Capítulo 22 – Testigo sin receta 207
La farmacia estaba a tres minutos de la comisaría, en una esquina donde Nueva Gades todavía hablaba de la ciudad de carne y hueso que Cádiz nunca dejó de ser: ropa tendida, vecinos hablando desde los balcones, un repartidor fumando junto a la moto y un perro amarrado a un árbol ladrando al gato que paseaba tranquilo ajeno a las cuitas perrunas.
Brais se detuvo en la puerta. Echó una mirada anhelante al cigarro del repartidor y se dispuso a entrar. Perico, a su lado, lo miraba con resignación.
—Te encanta, ¿verdad?
—¿El qué? He dejado el tabaco.
—No, no. Me refiero a hacerte el interesante con tus deducciones. Me has traído hasta aquí sin abrir la boca como si me estuvieses trayendo a mi primera reunión de una logia masónica ultra secreta.
—Venimos a hablar con Jorge.
—Ya lo sé, picha —respondió con desdén—. El amigo de Mauricio. El chico de la bata blanca. El que fue a buscarte a comisaría con las bolsas de la farmacia de los padres de Mauri.
Brais lo miró.
—Pues si lo sabes, no preguntes.
—No pregunto. Me quejo. Eso que haces tú las dos terceras partes del día.
—¡Bah! —Brais ni siquiera se molestó en contestar.
Dentro había cola. Mucha cola. Todo personas mayores.
Una mujer con andador, un cincuentón con una gorra del Cádiz tan descolorida como el juego del equipo en los últimos tiempos, un anciano con bastón…
y tras Perico y Brais, una señora muy arreglada cuyo olor a colonia cara y añeja había llegado un minuto antes que ella.
—Aquí hay una media de edad de la edad media —murmuró Brais, que buscaba con la mirada a su objetivo.
—No faltes al respeto a la tercera edad.
—Perdón, no pensaba que te fueras a dar por aludido, vejestorio —le soltó Brais con una mueca.
La señora de la colonia cara, pelo cardado, gafas de sol enormes y bolso de piel de dinosaurio, aprovechando la charla, intentó hacer un interior con una naturalidad aristocrática, como si la cola fuera para el pueblo llano y ella viniera de parte de Dios.
El brazo de Brais se extendió en toda su amplitud.
—Señora, la cola está detrás.
La mujer lo miró por encima de las gafas.
—Muchacho, yo solo voy a preguntar una cosa —le contestó a Brais con indignación.
—Y yo solo voy a investigar un asesinato. Todos tenemos nuestras cositas —le espetó con la misma mueca que le había dedicado a Perico segundos antes.
El hombre del bastón soltó una risilla.
—Gracias, joven —dijo con voz temblona.
Brais lo miró, sorprendido por lo de joven y el anciano, no sin cierta dificultad, se inclinó hacia él.
—Esa vieja siempre hace lo mismo. Se cree que es doña Carmen Polo y que esto es una joyería. —Los dos policías se limitaron a asentir, pero el señor prosiguió—. Yo vengo por una crema para una irritación donde la espalda pierde el nombre, ¿sabe?
Perico cerró los ojos.
—No hacía falta saber eso.
—A mí me pica, hijo.
—No lo dudo —dijo Brais—, pero hay misterios que deben seguir siéndolo.
La señora del bolso resopló.
—Esto es intolerable. Ya no hay educación.
—Eso mismo estaba pensando yo —dijo Brais—. Justo cuando usted se ha querido colar.
El viejo del bastón volvió a reírse y tosió al mismo tiempo. Una mujer con andador pidió que no se pelearan, que luego se le subía la tensión a todo el mundo.
Perico se acercó a Brais.
—¿Quieres que te compre unos parches de nicotina?
—Que ya te he dicho que he dejado el tabaco —protestó—. Llevo dos meses sin fumar, carajote.
—Pues el mono sigues teniéndolo.
—Sí, te tengo a ti. Pero te considero más gorila que otra cosa —contestó a la chanza con la boca torcida.
—¿Ves como te hace falta la nicotina? Agrio, que eres un agrio.
La cola avanzaba de a poco. Dentro, el aire acondicionado funcionaba demasiado bien y olía a alcohol, crema solar, caramelos de eucalipto y vejez medicada.
En el mostrador había tres personas: una auxiliar de farmacia de unos cincuenta y tantos, pelo corto y gafas colgando del cuello; una farmacéutica de unos treinta y cinco, seria, con bata impecable; y un chico de veintitantos, delgado, mirada despierta y una placa con el nombre.
Brais fue directo hacia él.
—Hola, Jorge. Necesito...
El chico, confundido porque lo llamaran por su nombre, levantó la vista para, a continuación, cortar la intentona de Brais.
—Perdone, hay una señora antes.
Brais, también confuso, dirigió sus ojos al lugar que indicaba la mirada del dependiente. Era la del bolso. En un momento de descuido había efectuado un nuevo adelantamiento y se había colocado en el lateral del mostrador del chico.
Brais la miró. Ella lo miró beatíficamente. Y Perico le pisó el pie al inspector jefe justo cuando iba a ensartar una serie de improperios adaptados a la tercera edad.
—¡Ay, cojones!
—Cállate —susurró Perico.
La señora, aún vestida con una sonrisa de falsa inocencia, se ubicó frente al dependiente, miró hacia atrás y vio que los dos policías no se apartaban demasiado.
—Atrás. Necesito confidencialidad —les apremió con un movimiento desdeñoso de su mano—. Y tú, niño —se dirigió a Jorge, el dependiente—, aligérate, que he dejado a la chacha sola y no quiero que me robe.
Perico dio un paso a un lado, pero Brais no. La mujer dejó de sonreír y trató de fulminarlo con la mirada.
—He dicho confidencialidad —repitió rumiando las letras.
—¿Felicidad? Perdone, no oigo. Tengo taponado s los oídos.
—Brais —avisó Perico como el que da el primer aviso a un niño chico.
Jorge, incómodo, cogió la receta de la mujer y se fue a la rebotica a buscar el medicamento.
Brais estiró el cuello lo justo para ver el nombre del producto. Lo vio. Y no pudo evitarlo. Jorge volvió con una cajita. Brais sonrió.
—Enhorabuena, señora. Espero que lo pase muy bien con su marido esta noche.
La farmacia se quedó congelada. Perico se tapó la cara con una mano. La mujer se giró muy despacio.
—No es para mi marido —dijo con la mandíbula muy apretada y los ojos emitiendo rayos que pretendían acabar con el tipo largo de negro y chupa de cuero que tenía ante sí.
Brais mantuvo una sonrisilla. Pero su intuición le decía que la hora de salir indemne y con dignidad de aquella aventura había pasado hacía unos cuantos segundos. Estaba ante una carretera de no retorno… y aún así su boca fue antes que su cerebro.
—Yo no me voy a chivar a su marido.
—Usted, con esas pintas que trae, no debería de insultar a una señora viuda como yo.
La sonrisilla que le quedaba se difuminó.
—Va-vaya. Lo-lo-lo siento.
—Lo siento, dice. Y que sepa que la medicación es para mi hijo, insolente.
Brais no fue capaz de aguantar. Iba a disculparse, pero se encogió de hombros y volvió a la carga.
—Una cosa, señora. ¿Su hijo no es ya mayorcito para que le tenga que comprar viagra su madre?
La mujer abrió mucho los ojos. No de vergüenza. De furia.
—Es usted, además de un pordiosero, un maleducado que se ríe de las enfermedades ajenas.
—Yo-yo no…
—Mi hijo tiene insuficiencia cardíaca. Y estas pastillas son para eso. ¿O acaso no sabe que ese fármaco se investigó para problemas de circulación?
Brais empezó a notar calor pese al aire acondicionado.
—No-no-no… yo…
La mujer dio un paso hacia él.
—¿O es que a lo mejor usted las necesita para poder… ya sabe?
Perico se mordió el labio. Jorge miró al suelo, casi tan avergonzado como el propio Brais. La farmacéutica joven hizo como que ordenaba cajas. Y Brais siguió con su tartamudeo:
—No, yo-yo-yo no-no-no.
La señora, con la cabeza tan alta que casi se le sale del cuello, pagó, recogió la caja con una dignidad vengativa y se dirigió a la puerta.
Brais, incapaz de dejar una derrota quieta, añadió:
—Dígale a su hijo que tenga cuidado con los efectos secundarios cuando la tome.
La mujer se volvió desde la puerta.
—¡Mamarracho!
Y se fue ladrando improperios sobre la juventud, la policía y la degeneración moral de España.
Perico miró a Brais.
—Eres un auténtico capullo, picha —le dijo negando con la cabeza.
—Ella empezó.
—Niño chico.
—Se coló de mala manera. Y es una clasista, engreída y racista. Y lo sabes.
—Tiene por lo menos ochenta tacos, cojones.
—Pues con esa experiencia, debería haber aprendido a comportarse.
—Y tú siendo policía, deberías saber tratar de otra manera a la gente y tener más mano izquierda.
Brais, con la boca apretada, lo ignoró y se centró en el dependiente.
—¿Eres Jorge, no?
El chico señaló su placa.
—Sí. Eso pone aquí. ¿Qué necesita?
—Que me cuentes lo que sabes.
Jorge frunció el ceño.
—Mire, no se vaya a poner borde conmigo, que yo no soy esa señora.
Brais sacó la placa.
—Inspector jefe Brais López. Este es el subinspector Pedro Vélez. Policía Nacional, de la comisaría de distrito de Nueva Gades. Creo que has venido hace un rato a buscarme.
A Jorge se le cambió la cara.
—Ah. Perdón. Lo siento —dijo mientras su nuez subía y bajaba al tragar saliva—. Mari, ¿me puedo ausentar un momento? —le preguntó a su compañera, que miró a los tres con evidente curiosidad.
—Sí, claro —respondió la chica.
—Vamos fuera —les pidió Jorge mientras colgaba su bata en un perchero.
- o -
Se ubicaron en una pequeña plazoleta cercana, a la sombra que daba a medias una acacia y un edificio antiguo con fachada de ladrillo visto.
Jorge estaba nervioso. No mucho, pero lo bastante. Movía las manos, se tocaba los brazos, miraba a Brais y luego a Perico, como si no supiera a cuál de los dos debía convencer.
—Los padres de Mauricio nos han hablado de ti, como ya seguro que sabes si has ido a buscarme. Así que tú dirás —dijo Brais con sequedad.
—No sé si es importante.
—Eso lo decidimos nosotros, chaval.
—Los padres de Mauri me dijeron que ustedes habían ido al hospital.
—Sí.
—Y yo quería… quería decirles que Mauri nunca haría daño a nadie.
Brais soltó una exhalación lenta.
—Eso está bien, Jorge. Pero con opiniones no desmontamos pruebas.
—Ya. Lo sé. Pero no es solo una opinión.
Perico sacó la libreta.
—Cuéntanos entonces.
Jorge miró alrededor, bajó la voz.
—No creo que alguien que se la juega mandando insulina a un país extranjero para ayudar a una chica después se la cargue.
Brais se quedó muy quieto.
—¿Insulina?
—Sí.
—Explícate.