Capítulo 19 – Pausa en coma 178
Brais entró en la Comisaría de Distrito de Nueva Gades con las ojeras de un oso panda después de haberse peleado con la almohada durante toda una noche.
En su cabeza, la culpa la tenía Zuleidy, la asistenta del hogar interna de su padre. Sin embargo, un juicio más detenido de los acontecimientos encontraría culpable, sin lugar a dudas, al propio Brais.
El inspector jefe López llegó a casa de su padre pasadas la una y media de la madrugada.
En su poder tenía su chaqueta negra de cuero recién recuperada y el hambre de un búfalo tras un ayuno intermitente de varios días.
De ese modo, el interfecto, viéndose acosado por un ansia incontenible, procedió a abrir la nevera en busca de lo que fuera que aplacase su sensación de vacío estomacal.
Así, sin el más mínimo atisbo de culpa ni de remordimiento, dio cuenta en pocos minutos de una hermosa y amplia fiambrera repleta de comida de origen sudamericano.
Arroz turgente, jugosa carne, una salsa roja de origen incierto y picor agradable (al principio), verduras varias que no supo identificar y un aroma tentador a la par que aventurado.
No dejó nada. Se lo comió frío, de pie, con una cuchara sopera como único testigo.
Y se pasó la noche con una ardentía que le subía desde el estómago hasta la garganta como si hubiera tragado lava con cilantro.
—Mis muertos a caballo —murmuró al cruzar el patio—. No vuelvo a comer nada que tenga color rojo.
Dos agentes nuevos, prestados por la comisaría provincial, lo saludaron con prudencia. Él respondió con un gruñido que podía significar buenos días, aparta o te voy a matar.
Subió a la sala de investigación con una sola idea en la cabeza: Garrido.
Vanesa le había dicho la noche anterior que Garrido había hecho un resumen de las llamadas recibidas tras la publicación de las fotos de María Gualpa y Camila.
Entre todas aquellas llamadas de curiosos, graciosos, iluminados y gente que decía haber visto a las chicas en sitios donde era imposible haberlas visto, había una que parecía tener cierta credibilidad.
Una persona, quizá una mujer, con acento sudamericano, que insinuaba que sabía quién había matado a María.
Y que había mencionado a alguien conocido.
Brais, con su optimismo habitual, no había podido evitar pensar en José Félix Róvalo, el dueño de la consignataria y principal sospechoso, junto con el estibador Lozano, de la muerte de María Gualpa. En su mente ese “alguien conocido” tenía cara de asco, muy poca vergüenza y abogados de los caros.
El poeta estaba en su mesa, ya sentado, con el pelo más ordenado de lo que ningún ser humano decente debía llevarlo a las ocho de la mañana.
—Poeta.
Federico levantó la cabeza.
—Buenos días, señor inspector jefe.
—¿Has visto a Garrido?
—No, señor.
—¿Y a Vanesa?
—Entra por la tarde.
Brais soltó un bufido.
—Perfecto. Todo el mundo entra por la tarde menos mi ardentía —dijo buscando con la mirada algo que se escondía en su memoria.
El poeta dudó un segundo.
—Esto… Yo quería decirle algo sobre el teléfono de Mauricio.
Brais se detuvo y enfocó durante unos segundos breves en el poeta.
—¿Hay llamadas de María Gualpa?
—No, no, no. A la fallecida no…
Brais dejó al agente novato, Federico García, con las palabras a medio pronunciar en cuanto divisó a Garrido al fondo del pasillo. Lo vio pasar con su carpeta bajo el brazo y su andar lento de oficinista abrumado por los papeles y las circunstancias.
—Luego, Poeta —le espetó sin mirarlo y se fue detrás de Garrido..
—Pero…
—¡Garrido!
El subinspector Pedro López se detuvo con una parsimonia ofensiva. Se giró muy despacio, como si Brais lo hubiera llamado desde otro siglo.
—Inspector jefe. Un placer, como siempre —dijo tirando de sarcasmo.
—Lo de las llamadas…
—Enseguida le paso el informe-resumen.
—No me digas enseguida. Dime algo ya —le espetó.
Garrido lo miró un segundo. En sus ojos había todavía una cantidad respetable de rencor pre-vacacional.
—Le pasé mis notas a Vanesa ayer noche antes de irme más tarde de la cuenta a descansar.
—De esas notas quería hablarte.
—Ya.
—¡Garrido, hostia! Que no es para mí, que es para que avancemos en la investigación.
El agente respiró por la nariz. Exhaló un poco y se decidió a hablar.
—Hay una llamada que me llamó la atención. No se escucha bien. Se corta. La persona habla bajo y parece que intenta ocultar la voz.
Brais se quedó quieto.
—¿Qué dijo?
Garrido abrió la carpeta, buscó una hoja y leyó con su tono seco, precisando que había partes en las que el mensaje resultaba ininteligible:
—“Tengo miedo de decirlo, (...) pero (…) sé quién mató a María. No le engañe su (…) y su atuendo, pero quiero que…”.
—¿Y? ¿Cómo sigue?
—Se corta.
Brais apretó la mandíbula.
—¿Se corta cómo?
—Fin de llamada.
—¿Número oculto?
—No. Número visible. Justo ahora iba a cruzar el número para finiquitar el informe en cuestión.
—Creo que me dijo Vanesa que parecía voz de mujer.
—Quizá. Voz aguda. O alguien fingiendo. No se escucha claro, porque da la impresión de que o se cuida de ocultarse o habla de lejos.
—¿Acento?
Garrido lo miró.
—Sudamericano.
Brais levantó un dedo.
—Quieto. Parao. ¿Cómo que sudamericano?
—Pues eso. Acento sudaca.
Brais lo miró con una mezcla de irritación y alerta.
—Busca el número desde el que llamó. Ya mismo. Lo quiero añadido al informe. Y busca la grabación. Quiero oírla.
—A la orden —respondió con un saludo militar lleno de sarcasmo—. ¿Algo más?
Garrido cerró la carpeta.
—¿Aparte de esa llamada hay alguna otra historia plausible? —preguntó Brais con su “mosqueómetro” subiendo a gran velocidad.
—Lo demás yo diría que es basura, pero en el informe se lo detallo todo, inspector López.
—Dame lo plausible. La basura la dejamos para los políticos.
Garrido se fue sin responder.
Brais se quedó unos segundos quieto. Traje de chaqueta. Acento sudamericano. Miedo. María.
No le gustaba. No le gustaba nada.
Pensaba en todo eso mientras se dirigía, cual autómata, hacia su minidespacho cuando Perico lo interceptó como un control de alcoholemia.
—¿Nos vamos al hospital? —le soltó sin anestesia.
Brais parpadeó. Su cabeza aún estaba en otro sitio.
—¿Ya?
—Ya. Dijiste que querías hablar con Mauricio en cuanto se pudiera.
Detrás, el poeta volvió a levantar la mano y a subir el volumen de su voz.
—Inspector jefe, lo del teléfono de Mauricio…
Brais ni se giró.
—Habla con Vanesa cuando venga.
—Señor inspector jefe…
—Poeta —le espetó súbitamente, con la brusquedad de un educador canino que regaña a un perro rebelde.
Federico cerró la boca ipso facto . Perico miró al muchacho y luego a Brais.
—Qué poca paciencia tienes con la juventud, picha.
—No lo dirás por ti, viejales.
—Lo digo por tus muertos. Mira que eres cabrón.
Con el abandonado y triste poeta de fondo, Perico y Brais salieron hacia la escalera, pero a mitad de camino el inspector jefe se detuvo de golpe.
—Espera.
El poeta, al fondo, se enderezó, cual perrillo moviendo el rabo, creyendo que por fin su dueño le iba a hacer caso.
Brais, fue hasta su mesa, lo miró de soslayo y se limitó a coger un papel doblado que tenía un post-it encima.
Enfrascado en sus pensamientos, ni siquiera se despidió de su joven y novato compañero.
Perico sonrió con acritud.
—¿Qué es eso? —le preguntó.
—Lorena me dijo que había pasado por aquí y que me había dejado algo.
—Ah, Lorena. Mon amour —bromeó Perico poniendo morros.
—No empieces, anda.
—Yo no he dicho nada.
- o -
En el coche, Brais abrió el papel. No era una carta de amor. No era una nota personal. No era nada que justificara la sonrisilla de Perico, salvo en su propia imaginación sucia.
No era ni más ni menos que el informe definitivo de la autopsia.
—¿Y bien? —preguntó Perico, que conducía desde Nueva Gades hacia la Avenida principal de Cádiz.
Brais, con la frente apretada por la concentración, leyó en silencio durante un par de minutos. El tráfico de la mañana empezaba a compactarse.
—Prácticamente lo mismo —dijo al fin.
—¿Nada nuevo?
—Una cosa.
Perico lo miró de reojo.
—¿Cuál?
—Los arañazos del cuello de María son postmortem.
—¿Después de muerta?
—Qué arte tienes para el latín, chaval. Pues sí, eso pone.
Perico frunció el ceño.
—Eso es raro.
—Mucho.
—Entonces no son defensivos.
—No. O, al menos, no de ella defendiéndose en vida.
Brais siguió leyendo.
—Se confirma que no hay señales de relaciones sexuales recientes. Tampoco agresión sexual. Estrangulamiento manual, hora igual, todo igual. Pero lo de los arañazos cambia la lectura.
Perico se quedó callado unos segundos.
—El asesino quería que pareciera una pelea.
—Eso es lo que se me ha venido a la cabeza. ¿Pero para qué? —sopesó Brais con las arrugas de la frente más apretadas.
—Para despistar.
Perico cambió de carril. Brais cerró el informe y cambió de tercio.
—¿Has hablado con algún médico del chico del hospital? Mauricio, ¿verdad?
—Sí. Llamé al llegar a comisaría. Solo conseguí hablar con un celador que sabía del chaval, pero no me pudo pasar con enfermería ni con médico. Decía que estaban hasta el cuello.
Brais miró por la ventanilla y se enfocó en un grupo de más de treinta turistas extranjeros que perseguían a una mujer con falda larga blandiendo en alto un paraguas multicolor.
—Se están cargando la sanidad pública —se lamentó— y luego nos sorprendemos de que nadie conteste al teléfono.
—Cuando lleguemos preguntamos. No te preocupes.
—Y si no, familiares.
—Con tacto, Brais.
—Contacto te voy a dar en la cara, capullo.
Perico soltó una risa corta.
—No me jodas, Brais, que tienes el tacto de una hormigonera y todo el mundo lo sabe ya.
- o -
En el hospital Puerta del Mar siempre había más gente de la que cabía. Sobre todo cuando en verano cierran varias plantas porque en vacaciones, por arte de birlibirloque, los pacientes se curan milagrosamente.