Capítulo 29 – Conservas sin caducidad 282
La Punta de San Felipe tenía algo de costura mal hecha.
Brais siempre lo pensaba cuando cruzaba por allí, desde la parte de Cádiz original hasta Nueva Gades, esa prolongación urbanística prevista para dar cabida a una ciudad en expansión.
La Punta era el nexo artificial, la unión inventada entre dos zonas que se miraban con recelo: a un lado, la ciudad primigenia, hermosa, pero cansada y cada vez más convertida en decorado para turistas; al otro, Nueva Gades, menos turística o quizás por ello, el lugar que más se parecía a la Cádiz de antaño en su condición de ciudad con alma, de pueblo en el mejor sentido de la palabra, que no es otro que conjunto de costumbres comunes que unen y que crean un sentimiento de pertenencia.
Perico iba en el asiento del copiloto, con la carpeta de la consignataria sobre las rodillas y la cara de quien aún estaba procesando la conversación con Róvalo.
—Lo de Alfonso Rivas saliendo de la consignataria tan temprano no me ha gustado nada —dijo.
—A mí tampoco.
—Y lo del consignatario llamando nada más irnos, menos. Están conchabados.
Brais conducía con el codo apoyado en la ventanilla abierta. El Dacia Logan seguía oliendo a plástico caliente y a coche viejo con dignidad herida. A ratos, el motor parecía aclararse la garganta antes de seguir.
—Róvalo no llamó a un abogado —dijo Brais.
—¿No?
—No tenía esa cara.
—¿Y qué cara tenía?
—La de un niño rico que acaba de romper el jarrón de la abuela y llama al hermano mayor para que le tape la cagada. O algo así…
Perico se quedó pensativo.
—Entonces Alfonso.
—Quizá.
—O Lozano.
—También.
—O los dos.
Brais no contestó. Miraba hacia delante, hacia el acceso al muelle de Nueva Gades, pero en realidad estaba viendo la cara de José Félix Róvalo, el dueño de la consignataria, cuando le había soltado lo de los dos hombres que habían ido al barco.
Aquello no había sido indignación. Ni desconcierto.
Había sido reconocimiento. Miedo. Una especie de comprensión inmediata, como si de pronto hubiese encajado una pieza que no quería encajar.
—Lo que me toca los cojones —dijo Brais— es que da la impresión de que cada uno tiene un trozo de la historia, o de la realidad, pero no hay manera de encajarlos.
—Lo que pasa en casi todos los asesinatos, picha.
—Gracias, subinspector Obvio.
—De nada, inspector jefe Capullo.
Brais le dedicó una mirada de lado.
Atravesaron el control de acceso al recinto portuario mostrando las placas.
El agente de la puerta les hizo pasar sin demasiadas preguntas.
A esas alturas, el Sovereign Coasts ya no era solo un crucero en reparación.
Era una especie de escenario flotante donde cada personaje parecía moverse con una capa extra de silencio encima.
A lo lejos se veía la mole del barco, enorme, blanca, inmóvil, con sus cubiertas escalonadas y sus ventanales oscuros.
Parecía un hotel gigante varado en medio de grúas, talleres y estructuras metálicas.
El contraste tenía algo obsceno: lujo turístico apoyado sobre grasa, soldadura y trabajo invisible.
—Cada vez que veo uno de estos bichos —dijo Brais— me dan ganas de pedir una tasa por respirar cerca.
—Ya estás con la turismofobia.
—No es turismofobia. Es contaminación.
—Se te va a poner cara de pancarta.
—Ya la te-tengo, carajote —tartamudeó de rabia—. Pero es mejor que tener cara de gilipollas, como tú.
Aparcaron cerca de la zona de acceso al barco. Subieron por la pasarela de embarque, que vibraba levemente bajo sus pasos. Perico miró hacia abajo, al agua aceitosa del muelle.
—Como me caiga aquí, me salen tres brazos.
—Te vendría bien uno más para trabajar.
—Qué simpático estás hoy.
En la entrada los recibió un tripulante con uniforme claro y mirada cautelosa. Brais mostró la placa.
—Policía Nacional. Venimos a hablar con el señor Delano.
El tripulante bostezó y asintió a la vez.
—Un momento. Daré aviso —dijo seguido de un nuevo bostezo.
Los hicieron esperar en una zona intermedia, junto a una puerta metálica y un pasillo alfombrado que olía a producto de limpieza, humedad marina y moqueta cara. En una pared colgaba un cartel con instrucciones de emergencia en cuatro idiomas. Brais lo miró sin leerlo.
—Aquí todo está pensado para que parezca seguro —murmuró.
—Hasta que preguntas dos veces por una desaparecida.
—Exacto.
No llevaban ni tres minutos esperando cuando apareció el capitán.
Venía vestido de blanco impoluto, con gorra, galones y una prestancia pomposa que a Brais le recordó a los niños que hacían la primera comunión vestidos de comandante mientras los demás iban de marineritos.
Caminaba con una sonrisa distraída y llevaba una bolsa de una tienda de regalos en una mano.
—Buenos días —dijo, deteniéndose al verlos—. ¿Ustedes son…?
Brais parpadeó.
—Nos hemos visto ya, capitán DeLonghi.
—Yo no le conozco, señor —atajó con el ceño fruncido.
—Pe-pero…
El capitán entornó los ojos. Luego abrió mucho la cara, como si una luz se le hubiera encendido dentro con retraso.
—¡Ah, sí! La policía española. Discúlpenme, soy tremendamente despistado.
—No lo habíamos notado —murmuró Brais con los carrillos apretados.
Perico le pisó levemente el pie.
—Queríamos preguntarle si tiene alguna noticia de Camila.
El capitán se quedó en blanco.
—¿Camila? —se preguntó a sí mismo con los ojos enfocados en su propia frente tratando de hacer memoria.
—La trabajadora desaparecida —explicó Perico.
—Ah. Sí. Claro. Terrible. Terrible asunto.
No sonó demasiado terrible en su boca. Sonó más bien a frase aprendida para quedar bien.
—¿Tiene alguna novedad? ¿Sabe si ha contactado con sus padres? ¿Con alguien? —preguntó Perico.
—De esas cosas se encarga el señor Delano, mi segundo. Él lleva toda la burocracia, los trámites, el personal, los papeles… Muy competente. Incluso se hace cargo de mis inversiones y trámites para con el erario público para así liberarme y poder ejercer mi verdadera labor.
Brais alzó una ceja.
—¿Que es?
El capitán se irguió un poco.
—Comandar el barco. Patronearlo en el agua. Velar por la seguridad de todos. Y, por supuesto, presidir las cenas de etiqueta cuando navegamos.
Perico se tapó la boca con la mano. Brais sostuvo la mirada con una seriedad heroica.
—Eso es… —trató de buscar la palabra correcta, pero se conformó rápido—. Fundamental.
—Mucho. Muchísimo. Si me disculpan, tengo que salir un momento. Compras. Tengo compromisos familiares en Quito y si no llevo regalos, se me enfadan.
—No queremos enemistarlo con su familia —dijo Brais.
—Muy amable.
El capitán se marchó con su bolsa y su uniforme de comunión. Cuando desapareció por la pasarela, Perico soltó aire.
—Menudo pájaro.
—Espero que por lo menos maneje bien el barco.
—Igual también lo hace Delano.
Brais iba a contestar cuando el segundo de a bordo apareció al fondo del pasillo.
Delano era lo contrario del capitán. Traje oscuro impecable, paso seco, mirada rápida y algo torva. No parecía un hombre de mar, sino un director financiero que por error había acabado atrapado en un crucero. Les tendió la mano con una sonrisa profesional que no llegó a los ojos.
—Inspectores —declamó con fingida sorpresa—. ¿Qué desean?
—Hablar con usted —dijo Brais.
—Como imaginarán, tengo una mañana complicada. Los astilleros siempre dan problemas que hay que solucionar para antes de ayer —dijo con un acento que parecía canario.
—Nosotros también. Y aquí estamos.
Delano mantuvo la sonrisa un segundo más.
—Díganme.
Brais fue directo. Su mirada pesaba ya antes de pronunciar nada.
—¿Conoce al Gordo Lozano?
La pregunta produjo el efecto buscado. Delano dilató apenas las pupilas y enarcó las cejas, como si su rostro hubiese recibido una orden urgente de no reaccionar y hubiese obedecido tarde.
—Sí. Lo conozco. ¿Por?
—¿Mucho?
—Son muchas escalas en Cádiz. Es un estibador competente.
—¿Solo relación profesional?
Delano juntó las manos.
—No diría que somos los mejores amigos, pero hemos tomado algo alguna vez.
—Qué bonito el puerto, uniendo culturas gracias al alcohol.
Perico miró al suelo.
—¿Sigue siendo sospechoso? —preguntó Delano, que obvió la sorna de Brais—. Él me dijo que todo estaba aclarado.
Brais sonrió.
—Eso es un tema de la policía. No me consta que el señor Lozano sea también juez.
—Comprendo.
—¿Han hablado últimamente? —intervino Perico.
—Sí. El otro día.
—¿Sobre qué?
—De trabajo.
—De trabajo —repitió Brais a la vez que asentía con los labios apretados.
Entonces dejó caer el silencio. A veces funcionaba. Aunque, a la vista de la reacción del segundo de a bordo, con él no. Delano lo soportó con bastante oficio.
—Él es jefe de equipo de estibadores asignado a nuestro barco cuando estamos en Cádiz.
—Sí.
Otro silencio. Delano tampoco picó ahí, así que Brais cambió de estrategia.
—Sabe que en España se permiten escuchas telefónicas en determinadas investigaciones, ¿verdad?
Delano no parpadeó. Perico sí, aunque evitó mirar a Brais para interrogarle con la mirada sobre el órdago a la grande que se había tirado.
—Lo imagino —respondió con indolencia Delano.
—Entonces, si yo le pregunto si hablaron solo de trabajo…
El sobrecargo bajó un poco la barbilla.
—También hablamos de las chicas.
—¿De María?
—Y de Camila —añadió el hombre.
—Ajá.
—Lozano estaba preocupado.
—Curioso. Estaba en el lugar donde apareció el cadáver de María Gualpa, que trabajaba en este barco. Y ahora está preocupado por Camila, que también trabaja aquí.
Delano apretó las manos.
—Mire, inspector, no pongo la mano en el fuego por nadie. Pero lo que me preguntó, como supongo que ya sabrán, tenía que ver con la mala publicidad.
—Qué obsesión con la publicidad.
—Es un sector muy competitivo. Las consignatarias, las empresas de reparación, las compañías de cruceros… Todos cuidan mucho su imagen.
—Una mujer asesinada y otra desaparecida son mala imagen, sí.
Delano lo miró con dureza.
—También son tragedias humanas.
—Pues lo disimula usted de maravilla.
Por primera vez, la sonrisa desapareció del todo.
—¿Puedo irme ya? Tengo asuntos que atender.
—Una última cosa.