Capítulo 29 – Conservas sin caducidad 282 #2
Delano inspiró con paciencia.
—Diga.
—¿Quiénes eran los dos hombres que vinieron el otro día al barco?
—¿Qué hombres?
—Los que preguntaban por Camila.
—No vi a ningún hombre.
Brais inclinó la cabeza.
—Mire que se le da bien administrar silencios.
—No sé de qué me habla.
En ese momento llegó un trabajador del barco, algo acelerado.
—Señor Delano, hay un problema en la zona de máquinas.
El sobrecargo se giró apenas.
—Ahora voy.
El trabajador se marchó. Delano miró a Brais.
—Como ve, es urgente.
—También lo es una desaparición.
—Ya le he contestado.
—No. Ha esquivado.
—Inspector, no tengo nada más que decir.
Brais sintió vibrar el móvil. Lo sacó, miró la pantalla y cambió ligeramente la expresión.
Perico lo notó.
Eran fotos. Dos imágenes enviadas por Francisco Ruipérez. Dos hombres en el barco. Traje oscuro, gafas, corpulencia de guardaespaldas. Brais bloqueó el teléfono y lo guardó.
—De acuerdo.
Delano pareció sorprendido por el cambio.
—¿De acuerdo?
—Sí. Solo una última confirmación. ¿Conoce al señor Róvalo?
—Claro. Es el consignatario del barco cada vez que atracamos en Nueva Gades.
—¿Solo temas profesionales?
—Solo temas profesionales.
—Muy bien.
Brais sonrió.
—Si recuerda algo de esos hombres que no vio, nos informa.
El sobrecargo sostuvo la mirada.
—Por supuesto.
Brais se giró.
—Vámonos, Perico.
Perico lo siguió con cara de no creerse nada.
Bajaron por la pasarela hacia el muelle. El sol reflejaba en el agua y hacía daño en los ojos. A mitad de bajada, Perico no aguantó más.
—¿Ya está?
—Sí.
—¿Ya está cómo que ya está? Si lo tenías contra las cuerdas.
Brais sacó el móvil y le enseñó las fotos. Perico se detuvo.
—¿Quiénes son?
—Mira bien.
Perico acercó la cara.
—Parecen… están en un barco.
Brais lo miró con sarcasmo.
—Eres un hacha. ¿Lo has deducido por el agua del fondo?
—Picha, qué hijoputa eres. Quería decir que es este barco.
—Sí.
—¿Son los dos tipos que fueron a curiosear?
—Sí.
—Tienen pinta de guardaespaldas de presidente yanqui.
—Te equivocas a medias.
—Ilumíname, Sherlock.
—Son guardaespaldas. Pero no de un presidente.
Perico lo miró. Brais guardó el móvil.
—Los vi el otro día en el mitin. Le guardaban las espaldas y la cara dura a Alfonso Rivas.
Perico abrió la boca.
—No me jodas.
—No te jodo.
—Entonces Alfonso mandó a sus hombres al barco.
—Eso parece.
—Y Róvalo lo sabía.
—O lo entendió cuando se lo dije.
Perico miró hacia el crucero.
—Por eso no apretaste a Delano.
—Para qué. Ya tenemos lo que queríamos: su mentira.
—Dijo que no vio a nadie.
—Y tenemos fotos de los dos tipos dentro del barco.
—Y son de Alfonso Rivas.
—Exacto.
Perico soltó un silbido bajo.
—Otra vez Rivas intentando salvarle el culo a Róvalo.
Brais no respondió enseguida.
—O a sí mismo.
La frase quedó suspendida. Cogieron el coche y se dirigieron hacia la conservera.
Estaba cerca, dentro del mismo mundo portuario de vallas, naves y calles de servicio.
El lugar seguía teniendo ese aire de negocio abandonado antes de nacer: paredes demasiado nuevas para parecer ruina y demasiado vacías para parecer empresa.
Entraron en el recinto interior. El cordón principal ya no tenía la solemnidad del primer día. Algunas cintas seguían puestas, otras estaban medio caídas. El sol golpeaba sobre la puerta grande metálica de color verde.
Brais se quedó un momento mirando.
—Desde que encontramos a María no hemos vuelto.
—No.
—Y eso no me gusta.
Dieron un rodeo por el lateral derecho. Caminaron despacio, observando el suelo, las paredes, los accesos. Perico se puso guantes antes incluso de acercarse a una pequeña puerta lateral, casi escondida entre sombras y restos de maleza seca.
—Mira esto.
Era una puerta de servicio. Pequeña. Estrecha. Para paso de personas. No para vehículos.
Brais se agachó.
—En el informe hablaban de fibras aquí.
—Pero no estaba precintada.
—Porque se centraron en la entrada principal.
Perico empujó suavemente. La puerta no estaba cerrada. Solo encajada. Pero no cedía.
—Está atrancada.
Brais miró el marco. Había marcas y arañazos, además de restos de pintura saltada. Algo que, de pronto, le recordó los cortes en brazos y piernas de Mauricio en la UCI.
—Mauri entró por aquí.
Perico lo miró.
—¿Crees?
—No lo creo. Lo huelo.
—Eso científicamente no vale.
—Pues la científica encontró fibras compatibles con ropa.
Perico se inclinó.
—Y huellas que no coincidían con Lozano, Róvalo ni María.
—Exacto. Perfectamente podrían ser del chico.
Brais se apartó un poco y miró alrededor. Entonces la vio. La moto. Estaba más allá, medio resguardada, donde ya la había visto el primer día sin terminar de mirarla. Una moto tipo chopper, oscura, con cromados y aspecto de haber sido cuidada con más cariño que muchas personas.
Brais se quedó helado.
—Hostia.
Perico siguió su mirada.
—¿Qué?
—La moto.
—¿Qué moto?
—Esa moto.
Brais caminó hacia ella. Y entonces recordó el primer día.
El calor brutal. A Lorena saliendo de la conservera.
La confusión por el cadáver y la presencia del dueño de la consignataria, del estibador Lozano y de Alfonso Rivas.
Y aquella moto que él había visto a lo lejos, pensando que sería del poeta porque este había dicho algo de una moto nueva.
Pero había dado por hecho lo que no era. El poeta estaba de vacaciones.
—Me cago en mi cama…
Sacó el móvil.
—¿A quién llamas? —preguntó Perico.
—A quien pueda mirar la matrícula. Uséase, a Vanesa.
Sabía que en cuestiones como esa, ella era la adecuada. Solo con dictarle los números, sin añadir nada más, sabría lo que hacer.
Esperó. Perico observaba la escena en silencio.
Y la respuesta llegó menos de un minuto después.
Enseguida, Brais, con la mirada perdida, iba a colgar, pero al parecer Vanesa no le dejó.
Quería contarle algo más. Perico se dio cuenta de que era importante por los cambios que se produjeron en el rostro de su compañero y superior.
O por su boca más bien. Abierta absolutamente, como un túnel hondo e inescrutable que parecía querer tragar y asimilar lo que acababa de escuchar.
—¿Y? ¿Qué pasa?—preguntó Perico.
Brais miró la moto. Luego la puerta lateral. Luego la fachada de la conservera.
—Acaba de salir del coma —dijo Brais. Sus ojos miraban al suelo.
—¿Quién? El chico ese del hospital, ¿no? Mauricio.
—Sí, sí. Es… Es de Ma-mauricio —dijo boqueando con un tartamudeo—, el chico del hospital. El novio de Camila.
—Ya, ya. Lo fuimos a ver —replicó Perico.
—No, no. No me entiendes. —Brais enfocó las pupilas en su amigo—. La moto es suya. De Mauricio.
Perico no dijo nada. No hacía falta. La pieza que se le había escapado en la habitación del chico acababa de volver a su sitio. Y esta vez no pensaba dejarla marchar.