Capítulo 22 – Testigo sin receta 207 #2
—Mandar medicamentos así fuera del país está prohibidísimo. Muchísimo. Él lo sabía. Se arriesgó. Y no lo hizo por negocio ni por dinero. Lo hizo por ella.
Perico empezó a escribir más rápido en su libreta.
Brais clavó la mirada en el chico.
—¿María Gualpa era su novia?
Jorge dudó.
—Supongo.
—¿Cómo que supones? Explícame eso.
Jorge respiró hondo, como si ordenara recuerdos que no había contado en voz alta.
—Mauri era muy reservado. En general. No era de contar su vida, ni siquiera a mí, y nos conocemos desde chicos.
Hace unos meses, por octubre o noviembre más o menos, estuvo…
mal. No sé si depresión, pero algo parecido.
Muy apagado. No cogía la moto. No salía.
En el trabajo hacía lo justo. Sus padres estaban preocupados, pero él decía que era cansancio.
—¿Y contigo habló?
—Un poco. Le pregunté y me dijo que había una chica. Que se había enamorado. Pero que había alguien más. Una tercera persona. Y que no podía ser.
Brais y Perico se miraron un instante.
—¿Dijo quién era esa tercera persona? —preguntó Perico.
—No.
—¿Hombre, mujer?
—No especificó, pero Mauri es hetero. La cuestión es que había alguien más.
Brais se pasó la mano por la barba.
—Sigue, por favor.
—Hace un mes, más o menos, cambió. Volvió a ser él. Alegre. Con ganas. En Mauri eso se notaba enseguida porque volvía a coger la moto. Antes la tenía parada, cogiendo polvo. De pronto empezó a ir con ella a todos lados.
—¿Para verla?
—Eso pensé. Que necesitaba moverse rápido, quedar con ella cuando podía, aprovechar huecos.
—¿Te dijo que estaba con alguien?
—Sí. No directamente al principio, pero sí. Me dijo que estaba feliz. Que estaba con alguien. Que quería hacer algo por ella.
—La insulina.
—Sí.
—¿Para quién era?
Jorge se encogió de hombros.
—Para alguien de la familia de la chica. Eso entendí. No sé si un padre, una madre, un hermano… No me dio detalles. Solo me pidió ayuda para conseguirla y mandarla.
—¿Desde la farmacia?
Jorge se puso tenso.
—No robó nada.
—No he dicho eso.
—La consiguió pagando. Buscando la manera. Fue irregular, sí, pero no robó medicamentos. Yo no habría permitido eso y él tampoco lo habría hecho. Siempre fue un tío legal. El que más.
Brais lo estudió.
—¿Tú le ayudaste?
Jorge tragó saliva.
—Le dije cosas. Pero no participé en el envío si es eso a lo que se refiere. Eso lo hizo él.
—¿Y nunca preguntaste por la chica?
—Sí. Le pregunté quién era, si podía conocerla. Me dijo que más adelante. Que de momento… había razones y no podía.
—¿Por qué?
—Supuse que quería estar seguro antes de presentársela a sus padres. Mauri era así. Muy de esperar al momento correcto. Demasiado.
Brais miró a Perico.
—Apunta llamar a los padres de María Gualpa en Ecuador para confirmar esto.
Jorge frunció el ceño.
—¿Ecuador?
Brais volvió hacia él.
—Sí.
—No. A Ecuador no.
Perico dejó de escribir.
—¿Cómo que no?
—La chica era de El Salvador —dijo Jorge con aplomo.
El silencio se apoderó de la conversación. Uno de esos silencios que hacen ruido, que hablan alto.
—¿Seguro? —preguntó Brais.
—Sí. Él me dijo que era de El Salvador. Y allí fue a donde mandó la insulina.
—¿Te dijo de dónde exactamente?
—Oí algo de… —Jorge se esforzaba en recordar. Había levantado su cabeza y miraba hacia el árbol que le daba sombra—. Santa Tecla. Creo…
Perico y Brais se miraron. La misma idea les pasó por la cara al mismo tiempo. Ambos asintieron.
—Jorge —dijo Brais, más bajo—, ¿Mauri te dijo alguna vez el nombre de esa chica?
—No.
—¿Nunca?
—No. O si lo dijo, yo no lo recuerdo. Pero sí recuerdo lo de Santa Tecla porque me sonó curioso. Lo busqué en el móvil. Está cerca de San Salvador, creo.
Brais asintió lentamente.
El sol le pegaba en la nuca y, aun así, sintió un frío breve, interior.
—¿Y la tercera persona? —preguntó Perico—. ¿Volvió a mencionarla?
—No. Cuando volvió a estar contento, pensé que el problema había desaparecido.
—O que lo habían apartado —murmuró Brais.
—¿Qué?
—Nada.
Jorge los miró con ansiedad.
—¿Mauri está metido en un lío?
Brais no respondió de inmediato.
—Mauri está en medio de algo. Eso seguro.
—Pero él no ha matado a nadie. Es demasiado bueno —dijo el chico apretando la mandíbula—. Yo lo conozco.
—Todos creemos conocer a alguien hasta que investigamos su vida.
Aquello le dolió al chico. Se le notó.
Perico suavizó la cosa.
—Jorge, nos has ayudado. Mucho. Si recuerdas cualquier detalle más, cualquier nombre, cualquier mensaje, cualquier comentario sobre esa chica, nos llamas.
Le dio una tarjeta.
Jorge la cogió.
—¿Puedo irme?
—Sí —dijo Brais—. Y no le digas a nadie lo que nos has contado. Ni siquiera a los padres de Mauri, de momento.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos quién escucha.
Jorge se quedó un segundo pálido. Luego asintió y volvió hacia la farmacia.
- o -
Cuando salieron de la plazoleta, la luz de la tarde todavía era potente y calurosa, casi cruel. Brais se había quedado parado, mirando hacia arriba, a un cielo limpio y azul. No decía nada. Se había ido a algún sitio dentro de su cabeza.
Perico lo observó unos segundos.
—Quillo, vuelve —le espetó.
Nada.
—Brais, pisha.
—¿Qué?
—¿Vas a ascender espiritualmente o podemos seguir investigando?
Brais bajó la vista.
—Ya has escuchado lo de El Salvador. Es Camila la chica con la que estaba con Mauri, no María Gualpa. Hay que ir a casa de Mauri y hablar otra vez con sus padres.
—¿Mañana, no?
—No, no —negó con la cabeza—. Hoy.
—Son casi las seis.
Brais miró el reloj.
—Seis menos cuarto. Quedamos allí a las ocho y media. Encárgate de hablar con los padres. Me mandas un mensaje con la confirmación y nos vemos allí.
—¿Por qué tanta prisa?
—Porque esto se nos va de las manos.
—Eso llevas diciéndolo desde el capítulo uno de tu vida.
—Y casi siempre tengo razón.
Perico guardó la libreta.
—¿Qué quieres sacar de la casa?
—Cosas que no tengamos que esperar a que un juez nos autorice a ver dentro del móvil. Su cuarto. Fotos. Notas. Medicamentos. Envíos. Cualquier cosa que confirme que era Camila y no María.
Caminaron hacia el coche, callados, pensativos. Perico, que fue el primero en salir de sí mismo, miró de reojo a Brais.
—Y tú ahora, ¿a dónde vas?
Brais tardó un segundo demasiado.
—Tengo que resolver un tema antes.
—¿Del asesinato?
—No. Más personal.
Perico sonrió.
—Antes no me guardabas secretos, cariño. No habrás quedado con alguien que abre cadáveres.
Brais tartamudeó, lo cual fue peor.
—Mi-mira que eres pesado, cojones.
—Ajá.
—Escucha. Antes quiero que hagas algo más.
—A ver si acierto. Comprobar si hay llamadas a Mauri o de Mauri en el móvil de María Gualpa.
—Buen chico.
—Creo que Vanesa sacó el listado de llamadas. Lo comparo.
—Hazlo. Pero hay algo más. Quiero que pidas la orden para ver el móvil de Mauri ya. Y quiero comprobar si tenía llamadas a otro teléfono. Si aparece, pedimos también localización y triangulación.
—Llamadas de Camila, ¿no?
Brais dijo que sí con la cabeza mientras miraba hacia la farmacia, donde Jorge había vuelto a su mostrador como si acabara de salir de una confesión.
—A Camila, sí —dijo con la mirada perdida.
Perico entendió entonces la forma exacta de la pieza nueva.
Mauri no estaba enamorado de María Gualpa. Mauri estaba enamorado de Camila. Y si Camila había desaparecido, quizá no era solo testigo de algo. Quizá era el centro de todo.