Capítulo 23 – Sala de máquinas 217 #2
—Y hay algo más. La misma noche de la muerte de María, el número de Camila llama al de Mauricio varias veces. Casi una por hora. Durante la madrugada. La última llamada es a las once de la mañana.
Perico se quedó rígido.
—A esa hora ya estaba tirado junto a la conservera con el traumatismo craneal.
Brais repitió la frase para Vanesa.
—A esa hora Mauricio ya estaba fuera de combate.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso se lo digo.
—¿Mensajes? WhatsApp, SMS, algo escrito.
—Nada. Solo llamadas.
—¿Nada de mensajería?
—No. Me llama la atención. Puede que el teléfono de Camila sea antiguo o que use llamadas por wifi, pero no hay intercambio por aplicaciones modernas, al menos en lo que he podido ver.
Brais miró la foto.
—Entonces Camila estaba viva esa noche.
Perico, a su lado, murmuró:
—Salvo que alguien quisiera hacer creer que estaba viva.
Brais no respondió enseguida.
—Son muchas llamadas —dijo al fin—. Parece preocupación genuina.
—¿Preocupación por qué? —preguntó Perico.
—Eso es lo que quiero saber.
Vanesa aguardó.
—Buen trabajo —dijo Brais—. Y dile al poeta que gracias por lo de hoy. Es un crack . Pero que no se confíe. Mañana tiene que rematar el trabajo.
—No sé a qué se refiere. Además, no lo he visto en todo el día.
—Tú díselo cuando lo veas. Él sí lo entenderá.
—Va… vale.
Brais colgó. Perico lo miró.
—¿Qué te traes con el poeta?
—Cosas entre él y yo.
—Eso suena fatal.
—Porque tienes la mente sucia.
Perico señaló la foto.
—Bueno. Entonces se confirma que Mauri estaba saliendo con Camila.
—Eso parece. Aunque ya lo habíamos anticipado cuando nos dijo su amigo Jorge, el de la farmacia, que había mandado insulina a El Salvador.
Se sentaron un momento en el borde de la cama, la foto entre los dos.
—Tenemos a María muerta —dijo Perico—. Camila desaparecida. Y Mauri en la UCI. María y Mauri coinciden en el hotel y en la conservera. Mauri y Camila eran pareja o, al menos, amigos con derecho a roce.
—Sí.
—Cualquiera podría decir que Mauri es el culpable de todo.
Brais asintió.
—Claro que sí. Yo también lo valoro como posibilidad loable, como diría un amigo mío.
—¿Pero?
—Pero faltan datos.
—Siempre faltan.
—Si Mauri mató a María —empezó a conjeturar Perico—, tuvo que hacer desaparecer a Camila antes de llevarse el golpe que lo dejó ko . Y después hay que explicar cómo le pasó lo que le pasó.
Perico se rascó la barba.
—Podría ser Camila. Lo vio con María, se volvió loca, le dio a Mauri, desapareció.
—Vale. Y por eso habría desaparecido por su cuenta.
—Por miedo a que la acusaran.
—O por miedo al asesino.
—También.
Brais sostuvo la foto.
—Pero no cuadra con seguir llamando a Mauri durante horas.
—Podría ser para aparentar preocupación —contestó Perico—. Si Camila mató a María por celos, llama a Mauri muchas veces para parecer desesperada.
Brais hizo una mueca.
—Plausible. Pero cuesta —Brais se tocaba la barbilla con los ojos entrecerrados.
—¿Por?
—Porque una chica sin vehículo a su disposición tendría que matar a su amiga con sus propias manos, trasladar un cuerpo de su mismo peso o más hasta una factoría ajena, y luego darle sopas con ondas a un chico joven, fuerte y grande. ¿Y estuvo también en el hotel Astarté?
—Podría ser cómplice.
—Nos falta. Estamos ciegos aún.
—Mucho.
Brais se quedó mirando al casco de moto. Una idea le rozó la cabeza.
—Joder… —dijo Brais apretando todas las facciones de su rostro. Las arrugas incipientes se acentuaron.
Perico se giró.
—¿Qué pasa?
—Nada. Algo se me ha pasado por la cabeza y se me ha ido.
—Pues vuelve a cogerlo.
—Si pudiera, no diría que se me ha ido.
—¿Era importante?
Brais se tocó la frente.
—No sé. Me cago en mi cama.
Se quedaron un rato en silencio. Perico siguió mirando cajones. Brais, fotos. Nada nuevo. Nada que gritara. Solo aquella imagen de Mauri besando a Camila que lo cambiaba todo, que lo complicaba todo.
Para romper el silencio, Perico volvió a lo del poeta.
—A saber qué te traes con el poeta.
Brais agradeció el cambio.
—¿Con Pablo Neruda? —bromeó Brais ante la cara de asco de su compañero—. Por cierto. Se me olvidó preguntar por el número de la llamada anónima esa que dijo Garrido. La de acento sudamericano. La que decía saber algo de María.
Perico sonrió y sacó un papel doblado.
—¡Quieto parao! —exclamó—. Lo cogí antes de salir de comisaría. Estaba en tu mesa. Lo hizo Garrido.
Brais lo miró casi con emoción.
—¿Y has comprobado el número?
—No.
La emoción murió.
—Claro —dijo Brais decepcionado.
—Picha, no me pongas esa cara, que no doy abasto —se excusó Perico—. Ni siquiera sé ni de dónde es ese prefijo tan raro. Y seguro que cobran una pasta por llamar al extranjero. Tengo un contrato móvil normalito.
—Sabía que no eras tan listo ni tan eficiente. Aunque sí sabía que eras más tacaño que Rockefeller.
—Joputa.
Brais le quitó el informe y marcó el número.
—A ver, déjame a mí.
Un tono. Dos. Nada. Volvió a intentarlo. Sin éxito, como el tercer intento.
—Su puta madre. No lo cogen.
—Mucho rollo, pero has obtenido el mismo resultado que yo: cero patatero.
—Pues hay que comprobar a quién pertenece. Y el país.
Perico ya estaba tecleando en Google para buscar el país de origen.
—A ver… prefijo 507…
Brais aguardó.
—Panamá.
—Mierda.
—¿Qué esperabas?
—El Salvador. O Ecuador. Obvio, ¿no?
—El roaming te lo comes igual —dijo Perico, riéndose.
Brais dobló el papel y se lo guardó.
—Listillo.
Se despidieron de los padres de Mauri poco después. Brais no quiso alargarlo, porque la madre quería irse ya para el hospital.
—Gracias por dejarnos mirar —dijo.
Luisa lo acompañó hasta la entrada.
—¿Cree que mi hijo…?
Brais la cortó con más suavidad de la que usaba casi nunca.
—Mi intuición no vale nada ante un juez, pero… —Brais tuvo un segundo de duda—. Pero tenemos que comprobarlo.
La mujer cerró los ojos un segundo, como si aquello fuera la primera frase respirable en días.
—Gracias.
Brais no supo qué contestar. Así que no contestó.
- o -
Bajaron en ascensor.
Al salir al portal, sonó el móvil de Brais. Miró la pantalla y… ¡sorpresa!
Número internacional con prefijo 507. Le enseñó el teléfono a Perico como quien le enseña a sus padres lo que le han traído los reyes magos.
—El de Panamá.
—¿Sí? ¿Diga? —contestó con voz de vendedor desesperado.
Una voz aguda, suave, melosa, con acento sudamericano, respondió:
—¿Hola?
Brais se apartó unos pasos.
—¿Quién es?
—¿Y usted?
—Usted ha llamado a este número antes.
—No sé de qué me habla —respondió la voz aguda.
—Sí lo sabe. Llamó a la Policía Nacional para hablar de María Gualpa y Camila.
Silencio. Perico, que había pegado la oreja a Brais, se acercó más.
—¿Dónde está? —preguntó Brais.
—¿Quién es usted?
—Inspector jefe Brais López. Policía Nacional. Ahora responda.
La voz se volvió más nerviosa.
—Yo no he hecho nada. Yo…
—No he dicho que lo haya hecho.
—Yo solo… yo di parte de la desaparición. De mi compañera. Camila. Yo trabajo en el crucero. En el Sovereign Coasts. Pero yo no tengo nada que ver.
Brais y Perico se miraron.
—¿Cómo se llama?
—Arturo.
—¿Arturo qué?
—Arturo… mejor hablamos allá. Yo no quiero problemas. El barco se va en un mes, como mucho. Yo no voy a pedir permiso de trabajo ni nada. Yo me vuelvo con mi familia a Panamá.
—¿Dónde está ahora mismo?
—En mi camarote. Cerca de la sala de máquinas. Descansando. Acabo de llegar de engrasar y limpiar después de siete horas seguidas. No he hecho nada malo. Solo trabajar.
Brais bajó la voz.
—No se mueva de ahí. Voy a llamar al barco y vamos a verlo.
—Pero, pero… yo no he.
Brais colgó y lo dejó con la palabra en la boca. Literalmente. Perico abrió los ojos.
—Al crucero, ¿no, cojones?
Brais ya estaba marcando otro número.
—Al crucero. Y rápido.