Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 27 – Cruz al crucero 260
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Capítulo 27 – Cruz al crucero 260

A Brais le dolía la cabeza incluso antes de abrir los ojos.

El calor nocturno no había ayudado. El ventilador de techo, viejo, ruidoso y sin brío, tampoco.

Todo eso le había permitido sumar, como mucho, unas cuatro horas de sueño poco profundo y nada conciliador: una especie de purgatorio en el que había transitado a duras penas escuchando y reinterpretando la conversación de la noche anterior con el jefe de camareros del crucero Sovereign Coasts .

El resultado de esa penosa travesía fueron, aparte de la migraña, el sudor, una nuca agarrotada y la mandíbula apretada como si hubiese dormido masticando piedras.

Pero lo que le había contado Francisco Ruipérez, el superior directo de Camila y María en el crucero, le había chocado.

En realidad, tanto el estibador como el dueño de la consignataria no estaban, ni mucho menos, descartados.

De hecho, eran los principales (y únicos) sospechosos.

Las circunstancias en que fueron hallados junto al cadáver de la chica fallecida hablaban fuerte por sí solas.

Pero eso que le contó la noche anterior el jefe de camareros…

Ya sabía que ambos tenían mucho que ver con María Gualpa y, muy posiblemente, también con Camila.

Pero le desorientaba que el Gordo Lozano, desde la consignataria del otro sospechoso, llamara preguntando por la segunda.

¿Qué buscaban? ¿Deshacerse de pruebas? ¿Encontrar a Camila para que no hablara?

¿Sabían que estaba viva? Aún así, no tenía pruebas para encausarlos con argumentos sólidos.

Eso sí, por lo que le dijo “su” hombre en el crucero, ahora tenía un buen hilo del que tirar.

Se quedó unos segundos tumbado mirando el techo desconchado de su cuarto mientras el ventilador giraba con un sonido cansino y absolutamente inútil.

Entonces evocó por enésima vez las piezas que componían el caso: el “gordo” Lozano; la consignataria y su dueño; Delano, el segundo de abordo; y, por supuesto, María Gualpa y su amiga Camila.

Todo se le mezclaba en la cabeza como un puñado de cables enredados. Y encima, por si fuera poco, tenía playa. Odiaba con todo su ser lo que tuviera que ver con la playa en verano. Cerró los ojos con resignación.

—Me cago en mi puñetera cama y en la de todos los turistas de este mundo globalizado y absurdo —se dijo aún con la mirada en el techo.

Se levantó arrastrando los pies y salió al salón en calzoncillos negros y camiseta vieja de Motörhead.

Toño estaba viendo las noticias en la tele de la cocina con el volumen bajísimo para no despertar a Samuel, mientras Zuleidy degustaba un café solo leyendo una novela policiaca.

— Neno , pareces un cadáver desenterrado —comentó Toño con su acento gallego sin apartar la vista de la tele—. Un zombi de esos que te gustaba ver de chico.

—Gracias, papá. Sin tus palabras cariñosas no sé qué haría.

Samu apareció corriendo desde el pasillo ya con el bañador puesto debajo de la ropa, unas gafas de agua sobre la cabeza y un balón bajo el brazo.

—¡Papá! ¿Nos vamos ya?

Brais lo miró como si le acabaran de comunicar una condena firme.

—Todavía no, Samu, cariño. Acabo de levantarme.

—Pero dijiste temprano.

—Y son las nueve y media. Esto para mí es madrugada. A esta hora no están ni siquiera los socorristas.

Samu bufó teatralmente y volvió corriendo a buscar una mochila de playa mientras Brais se dejaba caer en una silla y cogía el móvil.

Derrotado, entró automáticamente en la edición digital de La Gaceta de Gades.

Y allí estaba. El titular con el que su amigo Luis Aguirre había coronado la noticia ocupando media portada digital:

“Una llamada anónima abre nuevas líneas en el caso María Gualpa”.

Brais empezó a leer rápido. De primeras, ya se congratuló.

Luis había cumplido exactamente lo prometido.

Ni una sola mención al jefe de camareros, al que había que proteger, ni a nada que tuviese que ver con la charla en el barrio de Astilleros de la noche anterior.

Tampoco se mencionaba al segundo de a bordo del crucero, ni a la consignataria.

Solo estaba la noticia, pelada y mondada, es decir, el anzuelo.

Brais se mesaba la barba cada vez más tupida mientras daba vueltas mentales a los datos.

La publicación de las fotos de María y Camila había movido cosas.

Y, sí, también había hecho aflorar el miedo y nervios en alguien.

Las llamadas eran la prueba. Brais sabía por experiencia que esas dos emociones, el miedo y el nerviosismo, cuando se dejan campar a sus anchas por el fértil terreno que ofrece un cerebro descuidado, provocan algo que a él y a su investigación le convenían: errores.

Esperaba que aquello funcionara igual. Y casi como si el universo quisiera darle la razón, el teléfono empezó a vibrar. El sopor volvió a apoderarse de Brais: era Agustín. Brais sonrió con cansancio antes siquiera de descolgar.

—Qué temprano para dar por culo, comisario —contestó con rintintín.

—No me vaciles, Brais.

El tono del comisario de distrito venía ya caliente.

—Buenos días para ti también.

—¿Te crees muy listo? —le soltó con malicia Agustín.

—Depende del día.

—No niegues que esa noticia viene de ti. Y ya van dos.

Brais se levantó despacio y fue hacia su habitación mientras escuchaba a Agustín despotricar.

—Ese panfleto de tu colega está diciendo medias verdades —continuó el comisario de distrito.

—Por casualidad, acabo de leer el periódico y no he visto ninguna mentira. Quien sea que le ha dado la información ha sido muy sincero.

—Vete a la mierda, Brais. No seas hipócrita. Además, lo que no dice es que quien llamó fue un simple trabajador del crucero que ya había avisado antes de la desaparición de Camila.

Brais se quedó quieto. Muy quieto. Pese a la marejada interna que habían provocado las palabras de Agustín, no tartamudeó. Al contrario, habló con una calma rarísima en él a esas horas de la mañana.

—Agustín… —dijo Brais con toda la tranquilidad— ¿te puedo hacer una pregunta?

—Tú dirás —respondió dubitativo el comisario.

Entonces Brais cambió de tono de golpe.

—¿Quién coño te ha dado esa información?

Agustín tardó un segundo en reaccionar.

—No empieces.

—No, escúchame bien tú —le confrontó Brais—. Esa información solo la tenemos yo y los míos. Y ninguno de nosotros ha ido contándolo por ahí, eso te lo aseguro.

Brais empezó a elevar poco a poco la voz, amparado por el elocuente silencio que hubo a continuación.

—Así que eso me hace preguntarme quién está tan interesado en torpedear esta investigación… y sobre todo por qué.

—Te estás pasando.

—No. El que se está metiendo en una selva peligrosa eres tú.

Brais respiró hondo.

—¿Estás ahí? —preguntó Brais por fin.

—Sí.

—Pues tú dirás, Agustín.

La respuesta tardó varios segundos más. Unos segundos incómodos y tensos, sobre todo para el comisario de distrito.

—Yo no soy como piensas —dijo finalmente Agustín.

—Eso está por ver.

—Me llamó un amigo del dueño de la consignataria.

Brais apretó la mandíbula.

—Qué bonito es el amor. ¿Y quién es el amigo?

—Un político en ciernes —respondió con un tono de voz más bajo.

Brais frunció el ceño.

—¿Qué coño significa eso? No me vengas con pistas chungas para escape rooms de adolescentes.

—Alfonso Rivas.

Ahí estaba. Brais cerró los ojos un segundo. Encajaba demasiado bien en la composición de lugar que su cerebro, casi sin darse cuenta, había estado pergeñando desde el inicio de la investigación.

—Claro.

—¿Claro qué?

—Sencillo, fácil, evidente, elemental —dijo con voz engolada.

—Joder, Brais. Con eso lo único que saco en claro es que tienes un diccionario de sinónimos en la mesilla de noche.

—Que me parece obvio, coño —respondió con suficiencia en su rostro—.

El señor Rivas es amigo del dueño de la consignataria.

Por lo visto, eso es de dominio público.

Así que no le tiene que molar la idea de que se le pueda relacionar con él a un sospechoso de asesinato.

¿Y qué hace entonces, ahora que se presenta a alcalde?

Tratar de salvarle el culo a su colega para quedar impoluto. Esta gente no da puntada sin hilo.

Agustín soltó aire.

—Una cosa.

—Dime.

—Yo no te he dicho nada.

Brais sonrió sin humor.

—Adiós, Agustín.

Se quedó inmóvil unos segundos tras colgar. Como si estuviese en una sesión de mindfulness, empezó a observar los pensamientos que merodeaban por su cabeza. Uno de ellos le resultó más que interesante, pero cuando iba a aprehenderlo, una voz…

—¡Papaaaaa!

Samu volvió a irrumpir en el salón cargado con un cubo, una sombrilla diminuta y, por supuesto, el balón debajo del brazo.

—¿Ya? ¿Nos vamos? —insistió a mil por hora—. Zuleidy me ha ayudado a ponerme la crema.

Brais miró la mochila de playa como quien mira un ataúd.

—Sí —dijo apesadumbrado—. Me pongo el bañador y nos vamos.

—¡No te pongas uno de “titi de Cadi”! —gritó en la distancia Toño con evidente sorna.

Brais iba a responder a la injuria, pero lo dejó para otra ocasión.

No porque no quisiera contestar, ni por las prisas de su hijo, ni por un afán de estoicismo.

Era porque una imagen había pasado fugazmente por su cerebro merced a una asociación de ideas no tan absurda como pudiera parecer a primera vista: hijo, playa, Poeta…

Se lanzó a por su teléfono, buscó el contacto del agente Federico García, alias “el poeta” y pulsó en él. Esperó a que contestara...

—¿Federico? —preguntó remiso.

—¿Señor inspector jefe?

—¿Do-dónde es-estás? —tartamudeó.

—¿Me puedo ir ya de la playa? He pasado una noche regular —dijo el poeta. De hecho, casi lo imploró.

—Claro, claro. Puedes retirarte —le contestó Brais con voz leve y un agujero en el estómago—. Buen trabajo, Poeta. Buen trabajo…

– o –

Cuando llegaron a los aledaños de la playa Victoria, volvió a imaginarse a sí mismo como un soldado en una guerra ajena. Pero en esta ocasión no se ubicó en Vietnam, sino en la Segunda Guerra Mundial. Eso sí, seguía siendo yanqui.