Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 28 – Consignando unas teorías 271 #3
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Capítulo 28 – Consignando unas teorías 271 #3

—Usted no qué —insistió Brais, que regresó al trato formal y distante.

Róvalo tragó saliva.

—Voy a pedirles que se marchen.

—Ahora toca otra vez el comodín del abogado, ¿verdad? Aunque es ya muy cansino esto.

—Para cualquier otra cuestión, contacten con mi letrado —insistió Róvalo .

—Perfecto.

Brais se enderezó.

—Vámonos, Perico. Pero quédate con el cante. Volveremos.

Perico se dirigió a la puerta. Brais empezó a seguirlo y, cuando salió del despacho, agarró el pomo de la puerta. Empezó a cerrarla… pero se detuvo.

Parado ante la puerta entrecerrada, la empujó con suavidad.

Solo un poco. Lo justo para mirar dentro.

Perico se percató, pero siguió su camino.

Róvalo, que miraba su móvil, elevó el cuello y también vio lo que hacía el inspector jefe.

Estaba nervioso y cuando se dio cuenta de que el inspector lo observaba, esos nervios se dispararon.

—¿Qué…? ¿Qué hace? —preguntó el consignatario casi tartamudeando.

—Creo que-que se me-me ha caído una tarjeta —tartamudeó también Brais.

—No ha sacado ninguna tarjeta —contrapuso con el teléfono en la mano.

—Por eso no la encuentro. Pero me voy, me voy.

Perico ya estaba fuera. Brais lo miró apenas un instante y le hizo una seña mínima con los ojos. Perico entendió. Como casi siempre.

El subinspector Vélez salió hacia la secretaria y empezó a hablarle con una amabilidad exagerada sobre horarios, teléfonos de contacto y tonterías administrativas. Brais, mientras tanto, empujó la puerta del despacho para que se notara hasta casi cerrarla.

Casi. No del todo. Dejó una rendija. Y acercó el oído. Dentro oyó movimiento. La silla. Un susurro. El teléfono. Róvalo estaba hablando con alguien.

Brais apenas alcanzó a percibir el tono de llamada cuando la secretaria se giró.

—¿Qué está haciendo?

Brais se separó de golpe.

—Buscar la tarjeta.

—¿En la puerta?

—Se me caen en sitios raros.

La mujer lo miró sin creerse nada. La puerta terminó de abrirse un poco y Brais vio, ahora sí, a Róvalo con el teléfono pegado a la oreja. El consignatario se quedó helado al verse pillado.

Miedo. Otra vez miedo. No enfado ni dignidad ofendida. Esa cara era de miedo.

—Ya está —dijo Brais—. No la encuentro.

Perico se acercó.

—Lo pierdes todo, inspector.

—Tengo la cabeza… —dijo con una sonrisa.

Tras la actuación, salieron. Sin decir nada.

En la calle, el sol ya había subido lo bastante como para convertir la acera en una plancha.

Perico esperó a que caminaran unos metros antes de hablar.

—Lo ha llamado.

—Sí.

—¿A quién?

—No lo sé.

—Lozano.

—Puede.

—Pero tú no crees que fuera Lozano. ¿A que no?

Brais negó lentamente.

—No lo sé. Pero su cara no era de “voy a llamar a mi empleado”. Era de “me acabo de meter en un lío y necesito que alguien más poderoso me saque”.

Perico se quedó pensativo.

—Hay que ir a por Lozano.

—Sí. Pero no todavía.

—¿Por qué?

—Porque si Róvalo acaba de llamarlo, ya está avisado. Y si no lo ha llamado a él, también lo estará en diez minutos.

—Entonces vamos al barco.

Brais lo miró.

—Eso estaba pensando.

—Delano.

—El segundo de a bordo, sí.

—Por los dos tipos que parecían agentes de la CIA si no me equivoco.

—Y porque quiero saber por qué un hombre que debería estar preocupado por una trabajadora desaparecida permite que dos desconocidos entren a curiosear por el crucero como si fueran inspectores de sanidad.

Perico asintió.

—¿Y el capitán?

—El capitán es teatro. El segundo es la puerta. Y Lozano la llave.

Brais miró hacia el puerto. Al fondo, las grúas parecían esqueletos enormes contra el cielo blanco.

—Vamos a verlo ya —dijo Brais con un semblante confiado—. Me da a mí que la acción se acelera a partir de ahora. Porque parece que todos quieren encontrar a Camila y hay que darse prisa.

Perico sonrió.

—Me gusta cuando te pones así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a morder a alguien.

Brais empezó a caminar.

—No exageres.

—No exagero. Te falta babear.

—Vete al carajo.

—Después de usted, inspector jefe.

Los dos cruzaron hacia el coche. El Dacia Logan, aparcado al sol, los esperaba como una penitencia mecánica. Brais abrió la puerta y recibió una bofetada de calor acumulado.

—Me cago en mi cama.

Perico se quedó fuera un segundo más, mirando hacia la consignataria.

—Brais.

—Qué.

—Esto se está poniendo feo.

Brais también miró al edificio.

Pensó en Alfonso Rivas saliendo de allí impecable. En Róvalo llamando a alguien con cara de miedo. En Lozano preguntando por Camila. En Delano dejando pasar a dos tipos al barco. En María muerta. En Camila viva, quizá, en peligro, escondida, con suerte, en alguna parte.

—No —dijo al fin—. Feo estaba desde el principio.

Arrancó el coche. Esta vez, milagrosamente, lo logró a la primera. Brais miró a Perico.

—¿Ves? El coche también sabe que vamos en serio.

—O quiere llegar cuanto antes para que lo jubilemos.

—No provoques.

El Logan salió hacia el puerto entre un carraspeo de motor y olor a plástico caliente.

Y Brais, con los ojos clavados en la carretera, supo que la siguiente conversación no iba a ser amable. Ni con Delano. Ni con nadie…