Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 27 – Cruz al crucero 260 #2
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Capítulo 27 – Cruz al crucero 260 #2

Lo que la imaginación de Brais vio fue algo similar a la playa de Omaha en el desembarco de Normandía.

Minas con formas de infantes humanos y chillones, disparos de balones procedentes de cualquier ángulo, gritos de moribundos a los que se le ha llenado de arena la tortilla.

Las sombrillas eran el equivalente a las defensas metálicas que trataban de evitar el avance aliado.

A Brais, por poco se le metió una por el ojo.

Y de fondo, para culminar la guerra contra el masificado verano de playa, músicas que agujereaban los tímpanos del inspector jefe más borde de Cádiz y parte del extranjero.

Brais caminaba detrás de Samu cargado como una mula. La nevera, la bolsa con las toallas, las cremas y demás parafernalia playera; la sombrilla de colores. Y, como no podía faltar, la chupa de cuero al hombro, porque se negaba a dejarla en casa.

—Papá, ¿por qué traes la chaqueta?

—Porque refresca luego.

—Pero si estás sudando. Se te caen las gotas por la barbilla.

Brais no respondió.

Encontraron un hueco imposible entre dos familias. Una estaba escuchando, y obligando a escuchar, a Bad Bunny a través de un imponente altavoz por bluetooth ; Samuel identificó al “artista”, lo cual provocó una mueca de desazón y desilusión en el contraído rostro de su padre.

La otra familia discutía a gritos sobre quién se había comido las croquetas del puchero.

Brais, a punto de estallar, clavó la sombrilla con violencia. El picotazo se quedó a un centímetro escaso de su pie.

—Odio profundamente la playa —murmuró.

—Pues no lo parecía hasta ahora —dijo Samu inocentemente, que había escuchado a su padre.

—Porque soy muy buen actor. Y porque te quiero.

—Gracias, papi.

Samu salió disparado hacia el agua mientras Brais se dejaba caer en la toalla sudando como un condenado. Viendo a su hijo, y pese a todas sus quejas y protestas, una sonrisa apareció en su cara de improviso. Se levantó para acompañarlo y agarró la pelota.

Pero un soniquete familiar sobresalió entre todo el ruido playero. Era un audio de WhatsApp . De Vanesa, la agente en prácticas, para más señas. Brais miró al cielo, la única parte del mundo en la que no había gente mostrando sus lorzas, antes de escuchar el mensaje.

—Me cago en mi cama.

Pinchó sobre el audio y se colocó el móvil cerca de la oreja. Vanesa sonaba excitada y eso normalmente significaba avances en la investigación y datos nuevos.

—He encontrado algo, inspector López. Tiene que verlo. No obstante, creo que sería conveniente que lo escuchara en persona y no por teléfono. Si es tan amable, venga, por favor, a la comisaría de distrito para mostrarle. Un saludo cordial —terminó Vanesa, cumplida como siempre.

Brais miró la playa y se alegró. Un alivio repentino provocó en él un suspiro hondo y largo.

Luego, de seguido, miró a Samu, que saltaba sobre las olas ajeno a todo el mal del mundo.

La alegría fue a menos. Se sintió triste y culpable por lo que tenía que hacer.

Se llegó a preguntar a sí mismo si tenía otra opción, pero no , el inspector jefe Brais López no contestó.

—¡Samu! —gritó en la distancia mientras elevaba el brazo y comenzaba a ondearlo.

El niño salió del agua corriendo. La sonrisa que llevaba puesta de serie se iba difuminando a medida que se acercaba a su padre y traducía lo que su cara quería decirle.

—¿Qué pasa? —preguntó serio.

—Tenemos que ir a comisaría.

El cuello de Samu se retrajo, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Durante un par de segundos, muy tieso, muy digno, observó con atención a su padre, que tragó saliva. Y, tras esos largos momentos, por fin, los ojos del niño se abrieron como platos justo antes de que hablara con solemnidad.

—¿A trabajar contigo? ¿Verdad?

Brais se quedó congelado. Aquello no era lo que esperaba. Pero, de alguna manera, le valía.

—Bueno… sí. Un momento nada más —respondió con el aderezo de un fuerte abrazo.

—¡Sí! —gritó de alegría Samu, que empezó a recoger emocionadísimo.

Brais lo observó resignado.

—Eso sí. A tu madre ni una palabra.

Samu besó dos dedos y se los puso en la palma de la mano solemnemente.

—Lo juro.

—Qué miedo me das.

- o -

En la comisaría de Nueva Gades, Samu miraba todo como si hubiese entrado en Disneylandia. Hacía mucho tiempo que no pasaba por allí.

Vanesa estaba sentada delante de su ordenador cuando llegaron. Llevaba una coleta alta y cara de llevar demasiadas horas trabajando. Con todo, sonrió al ver al niño.

—Hola. Tú debes ser Samuel López.

—Hola. Sí —contestó con alegría—. Mi padre es el inspector. Pero no es tan malo como parece.

—¿Quieres pintar? —dijo Vanesa asintiendo e intentando reprimir una risa.

—Vale.

Vanesa le señaló una mesa apartada llena de papeles reciclados y bolígrafos. Brais, entretanto, se acercó rápidamente.

—¿Perico ha venido?

—No tengo constancia de su ubicación.

—Ofú. —Brais inhaló aire lo más lento que le dejó su estrés—. ¿Qué has encontrado? Dime —apremió.

—Espero que la genética sea sabia y sepa elegir bien —susurró Vanesa.

—¿Qué?

Vanesa obvió la pregunta del inspector jefe y abrió varias ventanas en el ordenador. Por fin, apareció en primer plano una web. Una muy oscura a la par que minimalista y elegante. Pero había algo que chocaba y llamaba la atención.

De pronto, a un click de distancia, aparecieron una serie de fotografías demasiado sugerentes. Brais identificó instantáneamente a María Gualpa. No le dio tiempo a sorprenderse cuando vio también a Camila. Las dos aparecían en poses provocativas bajo nombres falsos.

En las descripciones se publicitaban cuestiones tales como disponibilidad limitada, experiencia exclusiva, garantía de complicidad y absoluta complacencia.

Brais soltó un bufido.

—La madre que parió al internet y a la “deep web” de los cojones.

—Si no se ha percatado, se trata de una página que ofrece los servicios de escorts de lujo.

—Vanesa, ya lo sé —soltó indignado Brais.

—Supongo que ahora dirá que usted nunca ha ido a un sitio como ese.

—Ni volveré a ir —completó Brais con renovada indignación.

Vanesa, que no parecía haber entendido la broma, amplió información.

—Si se fija, todo está pensado para proteger con sumo cuidado la intimidad del cliente.

Aquí —señaló en la pantalla con el bolígrafo que portaba— se indica que ofrecen correos internos encriptados.

Los pagos se venden como absolutamente opacos.

Y, para finalizar, se hacen eco de la ubicación de los servidores en países extranjeros con nula colaboración con autoridades ajenas.

Brais, mientras oía el discurso, leyó algunos textos. La web parecía escrita por un psicópata elegante.

—¿Y cómo gana dinero esto? —-preguntó Brais al aire.

—Las chicas pagan por los mensajes que reciben.

—Qué bonito el capitalismo.

Vanesa siguió con la explicación. El alta se hacía mediante tarjeta bancaria y un correo cifrado interno. No había teléfonos visibles. Ni nombres reales. Ni nada fácilmente rastreable.

Brais empezó a pasearse nervioso.

—Entonces estamos jodidos.

—No del todo —aseveró Vanesa con un proyecto de sonrisa—. Siempre queda huella en el dinero.

Brais se giró.