Capítulo 25 – Compadece al delincuente 238
Beli salió del cuarto de baño subiéndose la cremallera del mono de Astilleros mientras Brais lo esperaba en mitad del salón con los brazos cruzados y cara de haber envejecido diez años en media hora.
—¿Y ahora qué hago contigo? —le espetó negando con la cabeza y los brazos cruzados.
Beli bajó la cabeza. Parecía un perro al que acababan de pillar meándose en la alfombra. La realidad, más o menos, tampoco era muy distinta.
Brais había preparado en tiempo récord una trampa bastante elaborada y, a la postre, efectiva.
Aprovechando que el poeta vivía solo y era demasiado obediente para negarse, buscó el cebo perfecto para el ladrón que querían atrapar: un coche de alta gama incautado en una operación antidroga, un supuesto guiri torpe y presumido —el propio poeta, vestido con bañador caro, camisa chillona y actitud de turista con dinero—, una jornada entera en la playa dejando las llaves de casa bien visibles dentro del vehículo y, después, el regreso lento y despistado al piso, un supuesto “Airbnb” de ocasión.
Todo encajaba con el patrón que Vanesa había descubierto en la ola de robos: turistas, coches llamativos, playa y accesos aparentemente fáciles a viviendas temporales.
Brais no tenía pruebas sólidas, pero sí una intuición cada vez más molesta y agudizada, que le revolvía el estómago desde que vio el vídeo grabado por el ratón-cámara de Lorena y recordó los pies pequeños y la manía enfermiza del ladrón de mear en baños ajenos.
Beli levantó la vista.
—Pues dame una birra fresquita y lo hablamos tranquilamente.
Brais abrió mucho los ojos.
—Esto es serio, cojones. Pero… pero… —Brais iba encendiéndose por momentos— ¿Tú estás gilipollas?
—Un poco —respondió su viejo amigo con una pose a medio camino entre la inocencia fingida y el nerviosismo.
—No sé si entiendes que me has jodido vivo con esto.
—¿Por qué? Me dejas ir y aquí paz y después gloria. Te prometo por mi mare que en paz descanse que no vuelvo a mangar.
—¡Cojones, que has robado mucho! ¡Que tus obras salen en todos los medios!
Beli se encogió de hombros.
—No puedo cambiar el pasado. Pero siento ponerte en una situación así —dijo levantando la cabeza y mirando con fijeza a Brais.
Brais lo miró sin comprender si aquello era una afirmación filosófica o un ictus.
Beli terminó aclarándolo.
—A ver, Brais. Llevas razón. He robado mucho… y bien. Para una cosa en la que soy bueno…
—Eres bueno en ser gilipollas y tocarme los huevos. ¡Coño! —bramó—. ¿Ahora qué cojones hago?
Brais empezó a caminar nervioso por el salón del piso del poeta como un pobre toro al que van a sacar a la plaza para maltratar cruelmente.
—A ver. Explícame cómo lo hacías —dijo Brais por fin.
—Si tú me explicas antes cómo me has pillado.
—Eso es fácil, Sócrates.
Beli parpadeó y puso cara de occidental perdido en un barrio del Japón profundo.
—No entiendo.
—Claro. Sócrates. El gran futbolista brasileño de los setenta y ochenta.
—Yo pensaba que era por el filósofo.
Brais soltó una carcajada breve. Sin ganas. Después le explicó.
—Mi padre te puso ese mote porque Sócrates, el futbolista, era largo como un día sin pan… pero tenía los pies demasiado chicos para el cuerpo que gastaba.
Beli miró hacia abajo.
—Qué gracioso tu padre.
—Y tú igual. Un espantajo con piecitos de bebé.
—Pues sigo sin entender cómo me pillaste.
Brais señaló el baño.
—No puedes mear en todos los sitios que robas, mamón.
Beli abrió la boca.
—¿Qué?
—Entre tus pies chicos y tu próstata de jubilado, estabas vendido.
—¿Mi próstata?
—El vídeo.
Beli se quedó quieto.
—¿Qué vídeo?
—Ya te contaré con más detalle, pero que sepas que fuiste grabado —agregó Brais ante su amigo, que seguía sin comprender.
Brais se acercó más. Se colocó delante de Beli y tras un silencio siguió hablando.
—Ahora hablas tú. Te toca —le espetó con el aplomo que da ser el gato que pilla al ratón.
Beli suspiró, y después terminó dejándose caer en una silla.
—No encontraba trabajo —dijo por fin tras borrar la medio sonrisa falsa que había mantenido hasta ese momento.
Brais no dijo nada.
—Nadie quiere contratar a un nota que ha estado en la cárcel —prosiguió.
Su tono ya no era el de antes. Ni bromista. Ni desafiante.
—Fui preguntando por talleres, por almacenes, por cerrajerías… y nada. Uno estuvo a punto de cogerme a prueba, pero cometí el error de hablar en confianza y decirle que había estado en el trullo. Una vez que comprueban que tienes antecedentes, puerta.
Brais apoyó la espalda en la pared.
—¿Y decidiste convertirte en el “Lupin de la Bahía”?
—Decidí ahorrar —contestó mirando hacia el suelo.
—¿Robando?
—Para montar una cerrajería. Creo que he demostrado que se me da bien —añadió con una mueca fugaz.
Brais frunció el ceño.
—En mi barrio no hay ninguna —continuó Beli—. Y yo sé abrir cualquier cerradura que exista. Lo sabes tú y si lo cuentas, lo sabrá todo Cádiz.
Ambos se quedaron mirándose durante unos segundos sin decirse nada. Ninguno bajó la mirada, aunque fue Beli el que rompió el silencio.
—No me mires así, Brais, cojones. Necesitaba pasta para empezar —continuó—. Local, herramientas, permisos… Y currando de chapuzas no me daba ni pa pipas. Lo de este país con los autónomos es mortal.
—Así que te dedicaste a robar a guiris.
—No hacía daño a nadie. Es decir, no le jodía la vida a nadie.
Brais soltó aire lentamente.
—Eso lo dices tú.
—Entraba limpio. Sin romper nada. Sin violencia. Sin despertar a nadie. Cogía lo que podía vender rápido y que no fuera de primera necesidad para un guiri con pasta y me iba.
—¿Cómo elegías las casas?
Beli señaló a Brais, que adoptó un rictus estoico.
—Supongo que más o menos como tú me pillaste —le dijo al inspector.
Brais no respondió. Simplemente esperó a que continuara: técnicas de la policía.
—Playa. Coches caros. Gente de fuera de Cádiz con pinta de pasta —continuó Beli mostrando sus ágiles apéndices digitales—. Llaves que se dejan en el vehículo. Rutinas. Apuntándolo todo, siguiendo un sistema y aplicando el sentido común y estos dedos.
Beli se acomodó en la silla en que se acababa de sentar antes de continuar con su disertación.
—Los guiris son muy confiados. Y los pijos más todavía.
Simplemente apuntaba la matrícula de mi objetivo y lo seguía al domicilio, que también anotaba, igual que el tiempo que estaba en la playa.
Al día siguiente o cuando fuera, si volvía a ver el coche, comprobaba con la matrícula el lugar de residencia de verano y si se repetía el día de playeo, entraba en el vehículo y buscaba las llaves del alojamiento.
Si las encontraba, iba a la casa rápido y entraba. Poco más.
—¿Y Lorena?
—¿Quién es Lorena? —preguntó Beli con sincero interés echando la cabeza hacia adelante.
—Es la forense a la que robaste en tu penúltima entrada, en la plaza de Candelaria. Ella es de aquí y no es precisamente rica.
—Ah, vale —dijo levantando la mano y asintiendo—.
Es verdad que me extrañó que el piso no tuviera ascensor y fuera antiguo.
En fin… —continuó tras la reflexión—. Te explico.
Yo seguí a una guiri con cochazo que aparcó en el parking de Canalejas.
Y sí, buenorra que estaba la piba, igual que la que iba con ella.
—La extranjera era una amiga de mi… —precisó Brais con el ceño fruncido— de la forense que guardaba como oro en paño una colección de relojes a la que tenía un cariño especial.
—Error de cálculo —dijo Beli abriendo los brazos y encogiéndose de hombros.
Brais levantó la mirada.
—Explícate.
—La inglesa parecía forrada. BMW nuevo con matrícula inglesa y volante a la derecha, aparcando en un parking caro, pinta de no importarle el dinero. Playa… Yo qué sé… Todo cuadraba. Yo no sabía que vivía con esa forense amiga tuya.
Brais negó con la cabeza.
—Eres gilipollas de verdad.
—Eso ya lo habíamos hablado, colegui.
Brais se quedó callado unos segundos. Tras el susto inicial, Beli se había relajado.
—¿Cómo entrabas?
Beli sonrió con cierto orgullo.
—Eso sí que tiene mérito —respondió inclinándose hacia delante—. La gente cree que las cerraduras modernas son la hostia. Mentira. La mayoría son basura cara. Y cuando no podía abrir… copiaba llaves.
—¿Cómo?
—Un buen molde, con buen material y una máquina que pillé de segunda mano. La tenía preparada para cuando abriera la cerrajería.
Brais levantó una ceja.
—Con el móvil. Hoy en día haces una foto medio buena y tienes la llave hecha en una tarde.
—Me cago en mi cama…
—Además la gente deja las llaves a la vista como si fueran caramelos.
Brais resopló.
—¿Y lo de no dejar todo revuelto?
—Porque no soy un animal. Si tú vuelves y ves todo patas arriba, llamas antes a la policía. Si está todo ordenadito, tardas más en darte cuenta.
—Hasta que meas fuera del váter.
Beli hizo una mueca.
—Eso ha sido mala suerte.
—No. Eso es tener una próstata de setenta años.
Beli iba a responder cuando sonó con fuerza un timbre.
Del salto que dio casi alcanzó el techo de la casa.
Quien fuera, insistió de nuevo, aunque esta vez con algo de timidez.
Brais, que apenas se había inmutado con el desagradable ruido, se dirigió a la puerta de entrada, la abrió y la dejó encajada.
Antes de que nadie entrara, Brais dio la espalda y se encaminó de nuevo a donde se encontraba Beli.
Este le miraba como si le hubiera traicionado.
—¿Me has vendido? ¿Es la policía? ¿Me vas a detener? —preguntó ansioso con voz temblorosa y los ojos cristalinos.
—Debería —le dijo sin mirarlo.
Esa fue la única respuesta que dio Brais, que ni siquiera miró hacia atrás para ver como Perico entraba en el domicilio del poeta.
—Cuéntame rápido. Estoy liado —empezó Brais cortante mientras el subinspector Pedro Vélez aún se ubicaba mirando a un lado y a otro del pasillo de entrada.
—Qué cariño me tienes —repuso Perico sin dejar de observar los detalles que le ofrecía el domicilio—. Pero eres tú el que me ha puesto un mensaje para que venga.
—Que sí, cojones. Venga, dale.
—Eres un pasivo-agresivo de manual.
Brais se apartó un poco.
—Habla —pidió Brais de nuevo.