Capítulo 30 – Punto y coma 292 #2
—No, no, no —negó Mauri indignado—. Me subí en la moto, me subí por una parte de la reja algo más baja y me introduje en el área interior de la conservera.
Como la puerta principal, por la que tuvo que entrar el coche, estaba cerrada, intenté buscar una manera de meterme allí y fue cuando vi, como a ocho o diez metros, una pequeña puerta.
Supuse que estaría cerrada e incluso la iba a descartar, pero al echar un vistazo me di cuenta de que estaba un poco entreabierta.
Corrí intentando no hacer ruido y llegué.
Agarré el pomo y se movía. La abrí lo más que pude y me metí por allí con mucho sufrimiento.
Estoy delgado, pero el espacio era muy poco y...
—Y había salientes metálicos del marco de la puerta, ¿verdad? —se adelantó Brais.
—Sí. —El chico lo miró confuso, pero siguió—. Aunque a partir de ahí todo se vuelve más nebuloso. Pero sí, me hice varios rasguños y jirones en la camiseta y en el pantalón.
—¿Qué viste al entrar? ¿Estaba el coche?
—Sí y no —respondió con una seguridad que no cuadraba con la imprecisa respuesta—. Justo entonces mis ojos se fueron al coche, que salía en ese momento por la puerta principal del edificio. Esperé agazapado y fue ahí, antes de que la puerta se cerrara de nuevo, cuando la vi tirada.
—¿A quién?
—A Camila —contestó como la obviedad inmensa que era para él—. Me acerqué. Estaba boca abajo. —Las lágrimas empezaron a discurrir por las mejillas del chico—. No me dio tiempo de verle la cara. O al menos no lo recuerdo. Dígame la verdad, por favor —se dirigió con urgencia a Brais—. ¿Está muerta?
Brais dijo que no con aplomo. Perico negó con la cabeza. Pero Mauricio estaba cada vez más nervioso y más agitado.
Brais le pidió otra vez que continuara, pero una voz se interpuso en su objetivo. El médico que acababa de entrar en la habitación y vio la situación del paciente decidió intervenir.
—Se acabó —pidió con firmeza el médico.
—Pero...
—Se acabó.
—Necesitamos...
—Necesita descansar.
—Solo una cosa más y nos vamos —dijo Brais con una firmeza que, dadas las circunstancias, llamó la atención incluso de Perico—. Es importante.
—La última —concedió el doctor a regañadientes.
—Mauricio, sé sincero conmigo, por favor.
Mauricio miró a Brais sin decir nada. Esperaba a que continuara, pero el inspector jefe simplemente se limitó a mirarle. Inexpresivo, sin emoción.
—Diga. Si es para encontrar a Mila, lo que sea.
—Chico, ¿por qué estabas celoso?
—¿Qué?
La máquina a la que estaba conectado comenzó a leer un aumento en sus latidos. El médico iba a protestar, pero Brais levantó la mano y le dedicó una mirada dura al facultativo antes de que pudiera decir nada. Luego, siguió él.
—Fuiste mucho tiempo antes de la cita y, aunque quedabas a menudo con Camila, creo que ibas por la zona muchas más veces de las que tenías citas con ella. ¿Crees que se veía con alguien más?
—¡No! —exclamó ofuscado—. Yo confío en ella. Pero… —El tono y volumen de su voz se modularon.
—Cuéntame, por favor —insistió Brais sin dejar de clavar sus ojos en los de Mauricio.
—Ella, Camila, me contó que había estado en una…
—trató de elegir las palabras—... en una especie de relación.
Un hombre mayor, rico. Por lo que pude entrever, debía ser alguien con cierto poder…
Y no la dejaba tranquila. Yo… yo iba por si quería hacerle daño.
Ella no me dijo que estuviera en peligro, pero la conozco. Sé que tenía miedo.
Una vez que terminó de hablar, Mauricio casi hiperventilaba. Así que el doctor se interpuso físicamente entre los policías y la cama del chico.
—Ahora ya sí que se terminó. Es mi paciente y debo velar por su salud. Por favor, váyanse.
—Espere, espere —interrumpió Mauricio—. Por favor, díganme la verdad. Camila… ¿Está muerta?
Y entonces Brais hizo algo que no le gustó. Mintió. No porque supiera que Camila ya no existía, sino porque precisamente no estaba seguro de llegar a tiempo para evitarlo.
—Está bien, Mauricio. Camila está bien y la vamos a encontrar.
Mauricio se relajó. Solo un poco. Lo suficiente. El médico aprovechó para echarlos definitivamente.
Y cinco minutos después ambos caminaban por el pasillo.
—Ha mentido usted fatal, Don Brais —le espetó Perico.
—Una mentirijilla. Pero lo importante es que el chico pensaba que iba detrás de Camila.
—Y a quién seguía era a María, la amiga de su novia en el barco.
—Así es. Veo que hilas bien para ser un poli con vejez y calvicie.
—¿Y ahora? Tenemos al gordo Lozano y a Róvalo en el punto de mira.
Brais se quedó parado.
—El traje azul —musitó pensativo con un dedo rascándose la sién.
—¿Qué pasa con el traje azul?
—¿No te acuerdas del consignatario?
—Claro, cojones. No tengo alzheimer de momento —protestó Perico.
—Qué lerdo eres. Me refiero a sus indumentarias. Siempre va vestido como si acabara de salir de una boda. Y con la calor que hace.
—Ya. Sí. Y tú mismo vas a todos lados con una chaqueta de cuero a treinta y cinco grados. Pero… ¿Y?
—El día de la detención llevaba traje azul —dijo Brais haciendo caso omiso a la puya.
—¿Seguro? —preguntó Perico sin convencimiento y con sus ojos mirando hacia arriba para tratar de evocar algún recuerdo del dueño de la consignataria y su ropa.
—Si mi memoria no falla, sí. En cualquier caso, vamos a comprobarlo. Y rápido. Si mi intuición tampoco falla, cuanto más tardemos en descubrir la verdad y atrapar al asesino, más corre peligro Camila. Ya es obvio que hay una relación muy muy estrecha entre lo que le pasó a María y Camila.
—Pero no piensas que Mauricio tenga nada que ver, ¿no?
—En absoluto. El chico se confundió. Y probablemente con María pasó algo parecido también —dijo ante el rostro de confusión de Perico.