Capítulo 25 – Compadece al delincuente 238 #2
Perico miró al inspector jefe y carraspeó. Se había dado cuenta de que allí pasaba algo. El semblante de Brais era demasiado serio, demasiado tenso. Entonces vio a Beli.
—Hombre, Beli. ¿Qué haces aquí? —preguntó Perico sorprendido.
Beli se limitó a encogerse de hombros y a poner boca de pato con los morros hacia adelante.
—Deja a Beli de momento y ponme al día de una puñetera vez —intervino Brais para atraer la atención.
—A ver —empezó a hablar Perico entornando los ojos y con un mosqueo palpable—. He filtrado otra vez la lista de tripulantes del crucero que nos mandó la consignataria.
—¿Y?
—Nada destacable; nada que no supiéramos. Ni del trabajador del crucero, el de la voz de pito, ni de Camila, ni de los más cercanos ni de los superiores.
Brais miró de reojo a Beli antes de volver a su compañero.
—Sigue.
—Luego he llamado a El Salvador.
Aquello hizo que Brais enderezara la espalda.
—A la familia de Camila entiendo. ¿Y?
—Mal asunto. La madre de Camila no sabía nada.
Brais apretó la mandíbula.
—Joder…
—Eso sí. Me ha confirmado lo del hijo diabético. Lo de la insulina que mandó Mauricio cuadra perfectamente.
Brais asintió lentamente. Pero Perico no había terminado.
—Aunque hay una cosa más.
—¿Qué? —preguntó Brais con impaciencia. Perico se percató de nuevo de que su compañero estaba en más de un sitio mental a la vez.
—Al final de la conversación me soltó: “no puede estar desaparecida… si antes de ayer me llamó”.
Brais abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Eso mismo.
—¡Entonces está viva!
Beli, que había tomado asiento en el sofá, levantó la cabeza automáticamente al oír el grito.
—Al menos hasta antes de ayer —dijo Perico.
Brais empezó a mesarse la barba con fuerza.
—Hostia… Aunque no podemos dar nada por hecho.
—La madre, eso sí, contó que la notó rara. Al parecer, Camila le dijo a su madre que si leía algo por internet, que no se preocupara, que está bien. La madre no entendió.
—Qué raro… —dijo Brais pensativo antes de cambiar de tercio en cuanto una alarma anónima saltó en su cerebro—. No quería que se preocupara. ¿Desde qué número llamó?
—Ya se lo he pedido.
Brais empezó a caminar de un lado a otro.
—Entonces sigue moviéndose…
—Eso parece.
—Y si puede llamar a su madre…
—No está retenida, al menos de manera convencional.
Brais pensó unos segundos.
—¿Y la orden internacional del móvil de Camila?
—Pedida. Pero puede tardar una o dos semanas. Ya te lo advertí. Esas cosas son un coñazo. Y todo ello contando con que finalmente se acepte.
—Me cago en mi puta cama.
Perico soltó aire.
—Y otra cosa. Lo del lapislázuli.
—¿Qué has averiguado?
—No queda claro. Puede estar en joyería, decoración, piedras esotéricas, pigmentos…
Brais se detuvo.
—Eso lo podría haber hecho yo preguntándole a míster Google —se quejó Brais—. Seguimos igual.
—Más o menos.
—María no llevaba joyas de lapislázuli. La científica lo habría dicho.
—Eso pensé yo.
Brais apoyó una mano en la pared y dejó perderse su mirada.
—Entonces quizás lo llevaba el asesino.
—O la asesina —matizó Perico.
—Algo roto quizá.
Perico hizo una pausa.
—Mañana habría que volver a apretar al consignatario y al estibador.
—Sí —respondió Brais por defecto mientras seguía repasando mentalmente.
—Aunque el estibador cada vez me parece menos probable —señaló Perico—. Por coartada y demás.
—A mí no me gusta, pero no termina de cumplir con el perfil.
Brais, de pronto, regresó en sí y miró a Beli. Luego se quedó unos segundos quieto con los ojos fijos en un horizonte de Legos dentro de una vitrina. Una figura de Iron Man, un coche Fórmula Uno...
Tras volver de nuevo al presente, volvió a observar a Beli. Y entonces Perico decidió tomar las riendas para desentrañar la maraña de energías, miradas y sensaciones que embotaban el salón del piso.
—Bueno. ¿Qué coño pasa aquí? ¿Alguien me lo va a contar? Porque está claro que hay un ambiente muy cargado. Y encima —continuó Perico— no termino de entender la razón por la que estáis en casa del poeta.
—La casa del poeta y el poeta eran el cebo. Y el merluzo ha picado —dijo Brais con una mueca de disgusto dedicada en exclusiva a su amigo de la infancia.
—¡No! —exclamó Perico mirando alternativamente a Brais y a Beli—. No me lo puedo creer.
Brais se dejó caer en el sofá junto a su amigo, el ladrón de guiris.
—Ni yo —dijo.
Perico, aún con la boca abierta, se sentó en una mesa baja ubicada frente al sofá.
—¿Lo has pillado de verdad?
—Con las manos en la masa. Literalmente iba a mear.
Beli trató, con poco éxito, de escenificar un gesto digno.
—La próstata.
Perico empezó a reírse solo.
—Me cago en dios…
Brais le explicó rápido lo ocurrido al subinspector. La grabación de Lorena. El plan que ideó. El papel del poeta. La espera. Y la pillada in fraganti en el baño.
Cuando terminó, Perico seguía negando con la cabeza.
—No sé qué es peor. Que hayas montado esto tú solo o que haya funcionado.
Beli señaló a Brais.
—Es listo el cabrón —dijo señalando al inspector recalcitrante con cara de no haber partido un plato.
—Tú cállate, anda. Contento me tienes.
Perico miró a Brais.
—¿Y ahora qué?
Aquella era la pregunta. La de verdad. Brais se quedó callado unos segundos. Después habló despacio, haciendo hincapié en cada una de las sílabas.
—Ni puta idea.
Perico abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Es mi amigo, joder —respondió enfadado.
—Y, con todo el respeto —repuso Perico, disculpándose antes con Beli— es un ladrón.
—Ya lo sé.
—Cojones. —Volvió Perico a dirigirse a Beli—. Es que has robado en nueve casas.
—Sin violencia y sin destrozos —se defendió aquél.
—Eso no cambia nada.
Brais se frotó la cara.
—Necesito pensar cómo hacer esto sin destrozarle la vida definitivamente.
Perico bajó el tono.
—Y si alguien descubre que lo has dejado ir, te cae una buena.
—Lo sé, coño.
Beli levantó ambas manos.
—Yo no me voy a escapar —dijo con una viveza que enseguida se desinfló—. Pero tampoco quiero putearte.
Brais miró a Beli. Después a Perico. Luego otra vez a su amigo de la infancia.
—Te doy mi palabra. Te lo juro. Como también te prometo que no me enfadaré si me detienes. Es tu curro —dijo sombrío.
Brais sostuvo su mirada. Y, contra toda lógica, parecía creerlo.
—Necesito ti-tiempo —dijo el inspector jefe finalmente—. Un po-poco na-nada más.
Perico no estaba conforme. Se le veía en la cara. Pero tampoco insistió demasiado, porque conocía a Brais. Y sabía que aquello le estaba revolviendo por dentro mucho más de lo que aparentaba. Su tartamudeo, ese repetir sonidos y sílabas, le ocurría cuando se enfadaba mucho o se sentía presionado.
Beli salió un momento al rellano mientras ellos hablaban. Perico bajó la voz.
—Esto puede explotarte en la cara. ¿Lo sabes, no?
—Ya.
—Y encima, tú encariñándote con delincuentes.
—No me encariño, pero vamos a seguir con nuestro trabajo —se defendió Brais—. No tengo que recordarte que tenemos otro caso, que en realidad son dos. Una muerte y una desaparición.
—Claro, claro —dijo Perico, escéptico, asintiendo levemente.
—Que sí, cojones. He pensado que me voy a pasar esta noche por el barrio de Astilleros a ver si hablo con algún tripulante del crucero.
Volvió Beli. Y justo entonces escuchó parte de la conversación sobre Camila y el crucero.
—¿Habláis del barrio de Astilleros, el del Corte Inglés? —preguntó.
Brais lo miró.
—Sí —contestó Perico.
—Pues esa zona, sobre todo por el parque que da al mar, por la noche se pone curiosa.
—¿Curiosa?
—Tripulación de fuera, alcohol, algún grupito antiextranjeros, alguna pelea… lo típico —explicó Beli mirando a Brais—. Si vais por allí de noche, os puedo echar una mano.
Brais observó aquel cuerpo larguirucho y desgarbado. Y se descojonó. Beli se ofendió.
—No te rías, cabrón.
—¿Tú protegerme a mí? —le soltó Brais. Incluso expandió sus pectorales como un palomo en busca y captura de pareja.
—Mira, largo, no me vaciles —respondió Beli—. Sé moverme por allí. Tengo calle. Y sé pasar desapercibido.
Eso sí hizo que Brais dejara de reírse. Porque probablemente era verdad.
—Primero dame las llaves del piso del poeta. Capaz eres de desvalijarlo.
Beli sacó las llaves del bolsillo con cara de cordero a punto de degollar y se las ofreció.
—Te dije que no me iba a escapar.
—Y yo que se las tengo que devolver al dueño.
Beli se las entregó. Brais se las guardó. Después lo miró unos segundos.
—Vale. Vente esta noche.
Beli sonrió.
—¿En serio?
—A las diez. Y no hagas ninguna tontería.
—Te lo juro por mi mare .
Y justo entonces sonó el móvil de Brais. Nada más escuchar la primera frase abrió mucho los ojos.
—Hostia…
Perico sonrió lentamente.
—¿Qué has hecho ahora?
Brais obvió la pregunta del subinspector y empezó a tartamudear.
—No-no-no… joder…
La voz al otro lado sonaba claramente enfadada. Brais cerró los ojos. El mundo se le caía encima. Se le había olvidado completamente.
—Yo… es-esto… he-he tenido…
Brais se dio cuenta de que estaba hablando solo. Echó una ojeada al teléfono y se lo guardó en el bolsillo. De repente, volvió en sí.
—¿Qué pasa? —preguntó Perico—. ¿Es por lo del asesinato?
—Peor —contestó Brais, que empezó a moverse como si estuviera cogiendo fuelle para salir por patas—. Es mi ex. Tenía que haber recogido a Samu y se me ha olvidado. ¡Me voy! —gritó.
—¿Y si antes me dejas mear otra vez? —preguntó Beli, apurado—. Lo de la próstata no es broma.
Brais cerró los ojos lentamente.
—Me cago en mi puta vida.