Capítulo 30 – Punto y coma 292
Mauricio Escalona abrió los ojos a las diez de la noche del domingo, y a las diez y veinte de la mañana del lunes ya estaba operativo y vivaz.
No al cien por cien, pero su cabeza y su cuerpo se recuperaban rápido.
El médico internista había comprobado que el paciente, tras varios días estable y sin muestra alguna de problemas en base a TACs y demás pruebas, no tenía daños en su cerebro y, por lo tanto, estaba fuera de peligro.
La noticia había llegado a la comisaría de distrito de Nueva Gades con la misma velocidad con la que corrían siempre las buenas noticias: demasiado despacio para quien las esperaba y demasiado deprisa para quien tenía que gestionarlas.
Brais y Perico, una vez conocida la buena nueva, tardaron menos de veinte minutos en presentarse en el hospital desde la conservera.
Tan fuertes eran las ansias por hablar con el chico, que Brais incluso colocó el pirulo policial sobre el Dacia Logan, lo cual, por otra parte, tampoco cambió demasiado la historia, pues las limitaciones del viejo carro seguían siendo las de siempre.
Cuando entraron en la habitación, vieron a Mauricio semi incorporado. Sin embargo, no tenía el aspecto de alguien que acababa de regresar de un viaje muy largo y muy desagradable.
Estaba pálido, sí. Algo demacrado incluso y con los labios resecos. Pero sus ojos, esa puerta abierta al alma, denotaban una actividad intensa.
Los dos policías se percataron rápidamente del motivo de esa vivacidad: era, sin duda, angustia. Y con esa expresión de angustia que, ya sí, encajaba con alguien que acababa de salir de un coma, los recibió.
Lo primero que hizo Mauricio cuando vio a Brais y Perico fue incorporarse un poco más. Lo segundo fue mirar alrededor, inquieto. Y lo tercero fue preguntar:
—¿Dónde está Mila?
Brais y Perico se miraron.
—¿Quién? —preguntó Perico; Brais también tenía idéntica pregunta a las puertas de su boca.
—Mila... ¿Dónde está Mila? —repitió el chico.
Intentó incorporarse más. Las alarmas del monitor comenzaron a protestar.
—Tranquilo —dijo una enfermera que justo en ese momento entraba para tomarle la temperatura.
—Camila... ¿Dónde está Camila? —repitió con las pulsaciones sobre cien.
Brais sintió una especie de cosquilleo incómodo detrás de los ojos. Un pensamiento. Una intuición. Algo que apareció y desapareció antes de que pudiera atraparlo. Entrecerró un ojo. Perico lo vio.
—¿Qué te pasa?
—Nada. De momento, nada.
—Has puesto cara de estreñido intelectual.
Brais obvió el comentario y siguió mirando a Mauricio. Como si fuera alguien cercano. Volvió a centrarse en el muchacho.
—Mauricio. Necesito que me escuches.
—¿Camila está bien?
—Estamos buscándola.
El rostro del chico se descompuso.
—Joder… Yo… —Sus manos temblaban.
—Necesito que me cuentes qué pasó el día que… El día que tuviste esa conmoción —Brais hizo una pausa—, ¿qué pasó?
Mauricio cerró los ojos. Respiró profundamente, como queriendo acumular todo el aire que sabía que iba a necesitar. Tras eso, abrió sus ojos y con ellos, las compuertas de su historia.
—No sé lo que me golpeó. No sé qué me pasó. Solo recuerdo que Camila estaba en peligro —reanudó Mauricio con una ansiedad creciente. Paró de hablar un instante al darse cuenta de lo que significaba para él aquel dato—. Después… Después los seguí.
—¿Estás hablando de Camila? ¿El día que quedaste en coma? —preguntó Brais con un gesto de incomprensión en su rostro—. ¿Y a quién seguiste?
El relato que inició Mauricio Escalona tras un inicio anárquico no se lo esperaban:
—Había quedado con Camila por la tarde como hacíamos últimamente, cerca del edificio de la conservera, en los alrededores de los astilleros de Nueva Gades, en el muelle.
Coge de paso desde donde está atracado su crucero.
—Una pausa para coger aire—. Quedamos de vez en cuando allí.
Pero tenía ganas de verla antes. No quería esperar, así que me vestí y cogí la moto.
Aunque faltaban un par de horas para la hora de la cita, me adelanté y fui a buscarla al barco para darle una sorpresa. Sabía que su camarote daba a la parte de tierra y que estaría preparándose. Con un poco de suerte, me vería y saldría antes.
Sin embargo, no me esperaba lo que pasó. La distinguí desde lejos. Vi que Camila salía a toda prisa por la escalerilla. Un taxi la esperaba. Iba a llamarla, pero había mucha distancia desde donde me encontraba; di un grito, pero no me oyó. El taxi salió y yo empecé a seguirla.
Mi moto no es demasiado rápida, así que tuve que ir a cierta distancia y, encima, por culpa de un grupo de turistas que se cruzaron, se me escapó tanto que casi la perdí. Aún así conseguí ver donde pararon, aunque Camila ya se había ido.”
—¿El hotel Astarté? —quiso confirmar el subinspector Pedro Vélez para apuntarlo en su libreta.
—Sí —contestó Mauricio sin énfasis bajando la mirada—. Cuando llegué al hotel vi que el taxi se iba. Aparqué la moto y corrí hacia el hotel. Entré y pregunté en recepción por ella.
—¿Por quién?
—Por Camila, ya les he dicho —contestó Mauri apretando la frente—.
El recepcionista me miró con cara rara y me dijo que no podía dar información de clientes por política de la empresa.
—Brais asintió. Le sonaba aquella respuesta—.
Le insistí, pero no me quiso decir nada.
Así que salí fuera de nuevo para esperar.
Estaba enfadado. Muy enfadado. Y triste.
Una mezcla. Ese hotel… —se pensó si continuar—.
Ese hotel es de esos a los que se va para…
ya saben. Los hombres van allí a… Camila tardaba mucho, así que me puse nervioso y salí fuera para esperarla y tranquilizarme entretanto.
Pensé en llamarla incluso, pero me contuve.
—Tomó aire y se quedó como pasmado. Parecía que iba a parar el relato, pero tras unos momentos, continuó—.
Entonces, después de unos quince minutos o así, vi el coche. Y al hombre.
—¿Qué hombre, Mauricio? —preguntó Perico, que tomaba notas en su pequeño bloc de siempre.
—El hombre enchaquetado que iba dentro del coche. En el que Camila iba.
—¿Qué hombre? ¿Qué coche? ¿Lo conocías? —insistió ahora Brais, que estaba casi más inquieto que el propio narrador.
—No, no le vi la cara al tipo.
—¿Y el coche? ¿Sabes qué coche era? Marca, modelo…
—Era grande y negro, ventanillas tintadas, pero… —se quedó un rato pensativo—. No lo sé. Solo sé que dentro iba Camila. Vi su vestido, ¿sabe? Sobresalía por la puerta del coche.
Brais y Perico intercambiaron una mirada.
—Dices que no viste bien al hombre. Pero, ¿pudiste quedarte con algún rasgo, algún dato? No sé, sus manos. Sus pies.
—No —respondió viniéndose abajo al comprobar que su información no iba a ser determinante—. Estaba dentro del coche y… No lo pude ver.
Mauricio tragó saliva.
—Llevaba traje —afirmó de pronto con energía renovada tras hallar en su memoria algo más que bruma—. Lo vi a través de la ventanilla
—¿Qué clase de traje?
—No sé. Un traje. Creo que de color azul. No entiendo de chaquetas y esas prendas, además de que no pude verlo muy bien.
Silencio.
—¿Azul has dicho?
—Sí.
—¿Seguro?
—No sé. Creo que sí. Al menos en mi recuerdo es así, pero...
Mauricio cerró los ojos. Parecía agotado.
—Solo vi el traje. Lo siento.
El chico perdió de pronto toda su energía. Estaba abatido. Y cansado. Y triste. Brais sintió una punzada de empatía, pero la dejó pasar. Hacía falta avanzar. Si estaba en lo cierto, y sus intuiciones solían ser certeras, Camila, si seguía viva, estaba en peligro.
—¿Qué pasó después de eso? —insistió Brais.
Mauricio volvió en sí. Regresó de su mundo interior, aunque con un evidente cansancio acumulado que ahora daba la cara. Su rostro había perdido color, pero sus ojos habían vuelto a tener un brillo especial.
—Cogí mi moto y seguí al coche. Tenía un presentimiento.
Sabía que le pasaba algo malo a Camila. —Mauricio se quedó callado de pronto.
Brais vio que un pensamiento se había cruzado en el chico y por eso había dejado de hablar.
Iba a preguntar por el motivo, pero antes de hacerlo, continuó con la narración—.
Porque… ¿está muerta? ¿Camila está muerta? —preguntó con lágrimas en los ojos.
Brais aplanó sus ojos; seguía dándole vueltas a si detrás de esa pregunta había algo más aparte de un miedo sincero y doloroso. Perico tomó la palabra ante el silencio incómodo de su compañero.
—No nos consta. Solo está desaparecida.
Una sonrisa tenue se dibujó en el semblante de Mauri. Leve, fugaz, pero sonrisa al fin y al cabo, como la esperanza a la que se aferraba.
—Continúa, por favor —volvió a insistir Brais.
—Seguí al coche negro hasta el muelle de Nueva Gades.
No quise que me viera por si… yo qué sé…
así que mantuve la distancia. Esa zona la controlo, porque es donde quedo…
—frenó para rectificar— quedaba con Camila.
Después, desde una esquina, vi al coche entrar por la puerta de entrada al recinto que ocupa la conservera.
—¿En la conservera daba la impresión de haber gente? —preguntó Perico.
—No, no. Allí hace meses que no se ve movimiento y no he visto ni un día movimiento, salvo un día en el que un camión se llevaba material de dentro.
—Vale. Sigue, Mauricio.
—Pues eso… —se esforzó en continuar por donde lo dejó—.
Aproveché para rodear parte del perímetro y aparcar la moto.
La dejé por un lateral, al lado del murete.
El problema es que cuando me bajé y di la vuelta, ya no estaba el coche y la puerta grande de entrada a la conservera estaba cerrada.
Me agobié, pero pensé mejor. No podía haber salido. Tenía que estar dentro.
—¿Y qué hiciste?
—Me apoyé en la moto para auparme al muro y…
—¿Te caíste? ¿Fue ahí donde el golpe que…? —No le dio tiempo de terminar la pregunta al subinspector Pedro Vélez.