Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 26 – Barrio de Astilleros 249
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Capítulo 26 – Barrio de Astilleros 249

Brais estaba tirado en el suelo con las rodillas dobladas.

La incomodidad era insostenible, pero aguantaba estoicamente.

Solo se quejó cuando un calambre repentino, como una descarga, le obligó a estirar la pierna derecha.

Emitió un gruñido y entonces, como respuesta, algo afilado respondió.

Brais gruñó de nuevo y retrajo de nuevo y por instinto la extremidad.

Unas líneas rojas comenzaron a dibujarse sobre la piel de su tobillo.

Otra queja gutural, esta vez más sonora, salió de su boca.

A continuación, inició una letanía grosera y zafia dirigida al agresor, pero la refrenó sobre la marcha sustituyéndola por un gemido de dolor.

—Papá, ¿qué ibas a decir?

—Na-nada, Samu, na-nada —se controló Brais apretando los dientes—. Solo trataba de informar de que las garritas de Calígula han provocado unos leves arañazos en mi pierna. Nada grave.

—Ah, vale —dijo Samuel con gesto divertido—. Como estabas diciendo no sé qué de me cago en su pu… o algo así. Pensé que estabas enfadado.

—Noooo. Ni mucho menos —continuó Brais mientras se limpiaba una gotita de sangre de la pierna—. ¿A que no, Cali, gatito bonito? —le dijo al felino mordiendo las palabras, casi masticándolas.

—Pero papá, venga, sigue con el Lego. A ver si lo terminamos, que estás aquí, pero parece que no estás entre el móvil y tus pensamientos—le echó en cara Samu.

Brais se incorporó un poco y estiró sus extremidades para, luego, volver a ubicar sus largas piernas delante de la mesa baja donde jugaba a construir con su hijo Samuel.

—Es verdad, colega. Le he escrito a Luis, mi amigo periodista, por una cosa, y luego se me ha ido la cabeza a otra parte. ¿Me perdonas?

—No pasa nada. ¿Es del trabajo, no?

—Sí, hijo. Casos complicados. Además, estoy intentando recordar algo que tenía que hacer y no soy capaz de ponerlo en pie.

—Mamá no lo entiende. Pero yo sí —le soltó de sopetón mirando a Brais con una admiración sincera—. Me encanta que seas policía y que te preocupes tanto por la gente.

Brais no fue capaz de reaccionar más allá de girar la cabeza y llevarse la mano a los ojos.

—¿Estás bien? —le preguntó su hijo.

—Sí, sí. Se me ha metido una cosa en el ojo —se excusó con la cabeza gacha.

—Está llorando, Samu —intervino Toño—. Se ha puesto tonto.

Desde su sillón, el padre de Brais, cual camaleón, observaba casi a la vez el concurso televisivo que ponían en la tele y la tierna escena padre e hijo.

Brais se puso en pie y dedicó una mirada cargada de odio y resquemor a su padre.

—No le hagas caso, Samu. El abuelo se está quedando tonto con tanta televisión. ¡Quién te ha visto y quién te ve, papá! —recriminó a su padre—. Antes leías. Deberías hacer como Zuleidy.

Al otro lado del salón, Zuleidy estaba sentada en el centro del sofá de tres plazas leyendo una novela policíaca de tapas negras con un nombre nórdico en la portada. Levantó la vista un instante.

—Pues no se crea que no tengo ganas de abandonar esta lectura —comentó la mujer con serenidad y un acento boliviano y dulce—.

El protagonista es un policía que de cara al exterior no demuestra sus sentimientos, pero detrás de una coraza de protección, es un trozo de pan, aunque algo temerario.

No sé a quién me recuerda —dijo con ironía.

Brais se dio por aludido de inmediato al vislumbrar una mueca sonriente en el rostro de Zuleidy; preparaba mentalmente su respuesta, pero el móvil comenzó a vibrar sobre la mesa justo al lado de las piezas de Lego con las que estaban jugando.

—Un momento, Luis —respondió Brais mientras se dirigía a la cocina por silencio y un vaso de agua— Ya estoy.

—¿Qué quieres ahora, poli largo? —le dijo su amigo periodista, Luis, director de La Gaceta de Gades, cuyo peso editorial caía casi en exclusiva sobre las espaldas de aquél—. He visto tu whatsapp . ¿En qué marrón quieres meterme ahora?

Brais sonrió involuntariamente. Era imposible no hacerlo con Luis Aguirre, que tenía el don de parecer siempre recién despertado. Daba igual la hora.

—Necesito un favor. Bueno, dos en realidad.

—¿Otro más? Ya te publiqué, como me pediste, las fotos de las dos chicas, la que murió y la que está desaparecida. Y que quede constancia de que no me has informado de los avances.

—Eso te vino bien a ti también —le contrarrestó Brais antes de continuar—. La cuestión es que necesito remover un poco más el avispero. Estamos en un punto muerto.

—Tradúcelo al idioma de la gente normal, anda, largo.

—Quiero que publiques algo.

—Claro, porque si no lo publico yo, lo publican esos panfletos digitales llenos de anuncios de alargadores de pene —bromeó.

Brais ignoró el comentario.

—Quiero que saques una noticia corta sobre el caso de María Gualpa y Camila.

Luis guardó silencio. El tono había cambiado.

—¿Qué clase de noticia?

Brais salió de la cocina y se apoyó en el marco de la puerta del salón, desde donde podía observar a Samu, que seguía montando piezas en el suelo.

—Pon que una llamada anónima de una persona sudamericana ha abierto una nueva línea de investigación. Que podría implicar a alguien relacionado con el entorno de ambas chicas.

—Eso es muy ambiguo.

—Precisamente.

—¿Y no me puedes concretar más? —preguntó Luis.

—Aparte de, probablemente, implicar a gente importante y poderosa de Cádiz, no.

—Vale, vale. Suficiente —aceptó el periodista—. Perooooo… entonces me estás usando de cebo.

—Sí. Como siempre. Win-win .

Luis soltó una risita.

—Me gusta cuando admites las cosas directamente.

—Es un órdago. Aunque voy a ciegas.

—Ya. Y cuando haces eso suele acabar habiendo hostias.

—A veces metafóricas.

—Y a veces judiciales.

Brais volvió a mirar a Samu. El niño estaba completamente abstraído construyendo algo imposible.

—¿Lo publicas o no?

—Claro que lo publico. Pero como me maten, quiero un obituario bonito.

—Yo lo haré —aceptó Brais tras una carcajada—. Pondré algo así como que, aunque estaba gordito y vestía como un indigente, se duchaba todos los días.

—Eres muy cabrón, largo —le espetó—. Bueno, y lo que me ponías en el mensaje de que te acompañe esta noche de excursión al barrio de Astilleros, me apunto. Puede estar bien.

—Sí. Puede valerte para una noticia.

—Ya, ya —dijo con tono incrédulo—. Nos vemos después.

Brais colgó, guardó el móvil y se quedó un instante quieto. No rebasó el umbral de la puerta del salón mientras meditaba en silencio. Toño lo observaba desde el sofá con las gafas bajas sobre la nariz.

—Tienes cara de haber hecho una de las tuyas.

—He hecho mi trabajo.

—No siempre es lo mismo.

Zuleidy pasó una página del libro sin mirar siquiera y habló:

—A veces el problema de los policías es que creen que hacen lo mismo cuando hacen cosas muy distintas, como el protagonista finlandés de esta novela.

Brais la miró.

—¿Y eso qué coño significa?

—Que investigar y provocar no son exactamente iguales.

Toño soltó una carcajada seca. Samu levantó la cabeza.

—¿Papá, vas a trabajar esta noche?

Brais, aún con los ojos entornados por la sospecha, dudó un segundo antes de mirar la hora en el reloj.

—Sí. Tengo que salir en un rato a hablar con alguien.

—Pero mañana me prometiste playa —le reprochó su hijo.

Aquello le dio una punzada.

—Ya lo sé, Samu. Pero a lo mejor vamos por la tarde en vez de por la mañana.

Toño intervino rápido.

—Mañana lo llevo yo si hace falta —dijo el abuelo.

Samu, que había permanecido serio, sonrió. Brais agradeció el gesto de Toño con una mirada rápida.

—Pero a cambio me tienes que poner al día de la investigación. No va a ser todo recibir sin dar.

Brais se dejó caer en una silla y empezó a resumir cómo iba todo. Sin demasiados detalles:

La muerte de María Gualpa y la desaparición de Camila.

El crucero en el que ambas trabajaban.

Los sospechosos iniciales: el estibador y el dueño de la consignataria.

La web de citas y el hotel.

Mauri, el chico en coma y con un traumatismo de dudosa procedencia.

Las llamadas a la policía.

El recurso a su amigo periodista.

La madre de Camila desde El Salvador.

El jefe de camareros silencioso, Francisco Ruipérez.

El capitán con ínfulas, Augusto De Longhi, y el prepotente segundo de a bordo, José Ernesto Delano.

Y, por si fuera poco, la sospecha cada vez más fuerte de que había algo turbio alrededor de la consignataria y la conservera.

Toño escuchaba sin interrumpir, pero Zuleidy no se contuvo.

—El asesino quizás sabe que alguien sabe algo.

Brais levantó la vista ante semejante trabalenguas.

—¿Qué?

Ella cerró el libro despacio.

—Puede que el mensaje no fuera solo para la policía.

Brais entornó los ojos y se tocó la barbilla.

—¿Para quién entonces? —preguntó Toño confuso.

—Para el asesino. O asesinos —aclaró ella con rapidez.

Toño señaló a Zuleidy.

—Te lo dije. Esta mujer tan lista ve demasiadas novelas.

—Y tú ves demasiadas pantallas. Pero tienes razón —habló Brais dirigiéndose a Zuleidy—. De hecho, uno de mis próximos pasos va en esa dirección.

—¿Cuál? ¿Qué dirección? ¿De qué habláis?—elevó el tono Toño enfadado con su lentitud para pillar el hilo de la conversación.

Brais empezó a mesarse la barba incipiente. Porque en el fondo acababa de pensar prácticamente lo mismo. Cuando vio que el rostro demudado de su padre esperaba una respuesta prosiguió hablando.

—Que quiero llamar la atención del posible culpable. Y para eso no conozco a nadie mejor que a mi amigo Luis.

—Ah, vale. Tu amigo periodista. Y rojo —añadió con una mueca que no despejaba si era de disgusto o de convencimiento.

Brais volvió a mirar para sus adentros y se retiró a su ciudadela interior para recapacitar.

Era una opción muy plausible: primero, que Camila no estaba huyendo de cualquiera, y segundo, que podía ser, sí: que quien fuera el que llamó a comisaría estaba intentando decirle algo a alguien, llamar la atención de alguien, no solo denunciar.

Quería advertirle. O protegerse. O ambas cosas.

Toño se incorporó un poco.

—Y, por cierto, neno . Ahora que caigo. Me dijiste que salías después al barrio del Corte Inglés —le espetó Toño—. ¿Qué pintas tú esta noche en Astilleros?