Capítulo 20 – Triste y azul 190 #2
—Hombre —dijo acercándose—, ya eres jefe jefazo de la provincia, ¿no? Porque esa cara es la del que siente en sus hombros el peso de la responsabilidad.
Agustín ni sonrió. Brais borró su mueca de diversión.
Y entonces apareció él.
—Este es, Juan Andrés Halcón Domínguez, el nuevo comisario provincial —dijo Agustín con tono monocorde.
Era joven. Mucho. No llegaba a los cuarenta. Delgado, bien peinado, traje gris claro, mirada despierta y una seguridad tranquila que desconcertó a todos.
Brais y Perico se quedaron ojipláticos.
—Hostia.
Agustín los presentó con una voz tan amarga que parecía recién exprimida.
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Más tarde, ya saliendo de Provincial y camino de Nueva Gades, Brais y Perico comentaban la jugada.
—No me creo que hayan pasado por encima de Agustín —dijo Perico.
—Yo sí. Por sus maniobras en los últimos tiempos se ha labrado más enemigos que amigos. Ha dejado que su ambición le guíe.
—Pero el nuevo es un chavalito, un pipiolo. Es muy joven, ¿no?
—Eso es lo raro —consintió Brais.
—Y Gerardo, ¿qué? —preguntó Perico refiriéndose al anterior comisario provincial, ya cesado.
—A saber. Lo habrán mandado a calentar un sillón en Madrid. O se jubilará, que ya tiene edad.
Perico se rió.
—Pues oye, el nuevo me ha caído bien.
Brais tardó un poco en responder.
—A mí también. Y eso me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque los que caen bien demasiado rápido suelen esconder algo. No me fío de las expectativas positivas.
Aun así, tenían que admitirlo: el nuevo comisario se había empapado de los casos. Había preguntado detalles concretos de María Gualpa. De la desaparición de Camila. De la ola de robos.
Incluso les había dado las gracias por el esfuerzo con una sinceridad que, al menos de momento, parecía real.
Además, les había entregado personalmente dos informes recién llegados de Científica.
Uno de la conservera. Y otro de la habitación 1303 del Hotel Astarté.
Perico, que cargaba con ambos, abrió el primero mientras caminaban hacia la puerta de salida de la comisaría.
—A ver… Lapislázuli. Otra vez —dijo mientras leía.
—Qué obsesión con las piedras, cojones.
—Huellas de coche compatibles con un Porsche Cayenne.
—Eso ya lo sabíamos más o menos.
—Varias huellas sin identificar en la conservera.
—¿De José Félix, el consignatario, o del estibador Lozano?
—Me refiero a huellas que no son de ninguno de esos. Las suyas solo las encontraron en la puerta principal de entrada a la conservera.
Brais frunció el ceño.
—Eso es lógico. Ya lo sabíamos. El propio consignatario admitió que tenía llaves y que se las dejó a Lozano. Él, por lo que afirmó, abrió la nave.
Perico siguió leyendo.
—Espera… aquí hay algo más.
Brais se acercó un poco.
—“Restos de tejido compatibles con camiseta o prenda similar encontrados en pequeña abertura lateral…” —leyó Perico— “…puerta auxiliar de servicio situada a unos quince metros de la entrada principal.”
Brais levantó lentamente la vista.
—Y hay huellas allí.
—¿Coinciden con las de alguien conocido?
—Tampoco. Ni con Lozano. Ni con el consignatario. Ni con María.
Durante el silencio siguiente Brais pensó en Mauricio, en el hotel y en la conservera.
—¿Tenemos las huellas de Camila? —preguntó.
Perico dudó.
—Creo que no. No —dijo después con más seguridad.
—Mmm.
—¿Piensas que estuvo allí también?
Brais se encogió de hombros, pero no respondió. Pasó directamente al segundo informe.
—Veamos el del hotel.
Perico abrió el dossier.
—Hostia, qué rápido.
—O les han metido bulla o no había mucho que mirar.
Leyeron juntos. Nada relevante. Ni huellas útiles. Ni restos claros. Nada de vestido rojo. Nada que relacionara directamente a María con la habitación… Hasta que llegaron al final.
—“Hallado fragmento parcial de uña con restos de esmalte…” —leyó Perico.
Brais levantó las cejas.
—La uña que faltaba.
—De María Gualpa, exacto.
Siguieron leyendo. Restos biológicos antiguos por todas partes. Nada de sangre. Nada reciente. Y entonces…
—Espera —dijo Brais con urgencia.
Perico se detuvo.
—“Mínimos restos de lapislázuli hallados en brazo lateral de sofá.”
Los dos se quedaron callados. Brais cogió el informe. Lo releyó.
—Otra vez el puto lapislázuli. En el sofá de la habitación 1303.
Donde había estado María.
—Perico.
—Dime, pichita mía —contestó el subinspector Vélez sabedor de lo que iba a oír.
—Necesito que averigües qué coño puede llevar lapislázuli.
—¿Joyas?
—No sé. Cosméticos. Tela. Ropa. Decoración. Lo que sea.
—Voy a parecer geólogo —se quejó Perico mientras doblaba el informe y lo guardaba en un bolsillo del pantalón—. Y encima llevo toda la mañana de un lado para otro preguntando por las zonas de aparcamientos y los parkings de la playa. Que, por cierto, no he sacado nada en claro.
—Una buena pedrada siempre has tenido —bromeó Brais—. Venga, no te quejes tanto.
—No me quejo. Lo que voy a hacer es irme a casa a comer. Me lo merezco. Y tú deberías hacer lo mismo.
—Sí, creo que voy a almorzar con mi padre. Y con su cuidadora —añadió con el rostro que tenía reservado para las cosas que le resultaban menos agradables.
Brais aún veía cómo se alejaba su compañero de andanzas policiales cuando el teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó y de repente mudó su semblante. Apretó el botón de contestar como si hubiera sido objeto de una descarga de electricidad.
—¿Lorena? ¿Todo bien?
La cara de Brais no auguraba nada bueno. Se había quedado helado.
—Que-que-que… ¿Que lo estás viendo ahora? ¿Al ladrón?
El uno noventa de altura del inspector jefe se expandió mientras tomaba aire.
—¿Estás bien? —Brais notó un golpe—. ¿Lorena? ¿Lorena?
Brais se quedó en modo estatua mirando el móvil con el corazón acelerado.
Transcurrieron unos pocos segundos, hasta que, como un rayo, salió del trance y se puso a correr.
Su objetivo, un autobús con dirección al centro histórico de Cádiz que estaba a punto de llegar a la parada que tenía en frente.