Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 27 – Cruz al crucero 260 #3
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Capítulo 27 – Cruz al crucero 260 #3

—A ver. Explícate, pero en cristiano. Que hasta yo pueda comprenderlo.

—Lo intentaré, aunque no le puedo prometer nada —dijo ella con una nueva sonrisa, esta vez mucho más asentada e intencionada—. La web hace un microcargo a la tarjeta para verificarla. Aunque sea de céntimos, eso queda registrado bancariamente.

Brais abrió mucho los ojos y apretó los labios antes de mirar con fijeza a la policía.

—Vanesa…

—Diga, inspector jefe López —pidió Vanesa, que no sabía por dónde iba a venirle.

—Eres la más lista de esta comisaría.

—¡Ah, eso! Ya lo sabía —dijo con sorna.

—Venga, pues pide rápido una orden judicial para curiosear lo que se pueda.

—Voy a ello —accedió la agente antes de hacer una pausa—. Por cierto… También he seguido con lo de los robos y creo que…

—Déjalo —replicó con sequedad Brais, que sin querer negaba con la cabeza.

Vanesa frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que lo dejes.

—Pero he encontrado…

—Vanesa. Céntrate en María y Camila. Lo otro lo llevo yo, ¿de acuerdo?

El tono fue demasiado brusco, incluso para el inspector jefe Brais López. Vanesa se levantó lentamente.

—Es usted una persona tóxica —le espetó mientras se marchaba con la cabeza alta y sus andares marciales.

Brais se quedó tartamudeando para fuera y para sus adentros. Solo.

—Pe-pe-pero…

Aunque hubiera podido, el teléfono, otra vez, no le dejó terminar la absurda frase con la que se iba a justificar ante sí mismo. Era un número desconocido. Pensó en que no quería hablar con un vendedor de seguros, telefonía o electricidad, pero descolgó automáticamente.

—¿Sí?

—¿Inspector Brais López?

La voz era nerviosa, pero para reconocerla, su interlocutor tuvo que identificarse..

—Francisco Ruipérez, del Sovereign Coasts . El jefe de camareros.

Brais se tensó.

—Diga, Francisco. No me esperaba escuchar tan pronto noticias suyas.

—Esto… No sé si… —dudó unos instantes—. Han venido hombres preguntando por Camila.

Brais sintió un vuelco inmediato.

—¿Qué hombres?

—Dos tipos enormes. Como agentes de la CIA de película americana.

—¿Dónde?

—En el crucero. Delano, el segundo, los dejó entrar.

Eso hizo que Brais se quedara completamente quieto.

—¿El sobrecargo?

—Bueno, sí. El staff captain —pronunció con un inglés profundo de acento estadounidense.

—El oficial jefe. Vale —se dijo para entenderse—. ¿Y qué buscaban?

—No lo sé. Pero buscaban algo.

Brais cerró los ojos y entendió que había funcionado. La noticia de su colega periodista, Luis Aguirre, había funcionado demasiado bien.

—Mierda.

—¿Qué? —preguntó Francisco con los nervios a flor de piel.

—Nada, nada.

Pero sí era algo. Porque acababa de entender que había provocado un movimiento peligroso. Muy peligroso.

—¿Sabe quiénes eran? ¿Los conocía de antes?

—No.

—¿Y sabe quién los mandó?

—No lo sé —respondió el jefe de camareros en un susurro quedo.

Brais respiró hondo.

—Escúcheme bien. Si vuelven, me llama inmediatamente.

—Claro.

Colgó. No le dio tiempo a asimilar nada. Automáticamente se le apareció Perico en el teléfono.

—¿Qué pasa ahora? —contestó Brais mientras andaba de un lado para otro, entre mesas y sillas, como si estuviera en una carrera de Fórmula Uno—.

Antes de nada, tengo que contarte lo que he hablado con el jefe de camareros del crucero.

Pero —continuó igual de acelerado—, mañana a las nueve vamos a la consignataria.

—Vale, vale. Pero escucha…

—Han ido un par de notas con pinta de matones al barco y… —Brais no podía parar. Trataba de ordenar su mente hablando.

—Que sí, que sí. Pero escúchame, hombre.

—¿Qué pasa? —preguntó Brais contrariado por las interrupciones de Perico.

—He hablado otra vez con la madre de Camila.

Brais se detuvo.

—¿Y? ¿No tenías hoy el día libre?

—Sí, picha, sí. Pero me ha llamado la pobre mujer. Se quedó con mi contacto. Me quería preguntar si había novedad después de que le hubiera preguntado un compañero mío por el teléfono desde el que la llamó su hija Camila.

—¿Cómo? ¿Un compañero tuyo?

—Ahí le has dao . Se ve que alguien, haciéndose pasar por poli, la ha llamado para averiguar dónde puede estar Camila. No me gusta nada, Brais.

—¿Y ella le contestó? —preguntó con una preocupación creciente que traspasaba su tono de voz y la línea telefónica.

—Claro. Con el número de teléfono desde el que la llamó su hija hace tres días… —Perico hizo una pausa—. Que resulta que es una cabina del muelle.

Brais sintió un escalofrío.

—¿Qué? No me jodas.

—Es la única cabina telefónica que queda dentro del puerto —concretó el subinspector Vélez—. No está ni muy lejos de la conservera.

Todo empezó a encajar en el cerebro de policía de Brais demasiado rápido. Los hombres buscando. El barco. La noticia. La cabina. Brais abrió mucho los ojos.

—¿Y se sabe quién era? ¿Algún dato más?

—Nada. Solo que era un hombre. Ella no dudó que fuera policía también y por eso le dio el número.

Brais apretó los dientes lentamente. Muy lentamente.

—Alguien tiene muchísimo miedo de que Camila siga viva.

Y por primera vez en días, tuvo la sensación clarísima de que estaban acercándose demasiado a algo muy gordo.