Capítulo 20 – Triste y azul 190
Brais caminaba mirando el mar. Cabizbajo, pensaba en María Gualpa, tan joven y ya cadáver.
Pero sobre todo pensaba en Mauricio, ese chaval entubado y en coma inducido que se había salvado casi de milagro de un traumatismo de origen incierto.
No se lo podía quitar de la cabeza. También él era demasiado joven, como las dos chicas (qué casualidad) y también había sufrido.
Sin embargo, a diferencia de ellas dos, Mauricio ostentaba el dudoso honor de haberse situado en los lugares incorrectos en los peores momentos posibles.
Entretanto, y por más que le pesara, Brais seguía caminando.
No le gustaban los paseos, pero sabía por experiencia que le venían bien.
No por hacer ejercicio, no por ser un hábito saludable, sino porque, de alguna manera, ayudaba a su cerebro a ordenar las piezas.
Y lo que tenía delante era un puzle cuyas partes empezaban a apelotonarse en su cabeza como coches en la carretera de Cortadura buscando aparcamiento un domingo de verano a la una del mediodía.
Caminar sin un destino claro, sin un bar al final, sin una diligencia concreta o sin un cadáver de por medio le resultaba una pérdida de tiempo propia de piesnegros con ansias de trascendentalidad o de personas ociosas con demasiado tiempo libre y muy pocas obligaciones.
Pero aquella mañana necesitaba aire. Y silencio.
Así que salió del hospital Puerta del Mar dando un paso detrás de otro. Con la chupa colgada al hombro pese al calor y la camiseta de Megadeth pegada a la espalda por la humedad y el sudor.
El Poniente había durado poco. El Levante, nuevamente vencedor de esa pelea infinita, volvía a levantar la ciudad como si quisiera despegarla del mapa.
Fue bordeando el Paseo Marítimo, intentando no tragar arena.
La Playa Victoria hervía de gente. Turistas rojos como gambas.
Niños enterrando a otros niños en la arena.
Niñatos de dieciocho años en adelante con balones de reglamento rozando el homicidio a cada golpeo.
Y gaditanos de toda la vida mirando aquello con resignación, como quien contempla una invasión lenta pero inevitable.
Dejó atrás la playa de Santa María del Mar a paso militar. Luego, sin bajar el ritmo, embocó el Campo del Sur. Allí el viento pegaba con más fuerza y levantaba un olor mezclado de sal, algas y freidoras lejanas.
Antes de alcanzar la catedral vieja, decidió bajar por la calle San Juan de Dios para llegar a la plaza del mismo nombre, donde se ubicaba el Ayuntamiento de la ciudad.
Y fue allí donde se percató de su error.
El casco histórico estaba imposible. Terrazas llenas.
Mochilas. Chanclas. Idiomas mezclados. Patinetes.
Gente fotografiando cualquier esquina desconchada como si acabaran de descubrir un tesoro.
Casi le costaba recordar cómo era ir al mercado (a la plaza) en compañía de su madre y del carrito de la compra que ella portaba siempre.
En el camino que hacían de la mano, las paradas se debían a un saludo, una charla, un preguntar por una amiga, un interesarse por la salud ajena, un cotilleo inocente.
Y lo raro, lo extraño entonces, era ver a un foráneo.
Pero ahora era al revés. Hay que parar porque un grupo de cruceristas bloquea toda una calle, y la excepción a la regla es toparse con un amigo de toda la vida entre esa marabunta de guiris de a veinte duros.
—Ciudad museo —murmuró Brais—. Y nosotros de figurantes.
A duras penas y entre quejas y resoplidos, puso rumbo a la Plaza de la Catedral.
Había querido alargar un poco el camino hacia Punta de San Felipe y Nueva Gades, pero enseguida, ya delante del primer templo de Cádiz, se dio cuenta de su error.
En la distancia vio a un grupo de unas doscientas personas que se agolpaba a las puertas de la iglesia de Santiago Apóstol.
Embebido aún en sus pensamientos, pensó en dar la vuelta y callejear, pero una voz amplificada y grave le hizo cambiar de idea.
Era una voz, además, radiofónica, familiar y segura de sí misma. Demasiado segura y demasiado familiar.
Había bastante gente arremolinada alrededor de una pequeña tarima improvisada. Un par de altavoces enormes vomitaban palabras sobre la plaza mientras varios móviles grababan desde distintos ángulos.
Brais frunció el ceño. Aquella voz le sonaba, pero sonaba distorsionada por el volumen.
Cuando se acercó un poco más lo vio. Alfonso Rivas.
Traje azul oscuro impecable pese al calor.
Camisa blanca abierta en el cuello. Sonrisa de político de anuncio de dentífrico.
Y alrededor, enmarcando la figura del político y empresario, dos tipos enormes con americanas negras ceñidas y gafas de espejo que parecían guardaespaldas salidos de una película barata sobre narcotraficantes.
Brais se quedó quieto.
—Manda cojones.
Alfonso hablaba con una grandilocuencia estudiada. Cada frase parecía diseñada para convertirse en clip de redes sociales.
Hablaba de Cádiz. De futuro. De seguridad. De dignidad. De rescatar la ciudad. De devolverla a sus ciudadanos.
Y, sobre todo, hablaba mucho sin decir absolutamente nada.
Brais reconoció enseguida aquella mezcla de lugares comunes, medias verdades y culpables abstractos que usaban algunos políticos cuando querían sonar contundentes sin concretar demasiado.
Alfonso lo vio. Un pequeño gesto, un leve cambio en el ritmo del discurso. Casi imperceptible, pero Brais lo detectó.
El político seguía hablando cuando una mujer con el móvil en alto consiguió acercarse a la tarima.
—¡Señor Rivas! ¿Qué piensa de la inseguridad y de la mujer asesinada y la otra desaparecida?
La plaza se silenció un poco. Alfonso sonrió.
—Lo primero —dijo con voz profunda—, lamentar profundamente los hechos ocurridos. Cádiz siempre ha sido una ciudad segura y acogedora…
Brais cruzó los brazos.
Alfonso continuó:
—…pero también debemos ser conscientes de que estamos viviendo una situación complicada derivada del descontrol migratorio y de determinadas bandas ilegales extranjeras que empiezan a despuntar…
Brais entrecerró los ojos.
—…casualmente coincidiendo con la estancia prolongada de determinados cruceros internacionales en nuestra bahía, como en el que estas dos pobres camareras de piso trabajaban.
Algo rechinó en la cabeza de Brais ante esa respuesta. No pensó en el motivo, en la causa, en nada. Simplemente se dejó llevar y dio un paso adelante.
—¿Y los extranjeros que vienen a dejarse el dinero en Cádiz también le parecen mal?
Varias cabezas se giraron.
Uno de los guardaespaldas empezó a acercarse a Brais con cara de funeral.
Brais lo vio venir y sonrió.
El tipo miró a Alfonso, que hizo un pequeño gesto con la mano, suficiente para que frenara y regresara a su casilla de salida a la derecha del padre.
Alfonso recuperó la sonrisa pública.
—Todo el mundo es bienvenido en Cádiz si viene a respetar nuestra ciudad y aportar riqueza.
—Esa no era la pregunta —replicó Brais.
Alfonso ignoró el comentario.
—Debemos proteger lo bueno que tiene Cádiz para que siga siendo una tierra próspera para los gaditanos.
Brais soltó una sonrisa torcida.
—Claro.
Y se marchó sin esperar respuesta.
Mientras se alejaba se sintió incómodo. Algo había faltado. Notaba una ausencia en el orden de la realidad. Supuso que era por no haber plantado más batalla a las palabras vacías del político.
- o -
Ya lejos de la plaza de la Catedral le dio por sacar el móvil.
Para variar, tenía llamadas perdidas que no había oído debido al jaleo preelectoral. En total, tres llamadas perdidas y un mensaje con el mismo origen: comisario de distrito, Agustín Santonja:
“Pásate inmediatamente por Provincial.”
Brais cerró los ojos.
—Me cago en mi cama y en la de los superiores jerárquicos.
Iba a tener que deshacer camino. Aquello lo cabreó todavía más que el discurso político.
Se acercó a la parada y se montó en el autobús número 1, que se disponía a salir en ese mismo instante.
Nada más entrar vio a la conductora. Una mujer morena, de unos treinta años, mascando chicle mientras maniobraba con pericia a los mandos de aquel vehículo.
Brais se quedó mirándola un segundo de más. La conductora levantó una ceja.
—¿Qué pasa? —dijo sin dejar de mirar al frente.
Brais respondió con total naturalidad:
—Que no me esperaba una mujer conduciendo el autobús.
Lo peor de Brais es que no se daba cuenta de sus propias cagadas.
Una señora sentada cerca de la puerta de unos setenta años y con el pelo de color rosado giró la cabeza como una cobra detectando movimiento.
—¿Cómo dice? —preguntó la conductora. Esta vez sí le dedicó una brevísima mirada.
Brais notó entonces el peligro. Pero era tarde.
—No, no lo decía por…
—¡Machista! —le dijo la mujer del pelo rosa.
—Pero señora, yo solo…
—¡Claro! ¡Como somos mujeres no podemos conducir!
—No he dicho eso.
—¡Pues eso ha dado a entender!
Varias personas empezaron a mirar. La conductora seguía mascando su chicle; curiosamente, no parecía ofendida. Más bien divertida.
Pero Brais ya empezaba a tartamudear.
—No-no-no era mala intención, coño.
—¡Encima malhablado!
—Me cago en…
Decidió bajarse en la siguiente parada, frente al muelle, antes de que aquello terminara con alguien grabándolo para TikTok.
Continuó andando hasta la Comisaría Provincial sudando como si hubiera cruzado el Sáhara.
- o -
Cuando llegó vio a Perico en la entrada.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó con un mosqueo creciente que transfiguraba su rostro.
—Lo mismo que tú, supongo, aunque sin chupa de cuero. Me parece que nos han citado a los dos.
—¿Para qué?
Perico hizo un gesto raro.
—Creo que presentan al nuevo comisario provincial.
Brais se detuvo.
—¿Nuevo?
—Eso parece.
Entraron los dos en el edificio. Brais con gesto de desconfianza; Perico, con su habitual parsimonia.
Divisaron a Agustín en la distancia. Tenía las manos a la espalda, la espalda recta y la barbilla adelantada. Pero su cara era un cofre cerrado. Y el ceño fruncido. Más que el de Brais.
Y eso al inspector jefe más borde de Nueva Gades le alegró ligeramente el día.