Capítulo 28 – Consignando unas teorías 271
A las ocho pasadas no hacía todavía el calor del mediodía, pero la humedad ya era pegajosa en Nueva Gades.
El sudor se adhería al cuerpo a cada movimiento y el Levante, por si fuera poco, empezaba a saltar con rachas de mala leche, metiéndose por las ventanillas mal cerradas y levantando papeles, servilletas y ánimos.
El Dacia Logan de Brais avanzaba hacia la avenida Cuatro de diciembre con un aire acondicionado que lo único que hacía era provocar una corriente calentorra e insustancial.
Brais, pese a que sabía que no funcionaba, a cada poco tocaba el mando por si la virgen se le aparecía en forma de frío glacial.
—Este coche un día mata a alguien —dijo Perico, abanicándose con una carpeta.
—Te repites más que el ajo —se quejó Brais—. Y nunca he atropellado a nadie. Conduzco mejor que un piloto de rallies.
—Me refiero al calor que hace aquí dentro, cojones. Es mortal. Literalmente.
—Te gusta exagerar, quejica.
Perico miró el salpicadero, que vibraba con una dignidad de lavadora vieja.
—A ver cuándo te compras un coche nuevo, que este está pal arrastre.
El Logan contestó con un tirón. Brais señaló con el índice.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Que te ha escuchado y se ha ofendido. Jamás te dejaré tirado —le prometió al vehículo.
—¡Ofú! —dijo Perico negando con la cabeza mientras se mordía el labio—. Lo que veo es que si llegamos vivos a la consignataria, lo mismo hay que pedirle perdón.
Brais no respondió. Conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla abierta.
La chupa de cuero iba en el asiento trasero, como un animal dormido.
Con ese calor ni siquiera él se atrevía a llevarla puesta, aunque la miraba de vez en cuando por el retrovisor con una mezcla de ternura y desconfianza, como si temiera que volviera a desaparecer.
Perico bebió un sorbo de café de vaso de cartón mientras Brais aparcaba en la zona de carga y descarga cercana a la entrada de la calle Cristóbal Colón.
—A ver si me entero —dijo el subinspector Vélez una vez fuera del destartalado vehículo—. Vamos a la consignataria porque el maitre del crucero…
—El jefe de camareros, para ser exactos —interrumpió Brais para corregir al subinspector.
—Lo que tú quieras —se molestó Perico—. Vamos a la consignataria porque Francisco Ruipérez, el jefe de camareros de camarote del Sovereign Coasts —continuó poniendo el acento en el cargo—, dijo que llamaron desde allí al barco preguntando por Camila.
—Exacto.
—Esa llamada procedía de la consignataria que lleva el Sovereign Coasts , que es la de José Félix Róvalo, el otro sospechoso.
—Exacto.
—Y porque después de la noticia que soltaste con Luis Aguirre en La Gaceta de Gades, dos tipos con pinta de sicarios de saldo aparecieron en el barco buscando a Camila no se sabe por qué.
—Exacto.
—Y el sobrecargo, Delano, aparte de recibir la llamada del “Gordo” Lozano, dejó a los dos tipos raros esos moverse por allí como a mí por mi casa.
—Exac… ¿Qué? —preguntó confundido.
Perico se quedó mirándolo.
—Como Pedro por su casa, pichita mía. Que estás empanado y muy monosilábico. Y eso en ti es mala señal.
—Estoy pensando, joder.
—Otra mala señal.
Brais miró hacia el muelle del paseo de Canalejas, donde aunque los contenedores de antaño habían sido sustituidos por bares y terrazas, persistía ese olor a gasoil salado que en Cádiz parecía tener incluso más memoria que las piedras.
Perico, parado ante el edificio de la consignataria, dio el penúltimo sorbo al café.
—Repásame lo de Ruipérez otra vez.
—¿Otra vez?
—Sí. Me gusta oír cómo te vas cabreando progresivamente y así se me queda le lección.
Brais lo miró mal, pero obedeció. Le resumió lo que ya le había contado por teléfono y de camino: la noche en Astilleros, el parque junto al mar, los grupos de tripulantes por nacionalidades, los silencios de los trabajadores del crucero, la tensión del maitre (o, mejor dicho, del jefe de camareros), el modo en que este, Ruipérez, había terminado confesando que el lunes por la mañana habían llamado al barco preguntando por Camila y que la llamada no era para él, sino para el segundo de a bordo , Delano, el mismo que luego había permitido entrar a dos hombres en el barco; el mismo que no había mostrado demasiado interés ni por María muerta ni por Camila desaparecida.
—Y, como ya te he dicho, Ruipérez reconoció la voz —remató Brais levantando las cejas—. Dijo que era un estibador.
—Lozano, ya.
—El “Gordo” Lozano, sí.
—Ese tío parece un cruce de puerto, prostíbulo y gestoría.
—Y encima entra en todos sitios como tú por tu casa —dijo Brais con un guiño—. En la conservera, en esta consignataria de buques tan molona, en los barcos…
Perico tiró el vaso vacío en una papelera y miró a Brais.
—Es todo muy feo, muy raro y está todo demasiado enmarañado. No me gusta.
—A mí tampoco.
—Pero me gusta menos Róvalo, el dueño de la empresa de buques.
Brais asintió.
—A mí Róvalo me parece de esos que no se manchan las manos porque tiene a otros para manchárselas por él. Por ejemplo, a Lozano. Aparte de amigos con poder, como el aspirante a Alcalde y adinerado Alfonso Rivas.
Brais no dijo nada; se limitó a asentir. Aquello sí lo tenía dando vueltas y le generaba una incomodidad sorda que le atosigaba de vez en cuando.
En ese momento, coordinaron sus cuellos y dirigieron ambos sus miradas al mismo sitio.
Sus ojos confluyeron en un rótulo dorado y ya algo rayado y desgastado en la puerta de entrada al bloque.
Era un edificio moderno, con fachada de cristal y puertas automáticas.
Y en el susodicho rótulo rezaba “Transfelix Servicios Consignatarios” con una tipografía tan seria que daba ganas de acusarla de algo.
—Qué nombrecito más cutre —dijo Perico.
—Pues pese a todo, huele a dinero que echa para atrás.
—Tú hueles a sudor y provocas el mismo efecto —le espetó a Brais su compañero.
—Cállate y tira, anda.
El calor ya había aumentado un par de grados en tan poco tiempo, y por los cristales del edificio se magnificaba.
A pesar de todo, prefirieron subir por las escaleras.
Pero cuando pasaron delante del ascensor, escucharon como su puerta se abría.
Los dos se detuvieron. Alguien salía de la consignataria. Alguien que conocían: Alfonso Rivas.
Iba hecho un pincel. Traje azul marino impecable, corbata discreta, zapatos negros relucientes, camisa blanca sin una sola arruga y un pañuelo colocado en el bolsillo superior con una precisión que a Brais le pareció directamente delictiva.
Alfonso los vio. La sonrisa le apareció de inmediato, pero tardó una fracción de segundo más de lo normal. Brais lo notó.
—Hablando del rey de Roma —musitó el subinspector Pedro Vélez antes de que un sorprendido Alfonso Rivas hablara.
—Inspector López y compañía —dijo Alfonso tras recobrar la serenidad.
—Señor Rivas.
—Qué madrugadores.
—Los pobres trabajamos temprano, aunque se ve que no tanto como los… —hizo una pausa— no tan pobres.
Alfonso sonrió con una paciencia de campaña electoral.
—No sabía que la Policía Nacional también hacía visitas comerciales.
—Y yo no sabía que los futuros candidatos a alcalde visitaban consignatarias a primera hora.
—Tengo muchos intereses profesionales.
—Sí, ya veo. Muchos intereses...
Perico se quedó medio paso atrás. Sabía que aquello no era una conversación. Era un duelo con corbata por un lado y mala leche por el otro.
Alfonso miró a Brais con aire altivo.
—El otro día me interrumpió usted en plena intervención pública.
—No. Le hice una pregunta. Bastante pertinente a mi juicio.
—Una pregunta capciosa.
—Una pregunta sencilla. Que usted no respondió.
—Respondí perfectamente.
Perico cada vez se sentía más tenso.
—Entonces sería yo, que no lo entendí. Ya sabe, soy un simple policía de distrito. No estoy acostumbrado a… —Brais de nuevo hizo una pausa para elegir el término preciso— la política.
Alfonso dejó de sonreír durante medio segundo.
—Cuídese, inspector —se despidió.
Brais ladeó la cabeza.
—Eso mismo iba a decirle yo.
—¿Ah, sí? —preguntó Rivas que se detuvo y giró el cuello a pesar de que ya encaminaba sus pasos a la salida del edificio.
—Sí. Tenga cuidado con los amigos con los que se junta.
La mirada de Alfonso se endureció.
—No sé a qué se refiere.
—Pues debería. Porque si alguno de esos amigos termina condenado por delitos feos, de esos que manchan incluso los trajes tan bonitos que llevan, como usted, y si la gente poderosa permite que la prensa lo cuente, igual se le complica salir elegido alcalde.
Perico tosió por lo bajo. Alfonso mantuvo la compostura. Casi. Pero en la mandíbula le apareció un músculo rebelde.
—Está usted insinuando cosas muy graves.
—No insinúo. Recomiendo prudencia. Soy un servidor público. Y no me gusta cuando desde el ámbito de la política se trata de meter presión a las fuerzas del orden. Ya sabe por lo que se lo digo.
—Buenos días, inspector.
—Buenos días, señor Rivas.
Alfonso pasó junto a ellos con dignidad ensayada y se alejó hacia un coche oscuro aparcado en doble fila que acababa de llegar. Brais lo siguió con la mirada.
—Está nervioso —dijo.
—Tiene cara de político. Es difícil saber si está nervioso o mintiendo.
—Ambas. Siempre ambas.
Los dos policías, después de unos segundos que utilizaron en observar cómo el vehículo de alta gama del empresario aspirante a alcalde se alejaba, entraron en la consignataria.
Dentro olía a ambientador del caro y el aire acondicionado funcionaba a la perfección.
No obstante, Brais y Perico no se encontraron con el lujo que habían previsto.
Había una pequeña recepción con un mostrador blanco, un par de sillas de diseño incómodas, pero nada modernas y una secretaria de unos cincuenta años que los miró como si llevara toda la mañana temiendo que aparecieran.
—Buenos días —dijo ella—. ¿Tenían cita?
—No —respondió Brais con rotundidad y se quedó mirando a la secretaria.
—Entonces tendrán que esperar. Don José Félix está… —quiso indicar la mujer hasta que el inspector se lo impidió.
—Disponible —dijo Brais, ya caminando.
—Perdone, no puede pasar.