Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 28 – Consignando unas teorías 271 #2
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Capítulo 28 – Consignando unas teorías 271 #2

—Sí que puedo. Mire.

Brais, decidido, puso rumbo al despacho situado a la espalda del mostrador y en el que se podía leer el nombre del propietario de la consignataria de buques.

—Brais…

—Camina, Pedro.

Perico le siguió. Tras un par de segundos de indecisión y conmoción, la secretaria salió tras ellos. La mujer intentó adelantarse para avisar, pero Brais ya había alcanzado su objetivo. Llamó una vez con los nudillos y abrió sin esperar respuesta.

Félix Róvalo estaba sentado tras una mesa enorme de madera oscura. Tenía delante un portátil, varios papeles y una taza de café. Levantó la cabeza con una mezcla de sorpresa y fastidio.

—Inspector López.

—Don José Félix. Qué despacho más grande. Aquí se puede esconder hasta una mala conciencia.

Perico entró detrás, incómodo pero resignado.

La secretaria apareció en la puerta.

—Lo siento, don José Félix, yo…

Róvalo levantó una mano.

—Déjenos, Aurora.

La mujer se retiró.

Brais se quedó mirando al consignatario de arriba abajo. Róvalo también vestía de traje, pero el suyo no tenía la brillantez de Alfonso. Era más sobrio, más caro. Gris oscuro, camisa celeste, reloj discreto pero de los que no se compran con nóminas normales.

—Muy bonito el traje —dijo Brais.

Róvalo frunció el ceño, aparentemente sin entender.

—¿Perdón?

—De calidad. Bien planchado. Se nota cuando un hombre cuida las apariencias.

—¿Han venido a hablar de sastrería?

—No. De Camila.

El cambio fue mínimo. Pero lo hubo. La mano de Róvalo se quedó quieta junto al café.

—¿También va a querer endosarme la desaparición de esa chica?

—Para empezar, veo que sabe de quién le hablo.

—Leo la prensa. Pero a esa sí que no la conozco.

Brais sonrió.

—Supongo que no querrá mentir dos veces seguidas a la policía y quedar impune.

—Si se refiere a lo que le dije sobre María Gualpa, creo que ya quedó todo aclarado por parte de mis abogados… —respondió altivo el dueño de la consignataria. Se sentía seguro jugando como local.

—Me refiero a la trabajadora desaparecida del Sovereign Coasts , amiga de María Gualpa. La mujer asesinada que usted conocía y aseguró no conocer.

Róvalo se reclinó en la silla.

—Lamento profundamente lo ocurrido, pero no veo qué tiene que ver esto conmigo. Le puedo derivar a mis abogados…

—Deja a tu equipo legal, José Félix —dijo Brais, que empezaba con su vieja táctica de tutear para despistar— y explícanos el motivo por el que consta que desde esta consignataria se llamó al barco preguntando por Camila.

—No me consta —contestó con suma lentitud.

—Claro —remedó Brais, tras lo que se quedó callado mirando fijamente a Félix Róvalo.

—Podría tratarse de alguna cuestión documental —dijo aquél por fin—. En este negocio hay muchas llamadas. Tripulaciones, permisos, seguros, consignaciones, certificados…

—Qué bonito suena cuando lo dices así.

—Es la realidad.

Brais se inclinó ligeramente sobre la mesa.

—La llamada la hizo Francisco Lozano. El “Gordo” Lozano, su acompañante habitual.

El rostro de Róvalo se tensó. No mucho. Lo justo para que ambos policías se percataran.

—Lozano colabora ocasionalmente con nosotros, pero me extraña.

—Por lo visto, Lozano tiene llaves de media Bahía de Cádiz y parte del extranjero —indicó Perico, que hasta ese momento se había limitado a escuchar y examinar el lenguaje corporal del consignatario.

—No exagere.

—Llaves de la conservera. Llaves de aquí. Llaves de asuntos que no son suyos. Es un hombre muy llavero.

Róvalo apretó los labios.

—No sé por qué llamó. O a lo mejor es una trampa suya. Como en las películas.

Inspector y subinspector usaron la misma táctica: permanecieron en silencio pese al comentario. Y funcionó, porque el propietario de la empresa consignataria continuó explicándose.

—Él se encarga de algunos contactos con personal portuario y tripulaciones —comentó Róvalo —. Quizá vino por aquí. Quizá usó el teléfono. Yo ayer no estuve.

—Pero tiene llave.

—Sí —admitió tras unos instantes.

Brais asintió despacio.

—Lo dicho. Todo el mundo le deja sus llaves al estibador. Debe de ser encantador.

Róvalo no contestó.

Perico permanecía de pie junto a una estantería con carpetas perfectamente alineadas iba a intervenir de nuevo para añadir leña, pero prefirió aguantar. Sabía que Brais estaba apretando, pero también sabía que todavía no había mostrado todas las cartas.

—Hay otra cuestión —dijo Brais—. Esa web de citas por la que contactábais con María y Camila.

Róvalo parpadeó, pero no dijo nada. Silencio absoluto. E incómodo.

—Conocías a María Gualpa. Lo dijiste, Félix.

—Todo lo que tuve que declarar ya lo declaré. Me remito a mi abogado.

—Y ahora aparece su entorno profesional preguntando por Camila, que también trabajaba en el mismo crucero, que también salía en esa web, y que también está desaparecida.

El consignatario miró hacia el teléfono.

Brais lo vio.

—Al final sí que vas a tener que llamar otra vez a tu pandilla de abogados.

—Inspector, si pretende acusarme de algo…

—No pretendo. Estoy preguntando.

—Pues pregunte con respeto.

—Estoy siendo educadísimo. Pregunte a mi compañero. Él me ha visto peor.

Perico hizo una mueca que no comprometía nada. Brais cambió de tono.

—Ayer fueron dos tipos al Sovereign Coasts . Dijeron que iban de parte de su consignataria. Miraron por el barco como si buscaran algo. O a alguien.

Perico escuchó aquello y apretó la boca.

Sabía que aquello era mentira o, mejor dicho, que no era del todo verdad.

Según le contó el jefe de camareros a Brais, habían ido dos tipos, sí.

Pero nadie había afirmado que iban de la consignataria, no.

Pero Brais quería ver la reacción. Perico se dio cuenta y recobró la compostura. Incluso cuando la reacción llegó.

Róvalo se quedó muy quieto. Demasiado. Durante un segundo su cara no fue de indignación, ni de sorpresa, ni de desconocimiento. Fue de miedo. De miedo súbito. De alguien que acababa de entender algo que no quería entender.

—Yo no…