Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 23 – Sala de máquinas 217
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Capítulo 23 – Sala de máquinas 217

Brais llegó tarde. Tarde, con cara de agobio y sudando como si hubiera estado haciendo flexiones en el interior de un invernadero.

Perico lo esperaba en la acera, apoyado contra una farola, delante de uno de esos edificios nuevos de la parte moderna de Cádiz que parecían diseñados por alguien que odiaba los balcones, las cornisas y cualquier cosa con alma.

Fachada lisa, portal grande, cristales oscuros, garaje subterráneo y una limpieza de comunidad con cuota mensual de las que hacían llorar a cualquier vecino de barrio antiguo.

—Llegas tarde para variar —dijo Perico.

Brais, tras frenar su carrera de marcha, se detuvo frente a él, respirando todavía con esfuerzo.

—Ya lo veo, Pedro.

—Y sudando.

—También lo noto. No me toques los huevos —protestó el inspector jefe.

—Como un cerdo. Como un cerdo con chamarra de cuero.

—Gracias por el parte forense.

Perico lo miró de arriba abajo.

—Me dijiste que después de hablar con Jorge tenías un tema que concretar.

—Eso dije —contestó Brais, que hizo una potente inspiración para terminar de coger el aire que había gastado.

—Un tema personal —remarcó Perico, disfrutando cada sílaba—. Ya, ya…

Brais no contestó.

—Ahora lo entiendo. Vienes así de sudado porque has hecho algo muy personal. Antes dijiste no sé qué de un parte forense o una parte de una forense, ¿verdad? —le interrogó con un guiño y una sonrisilla maliciosa.

Brais se secó la frente con el dorso de su mano en un movimiento pausado, casi zen. Ni entró al trapo. Ni insultó. Ni tartamudeó. Nada.

Eso preocupó un poco a Perico.

—Vale —dijo—. Si no picas, es que la cosa va en serio.

Brais miró hacia el portal.

—¿Subimos?

—Espera. Antes lo de los robos.

—No.

—Te perdono lo de llegar tarde; incluso no me cojo las vacaciones si me cuentas si has avanzado.

Brais lo miró de reojo.

—Es una intuición nada más.

—Tú cuando dices intuición ya tienes incluso el veredicto del juez. Te conozco como si te hubiera parido, cabroncete.

—Tengo una teoría. Nada más. Hasta que no la pruebe… —Parecía que iba a continuar hablando pero el silencio volvió a conquistar su boca.

—¿En serio que no me vas a decir nada?

—Mañana.

—¿Mañana qué?

—Si sale bien.

Perico frunció el ceño.

—¿Por qué no me lo dices?

Brais pulsó el timbre.

—Cuando lo tenga todo atado y bien atado.

—¿Atado y bien atado? Cuidado, que te está saliendo el caudillo interior.

—No digas gilipolleces.

—Me voy de vacaciones, ¿eh?

—He cumplido. Me preguntaste si había avanzado. Te he dicho que sí.

—Eso no es contar.

—Es informar selectivamente.

Perico lo miró con una mezcla de cabreo y algo más.

—Creo que sé por qué no me lo dices.

Brais se giró.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y te lo agradezco. Por no ponerme en un aprieto, digo. Por querer protegerme con desinformación. Pero somos amigos además de compañeros, pichita.

Brais lo miró largo. Como tratando de averiguar si Perico sabía de verdad lo que él sospechaba que sabía o si simplemente se acababa de tirar un farol enorme para sonsacarle información.

Al final decidió simplemente sonreirle.

—¿Vamos? —le dijo ofreciéndole el carril derecho de la acera.

—Eres un cabrón.

—Eso también lo sabes sin que te lo cuente.

- o -

La casa de Mauricio Laslandes Mercader —Mauri para todo el mundo que lo conocía y lo trataba— estaba en un piso de casi doscientos metros, con terraza amplia, ventanales enormes y una distribución tan cuidadosa que a Brais le pareció casi sospechosa.

No había ostentación hortera. No había dorados ni columnas absurdas ni muebles con complejo de palacio.

Todo era bueno, seguramente caro y muy funcional.

Sofás grandes, cocina abierta, suelo de madera clara, estanterías con libros de farmacia, plantas cuidadas y una terraza desde la que se veía una parte importante de Nueva Gades y otra de cielo.

Los padres vestían normal. Nada en ellos hablaba de dinero.

Él, Víctor Laslandes, llevaba una camiseta blanca y calzonas deportivas.

Ella, Luisa Mercader, un vestido sencillo y el pelo recogido.

Tenían cara de hospital, que era una cara muy concreta: agotamiento, esperanza y miedo mezclados sin orden.

—Gracias por recibirnos —dijo Perico—. ¿Cómo está su hijo, por cierto?

—Igual —contestó la madre de Mauricio—. Aún en coma, aunque nos ha dicho el médico que no corre peligro su vida. Víctor acaba de llegar hace un rato y yo voy para el hospital.

—Me alegro de que no haya malas noticias —dijo Brais con sequedad.

—Habrá que ver si hay secuelas —señaló el padre con semblante sombrío.

—Los médicos dicen que el pronóstico es bueno. O no tan malo como parecía —matizó la madre. Mientras hablaba miraba a su marido como queriendo transmitirle positividad.

—Es verdad. Las pruebas de imagen están mejor de lo esperado —añadió Víctor—. El cerebro no parece tener daños irreversibles. Pero quieren ir con cautela. Ha sido muy grave.

—Es fuerte —dijo Luisa—. Y bueno. Siempre lo ha sido.

Brais, tras el silencio que acompañó a las últimas palabras de los padres, retomó.

—No les quitaremos mucho tiempo.

—Queremos ayudar —dijo Víctor—. Si esto sirve para aclarar lo que le ha pasado a nuestro hijo…

Luisa se llevó una mano al pecho. Brais se suavizó un poco y esbozó una media sonrisa, pequeña, pero franca.

Brais pensó en el chico detrás del cristal de la UCI. En los tubos. En los arañazos. En aquella juventud suspendida en máquinas.

—Les vamos a preguntar otra vez por relaciones de Mauricio —dijo—. Amistades, novias, cualquier persona especial.

Luisa negó.

—Ya se lo dijimos. Mauri era reservado. Pero tenía… y tiene confianza en nosotros —dijo la madre con cierta vehemencia—. Estoy segura de que algo así nos lo habría contado.

—Pero es verdad que últimamente estaba contento —añadió Víctor Laslandes.

Los padres se miraron.

—Sí —admitió Víctor—. Mucho. Más alegre. Más activo.

—¿No les dijo por qué?

—No. Yo supuse que habría conocido a alguna chica, pero no dijo nada.

—¿Ningún nombre?

—No.

La respuesta dolía en la casa como si los padres se reprocharan no haber preguntado más, no haber insistido, no haber visto una señal que ahora parecía importante.

Brais cerró la libreta.

—Necesitamos ver su habitación —pidió Brais como si hablando de esa forma tan directa pudiera evitar que los sentimientos negativos tomasen las riendas.

—El inspector quiere decir si nos dan su permiso, claro —intercedió el subinspector Vélez para suavizar.

Luisa tragó saliva.

—¿Es necesario?

—Sí, señora —retomó Perico—. Y es probable que después haya una visita oficial con autorización judicial. Es el procedimiento habitual. Ahora solo queremos mirar. Si ustedes nos dan su consentimiento, por supuesto.

Víctor fue quien asintió primero.

—Miren lo que necesiten —dijo también con hosquedad.

Luisa tardó un segundo más.

—Mi hijo no mató a esa chica.

Brais la miró.

—Señora, nosotros estamos aquí para entender qué hacía allí Mauricio. Nada más.

Aquello, al menos, no sonó como una acusación.

Los padres los llevaron por un pasillo ancho hasta una puerta al fondo.

—Les dejamos —dijo Víctor—. Estaremos en el salón.

- o -

El cuarto de Mauri era grande, luminoso y bastante más ordenado de lo que Brais esperaba de un chico de su edad.

Había una mesa de estudio con libros de farmacología, una estantería con novelas, cajas de piezas de moto, un casco negro sobre una silla y una chaqueta de verano colgada en el respaldo.

En una pared, fotos pequeñas: playa, amigos, una ruta en moto, alguna comida familiar.

Nada hablaba de culpabilidad. Ni siquiera de problemas de ningún tipo. Era la habitación de un chico normal. Aunque ambos policías sabían que siempre hay que profundizar más allá de las apariencias.

Se dividieron el trabajo sin hablar. Perico se fue hacia la estantería. Brais hacia la mesa con cajonera.

—Mira lo que encuentres, pero no me lo dejes todo como si hubiera entrado un jabalí —dijo Perico—. Que te conozco.

—¿Quién fue a hablar? El que tiene los dedos como salchichas bratwurst. —contraatacó Brais—. Anda, dedícate a trabajar y cállate un rato.

Cada uno fue por su lado.

Los dos fueron muy cuidadosos. Brais abrió cajones. Miró libretas. Tickets. Una caja de medicamentos sin abrir. Manuales. Un cuaderno con notas de estudio. Nada raro, salvo una pulcritud un poco excesiva. Perico hojeaba libros.

—Tiene poesía. Eso sí que es raro.

—Raro eres tú, que solo lees los prospectos de tus medicamentos de viejuno.

—Mira, este me suena. “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.

—Pablo Neruda. Que cateto eres, Perico —le soltó Brais desde lo alto de su pretendida superioridad moral.

—Ese era su nombre artístico —dijo Perico mirándolo fijamente y retándolo—. En realidad se llamaba Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto.

—Eso lo has visto en algún concurso de la tele.

—Te has quedado flipado —dijo el subinspector mientras ponía el libro de poemas boca abajo—. Admítelo.

Algo cayó al suelo. Una foto. Ambos coincidieron en un pensamiento. ¿Qué chico de la actual modernidad digital guarda una fotografía en papel?

Brais se agachó antes que su compañero y la recogió. Era una autofoto. Mauri y una chica. Muy cerca. Dándose un beso. La imagen no era perfecta, pero sí suficiente.

Brais la reconoció al momento. Había revisado el expediente varias veces.

No era María Gualpa…

En ese mismo instante sonó el móvil de Brais.

—Es Vanesa —le dijo a Perico.

Contestó sin apartar los ojos de la foto.

—Dime, Vanesa. Pongo en manos libres, para que escuche el subinspector.

—De acuerdo —aceptó la agente—. Inspector jefe, he revisado lo del teléfono de Mauricio. No hay llamadas a María Gualpa.

—Ya.

—Pero sí hay muchísimas llamadas a otro número. Muchas durante el último mes y antes también. Estoy cruzando…

—A Camila —dijo Brais—. La chica desaparecida que también trabajaba en el crucero.

Silencio al otro lado.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

Brais miró a Perico y levantó la foto.

—Porque la estamos viendo besándolo.

Perico se acercó.

—Hostia.

Vanesa continuó: