Capítulo 24 – Pillado in fraganti 228 #2
Tras esos momentos iniciales de adaptación, Brais se sintió más tranquilo y empezó a curiosear con la ayuda de la linterna del móvil.
Miró una estantería. Tocó la figurita tamaño XL de un personaje que le sonaba, pero que no era capaz de identificar.
Luego abrió medio cajón, pero se sintió culpable y volvió a dejarlo exactamente como estaba.
Se movía con cierta torpeza silenciosa, como alguien acostumbrado a registrar casas ajenas pero no a esconderse dentro de ellas.
—Quién me mandará… —murmuró con media sonrisa.
De pronto, tropezó con algo.
—Me cago en…
Se agachó y distinguió un casco de moto.
—Hay que ser melón para dejar esto por el suelo.
Aún refunfuñando, continuó con el avance en silencio y despacio. Sabía que no había nadie, pero no quería encender ninguna luz.
Fue hasta una ventana que daba a un patio interior. Miró abajo sin sacar la cabeza. Nada. Después volvió al salón y revisó la entrada de la casa y los accesos a la cocina, al pasillo.
Calculando. Pensando. Reteniendo en su memoria.
Finalmente, una vez que manejaba un croquis más o menos detallado en su mente, eligió una silla desde la que podía controlar el pasillo y parte de la entrada. Y se sentó.
Suspiró. Trató de relajarse.
—Y ahora… a esperar.
El móvil vibró al instante. Brais dio un respingo y tras eso cogió rápido el teléfono.
—¿Has hecho todo como te dije? —dijo en voz baja.
Brais cerró los ojos mientras escuchaba a su interlocutor.
—Cojones, no hables así. Que estás de incógnito.
Brais se incorporó y se sorprendió elevando la voz demasiado para las circunstancias en las que estaba inmerso.
—No me jodas… —dijo de nuevo pero en un susurro—. Seguro que has hecho un saludo militar, que te conozco.
Brais miró hacia el techo como pidiendo ayuda y paciencia a cualquier ser sobrenatural que pudiese pulular por allí.
—Madre del amor hermoso. Lo sabía. Deja de decir pamplinas y escúchame —interrumpió a la voz del otro lado de la línea—. Que me escuches, coño. ¿Dejaste las llaves como te dije y te fuiste a la playa?
El inspector jefe más borde de Nueva Gades escuchó con atención la respuesta a su pregunta. Asentía. No complacido, pero sí más o menos satisfecho.
—Y sobre todo no habrás la boca. Que, por más que vayas de marca, cuando hablas pierdes glamur —sentenció Brais con una mueca cercana a la sonrisa.
Brais soltó una risita mientras trataba de adaptarse de nuevo a la penumbra.
—Debes estar monísimo —continuó con la mofa—. Si te viera… Ya, bueno. ¿Y cuánto llevas allí? —Esperó un segundo la respuesta y prosiguió—. ¿Dos horas y media? Vale, vale. Pues te aviso cuando puedas irte con seguridad, no antes. Yo te aviso —repitió Brais.
Algo dijo el interlocutor que estuvo a punto de atragantarse de la risa.
—No, no. No te preocupes. Así me gusta. Y ahora te dejo, que me toca a mí y no quiero ser yo el que la cague. El plan debe continuar. Adiós. Y acuérdate: quédate ahí hasta que yo te lo diga, no antes. ¿Entendido?
Brais colgó y volvió el silencio y la negrura.
- o -
Los primeros veinte minutos tras la llamada fueron eternos.
Brais estiraba sus largas piernas, se levantaba y volvía a sentarse.
Sofocando sus pasos, fue hasta la cocina y abrió la nevera.
Solo vio verduras y comida demasiado saludable para su gusto, así que la cerró de un portazo que frenó en el último segundo.
Tras eso se asomó a la mirilla de la puerta de entrada al piso. Nada. Todo oscuro. Regresó al salón y cuando tomo asiento en la silla de vigilancia aún se repitió varias veces que lo que estaba haciendo era una gilipollez absoluta y monumental.
Pero entonces oyó pasos. Venían de las escaleras.
Se tensó. Era obvio que alguien subía.
Brais se levantó despacio. Los pasos se acercaron. Y después una voz potente, aunque nada armónica, por no llamarla directamente desagradable:
—Buenasssss. ¿Ha llegado ya el niño?
Era una vecina. Seguro.
Oyó la puerta de un piso adyacente cerrándose y después, de nuevo el silencio.
Brais soltó aire.
—Mierda. Me cago en mi puñetera cama —imprecó contra sí mismo sotto voce y volvió a sentarse.
Repitió como una costumbre los mismos movimientos de hacía un momento, pero cinco minutos después escuchó algo diferente.
No eran pasos y no venían de la escalera. No. Era un roce metálico, muy leve. Como metal chocando con metal. Y venía de la puerta. De su puerta. Esa que estaba vigilando.
Brais se quedó quieto. Otra vez el roce. Ras. Clac. Todo muy suave.
Se levantó despacio. Y entonces tuvo una idea absurda. Tan absurda que en cuanto empezó a ejecutarla supo que era una gilipollez.
Entró en el baño. Se subió encima del váter en cuclillas, más que nada porque si permaneciese de pie su cabeza chocaría contra el techo desmontable.
Intentó mantener el equilibrio y se dijo que aquello era ridículo.
Pensó en bajar. Cambiar de posición al menos. Valoró si tendría tiempo de esconderse detrás de la puerta. Pero ya era tarde. Escuchó de nuevo la cerradura. Después el sonido inequívoco de una puerta abriéndose con lentitud y cuidado infinitos.
Alguien acababa de entrar en el piso. Eso era seguro.
Brais sintió cómo se le aceleraba el corazón. Y, al mismo tiempo, una satisfacción enfermiza.
Había funcionado. ¿Había funcionado?
Escuchó pasos lentos. Muy suaves. Alguien que conocía perfectamente cómo moverse dentro de casas ajenas. Despacio, pero sin pausa.
El sonido se acercó. Después lo que parecía una cremallera. Brais frunció el ceño. ¿Una cremallera?
La puerta del baño, que había dejado entornada, empezó a abrirse lentamente. Una sombra entró.
Y justo entonces una inspiración divina. Brais entendió lo que estaba pasando.
—¡No te vayas a mear encima mía, con tus muertos!
Saltó.
Todo ocurrió a la vez. Un grito. Un golpe seco. Una estantería arrancándose de la pared.
Algo cayendo al suelo. O alguien más bien.
Y un hombre despatarrado boca arriba, con los ojos abiertos como platos y las pupilas dilatadas.
Brais encendió la luz.
Mono desgastado de Astilleros. Cara sudada. Pies pequeños. Y una cremallera abierta.
El tipo lo miró desde el suelo, llevándose una mano al pecho.
—Casi que me da un infarto —dijo desde el suelo el hombre.
Brais respiraba agitado.
—¿Qué coño haces aquí?
El tipo, mientras apoyaba las manos para incorporarse, tragó saliva…
—Ya sabes… —contestó con una sonrisa nerviosa—. Un chapú de los míos.
Brais lo miró largo. De arriba a abajo. Sin decir nada. No quería pasar a la siguiente fase.
—¿No te lo crees o qué?
Al ver el rostro serio y taciturno de Brais, dejó de sonreír.
—Es raro, Beli. Mi colega, el dueño de la casa y policía para más señas, no me ha dicho nada del arreglo.
El semblante de Beli se hundió. Como un barco en el que, con lentitud pero sin remedio, empieza a entrar agua. Y entonces habló sin mirarlo siquiera.
—Si me vas a detener… espera al menos a que eche una meada. Tengo fatal la próstata.