Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 19 – Pausa en coma 178 #2
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Capítulo 19 – Pausa en coma 178 #2

La cuestión es que ese día, como cualquier otro entre semana, el hospital estaba tan abarrotado como la playa.

Gente en pasillos. Gente esperando ascensores.

Gente con papeles. Gente con bolsas de ropa.

Gente comiendo bocadillos en bancos. Gente llorando sin hacer ruido.

Gente mirando el móvil porque mirar otra cosa dolía.

Subieron a la tercera planta. Se identificaron en el mostrador ante una enfermera escéptica, pero demasiado cansada tras una guardia interminable como para rebatir nada y que se limitó a señalar hacia una puerta.

En la Secretaría preguntaron por Mauricio Escalona García. La odisea duró casi veinte minutos, tras los cuales consiguieron hablar con un médico.

Era un hombre joven, con ojeras de noche larga y una amabilidad que parecía sostenida a medias entre el café y el juramento hipocrático.

—¿Mauricio Laslandes? ¿El chico del traumatismo craneal severo? Está en coma —les dijo respondiéndose a sí mismo.

Perico se quedó mirándolo.

—¿Cómo que en coma?

Brais giró la cabeza hacia Perico.

—¿No decías que había despertado?

—Eso me dijeron cuando llamé.

El médico asintió.

—Despertó. Sí. Pero se puso muy nervioso. Intentaba hablar, repetía una y otra vez una palabra que no conseguimos entender. Estaba muy agitado. Por seguridad, y para evitar complicaciones, se decidió inducir de nuevo el coma.

Brais se inclinó un poco.

—¿Qué palabra? —interrogó Brais con creciente interés.

—No lo sé. No era clara.

—¿Alguien la oyó bien?

—En enfermería, quizás. Pero ya le digo, era ininteligible. De todas maneras, es algo que suele pasar.

—¿Cómo evoluciona? —preguntó Perico, con su libreta en una mano.

—Físicamente, favorable. Dentro de la gravedad. Ha pasado lo peor. El traumatismo es severo, pero responde. El golpe que le dieron fue muy fuerte. Ahora mismo lo importante es controlar la inflamación y evitar que se deteriore.

Perico y Brais se miraron. El primero se adelantó y preguntó:

—¿Podemos verlo? Solo echar un vistazo.

—Está en UCI. Pueden verlo a través del cristal. Pero no entrar —advirtió con seriedad.

—Nos vale.

El médico los acompañó. La UCI tenía ese silencio extraño de los lugares donde todo pita en voz baja. No era silencio verdadero. Era un tejido de máquinas, respiraciones asistidas, pasos de goma, puertas que cerraban sin golpe y pasos de quienes cuidan en silencio.

Mauricio estaba solo en una zona acristalada. Era muy joven. Demasiado como para estar allí. La cara hinchada. Una venda parcial. Tubos. Monitor. Brazos fuertes visibles sobre la sábana.

Brais se acercó al cristal. No dijo nada. Perico tampoco. A través del vidrio vieron los arañazos. No solo en los brazos. También en parte de una pierna descubierta. Cortes finos, varios, irregulares. Como de rozaduras contra algo metálico, astillado o cortante.

—Esos cortes —dijo Brais al médico—. ¿De qué son?

El médico miró.

—Ya los tenía al ingresar. Son superficiales. Recientes. Pudieron producirse en la caída o al rozar con algún elemento cortante. No son importantes para su estado.

—¿Arañazos de uñas?

El médico negó.

—No lo parecen. Los arañazos de uñas son diferentes. Más paralelos, más superficiales, con otro patrón. Esto parece de haberse rozado con algo… No me sale la palabra… —se excusó el médico—. Algo cortante.

Brais se mesó la barba de tres días.

—¿Hay fotos del ingreso?

—Puede. En el historial tendrían que estar si las hay.

—Las necesitaremos.

—Tendrán que pedirlas por el cauce correspondiente.

—Claro —dijo Brais—. La burocracia.

Brais y Perico se disponían a marcharse de la UCI.

Callados ambos, andaban y barruntaban la situación.

Pero el silencio estaba a punto de romperse cuando se cruzaron con una pareja de unos cincuenta y tantos.

Él, alto, delgado, camisa clara y rostro hundido.

Ella, pelo recogido, ojos rojos, bolso apretado contra el pecho. Iban hacia la misma puerta.

Brais dio un par de pasos más, rebobinó, se detuvo y se giró.

—Disculpen —dijo Brais con voz grave—. ¿Son los padres de Mauricio?

Los dos se quedaron tensos.

—Sí —dijo el hombre—. ¿Quiénes son ustedes?

Brais sacó la placa.

—Policía Nacional. Inspector jefe López. Y este es el subinspector Vélez. Nos gustaría hablar con ustedes.

Perico se puso ligeramente rígido a su lado. Conocía ese tono. Y conocía a Brais. Aquello podía ir bien o podía acabar con la madre de un chico en UCI gritando.

—¿Ahora? —preguntó ella, a la defensiva.

—Cuando puedan. Pero cuanto antes, mejor.

La mujer miró hacia la UCI. Brais suavizó la voz lo que pudo.

—No queremos molestar. Pero estamos investigando lo que le pasó a su hijo.

Eso cambió algo. El padre asintió.

—¿Vamos a la cafetería?

- o -

Se sentaron en una mesa apartada de la cafetería del hospital. El ruido de platos, máquinas de café y conversaciones ajenas lo llenaba todo. Aun así, los cuatro hablaban en voz baja.

—Víctor Laslandes —dijo el padre.

—Luisa Mercader —añadió la madre.

Perico, tras las frases iniciales de rigor, comenzó a tomar nota en su bloc.

—Cuéntennos cómo es Mauricio —pidió Brais.

El padre cruzó los brazos. La madre se agarró al bolso con más fuerza.

—Un chico normal. Muy bueno —dijo ella con tristeza—. Supongo que eso es lo que se dice siempre, pero en Mauri es la verdad.

Brais odiaba ese tipo de expresiones en una investigación. Nadie era ni normal ni tan bueno cuando empezabas a mirar de cerca. Pero dejó que siguiera.

—Era reservado —continuó Luisa—, introvertido. Pero bueno. Alegre. Responsable. Terminó Farmacia, hizo un máster… Hace justo un mes que acabó.

—Iba a empezar a trabajar con nosotros —dijo Víctor—. Tenemos dos farmacias. Una en Puerta Tierra y otra en Nueva Gades. Una a nombre de Luisa y otra al mío.

—¿Él trabajaba ya?