Capítulo 24 – Pillado in fraganti 228
La puerta del Bar de Juaqui se abrió de golpe y una bocanada de calor húmedo entró desde la calle como si alguien hubiese abierto el horno de una panadería industrial.
Perico, que estaba ya sentado con un café delante y cara de no querer existir un sábado por la mañana, vio entrar a Brais y negó lentamente con la cabeza.
—Qué asco de persona eres —abroncó al inspector jefe nada más entrar.
Brais se dejó caer frente a él.
—Buenos días para ti también. Menudas ojeras, por cierto.
—Son las nueve y media de la mañana de un sábado —se justificó Perico.
—Ya sé contar.
—Yo hoy tendría que estar durmiendo. Es mi día libre.
—Y yo tendría que estar jubilado —contrarrestó Brais.
—Sí, por inutilidad para el servicio activo. Inútil —le asestó Perico al inspector mientras le señalaba su reloj Casio de primera generación con el dedo—. He quedado con la familia para comer a las dos en un chiringuito.
—Mi más sentido pésame.
—Es mi día libre, te lo repito. Y a mí sí me gusta la playa.
—Era tú día libre. La realidad es otra.
Perico dio un sorbo al café.
—Vete al carajo. Ayer salimos de hablar con el mecánico del Sovereign Coasts o como coño se llame cerca de las doce de la noche.
Y sabes que esas horas extra ni se pagan ni se agradecen.
Con lo bien que habría estado en casa viendo una serie mala en el sofá con el aire acondicionado. Qué ganas de vacaciones
Brais se encogió de hombros.
—Tú lo que eres es un viejo gordo prematuro.
—Y tú un amargado en chupa de cuero.
Juaqui le dejó una tostada y un café solo a Brais sobre la barra y se fue sin preguntar. Ya conocía el ritual. Durante unos segundos desayunaron en silencio. Hasta que Perico volvió al tema.
—Tú crees que el hombrecillo ese del barco nos dijo la verdad.
Brais levantó la vista.
—¿El de la sala de máquinas?
—El de voz de castrato, sí —contestó Perico.
—No lo sé —dijo Brais con los codos apoyados sobre la mesa.
La noche anterior habían subido al Sovereign Coasts . Los recibió aquel hombre pequeño y nervioso que decía llamarse Arturo y trabajar en la sala de máquinas. Estaba más sudado que Brais subiendo las escaleras de casa de Lorena sin quitarse la chupa.
—Parecía cagado de miedo —dijo Perico—. Y el oficial jefe que lo acompañaba, el José Ernesto Delano ese —Brais no pudo evitar sonreír al escuchar el apellido— estaba demasiado tenso.
—Sí.
—Muy pendiente de lo que decía el otro.
Brais se quedó pensativo.
—Por eso me extrañó que el panameño con voz de gato mojado insistiera tanto en negar que la llamada que detectó Garrido fuera suya.
—Él decía que solo llamó días antes para informar de la desaparición de Camila.
—Exacto.
Perico se limpió los dedos con una servilleta.
—La voz de la grabación se escucha fatal. Tendríamos que compararlas bien. Pero podría ser él perfectamente.
—O no.
—Sí, pero viste cómo le cortó el segundo de a bordo, el Delano.
Perico imitó la voz grave del oficial jefe:
—“La próxima vez avise a sus superiores antes de llamar a nadie”.
Brais soltó aire por la nariz.
—Como si fuera un niño pequeño. El pobre estaba descompuesto.
—Y delante nuestra. Imagínate después la que le daría al chaval —añadió Perico.
—Ya. Y eso que le apretamos.
Perico bebió café otra vez.
—A lo mejor sabe algo y no quiere que quede constancia de que es él quien habla.
—Puede ser. Se le notaba el miedo a leguas —opinó Brais—. Pero podría ser simplemente que no quisiera admitirlo delante de su jefe. Porque se ve que le había leído la cartilla por chivarse de la desaparición de Camila.
—Que quisiera dar información pero sin dejar huella y que se hubiera visto pillado.
Brais recordó al hombre agarrándose las manos grasientas delante de ellos, jurando que llevaba siete horas seguidas entre tubos, calor y aceite.
—La voz podía pasar por femenina —dijo Brais—. Garrido dijo algo de que parecía una mujer, aunque no estaba seguro porque se escuchaba entrecortado.
—Con esa vocecilla de castrati …
—No seas cabrón.
—No me toques los huevos, que tú también lo pensaste.
Brais no repuso nada. El subinspector Vélez se unió también a su silencio. Y tras unos segundos, Brais habló en un tono más comedido, más serio.
—Hay otra cosa.
—A ver.
—¿No te llamó la atención que el sobrecargo no preguntara absolutamente nada por María ni por Camila? —preguntó Brais.
Perico frunció el ceño.
—Hostia…
—Ni una pregunta. Ni interés. Ni preocupación. Nada en absoluto.
—Y se supone que una ha muerto y la otra ha desaparecido siendo trabajadoras del barco.
—Tuvimos que ser nosotros quienes preguntáramos por…
Brais chasqueó los dedos.
—Camila —dijo Perico.
—Sí, cojones, Camila. No se me había olvidado.
Perico terminó el café.
—Eso sí es raro.
—Mucho.
Brais se mesó la barba de cuatro días.
—No hemos hablado demasiado con la gente del barco —dijo Brais casi para sí mismo.
—Ya… Pero con su superior encima… Están coartados como el de máquinas de Panamá.
—Por eso —soltó Brais. Perico notó ese deje de misterio que a menudo el inspector jefe usaba sin darse cuenta.
—¿En qué piensas?
—En pasarme esta noche por Astilleros.
Perico levantó una ceja.
—¿Para qué?
—Allí se junta media fauna de los barcos que vienen a reparar. Tripulación, mecánicos, gente de máquinas… Cuando cierran turno, muchos compran algo de beber y de comer en los supermercados que pillan cerca y se van al parque que hay frente al Corte Inglés.
—Joder, cuánto sabes.
—Porque soy un policía atento y cuidadoso. No como tú.
Perico levantó el dedo corazón.
—Vete a tomar por culo.
—Me voy, pero no precisamente a eso.
—¿Y yo qué hago mientras?
Brais sonrió mostrando dientes.
—Trabajar.
—Te recuerdo que es mi día libre y que he quedado con la familia.
—Que sí, que sí. Pero seguro que puedes hacer una llamada a El Salvador y comprobar si alguien se ha puesto en contacto con la familia de Camila estos días.
—Vale. Supongo que podría —dijo Perico sin demasiada alegría.
—Y sigue con lo del lapislázuli, anda.
Perico puso cara de sufrimiento.
—Voy a terminar sabiendo más de minerales que un geólogo.
—Eso te hará más interesante para tu mujer. De hecho, ahora que lo dices te pareces a un canto rodao con esas frente tan despejada que gastas, que te llega hasta la nuca.
—Tú cállate. Y dime de una vez adónde vas ahora.
Brais se levantó.
—Ya te contaré.
—Me tienes escamado, cabrón.
—Prometo que cuando tenga seguro lo que quiero confirmar serás de los primeros en saberlo.
Perico entrecerró los ojos.
—¿De los primeros?
Brais se quedó pensando.
—El segundo para ser más exacto.
Perico respondió enseñándole el dedo corazón otra vez.
- o -
El Dacia Logan arrancó al tercer intento. Brais golpeó el volante con suavidad.
—No me dejes tirado, viejo…
El motor terminó rugiendo como un fumador asmático.
Salió desde la comisaría de distrito de Nueva Gades en dirección Cádiz mientras el aire caliente entraba por la ventanilla como si alguien estuviera secándole el cerebro con un secador industrial.
Conducía por defecto, porque pensaba en demasiadas cosas a la vez. En que tener aire acondicionado sería bonito. En María Gualpa y su compañera (¿y amiga?) Camila. En Mauri y sus padres. En el hotel Astarté. En el crucero Sovereign Coasts. En el lapislázuli.
Y, por debajo de todo eso, había un dato, una idea, que le incomodaba mucho más porque no era capaz de que saliera a la superficie. Su cerebro se sumergió en la vorágine de sus pensamientos desordenados en busca de eso que provocaba una marejada incómoda. El móvil sonó entonces.
—Perico, no puedes vivir sin mí —dijo Brais.
—Ni contigo, pedazo de sieso.
—¿Qué pasa ahora?
—He llamado a la científica.
Brais redujo velocidad. Había visto un joven en patinete por la calzada que iba casi tan rápido como él.
—¡Subnormal! ¡Por lo menos ponte casco! —gritó con ese deje gadita que dejaba para las mejores ocasiones.
—¿Haciendo amigos, no? —le dijo Perico.
—Dime que te han dicho los científicos y cállate la boca, que tengo a un colgao en patinete persiguiéndome —le respondió Brais mientras miraba por el retrovisor. El subinspector rio con ganas.
—Pues no ha hecho falta preguntar mucho —dijo Perico para a continuación dejar de hablar y crear un ambiente de suspense con el silencio.
—Desembucha, cara trucha.
—Qué bien rimas.
—Tus mulos caraculo. Habla, cojones y no me toques los ídem.
Perico soltó otra risita.
—La uña.
Brais frunció el ceño.
—¿Qué uña?
—La uña, coño.
Dos segundos después lo vio. Brais golpeó el volante y frenó.
—¡Hostia! ¡La uña!
—Eso mismo he dicho yo.
—El lapislázuli estaba en la uña. No en otra cosa.
—Exacto.
Brais aceleró un poco sin darse cuenta.
—Entonces confirmamos cien por cien que María llevaba restos del lapislázuli encima desde el hotel, desde que estuvo en la habitación 1303.
—Y confirmamos que estuvo allí en persona.
—Y que fue allí, en el hotel donde peleó por su vida
—Y que murió allí —añadió Perico.
Brais tragó saliva.
—Y después trasladaron el cuerpo a la conservera.
—Exacto.
Durante un instante los dos guardaron silencio. Aquello no cambiaba mucho lo que ya sabían, pero aseguraba el camino que habían seguido los acontecimientos.
Aunque, por otro lado, no resolvía nada. Todavía…
—Ahora más que nunca tienes que averiguar qué cojones lleva lapislázuli —dijo Brais.
—Estoy en ello.
—Algo que suelte partículas. Algo que se quede pegado. Yo qué sé…
—Que sí, pichita mía, que lo miraré.
Perico hizo una pausa.
—Y ahora es cuando me cuentas adónde vas.
Brais sonrió solo.
—Hablamos luego, Pedro. Estoy llegando.
—¿Pero a dónde…?
Brais colgó.
- o -
El piso estaba oscuro cuando abrió. En la segunda planta de una finca ubicada en una calle estrecha de Nueva Gades, el sol no encontraba hueco para iluminar el interior.
Sin embargo, pese a eso y a las persianas a media asta, había claridad suficiente para que Brais avanzara despacio, tanteando con la mano libre mientras cerraba la puerta con cuidado detrás de sí.
No encendió la luz. Se quedó quieto unos segundos. Escuchando, adaptándose a los sonidos para poder adelantarse. Olía ligeramente a ambientador de enchufe y, como no, a humedad de edificio viejo.