Capítulo 19 – Pausa en coma 178 #3
—Ayudaba a veces, pero formalmente empezaba ahora.
—¿Últimamente lo notaron raro?
Los padres se miraron.
—Hace unos meses estuvo de bajón —admitió Luisa—. Triste. Apático. No quería hablar mucho. Pensamos que era por presión, por el máster, por la edad, por… no sé.
—¿Y después?
—Desde hacía un mes o así volvió a ser él —dijo Víctor—. Más alegre. Salía más. Cogía la moto. Decía que le daba libertad.
—¿Sabían qué hacía por la zona del muelle o la conservera?
—No —respondió Luisa—. ¿Qué iba a hacer allí?
—Eso intentamos averiguar.
—A él le gustaba pasear en moto —dijo Víctor—. A veces salía sin destino.
Brais anotó.
—¿Amigos?
—Muchos —dijo la madre—. Mauri cae bien. Pero su mejor amigo es Jorge. De la infancia. Trabaja también en la farmacia. Bueno, con nosotros. En la farmacia de Nueva Gades.
—Necesitamos su teléfono.
Víctor sacó su móvil y lo dictó.
Brais y Perico lo apuntaron, aunque el inspector jefe ya había decidido otra cosa: iría a ver a Jorge a la farmacia. No iba a preguntárselo a los padres. Hay conversaciones que salen mejor cuando el otro no ha tenido tiempo de elegir cara.
—¿Tenía novia? —preguntó.
La madre se tensó un poco.
—No —respondió la madre, probablemente con menos convicción de la que quería demostrar.
—¿Seguro? —insistió Brais.
—Mauri era reservado —intervino el padre—, pero si tuviera novia nos lo habría dicho.
Brais no quiso soltar el hueso. Tenía un objetivo y no iba a obviarlo sin insistir un poco más.
—¿Les habló alguna vez de María Gualpa Cedeño?
El cambio en los padres de Mauricio fue inmediato. Luisa se echó hacia atrás. Víctor frunció el ceño.
—¿Quién es…? ¿La chica que…? —Luisa dejó a medias la pregunta.
—Sí. La chica que apareció muerta cerca de donde encontraron a su hijo.
—¿Está insinuando algo? —preguntó la madre.
—Estoy preguntando solo. Es mi trabajo.
—Y mi hijo está en una UCI.
—Lo sé.
—¿Y viene usted a relacionarlo con una mujer muerta?
Perico intervino rápido, con voz templada.
—Señora, necesitamos reconstruir las últimas horas de Mauricio. Nada más.
Pero Luisa no miraba a Perico. Miraba a Brais.
—¿Quieren cargarle el muerto?
Brais notó la frase. La misma expresión, otra vez, en otra boca. Cargarle el muerto. Qué facilidad tenía la gente para elegir la peor versión de cualquier cosa.
—No queremos cargarle nada a nadie —dijo con serenidad—. Queremos saber quién le hizo eso a su hijo.
Víctor entornó los ojos a la vez que recolocaba la espalda en el asiento. Miró fijamente y por fin habló entonces, más controlado.
—Uno de los médicos nos dijo que buen golpe le habían dado.
Brais levantó la vista.
—Eso hemos escuchado —asintió Brais mientras cerraba la libreta.
—Les llamaremos —añadió Perico—. Puede que necesitemos hablar de nuevo con ustedes.
—Hagan lo que tengan que hacer —dijo Víctor—. Pero mi hijo no ha matado a nadie.
Brais lo miró. Pensó en callarse, pero la sinceridad le pudo.
—Eso espero.
La respuesta no gustó, aunque era honesta. Brais lo esperaba de verdad. Pero a veces la honestidad en un hospital suena como una bofetada.
- o -
En las escaleras exteriores del Puerta del Mar, mientras bajaban hacia la Avenida, Brais se quedó parado.
El sol ya empezaba a caer con mala intención y caldeaba el ambiente. Gente en bañador cruzaba hacia la playa con bolsas, sillas de playa y una alegría que a él le parecía de otra especie.
Perico lo miró.
—¿Qué hacemos?
Brais tardó un momento en responder.
—Necesito aclararme.
—Pues vamos a comisaría.
—Dale tú. Yo voy andando.
Perico abrió mucho los ojos.
—¿Andando? ¿Desde aquí hasta Nueva Gades? ¿Tú estás tonto?
—Si me canso, cojo un autobús.
—Claro. Tú en un bus. Con esa cara. Haces bajar al conductor.
Brais no sonrió.
Perico lo estudió un segundo y entendió que no era cabezonería. O no solo. Ver a Mauricio en la UCI le había tocado algo. Quizá por Samu. Quizá por Toño. Quizá porque hay edades que no deberían verse detrás de un cristal con tubos entrando y saliendo del cuerpo.
—Pues yo creo que voy a aprovechar y me voy a acercar a la zona de aparcamientos cercanas a la playa —dijo Perico—. Vanesa sacó que varios turistas robados habían dejado el coche por allí. Preguntaré por ahí.
Brais asintió.
—Infórmame.
—Y tú no te mueras por el camino. Ni te metas en líos. Que te conozco.
—Haré lo posible.
Perico bajó un par de escalones, pero se detuvo.
—Brais.
—Qué.
—Lo de ese chaval, Mauricio… no sabemos nada todavía, pero…
Brais miró hacia la avenida.
—Ya. Por eso mismo.
Y echó a andar. Con la chupa al hombro pese al calor y el informe de Lorena doblado en el bolsillo. Varios nombres, muchas piezas.
María. Camila.
Mauricio.
El hotel.
La conservera.
Los arañazos después de muerta.
Y una voz sudamericana al teléfono diciendo no sé qué de un atuendo.
Cádiz, y a lo lejos Nueva Gades, seguía haciendo ruido alrededor, indiferente.
Pero Brais, mientras caminaba entre más turistas que autóctonos, tuvo la sensación de que estaba ante un escenario montado para unos pocos.
Pero… ¿Quién lo había puesto en pie? Porque todos miran al decorado, pero casi nadie al tramoyista.