Capítulo 18 – Acento del sur 166
Brais y Perico estaban sentados en una mesa metálica coja, cerca de una maceta con un ficus que, o estaba medio muerto o era de plástico descolorido.
Ambos, cada uno por su lado, visualizaban el entorno.
Observaban, estudiaban y calificaban a todo aquel que se movía a su alrededor.
Deformación profesional. Incluso cuando salían de copas.
—No sé qué hacemos aquí —dijo Perico, mirando su vaso de cerveza y abanicándose con la mano.
—Beber.
—Eso ya lo veo, pichita mía.
—¿Te parece poco o qué?
—Joder, macho. Qué contestaciones. Sin tu chupa de cuero te vuelves más malaje que de costumbre. Y eso ya es de récord.
—Pues no preguntes gilipolleces.
Perico soltó aire por la nariz.
—Lo digo porque mañana tenemos al chico del coma, lo de Camila, lo del hotel, los robos…
—Quiero mi chupa —sentenció Brais.
—Claro. Lo más importante. Pero dijiste que habías quedado con tu colega a las diez o así y son las once y por aquí no aparece.
Brais no contestó porque justo en ese momento vio aparecer a Beli al fondo de la acera.
Venía con una bolsa de plástico en la mano, caminando de esa manera suya, como si al cuerpo, casi tan largo como el de Brais, le llegaran tarde las instrucciones de la cabeza.
Brais buscaba la palabra exacta para definirlo; y la encontró: destartalado.
Destartalado, aunque sonriente. Llevaba una camisa arrugada, unos vaqueros antiguos y su sonrisa de siempre: amplia, despistada, de esas que son verdad de la buena.
—¡Ahí está el tío! —dijo Brais, levantándose.
Beli se acercó y alzó la bolsa.
—Aquí está la reliquia.
—La parca —concretó Perico—. Brais López en busca de la parca perdida.
Brais, haciendo caso omiso a la mofa de su compañero de andanzas, la cogió casi con solemnidad. Sacó la chupa de cuero y la miró como si acabara de recuperar una parte de su anatomía.
—Menos mal. —Respiró aliviado.
—Te la dejaste olvidada encima del coche de unos guiris —dijo Beli—, cuando nos vimos. Casi se la llevan de recuerdo.
Brais se puso la chupa. Perico lo observó, incrédulo. Beli también. Los dos lo miraron como se mira a un señor que decide meterse en una sauna con bufanda.
—¿Pero tú estás mal de la cabeza? —preguntó Perico.
—El viento está ca-cambiando a po-poniente y empieza a refrescar —trató de justificarse Brais.
Beli miró alrededor entornando los labios. El aire seguía inmóvil. Una gota de sudor le bajó por la sien.
—¿Dónde? ¿En Groenlandia?
—Aquí, por la noche, refresca, cojones.
Perico empezó a reírse con ganas.
—Refresca dice. Estamos a veintinueve grados y con humedad de sopa recién hecha.
—Bebe, Pedro —le dijo Brais agarrando la jarra—. A ver si así te callas un rato y dejas de decir pamplinas.
La terraza del pub irlandés olía a cerveza negra, a humo de vapeador y aftersun barato.
No era mala mezcla para Nueva Gades en julio, siempre que uno no respirase demasiado hondo.
A esa hora todavía hacía calor. No calor de día, asfixiante y aplastante, sino calor nocturno, traicionero, húmedo, como si la ciudad entera sudara por las juntas de los adoquines.
Beli pidió una cerveza y, cuando el camarero se fue, se quedó mirando a Brais con una sonrisa más tierna.
—Me alegro de verte, quillo.
—Y yo, chaval.
—Aunque sigas igual de borde.
—Estoy mejorando, aunque no lo creas.
—¿En qué? —se coló Perico.
—Antes —dijo Beli—, con veinte años, era peor. De chico, no —precisó—. De chico no abría la boca para nada.
Perico tosió.
—Permíteme dudarlo.
Beli se rio. Pero la risa no pegaba demasiado con las ojeras ni con esa tristeza de fondo que a Brais no se le había escapado desde que lo encontró en el parking del hospital.
—Ahora en serio. ¿Te acuerdas del colegio? —dijo Beli—. Tú no hablabas. Te sentabas atrás, con cara de estar contando los desconchones de la pared.
—Era observador.
—Eras un seta.
—Y tú eras un desastre —le dijo Brais con una sonrisa amable.
—Eso también. No te lo discuto. Lo sigo siendo.
Brais señaló a Perico.
—Este no se lo cree, pero Beli era capaz de perder la mochila estando la mochila puesta.
—Culpable —admitió Beli enseñando los dientes.
—Y en quinto de EGB te dejaste los zapatos en gimnasia. Ni te coscaste que ibas descalzo hasta que te lo dijimos “el bola” y yo.
—Eso fue una confusión. Estaba pensando en mis cosas.
Perico se inclinó hacia delante, interesado.
—¿Cómo se deja alguien los zapatos?
—Siendo Beli —dijo Brais.
—Y tú eras un santo —replicó Beli—. No decías una palabrota ni aunque te pisaran.
Perico miró a Brais con horror fingido.
—¿Este? ¿Este no decía palabrotas?
—Nunca. Hasta los catorce años. Ahí se abrió la caja de los truenos.
—Podía haberse quedado así —volvió a insistir el subinspector Vélez.
—¡Carajo! ¡Cállate, Pedro!
—¿Ves? Se echó a perder —dijo Perico.
Beli dio un trago de cerveza. Se le borró un poco la sonrisa.
—La vida echa a perder a casi todo el mundo.
Aquello cambió el aire de la mesa. Brais no dijo nada durante unos segundos.
—¿Y tú? —preguntó al fin—. ¿Cómo estás de verdad?
Beli miró el vaso.
—Voy tirando. No me quejo.
—Eso dicen los que están hechos polvo.
—Pues entonces voy tirando.
Perico bajó un poco la mirada. La cara de Beli hablaba a gritos. Ya no estaba en modo guasa.
—Me enteré de lo de tu mujer —dijo Brais, más bajo—. Lo siento.
Beli asintió.
—Hace ya tiempo. Antes incluso de que me reservaran habitación en el hotel ese tan feo de El Puerto —dijo con una ambigüedad aderezada con cara de circunstancias—. Pero esas cosas no se van. Se quedan con uno. En una silla. En una taza. En cualquier tontería.
Brais tragó saliva. Pensó en Samu. En su padre. En su gato Calígula. Incluso pensó de refilón en su ex, Rosa. Y se dio cuenta de que las ausencias duelen incluso antes de que ocurran.
—Yo me separé —dijo.
—Lo sé, cojones. Uno se entera de las cosas malas rápido.
—Claro. Cádiz es muy chico.
—¿Y el niño?
—Bien. Samu está bien. Hecho un personaje. Pero… —Brais se encogió de hombros— jode no verlo todos los días.
Beli lo miró con seriedad.
—Eso tiene que ser duro. Y más para ti, porque debajo de esa coraza de poli machito heavy metal siempre has sido más blando que un plátano pasao. Por cierto, ¿y tu padre?
Brais ni sonrió.
—Y mi padre… bueno, ahí va. Operación, controles, médicos. Pero bien.
El silencio se apoderó de la escena. Todos miraban al suelo, rumiando sus propias historias. Y fue Beli el que rompió el encanto.
—Ahora vengo. La próstata no perdona.
Cuando se levantó, Perico lo siguió con la mirada.
—Buen tipo este Beli.
—Lo es.
—¿Y lo de la trena? Porque cuando dijo lo del hotel de El Puerto se refería a eso, ¿no?
Brais miró hacia el interior del pub mientras asentía.
—Él te lo contará si quiere.
Beli volvió a los pocos minutos, sacudiéndose las manos.
—Me cago en… —se quejó—. El grifo ese sale como si estuviera apagando un incendio. Me he mojado el pantalón.
Ambos policías miraron la entrepierna de Beli sin disimulo alguno y sonrieron.
—Que es agua—trató de justificarse señalando sus partes pudendas con menos disimulo aún.
Brais se echó a reír. Perico lo siguió.
—Tú sigues siendo el mismo capullo. Menos mal que sé que eres buena gente, que si no, te ibas a enterar, largo —le soltó Beli.
—Largo tú, pero largo desgarbado —respondió Brais.
—Y tú, contrahecho.
Volvieron a reírse. Luego Beli, sin que nadie se lo pidiera, habló de la cárcel.
—Lo mío, lo de la trena, fue una cagada —dijo—. Una cagada grande.
—¿Qué pasó?
Beli miró a Brais.
—Me cargaron el muerto.
Perico se tensó.
—Pero… ¿Murió alguien? —preguntó con los ojos casi fuera de las órbitas.
Beli puso cara de circunstancias, miró a un lado y a otro y… luego rio.
—No, hombre, no. Yo no le haría daño a nadie.
—Es verdad —dijo Brais—. Beli es muchas cosas, pero mala gente no.
—Gracias, cojones.
Beli se puso serio.
—Un conocido me pidió que guardara un paquete. Me dijo que era dinero. Que lo había ahorrado y que no quería tenerlo en casa por no sé qué historia con una ex. Yo, gilipollas de mí, dije que sí.
—¿Y no era dinero?
—Joyas. Robadas.
Perico soltó un silbido bajo.
—Joder.
—La policía vino a casa y lo encontró. Yo juré que no sabía nada. Pero claro… allí estaba el paquete.
—¿De qué robo?
Beli dudó.
—De la Caja de Ahorro de Nueva Gades. Pero hace años de eso.
—Ese robo fue sonado.
—Ya. Pues parte de lo que se llevaron acabó en mi casa. Sin que yo supiera qué era. Me fié de quien no debía.
—¿Y el que te lo dio?
—Se esfumó. Si lo pillo… Se iba a enterar. Pero bueno —dijo de pronto en un tono diferente—, habrá que olvidar y pedir una birra más, ¿no?
Brais lo miró con atención. Le surgieron preguntas, pero con rapidez las desechó. Hay cosas y temas que ni siquiera la confianza las convierte en cómodas ni agradables.
Beli volvió a levantarse.
—Voy al baño. Pido otra ronda de paso.
—Meón —le espetó Brais.
—Joputa —respondió Beli.
Cuando se fue, Perico inclinó la cabeza hacia Brais.
—Mañana deberíamos ir pronto al hospital.
—Ya. A ver a Mauricio.
—Sí. Si ha salido del coma, hay que hablar con él antes de que alguien le meta en la cabeza lo que tiene que decir.
—O antes de que recuerde demasiado y se asuste.
—También.
Brais bebió un trago.
—Quedamos a primera hora.
En ese momento sonó el móvil de Brais.
—Es Garrido —informó a Perico antes de contestar con un gruñido—. Pongo en manos libres, que está el subinspector conmigo. ¿Qué ocurre?
—Termino turno en quince minutos —dijo Garrido, con su tono seco habitual—. Ha entrado una llamada denunciando un robo en un piso. ¿Qué hago? ¿Mando a un par de agentes a echar un vistazo?
—¿Y por qué coño me llamas para eso?
—Porque es la única patrulla que tenemos en la calle. Si van ellos, la comisaría se queda con Vanesa sola y dos agentes nuevos del paquete.
Brais cerró los ojos.
—Me cago en mi cama.
Perico lo miró.
—¿Dónde han robado? Dirección.
—Calle Arenal, número 11. Bajo B.
—Eso está en el barrio de Puntales —dijo Perico con una mueca—. Eso no es zona turística.