Capítulo 18 – Acento del sur 166 #2
—Ibas para taxista, macho —respondió Brais antes de dirigirse de nuevo al teléfono—. Garrido, avisa a Vanesa. Que se pase también. Nosotros salimos para allá —dijo antes de colgar.
Beli volvió justo entonces haciendo equilibrio con tres cervezas.
—¿Qué pasa? Tenéis cara de entierro.
—Robo —dijo Brais—. Otro más.
—Tenemos una ola de robos a turistas —concretó Perico al ver la cara de Beli.
Beli los miró. Parecía que se había quedado mudo, sosteniendo las tres jarras casi llenas de zumo frío de cebada.
—¿Os vais? ¿Y las birras? —dijo por fin.
Brais lo miró y comprendió.
—Le damos un buche grande y nos piramos. Pero yo te pago la ronda.
—Anda ya. No acepto invitaciones de maderos.
—Que sí, cojones.
—Bueno, vale. Pero a cambio de no denunciarte por ir vestido de cuero en julio.
Brais soltó una carcajada breve.
—Gracias por la chupa.
—Cuídala, que casi la adopto.
- o -
La calle Arenal se ubicaba en el barrio de Puntales.
Un barrio obrero y peculiar por su emplazamiento, justo frente a la Bahía de Cádiz, entre el barrio de Loreto y una zona industrial presidida por una empresa harinera.
Pese a sus magníficas vistas, no se trataba de un lugar especialmente demandado, sino un barrio de verdad, de los de gente auténtica que lo vive, pero con pocas tiendas y menos anzuelos para el turisteo.
Vanesa ya estaba allí cuando llegaron.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y la cara de estar pensando tres cosas a la vez.
—Esto no encaja en el modus operandi —dijo antes incluso de saludar.
—Buenas noches también —respondió Brais.
—Buenas noches. Pero no encaja.
Perico miró el edificio.
—Zona obrera.
—Exacto —dijo Vanesa—. No es piso turístico. No es zona turística. No es el patrón habitual.
En la casapuerta esperaban una mujer entrada en años, con una batita vaporosa y babuchas, y un hombre con camiseta de tirantes y calzonas del Cádiz. Ambos tenían esa mezcla de miedo, cabreo y ganas de hablar que aparece cuando la desgracia entra en una casa y todavía no se sabe dónde colocarla.
—¿Han sido ustedes los que han llamado? —preguntó Perico.
—Yo —dijo la mujer. Se adelantó un par de pasos—. Han entrado en casa de mi hija, en el bajo. Nosotros vivimos en el segundo del mismo bloque y cuidamos de su casa. Ella y el novio se fueron a Irlanda hace dos meses. Encontraron trabajo allí.
El marido intervino:
—Aquí no había manera. Ni pa pipas —apuntilló.
—Bajamos a echarle de comer al gato —continuó la mujer— y vimos la puerta rara.
Cerrada, pero… Entramos pa dentro y estaba todo tirado.
Yo le dije a mi hija que pusiera el piso de alquiler vacacional por temporadas —añadió la mujer—.
Pero ella y el yerno dicen que eso es putear a la gente de aquí pa que vengan turistas chungos y esto se vuelva una ciudad de mentira.
Brais asintió sin decir nada. Vanesa tomaba nota mental, mientras que Perico lo hacía en su viejo bloc.
El marido se animó:
—Ya roban hasta a los pobres. Mi niña vivía de milagro. Se ha tenido que ir fuera a buscarse las papas. Tenía que pedir ayuda pa la luz, pa el agua, al ayuntamiento, al INEM…
Brais, sin mala intención pero con su talento habitual para pisar charcos espesos y profundos, preguntó:
—¿Le siguen pagando la luz y el agua aunque estén fuera? ¿Lo sabe alguien?
La mujer se encendió.
—¿Qué está usted insinuando?
—Na-nada. Pre-pregunto por si alguien sa-sabía que la casa estaba vacía.
—Mi hija ha sufrido mucho, ¿sabe usted? Muchísimo —recalcó la señora, brazos en jarra—. Se ha hartado de limpiar casas toda la semana, de doblar el lomo, de aguantar señoronas que la trataban como si fuera una fregona con piernas…
—Señora, no quería decir…
—¡Y ahora viene usted a preguntar si cobra la ayuda!
Perico se metió en medio con su sonrisa de apagafuegos.
—Perdone. Mi compañero pregunta fatal, pero pregunta por trabajo. ¿Nos enseña la casa?
La mujer resopló.
—Entren —dijo con desdén.
El bajo estaba revuelto.
No revuelto de forma sutil, sino violentamente desordenado. Cajones abiertos. Ropa por el suelo. Armarios vaciados. Cojines movidos. Una silla caída.
Brais se agachó junto a la cerradura. Allí había rayones. La habían forzado.
—Esto —dijo señalando la cerradura al subinspector y a Vanesa— no estaba en los otros robos.
Vanesa se acercó.
—¿Forzado?
—Eso parece.
Perico miró alrededor.
—En los otros estaba todo ordenado.
—Limpio, organizado, metódico —dijo Brais—. Aquí parece que ha entrado el elefante ese de la cacharrería.
La mujer enumeró lo robado:
—Una tele de veinte pulgadas, un ajedrez con piezas de plata decorativas y una radio antigua. Eso es lo que yo he echado en falta. Le he mandado fotos a mi hija para que me diga si nota algo más.
—¿Dinero?
—Ojalá. No había.
—¿Joyas?
—Mi niña no tiene joyas.
El marido murmuró:
—Tenía una cadena del bautizo, pero se la llevó.
Vanesa miraba al techo, pero para evaluar los datos que manejaba.
—Son nueve robos anteriores en poco más de un mes. Este sería el décimo, pero no cuadra con la serie.
Brais la miró.
—Resume.
—En los nueve anteriores, las víctimas eran turistas o personas alojadas en viviendas de uso turístico, en Cádiz, Nueva Gades o San Fernando.
Excepto el caso de Lorena, que se explica por Avery, su amiga inglesa.
En casi todos los casos confirmados, las víctimas habían estado en la playa, en Cádiz capital, o en zonas próximas en el momento del robo. En dos falta completar declaración.
Perico chasqueó los dedos.
—Y aquí no.
—Aquí no —confirmó Vanesa—. Ni turistas, ni playa, ni vivienda vacacional, ni limpieza en la entrada, ni orden.
Brais se quedó mirando la cerradura.
—Entonces, o nuestro ladrón se ha puesto nervioso y ha cambiado de método…
—O no es nuestro ladrón —dijo Perico–. O ladrones —precisó.
Vanesa añadió:
—Hay otro punto. Las víctimas de los robos habían ido a la playa en coche. Turistas con coche de alquiler. Uno con Mercedes. Avery con BMW. Puede ser una forma de seleccionar objetivos, de filtrar.
Brais levantó la mirada.
—Ahí.
Perico frunció el ceño.
—¿Ahí qué?
—Cómo los distinguen. No basta con ver guiris. Hay guiris tiesos y guiris con pasta. Si ven a alguien en un BMW llamativo o un Mercedes aparcando junto a la Victoria o con un coche de alquiler, ya saben que puede merecer la pena.
—Los guiris son muy flojos —dijo Perico—. Van en coche a tos laos.
Vanesa no sonrió.
—Voy a intentar confirmar si en los otros casos había vehículos de gama alta cerca o, en su defecto, coches de alquiler.
—Hazlo —dijo Brais—. Eso sí puede ser una buena línea.
Por primera vez en la noche, pareció que avanzaban algo.
Aunque fuera en una dirección diferente a la que esperaban.
- o -
Salieron del bajo con la ropa pegada al cuerpo y la sensación de que el día, con su noche, no terminaba nunca.
Mientras se alejaban, la señora seguía murmurando contra los ladrones, los políticos y los policías que preguntaban cosas raras. El marido, más calmado, le decía que ya estaba, que los agentes estaban haciendo su trabajo, aunque sin mucha convicción.
Brais caminó unos metros solo y en silencio.
—No avanzamos como quiero —dijo mientras giraba hacia sus compañeros.
Perico se metió las manos en los bolsillos.
—No avanzamos mal.
—María asesinada. Camila desaparecida. Los robos. Mauricio despierto. El hotel. El puto garaje privado y sin cámaras. Y ahora esto.
Vanesa, que iba a su lado, levantó la vista.
—Sobre Camila hay algo.
Brais se detuvo.
—¿Qué?
—Garrido hizo un resumen de las llamadas recibidas por las fotos publicadas de María Gualpa y Camila.
—¿Y?
—Ha marcado las que pueden ser mínimamente verosímiles.
—¿Algo interesante?
—Hay una llamada anónima —contestó tras revisar una hoja escrita a mano—. No quiso identificarse. Según la nota, voz algo aguda, quizá de mujer. Acento sudamericano, aunque parece que intenta tapar la voz.
Brais se acercó un paso.
—¿Qué dijo?
—Hace referencia a la implicación de alguien. Da algún dato, pero Garrido no lo desarrolló aquí. Solo anotó que hablaba de “alguien conocido” o algo así.
—¿Identifica a alguien?
—No lo sé. Tendría que hablar con Garrido.
Brais miró el reloj.
—No está de servicio.
Vanesa lo miró con calma.
—Se cree que todos vamos a estar indefinidamente a su disposición.
Brais abrió la boca. Se le trabó la respuesta.
—Ma-mañana lo llamaré.
Perico le dio un toque con el codo.
—Apúntalo, que luego se te va.
—No se me va.
—Se te va.
Brais resopló.
—Y otra cosa. Cuando tengamos el listado del Hotel Astarté, hay que comprobar el nombre de quien estuvo en la 1303 y el resto de habitaciones de ese día. No se nos puede olvidar meterle presión al capullo dueño del hotel.
Vanesa cerró la carpeta.
—Lo anoto.
Brais miró hacia la calle estrecha, hacia la noche densa, hacia Cádiz tragándose sus propias miserias con la naturalidad de quien lleva siglos practicando.
—Y mañana, a primera hora, Mauricio.
—Mañana Mauricio —asintió el subinspector Perico Vélez.
Brais se ajustó la chupa de cuero. Vanesa lo miró incómoda.
—¿No tiene calor, inspector López?
Perico soltó una risa. Brais ni se dignó a contestar. Porque hay preguntas que un hombre no debe responder si quiere conservar lo poco que le queda de autoridad.