¿Y ahora qué? —preguntó Perico, de nuevo confundido.
—Ahora viene la acción, Pedro. Así que conduces tú, que yo tengo que escribir un mensaje —dijo Brais mientras salía del coche tecleando en su móvil.
- o -
Media hora después entraban, otra vez más, por la puerta de la comisaría de distrito de Nueva Gades. Iban a doble velocidad. El subinspector tratando de seguir el ritmo alto que imponía el inspector jefe a duras penas.
Al llegar al patio interior del edificio, Perico, como sagaz agente de la ley, detectó lo que desencajaba en el ambiente policial.
—Mira. Tu colega —señaló.
Allí estaba Beli. Sentado. Con aspecto de no haber hecho nada malo jamás. Lo cual resultaba difícil de creer a la vista de lo sucedido.
—He venido a entregarme, ¿no? Para eso me has llamado —fue lo único que dijo.
Brais se rio. Una carcajada fuerte que se fue desinflando rápidamente en cuanto miró a Beli mejor. Este cargaba con una mirada demasiado triste. La resignación no es agradable de sentir ni de ver en la cara de un amigo.
—No. Vas a redimirte.
Brais le explicó rápidamente. A grandes rasgos, hizo un relato de la investigación sobre la muerte de María y la desaparición de Camila.
Luego habló de que estaban fatal de personal por las vacaciones.
Y terminó refiriéndose a que, tal y como él lo veía, estaban estancados con los medios y la situación que tenían.
De primeras Beli, con la boca abierta, no entendió nada.
Ni Perico tampoco, al menos no del todo, a pesar de que los dos habían escuchado con atención.
—Entonces creéis que el traje puede ser la clave —intervino Beli para que se notara que había puesto interés en la narración.
—Sí.
—Y que está en casa del nota ese. El ricachón de los barcos —añadió sin mucha seguridad.
—Probablemente.
—¿Y por qué no vais? —preguntó finalmente.
—Porque necesitamos una orden. Tardan. Más si cabe cuando es gente de pasta. Y si tardan, la chica desaparecida… —hizo un gesto evidente con la cara—. En fin.
—Pedidla. Y, bueno, dime también qué pinto yo en todo esto. ¿Para qué me cuentas esta historia?
—Básicamente, estamos jodidos —explicó Brais—.
O, más bien, Camila, la muchacha sudamericana desaparecida.
La buscan, de eso estoy convencido. Y tenemos dos opciones, o la encontramos primero a ella o cogemos al capullo que mató a su amiga; que, por otra parte, será el que la anda buscando para quitarla de en medio y que no hable.
Porque está claro también que ella sabe algo.
Beli se quedó pensando. Se tocaba con el dedo índice la tonsura que poco a poco iba amplificándose en el islote de su coronilla. Después, de pronto, sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Ahora lo he pillado, largo —le espetó a Brais—. El traje. Te refieres al traje.
—No me puedo creer que… —intervino Perico al que de repente se le encendió la bombilla que llevaba ya tiempo prendida en la cabeza de Brais.
—Sí, sí. Yo lo hago —dijo Beli con absoluta determinación.
—Brais, cojones, que te la juegas —le advirtió el subinspector.
—Que sí, joé, que sí —exclamó el amigo de la infancia—. Yo no diré nada. Si me pillan, me como el marrón y punto.
—¿Estás seguro? —preguntó Brais, que ahora se daba cuenta de hasta qué punto era peligroso lo que había propuesto—. Beli...
—Solo entro. Miro. Salgo. Y después os cuento. ¿Es eso, no?
Perico observó a ambos. Los miraba de hito en hito, asombrado, incrédulo, estupefacto.
—¿En serio? ¿Estáis colgados, cabrones? —protestó elevando la voz cuando confirmó sus presagios.
—Tú, calla —le confrontó Brais—. Es mi responsabilidad. Solo mía.
—Tú te has vuelto idiota, pichita mía. Tonto del culo.
—Puede.
—No. No puede. Es.
—Puede —repitió Brais, esta vez con una sombra de duda en su semblante. Se mordió los labios y comenzó a negar con la cabeza.
Beli levantó una mano.
—Yo puedo hacerlo, en serio.
—En verdad no quiero ponerte en peligro.
—Llevo años poniéndome en peligro, quillo. Dime cómo, cuándo y dónde y ahí está el tío —dijo Beli muy digno y a pecho descubierto.
—Pedro, ayúdame —continuó Brais rogando con cara de perro pachón—. No encuentro otra manera mejor.
Perico sintió el peso del silencio y el de las miradas de Brais y Beli, que confluían en sus ojos, anhelantes, ansiosas.
La presión parecía que no iba a ser efecto en su opinión.
Unos segundos más y su boca se preparó para contestar con una demostración de evidente economía lingüística y sabiduría popular.
— Po ná —dijo Perico resignado—. Palante. Noniná.