Capítulo 31 – Sastres y desastres 299
Tras un recorrido rápido en coche, llegaron a la comisaría de distrito de Nueva Gades. Fueron directos y sin pausa a buscar a Vanesa, a la que acorralaron, aún presos de las respectivas ansias y adicciones que habían barruntado en el breve viaje.
Perico, todavía en el Dacia Logan de Brais, se había quejado por no hacer escala en el bar de Juaqui.
Soñaba, pese a que eran casi las dos del mediodía, con una tostada de pan de campo untada hasta los topes con manteca colorá, productos todos ellos procedentes de un buen amigo de Juaqui y oriundo de Vejer.
Brais, por su parte, no sentía hambre, pero porque solo podía pensar en fumar.
Una de sus cíclicas crisis. La culpa de ello en esta ocasión era todo el humo de tabaco que se le había quedado pegado en su epitelio olfativo al salir del hospital.
Gente que fumaba con fruición para aliviar el estrés hospitalario, pero a la que Brais envidiaba inconscientemente.
Vanesa, sin sentir agobio alguno pese a la presión de Brais, tardó menos de dos minutos en encontrar las fotografías que necesitaban.
Entre los ruidos de las tripas del subinspector y los suspiros ansiosos del inspector jefe, la agente en prácticas Vanesa Remigio completó con eficiencia su cometido.
Las fotos fueron ampliadas con un programa que manejaba como si ella lo hubiese creado.
Y allí estaba, de etiqueta e impoluto el día en el que fue detenido junto con el estibador “el gordo” Lozano: José Félix Róvalo, el dueño de la consignataria.
Traje azul. Impecable. Pinta de carísimo.
Perico silbó. Brais seguía mirando la pantalla.
—Tenías razón, pero mucha gente lleva azul. Así que no te me obsesiones.
Pero ya era tarde. Porque otra pieza acababa de encajar en el cerebro del inspector jefe Brais López.
—¡Cojones! ¿No lo ves? ¿No lo entiendes? —exclamaba Brais acelerado.
—¿Qué? —preguntó Perico, que con su grito asustó a Vanesa.
—¡El lapislázuli! ¡Me cago en la cama “king size” de todos los ricos del mundo!
—¿Qué pasa con el lapislázuli…? ¡Ah!
—¡Claro! El lapislázuli es azul, subinspector Vélez —aclaró Vanesa.
—Ya lo sé. ¿Qué os pensáis?
—Claro, claro —se burló Brais y prosiguió con su argumento—. La cuestión es: ¿y si no era una joya?
Perico se quedó embobado con la teoría del poli con barba rasposa, pantalones negros estrechos y camiseta reivindicativa del mismo color que tenía ante sí.
—Lo que el inspector jefe López quiere decir —se inmiscuyó Vanesa, poco experta en el terreno escarpado de la ironía— es que, quizás el lapislázuli procedía del traje del señor Róvalo, de manera que…
Perico abrió mucho los ojos.
—¡Que ya he llegado a esa conclusión, coño! —gritó con un enfado impropio de su actitud habitual—. Estaba haciendo una valoración del hallazgo —continuó con un movimiento de la mano y tratando de usar el lenguaje más culto del que era capaz en ese momento de ofuscación transitoria.
—Qué listo es mi nene —tiró Brais de sarcasmo ante la cara de pocos amigos de Perico—. Lo que iba diciendo. Pueden ser trajes de ricachones. Trajes a medida. Trajes que se usan para diferenciarse.
Los dos se quedaron pensando. Vanesa los observaba estupefacta.
—¿Inspector jefe, me pongo a ello? —se dirigió ella a Brais con una sonrisa ávida.
—Sí, Vane —respondió Brais asintiendo con fuerza—. Búscame sastrerías de lujo nivel: "me sobra el dinero y quiero que lo sepa todo el mundo".
Vanesa sonrió.
—Me pongo a ello. Y con otro tema que tengo adelantado y que seguro que vendrá bien —dijo Vanesa con una carga de misterio a la que Brais, pese a un fruncimiento pasajero de ceño, no prestó atención en ese momento.
- o -
Una hora después, Perico y Brais, tanto monta, monta tanto, estaban entrando en una sastrería situada en una calle tranquila del barrio de Los Ángeles, la zona bien de Nueva Gades.
El edificio, uno de muchos con ladrillo visto en la fachada que había por allí, hacía gala de ofrecer a la ciudad uno de los negocios más antiguos: la tienda de confección “Trajes Moral”, heredero, de nombre únicamente, de otro negocio clásico del centro histórico de Cádiz.
Todo olía a cuero y a madera noble dentro del local. Y, por ende, a dinero. Mucho dinero. De eso se percataron Brais y Perico nada más introducirse en la penumbra mortecina de la tienda.
El dueño, orondo y vestido con guayabera azul claro, apareció de la nada como si hubiera estado esperando toda la mañana para vender un traje a un príncipe árabe.
—Buenos días —saludó con voz meliflua y una sonrisa extraña e interesada—. Antonio Galeano para servirle.
—Policía Nacional —contrapuso de inmediato Perico mostrando su placa.
La sonrisa perdió intensidad y su cuerpo dio un respingo que hizo bambolear las carnes del hombre.
—¿En qué puedo ayudarles? —dijo tras recomponerse.
—¿Trabajan con lapislázuli? —soltó Brais sin andarse por las ramas ni por ninguna de las perchas que parecían flotar en el ambiente.
El hombre tardó apenas medio segundo. Demasiado poco.
—Sí –respondió dubitativo mirando de hito en hito a los dos policías—. Es una de nuestras más refinadas delicatessen. ¿Es para ustedes? —dijo con un rictus que aparentaba más un maniquí que un tipo que se la juega bromeando con un par de policías tercos y resabiados.
Brais lo detectó. Perico también.
—Queremos información, no pamplinas. Salvo que quiera meterse en un lío, claro.
—¿Qué necesitan exactamente? —preguntó con voz trémula, ya sí, con el miedo y el respeto que los agentes esperaban.
—Que nos hable de esos trajes en todos los sentidos.
El hombre empezó a girar la cabeza hacia atrás en dirección a la puerta con cortinilla de la que había salido. Tras unos segundos, se decidió a volver allí y agarró el visillo.
—Manolo, sal, haz el favor —ordenó a un joven que salió presto al mandato de su jefe—. Encárgate de atender la tienda, anda.
Dos minutos después estaban sentados los tres, el dueño de la tienda, Brais y Perico, en una pequeña oficina.
Antonio Galeano, al que ya se le habían pasado las ganas de cachondeo como el que se mete en agua fría para remontar una poderosa melopea, ya había comprendido que no iban a marcharse con las manos vacías de información.
—Los modelos con lapislázuli son nuestra gama más exclusiva —contestó sin poder evitar la vanidad.
—¿Precio? —preguntó el subinspector Vélez.
—Seis mil euros.
Perico casi se atragantó.
—¿Seis mil?
—Por unidad.
—Por vestirte.
—Es la excelencia y la calidad lo que se paga.
—Y querer diferenciarse de la plebe y que no le confundan —murmuró Brais.
El dueño fingió no escucharlo.
—¿Cuántos han vendido?
—Ummm. Esperen —dijo mientras rebuscaba en un cajón y sacaba un cuaderno con tapas de cuero—. Uno, dos… Tres. Sí, tres..
Brais se inclinó.
—¿Solo tres?
—Son muy exclusivos, ya se lo he dicho.
—Ya. Y demasiado caros. ¿Quién los compró? —le espetó Brais.
El hombre sonrió de puro nervio.
—No tengo apuntado los nombres.
—Claro que no.
—Este libro es solo para conteo privado.
—Ya, ya. La caja “B” —completó Perico.
—Nuestros clientes valoran mucho la privacidad —respondió el sastre con un gesto parecido al asco.
—Siempre son los mismos los que valoran la privacidad —dijo Perico.
—Los pobres nunca la pueden tener —añadió Brais.
—Inspector… Le advierto que a veces nos compran sociedades. En cualquier caso, podría hacer alguna comprobación.
El hombre tosió antes de continuar al comprobar el semblante de los policías.
—Puedo mirar.
Antonio Galeano se levantó de su silla y se dirigió a la pared lateral de su despacho.
Agarró el marco de un cuadro de una virgen presa de una experiencia mística y abrió lo que en realidad era una portezuela.
Detrás, una caja fuerte encajada. Giró el dial, introdujo la combinación ganadora y sacó otro cuaderno de cuero que parecía diseñado específicamente para generar ganas de registrarlo judicialmente.
Sin mirar a sus invitados, pasó páginas a toda velocidad. Buscó y buscó. Y finalmente habló.
—Uno se vendió hace unos seis meses.
—¿A quién?
—Cliente escandinavo que, si no recuerdo mal, pasó sus vacaciones en la zona.
—¿Nombre?
—No consta aquí, pero… Este Manolo —dijo con voz cantarina y semblante ofuscado para descargar la responsabilidad en su dependiente.
—Fantástico.
Siguió mirando.
—Los otros dos forman parte de un pedido reciente. Hace un par de semanas.
—¿Para quién? ¿O le va a echar también la culpa a Manolo?
—No es así. No figura así —contestó agitado.
—¿Cómo figura?
—Por dirección y empresa.
—Quiero verla.
El hombre la anotó en una hoja y se la pasó a los policías. Brais leyó. No dijo nada, pero su mandíbula se tensó.
—¿Teléfono?
—También consta —dijo escribiendo de nuevo en la nota.
—¿Forma de pago?
Otra sonrisa. Pero se borró a toda velocidad.
—Efectivo —dijo el sastre con rubor en su rostro.
Perico levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—Efectivo. En dinero. Cash de toda la vida.
—Eso no puede hacerse.
—Claro que se puede.
—No así. Los dos trajes superan el tope para pagos en metálico procedentes de sociedades.
—Nadie se identificaría como empresa.
—Seis mil euros por traje. A lo mejor quiere que nuestros amigos de Hacienda, que somos todos, le hagan otra visita.
—Fueron pagos separados. Así sí se cumple…
—Qué casualidad.
—Somos muy escrupulosos. Nosotros no…
—Ya veo. Ahora hablas en plural, ¿no, sastrecillo valiente?
El dueño seguía sonriendo pese a la aguda chanza de Brais y al intercambio dialéctico que continuó aún un poco más.
—Quiero copia de las facturas —exigió Brais.
—Por supuesto.
—Y de los DNIs —añadió Perico.
—Por supuesto.
—Y de todo lo relacionado —dijeron los dos.
—Por supuesto.
La sonrisa ya era directamente ofensiva. Antes de marcharse, Brais se volvió.
—Hacienda se va a divertir muchísimo con esto.
El hombre ni pestañeó. Solo tragó saliva.
- o -
Ni inspector ni subinspector hablaron nada hasta que llegaron al coche. Cuando ya estaba ante el volante, Brais llamó a comisaría con el manos libre abierto. Vanesa hizo las comprobaciones. Pasaron unos minutos. Y después respondió.
—La dirección corresponde con una empresa de reciente creación.