Capítulo 26 – Barrio de Astilleros 249 #2
—Quiero hablar con la tripulación del barco. Por lo de las dos chicas —añadió Brais.
—¿Vas solo?
Brais dudó un instante.
—No. He quedado con Luis, mi amigo periodista. Y con Beli —admitió finalmente en un tono más bajo.
Toño soltó una carcajada inmediata.
—¡Manda carallo ! ¡El Sócrates de la Bahía! —exclamó—. ¿Y qué hace ese personaje en una investigación policial?
Brais adoptó un rictus extraño que su padre detectó. Pero Samu levantó la cabeza y desvió sin querer la atención.
—¿Quién es ese Sócrates?
—Un amigo muy raro, alto y con los pies muy pequeñitos —dijo Brais.
Toño negó lentamente.
—Ese muchacho apuntaba maneras desde chico.
Brais lo miró.
—¿Qué maneras? —preguntó Brais—. Es buena gente a pesar de todo.
—No lo dudo. Y era listo de chico. Si mi memoria no me engaña, algún problema con la ley tuvo cuando yo era inspector. Desde pronto se veía que le iba a costar coger el carril bueno.
Zuleidy asintió sin despegar la vista del libro.
—Los peligrosos de verdad suelen ser los admirados. Se esconden a la vista de todos.
Aquella frase se quedó flotando en el aire unos segundos.
Brais se levantó.
—Bueno, me voy.
Samu corrió a abrazarlo por la cintura.
—¿Puedo ir contigo?
—No, Samu. Es…
—Ya, ya. Era broma. No tardes mucho.
Brais le revolvió el pelo.
—Intentaré no detener a nadie.
—¿Y si tienes que hacerlo?
Brais sonrió apenas.
—Entonces intentaré que no me peguen primero.
- o -
A las nueve y media de la noche el barrio de Astilleros parecía otro mundo distinto al resto de Cádiz. El aire olía a gasoil, cerveza y metal oxidado.
Los dos edificios gemelos de catorce plantas pegadas al mar se recortaban contra el cielo negro mientras grupos de personas ocupaban bancos, bordillos y pequeños corrillos cerca del parque de Astilleros. Era sábado noche y los cuerpos lo sabían.
Luis Aguirre observaba el ambiente con fascinación mientras caminaba junto a Brais.
—Esto parece un puerto soviético de los años 70.
—Tú has visto demasiadas películas malas.
—Y tú muy pocas buenas.
Luis iba con unos vaqueros arrugados, camiseta gris desteñida y zapatillas reventadas. Parecía un profesor universitario en plena depresión.
—¿Tú te vistes así aposta? —Brais lo miró de arriba a abajo.
—El periodismo serio exige sufrimiento estético y tiempo.
—Pareces un saco de patatas con barba.
Luis sonrió satisfecho.
—Gracias, largo.
Brais negó con la cabeza mientras miraba alrededor.
El ambiente estaba dividido casi por nacionalidades.
Los eslavos hablaban bajísimo alrededor de botellas vacías.
Los sudamericanos eran más ruidosos, aunque al notar miradas externas bajaban automáticamente el tono.
Más allá, cerca del agua, un grupo de filipinos jugaba a cartas sobre una nevera portátil.
Luis sacó el móvil.
—Por cierto. Ya está subida la noticia.
Brais levantó la mirada.
—¿Rápido no?
—Las desgracias venden más que los partidos del Cádiz y las nuevas tecnologías lo aceleran todo.
Brais cogió el móvil un instante y leyó el titular.
“Una llamada anónima abre nuevas vías en el caso María Gualpa”.
Perfecto. Me vale.
—Ahora solo queda esperar —dijo Brais con severidad, mirando al horizonte que ocupaban varios barcos de vela fondeados cerca de donde se encontraban.
—¿Esperar a qué exactamente? —preguntó Luis.
Brais devolvió el móvil.
—A que alguien se ponga nervioso.
Luis soltó aire.
—Te gusta demasiado jugar con fuego.
—A ti también. Por eso has venido.
Luis sonrió.
— Touché .
Brais seguía mirando alrededor cada pocos segundos. Estaba buscando, esperando. Luis terminó dándose cuenta.
—¿A quién coño esperas?
—A un amigo.
—¿Llega tarde o qué?
Brais miró el reloj y asintió. Las diez y cuarto. Justo entonces una voz sonó a su espalda.
—¡Qué pasa, chaval!
Brais se giró. Beli estaba allí. Pantalones cortos beige. Sandalias. Camiseta de tirantes. Aspecto de turista pobre recién expulsado de un camping. Luis lo observó unos segundos.
—Madre de dios. Parecéis un grupo terrorista de segunda regional.
Beli sonrió encantado.
—Parecemos. ¿Os habéis visto? —dijo mirando a los dos tipos extraños que tenía ante sí.
Brais resopló.
—Vamos. Las presentaciones para luego.
Empezaron a caminar entre los grupos. Las conversaciones se apagaban ligeramente a su paso. No por miedo exactamente. Más bien por prudencia. Beli saludaba a algunos con naturalidad, porque conocía el terreno. Tenía calle. Mucha.
De pronto Brais se detuvo. Como un perro antidroga. Luis lo vio automáticamente.
—¿Qué pasa? —preguntó el periodista.
Brais señaló con la barbilla.
—Ahí.
En uno de los bancos cercanos al paseo estaba sentado el maitre , o jefe de camareros, del crucero.
Nada más verlo, el hombre tensó el cuerpo.
El resto de personas del grupo en el que estaba callaron casi al unísono.
Dos hombres negros bastante corpulentos se levantaron despacio y se colocaron delante.
Beli, que detectó la tensión antes incluso que Luis, decidió actuar.
Se adelantó un par de pasos con lentitud calculada, se colocó ante el grupo y, ante la mirada atenta de todos, sacó una botella pequeña de “Havana 7” del bolsillo lateral.
—Quillo, tampoco vamos a montar aquí la Tercera Guerra Mundial. ¿Alguien tiene hielo y un vasito?
Aquello rompió un poco el ambiente hostil. Uno de los hombres terminó soltando una carcajada breve. Y la tensión se rebajó más que el agua al ron.
Brais aprovechó. Se acercó directamente al maitre . Luis sacó una libreta. El jefe de camareros lo reconoció enseguida.
—Otra vez usted —protestó el hombre.
—Yo también me alegro de verlo.
El hombre no respondió.
Brais se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Cuando fui al crucero me di cuenta de una cosa.
Francisco Ruipérez, el jefe de camareros del Sovereign Coasts , se limitó a escuchar.
—Usted no abrió la boca ni para respirar, como ahora.
—No tenía nada que añadir.
—Ya, claro.
Brais miró al mar.
—Pero yo soy policía. Y sé distinguir cuándo alguien calla porque no sabe nada… y cuándo calla porque sabe demasiado.
El maitre apretó la mandíbula.
—Le dije lo que sabía.
—No exactamente.
Silencio.
—¿Y Camila?
—Desaparecida.
—¿No le preocupa?
—Claro que sí. Eso creo que ya lo dije.
—Pues no lo parece.
—María también era buena chica —dijo el maitre tragando saliva.
—Y está muerta —apostilló Brais.
Aquello le dolió a Francisco Ruipérez. Trató de disimularlo, pero se notó. Y Brais lo vio, de manera que cambió el tono sobre la marcha. Le agarró suavemente del brazo y lo apartó un poco del grupo.
—Escúcheme bien, Francisco. Yo quiero encontrar al asesino de María. Y quiero encontrar a Camila viva si todavía llegamos a tiempo. Pero si tú sigues respondiendo como un maniquí me estás jodiendo vivo.
El maitre bajó la mirada.
—No quiero perder mi trabajo —confesó mirando al suelo.
—No soy tu enemigo.
El hombre se limitó a mirarle. Brais iba a decir algo, pero se contuvo y permaneció en silencio. Sabía que no estaba ante una mala persona, sino solo ante alguien con miedo. Y el miedo es libre.
—Mira al de máquinas —terminó hablando el jefe de camareros.
Aquello hizo que Brais entornara los ojos.
—¿Qué pasa con él?
—Ya le han puesto la cruz.
—¿Por llamar? —Brais echó la cara hacia atrás.
El hombre dudó.
—Por hablar más de la cuenta.
Luis dejó de escribir un segundo. El maitre siguió hablando más bajo.
—En el barco hay cosas que es mejor no comentar.
—¿Como cuáles?
El hombre respiró hondo.
—El lunes por la mañana llamaron preguntando por Camila.
Brais se quedó completamente quieto. Su amigo periodista hizo una nueva pausa en la escritura.
—¿Quién?
—Cogí yo el teléfono.
—¿Y?
—Preguntaban por el segundo de a bordo.
Aquello hizo que Brais sintiera un pequeño vuelco.
—¿Delano? ¿Ernesto Delano?
El jefe de camareros asintió lentamente y con extrema seriedad.
—Fui a buscarlo. Le pasé la llamada.
—¿Escuchó algo?
—Solo el nombre de Camila.
—¿Y después?
El maitre miró alrededor antes de seguir.
—Cuando colgó me vio escuchando y lo noté… como incómodo. Se puso nervioso.
—¿Y dijo algo?
—Sí. Quería justificarse. Que llamaban de la consignataria. Que querían evitar mala publicidad para el crucero.
Brais no apartaba la vista de él.
—Pero usted no se lo creyó —dijo Brais con el objetivo de que continuara.
Sin embargo, no funcionó de primeras. Francisco, el jefe de camareros, guardó un silencio largo y pesado. Él también estaba incómodo. Pero tras unos segundos de duda, finalmente respondió.
—Yo he escuchado antes esa voz.
—Espera, espera. ¿La del teléfono?
Francisco Ruipérez asintió.
—¿Quién era?
El jefe de camareros calló otra vez más. Parecía debatirse por dentro. Como si estuviese cruzando una línea peligrosa.
—Uno de la estiba.
Brais notó cómo Luis levantaba automáticamente la cabeza de la libreta.
—¿Nombre?
—No lo sé.
—Descríbalo.
—Gordo. Siempre rodeando a los jefes de la consignataria. Va como si mandara mucho.
Brais apretó los labios lentamente.
—¿El “Gordo” Lozano?
El jefe de camareros abrió mucho los ojos y dijo que sí con la cabeza antes de que se decidiera a confirmarlo de palabra.
—Sí. Ese.
Durante un instante el sonido del mar pareció desaparecer. Luis terminó de tomar notas.
Beli, desde más atrás, observó automáticamente la expresión de Brais. Lo conocía desde niño y sabía que algo acababa de encajar dentro de aquella cabeza larga y llena de malas pulgas.
Brais giró la cabeza muy despacio para mirar al jefe de camareros.
—Una última cosa, Francisco.
—¿Qué? —El hombre estaba cansado de responder y ya no lo ocultaba.
—¿Qué consignataria?
El hombre dudó apenas un segundo. Quería terminar con aquello. Así que acabó soltando el nombre.
Se trataba de la consignataria cuyo dueño era uno de los dos sospechosos originales de la muerte de María Gualpa. Un sospechoso habitual, junto con el estibador Lozano, a los que Brais y Perico llevaban días intentando desmontar pieza a pieza.