Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 21 – Gato sin intimidad 199
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Capítulo 21 – Gato sin intimidad 199

Brais subió las escaleras de casa de Lorena como si lo persiguiera una manada de hienas hambrientas.

La forense vivía en un piso señorial con balcón a la plaza de Candelaria que había comprado por un precio que ahora se consideraría irrisorio.

Una ganga si no fuera por los escalones gastados, la barandilla de hierro oxidado y la eterna promesa incumplida de instalar un ascensor.

Cuando llegó al rellano del tercer piso iba sudando como un cerdo con la piel negra de su chupa de cuero.

Levantó la vista y vio la puerta encajada. No abierta del todo. Encajada. La boca le sabía a urgencia y en el pecho resonaba un taquicárdico tam-tam. Aceleró el paso mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba tirada en el suelo.

—Lorena —susurró.

Fue a sacar el arma. Y entonces recordó que no la llevaba.

—Me cago en mi cama…

Empujó la puerta de entrada al piso con cuidado. Entró despacio, pegado a la pared, sofocando su respiración. El piso estaba en silencio. Demasiado. Avanzó por el pasillo en modo sigilo, oyendo solo el ruido de sus propias botas besando con extrema suavidad el suelo hidráulico original de la casa.

Entonces escuchó algo. Un golpe leve. Brais se quedó quieto. Otro ruido. Si su oído no le engañaba, procedía de la puerta que había al lado derecho del pasillo.

Se acercó y levantó la mano como si llevara pistola. Obvió que se trataba de una forma bastante ridícula de protegerse de un criminal, y, tras contar mentalmente hasta tres, abrió la puerta de golpe.

—¡Policía! ¡Alto…! —Cerró los ojos— ¡...Hostia, puta!

Lorena estaba dentro del cuarto de baño, sentada en el váter, con el móvil en la mano. Brais entreabrió los ojos solo un par de segundos en los que su mirada chocó con las de ella, que refulgía sobre el alicatado naranja de la pared.

—Ay, mis mu-muertos… —murmuró Brais.

Lorena abrió mucho los ojos. Luego, contra todo pronóstico, empezó a reírse.

—¿Nunca has visto a una mujer sentada en un váter? —dijo Lorena sin dejar de acariciar a una gata rubia, escueta y ronroneante.

Brais cerró los ojos con fuerza y se dio la vuelta de golpe.

—Lo-lo-lo siento. Lo siento. Lo siento. Cre-creía que estabas en pe-peligro.

—Pues ahora mismo el único peligro era que me cortaras la digestión.

—No he visto nada.

—Has visto lo suficiente como para pedir perdón tres veces.

—No he visto na-nada, Lo-lorena.

—Anda, sal y cierra la puerta. Más que nada para que no te dé un ictus y no tenga yo que hacerte la autopsia.

Él obedeció y avanzó con la cabeza gacha, tartamudeando improperios que no llegaron a formar una frase completa.

- o -

Tres minutos después, Lorena inició la búsqueda de Brais por toda su casa.

Al no hallarlo, probó a llamarlo por su nombre, elevando el volumen poco a poco hasta casi gritar.

Finalmente, abrió la puerta de entrada al piso y ahí estaba él.

Lo hizo pasar con una sonrisa que todavía no se le había ido del todo.

—Anda, entra, héroe.

Brais estaba en el rellano, rojo de calor, de vergüenza y de casi todo lo que puede poner rojo a un hombre de cuarenta y tantos con una pésima gestión emocional.

—Lo siento. De verdad. Pensé que te pasaba algo.

—Ya lo he notado.

—Colgaste de golpe.

—Porque se me cayó el móvil.

—Pe-pero… Dijiste que lo estabas viendo. Al ladrón.

—Sí. Y lo estaba viendo.

Brais, con cara de no entender nada, entró, incómodo. Se sentaron en el sofá. Él evitaba mirar hacia el pasillo del baño como si allí hubiera ocurrido un crimen contra su dignidad.

Lorena se levantó de pronto.

—Espera. Creía que estaba por aquí.

Brais la siguió con la mirada, desconcertado. Ella caminó hasta un rincón del salón, se agachó y recogió una especie de ratón de juguete.

Brais frunció el ceño.

—Aquí está.

—¿Me estás vacilando?

—No.

—Porque si esto es una encerrona para reírte de mí por lo del baño o por cualquier otra cagada mía o falta de tacto o…

—Anda, calla un poco, inspector jefe. Y relájate.

Lorena dejó el ratón en el suelo y pulsó un botón. El cacharro quedó inmóvil. Ella dio unos pasos. El ratón giró despacio, la enfocó y empezó a seguirla con movimientos torpes.

—Es una cámara —dijo.

Brais se inclinó hacia delante.

—¿Eso graba?

—Sí. Avery me lo regaló de broma. Es para vigilar a mi gato y…

—Espera. ¿Tienes gato? —preguntó Brais, que dejó la investigación del robo en un segundo plano por un momento.

—Sí —contestó Lorena echando el cuello para atrás al oír aquello—. Lo que pasa es que Catón es muy tímido y… Pero bueno, a lo que iba, que el ratón tiene una cámara de video incorporada.

—A ver si me he enterado. ¿Quieres decir que ese bicho grabó al ladrón?

Lorena le mostró el móvil. Abrió una aplicación con un icono que parecía unos bigotes de gato. Entró en un apartado con varios recuadros: fecha, hora, duración.

—Mira este.

Le dio al vídeo y… La imagen era mala. Blanco y negro, borrosa, baja.

Pero se distinguían unas botas que no cuadraban.

Algo le daba incoherencia a esa imagen, quizás por el tamaño de pies que se adivinaba.

Luego esas mismas piernas comenzaron a moverse.

El ratón avanzaba siguiéndolos por el pasillo. Luego entraba en el baño.

—Es mi baño —dijo Lorena—. Se distingue por la pared naranja.

En el vídeo se oyó un ruido líquido. Algo cayó. Un pequeño golpe.

Lorena hizo una mueca.

—El ladrón, además de delincuente, es un guarro. Se meó por fuera.

Brais le quitó el móvil con delicadeza, acercando la cara a la pantalla.

Rebobinó. Volvió a verlo otra vez. Y vuelta a empezar. Repitió el proceso un par de veces antes de quedarse totalmente quieto.

—¿Qué pasa? ¿Qué has visto?—preguntó Lorena.

Brais, absorto en su ciudadela interior, no respondió. Simplemente volvió una vez más al momento del golpe mientras casi se podían escuchar los engranajes de su cerebro conectando neuronas.

Algo pequeño había caído del bolsillo del intruso y su mano lo recogía con rapidez. No se veía con claridad, pero logró encender una lucecita desagradable en la cabeza de Brais López.

—Mándame este vídeo —le dijo el inspector con seriedad.

—¿Qué has visto?

—Mándamelo —repitió cortante.

—Brais.

Él se levantó.

—Tengo que irme.

—¿Qué pasa?

—No puedo decirlo todavía.

Lorena lo miró seria.

—¿Tiene que ver con los robos?

—Puede.

—¿Estoy en peligro?

Brais dudó un instante.

—No lo creo.

Y se fue.

- o -

Bajando las escaleras llamó a Perico.

—¿Has almorzado?

—Sí. Acabo de llegar a comisaría. ¿Por?

—Nada. Voy para comisaría. Nos vemos allí.

—Brais, estás raro. Suena como si hubieras resuelto un caso.

—Puede.

—¿Durante otro de tus paseos existenciales? ¿O te ha ayudado tu padre cuando has ido a comer con él? ¿O Zuleidy?

—¡Qué no, joder! He estado con Lorena y…

Perico no lo dejó terminar.

—Ah, vale. Problemas sentimentales.

—Pe-pedro, me cago en tus muertos.

—Los tuyos.

—He estado en su casa y… creo que tengo encarrilado lo de los robos.

Pedro tardó en romper el silencio.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

—No me jodas.

—Voy para comisaría —dijo Brais antes de colgar.

- o -

Una hora después, estaban en el bar de Juaqui. Brais llevaba un buen rato callado, con la cabeza sobre las manos y mirando un punto fijo de la mesa. Perico lo observaba con la boca abierta.

—No me lo puedo creer.

Brais no contestó.

—No me puedo creer que no me lo quieras decir. Por esa cara de chimpancé aullador ronco que pones, tú sabes…

Perico no terminó. Dejó de hablar en cuanto vio que Agustín, el aún comisario de distrito, que no provincial, acababa de entrar en el bar.

—Brais. Tienes que venir conmigo.

Brais ni se inmutó.

—Termino un tema y voy.

—Es horario laboral.

Brais levantó la vista despacio.

—Primero, tenemos derecho a comer. Segundo, cuando hacemos horas extra y cubrimos a los que están de vacaciones, bajas y jubilaciones que no se reponen, no dices nada ni das las gracias.

Y tercero, justo estábamos hablando de trabajo.

De la ola de robos que no nos correspondería investigar.

Todo ello sin contar con el caso de las chicas.

El bar entero, que a esa hora se limitaba a Juaqui y a un agente que prefirió poner pies en polvorosa, se quedó callado.

Pero Brais continuó. No podía ni quería parar:

—Y eso de cargarme el muerto a mí porque no haya agentes y decidas que los compañeros no se vayan de vacaciones no me ha gustado un pelo, Agustín. La próxima vez no me quedo de brazos cruzados. ¿Vale?

Agustín apretó los dientes.

—Por favor. Ven conmigo.

Brais se levantó.

—Así sí.

- o -

En el despacho del comisario, Brais no esperó ni a sentarse.

—¿Qué quieres?

—Me han llamado la atención de Subdelegación.

—Qué raro.

—Han recibido quejas por el cariz de la investigación de la muerte de la chica del crucero.

Brais respondió seco:

—Entiendo. La chica se llama María Gualpa. Y además hay otra desaparecida, Camila, que podría estar en peligro. O peor.

Agustín respiró hondo.

—Un empresario ha trasladado al Subdelegado que no entiende cómo se acusa a alguien notorio cuando hay un sospechoso real.

—¿Y se puede saber quién es ese sospechoso real según ese empresario tan avispado y preocupado por el buen hacer de la policía nacional? —preguntó con sarcasmo.

—Mauricio —respondió Agustín de inmediato—. El chico que estaba cerca de la conservera. El que pudo caerse al intentar huir. Dicen que tenía relación con las chicas.

Brais entornó los ojos.

—¿Con las chicas? ¿No crees que ese empresario sabe demasiadas cosas?

—¿No crees que deberías investigar al chaval?

—¿Y tú no crees que deberías confiar más en tu gente? ¿Y tratarla mejor? —le espetó a su superior y antiguo amigo—. Pero eso no me obliga a descartar a nadie. Mucho menos a quienes estaban en el lugar del crimen, tenían llamadas con la mujer muerta y que además mintieron sobre su relación con ella.

—Solo digo que tengas cuidado.

—No. Dices que no toque a quien no debo. Si quieres eso, pónmelo por escrito y ya veré si lo acato.

—Brais, no seas capullo.

—Venga, Agustín. Ahora que no te han nombrado comisario provincial, podías ponerte de nuestro lado.

—Vete a la mierda, Brais.

—Me voy con mucho gusto. Pero antes me gustaría que me dijeses quién es ese empresario.

—No lo sé.

—Yo creo que sí.

Brais se fue hacia la puerta.

—¿Y los robos? —gritó Agustín—. También llaman del Ayuntamiento. De la oposición concretamente.

—Viento en popa. Díselo a la oposición. Igual es el mismo que se queja de que investiguemos el asesinato… pero solo bajo sus condiciones.

Brais no evitó el consiguiente portazo al marcharse con su acostumbrada teatralidad.

- o -

En el pasillo lo esperaba Vanesa, brazos en jarra.

—¿No tiene algo que contarme, inspector jefe López? —preguntó con un soniquete de reproche.

—No —respondió Brais rotundo.

Intentó pasar. Ella se puso delante.

—El subinspector Vélez dice que cree que usted sabe quién es el ladrón.

—El subinspector Vélez es un bocachanclas.

—Me encargó que investigara. Creo que merezco información.

Brais suavizó el tono.

—Vanesa, te aprecio y eres una policía muy valiosa. Pero aún no es el momento. Cuando ate cabos y esté seguro, te aviso.

Ella no se apartó enseguida.

—Espero que cumpla su palabra.

—La cumpliré.

La esquivó con una finta torpe y siguió.

El siguiente fue el poeta.

—Han venido a buscarle.

—¿Tu novia? ¿Vanesa?

El poeta se puso rojo.

—No sé a qué se refiere.

— Vox pópuli. ¿Quién?

—Un joven con bata blanca. Traía dos bolsas.

Brais se detuvo.

—Ajá. Dos bolsas y bata blanca. ¿Algún dato más?

El poeta miró al techo, concentrado.

—Mercader de la Hoya. Eso ponía en ambas bolsas.

—Buen chico.

—Gracias —dijo el poeta con una sonrisa de satisfacción absoluta.

—Y ahora, Poeta de mis entretelas, tengo una misión para ti. Una misión ultrasecreta.

El poeta se iluminó aún más.

Brais se la explicó en voz baja y al oído. El poeta abría mucho los ojos, embelesado en las palabras que el inspector jefe le susurraba. Si Vanesa hubiera visto la escena, quizás se hubiese puesto celosa.

—¿Entendido?

—Sí. A sus órdenes, señor inspector jefe.

—Y sobre todo no improvises.

—No improviso. Seguiré al pie de la letra lo que me ha dicho. Lo juro por…

En ese momento llegó Perico.

—¿Qué tramáis? —preguntó entornando los ojos.

—Seguimos con lo de María Gualpa —dijo Brais—. Estaba poniendo al poeta al día.

—¿Y lo de los robos?

—Lo de los robos va después. Ahora tú y yo —le dijo al subinspector Vélez— nos vamos a tres manzanas de aquí.

—¿A dónde?

Brais ya caminaba.

—A ver al chico de la bata blanca.

—Ya decía yo que lo de tu tensión arterial tenías que mirártelo.

—¡Tus muertos a caballo!