Capítulo 17 – Amigos de enemigos 157
El silencio incómodo en la recepción del Hotel Astarté duró exactamente lo que tarda un pensamiento en convertirse en sospecha. Brais fue el primero en romperlo.
—A ver si lo he escuchado bien. ¿Cómo que no hay grabaciones?
El recepcionista abrió la boca, pero no le dio tiempo a contestar.
—No me jodas, Gabriel —prosiguió Brais elevando el volumen—, que he visto las cámaras que hay por todo el recinto…
—Y los monitores —interrumpió el poeta, señalando con el dedo el panel bajo el mostrador donde varias pantallas mostraban distintas zonas del hotel: pasillos, escaleras, el acceso al garaje—. Lo siento, es que… los monitores…
Brais, inexpresivo, lo miró de lado, casi sin girar el cuello. Y entonces sonrió.
—Muy bien, chaval. Veo que te has fijado también. A eso iba.
El recepcionista se adelantó, atropellado.
—No funcionan —musitó casi avergonzado.
—¿Qué? —Brais entrecerró los ojos.
—Las cámaras. Que están estropeadas.
—¿Todas?
—Creo que sí.
Brais no dijo nada. Solo dio un paso hacia el mostrador y apoyó las manos, inclinándose ligeramente.
—Pero aquí, debajo de tu mostrador, en el monitor, hay imágenes de vídeo de varias zonas del hotel. Las hemos visto antes, las estoy viendo ahora. No nos tomes por gilipollas.
Gabriel el recepcionista hizo un gesto con la mano, como ordenando el pensamiento. Estaba buscando qué decir y, sobre todo, cómo decirlo.
—Ah, vale. Sí, es cierto —respondió el recepcionista, tragando saliva—. A lo que me refería es que no graban. Política de la empresa. Se pueden controlar en directo, pero no se graba nada.
Brais soltó una risa seca.
—Política de empresa dice. El comodín del argumentario para este negocio, ¿no?
—Esto…
—A ver, ¿en qué quedamos? ¿Funcionan las cámaras o es política de empresa para que no quede constancia de los elementos que pasan por aquí a alegrarse las pajaritas?
El recepcionista se puso colorado.
—No, no… política de empresa no, esto… que está estropeado el sistema de grabación y están pendientes de… si eso… ya tal…
Brais levantó una ceja.
—Has sonado como Rajoy.
El poeta agachó la cabeza para que no se le escapara la sonrisa. Brais hizo un gesto con la mano.
—Anda, venga. Llama a tu jefe de una vez.
El recepcionista no discutió. Cogió el teléfono con manos temblorosas.
- o -
Como si del personaje de una obra de teatro se tratase, el propietario del negocio hotelero no tardó ni un minuto en reaparecer. Cualquier habría jurado que Franco Gámez hubiese estado escuchando detrás de una puerta.
—¿Qué problema hay ahora? —preguntó con una calma impostada.
Brais ni se molestó en disimular.
—Que aquí nadie da nada. Ni grabaciones, ni listado de clientes, ni ganas de colaborar.
—Supongo que ya le habrá dicho Gabriel que no hay grabaciones —respondió el dueño—.
El sistema no funciona desde hace… un tiempo.
Estamos comparando presupuestos, pero es complicado.
Si quiere, puede comprobarlo usted mismo.
Y, en cualquier caso, no estoy obligado a tener un sistema de videograbación operativo.
Brais ladeó la cabeza.
—No, claro. Obligado no. Qué palabra más fea.
Se acercó un poco más.
—Pero sí está usted obligado a colaborar en una investigación por homicidio.
El dueño mantuvo la sonrisa.
—Y colaboro. Eso es impepinable.
—Una mierda —replicó Brais sin levantar la voz—. Porque ni me da nadie el listado de clientes ni me explica por qué de repente su recepcionista no puede acceder al sistema.
—Para determinadas cuestiones hace falta una orden de un juez —indicó el dueño mientras miraba de reojo al recepcionista.
Ese gesto bastó. El recepcionista bajó la cabeza. Brais lo vio. Y sonrió, pero sin humor.
—Le voy a explicar lo que va a pasar ahora —continuó el inspector jefe, ante la atenta mirada del poeta, que lo miraba embelesado—.
En breve va a venir la científica a inspeccionar la habitación 1303.
Sepa usted, señor Franco, que vamos a precintarla, independientemente de que se solicite la correspondiente orden.
El dueño no dijo nada, concentrado en no alimentar a la fiera.
—Y ya de paso —siguió Brais—, vamos a precintar también el aparcamiento, el pasillo de acceso y todo lo que haga falta —dijo antes de hacer una pausa que aprovechó para clavar su mirada lobuna en los ojos de Franco Gámez—. Y después voy a pedir que vengan los especialistas informáticos.
El dueño no pudo evitar ni fruncir el ceño ni hablar.
—¿Para qué?
Brais se acercó un poco más.
—Para revisar sus ordenadores. A ver si resulta que el servidor se ha caído varias veces seguidas hasta romperse justo ahora el sistema de claves.
El dueño lo miró, impasible.
—No entiendo a qué se refiere.
—Claro que lo entiende.
Brais señaló al recepcionista.
—A este chaval le funcionaba la contraseña hace una hora. Ahora no, ahora que necesito que mire un listado de usuarios de este lugar de encuentro para señores que buscan compañía. Qué casualidad.
El dueño no contestó.
—Así que —remató Brais—, me da el listado de clientes de los últimos cinco días o convierto este nidito de amores en una feria.
—Necesita una orden judicial.
Brais suspiró, como si le diera pereza.
—Sí, claro. Una orden. Pero mientras llega, voy a colocar una patrulla en la entrada del parking. Día y noche. Con las sirenas encendidas.
El poeta levantó la vista, sorprendido.
—A ver si la gente que suele venir aquí a echar un… rato… sigue viniendo.
El dueño apretó la mandíbula.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Esto es un servicio público —respondió Brais, que se encogió de hombros—. Y si me toca los huevos, hasta vengo yo en mis ratos libres. ¿Le parece bien o quiere seguir esperando a la orden?
El silencio duró solo dos segundos.
—Está bien —cedió el dueño—. Se lo enviaré a la mayor brevedad…
—Y una mierda. Ahora —puntualizó Brais.
—Necesito revisar unos temas informáticos.
—Claro que sí. Revise lo que le plazca. Pero quiero ese listado ya. ¿Me explico?
Brais sonrió con malicia.
—Haré todo lo posible.
—Sí, sí. Pero no tarde mucho. No vaya a ser que tenga que empezar a precintar cosas.
El dueño lo miró con odio contenido.
—Informaré de esto a don Gerardo.
—Que sí, cojones. A don Ge-gerardo —tartamudeó Brais con sorna—. Dele recuerdos de mis partes.
- o -
Salieron del hotel y el aire caliente de Levante cargado de salitre les dio una bofetada de calor.
—Me cago en mi cama. Si hace más calor que cuando entramos.
—El viento ha cambiado, señor inspector jefe. Eso y el contraste de temperatura debido al aire acondicionado del hotel.
—No veas, Poeta. Llevas en Cádiz un año y ya sabes más de vientos que yo.
Caminaron en silencio unos metros. El agente Federico García fue el primero en hablar.
—Le va a mandar el listado, pero creo…
—Lo sé, Poeta. Va a revisarlo antes —completó Brais—. A ver si hay algún cliente gordo que convenga borrar.
—Eso sería obstrucción.
—Eso es lo que hace la gente contra la que peleamos.
Siguieron caminando.
—Cuando lo tengamos, de todas maneras, habrá que cotejar ese listado —continuó Brais—. Ver si estuvo allí el consignatario, el estibador Lozano, Mauricio… y sobre todo quién estaba en la 1303. Pero ya te adelanto yo que, o mucho me equivoco, o por aquí no tenemos de donde jalar.
El poeta asintió, ya más metido en la dinámica. Justo entonces sonó su teléfono. Se apartó un poco y pulsó el botón.
—Sí… sí… vale… ahora se lo digo.
Colgó.
—La científica ya está avisada. Vanesa ha terminado con Perico y va para comisaría.
—Bien.
—Y… me ha dicho que tiene las últimas ubicaciones del móvil de María Gualpa. De hecho… —miró la pantalla de su móvil—, ya las tengo aquí. Me las ha mandado.
—Enséñamelas.
El poeta le mostró la pantalla. Brais la observó en silencio.
—Confirmado —murmuró—. Estuvo aquí.
—En el hotel.
—Sí, aquí mismo.
Deslizó el dedo.
—Luego fue a la conservera.
Otra pausa.
—Y antes estuvo en el muelle. En el barco.
El poeta lo miró.
—Todo encaja, ¿no?
—No —negó Brais—. Todo huele. Muy mal. Como todos los casos en los que hay mierda escondida—.
Pero lo importante es esto… —continuó Brais levantando la vista—.
Mauricio y María coincidieron en los mismos sitios.
—Se quedó en silencio unos segundos mientras miraba hacia el cielo—. Me cago en la puta…
De pronto se giró.
—¡Poeta!
—Diga, señor inspector jefe.
—Llama a Vanesa, por favor.
—¿Al móvil personal o al del trabajo?
—Me la suda. Tú sabrás, que eres el que está atontado con ella.
El poeta dudó un segundo.
—¿Por qué lo dice?
Brais lo miró con impaciencia.
—Porque quiero que le digas que busque el teléfono de Mauricio y pida una orden para ubicarlo. Tenemos que saber dónde estuvo esa noche al cien por cien.
—Sí, claro.
El poeta empezó a marcar. Brais lo observó un instante.
—Y otra cosa.
—¿Sí?
—Cuando te hablan de Vanesa se te pone cara de cordero degollado mezclada con perrito pachón.
El poeta parpadeó.
—¿Perdón?
—Que tienes que parecer más duro. Si no, te come por sopa.
El poeta sonrió.
—Gracias por el consejo.
—De nada.
En ese momento sonó el teléfono de Brais. Su cara cambió de forma ostensible. Era Lorena.
—Hola, Lorena.
El poeta alzó las cejas.
—¿Qué?… No lo sabía… ¿Avery?… Vale… ¿Perico está ahí?…
Brais se giró ligeramente.
—Vale, ahora lo llamo. Sí, sí… —El rostro de Brais había adquirido una expresión de algo parecido al embeleso—. Me encargo de eso y les digo. No te preocupes.
Colgó.
—Era la forense —dijo Brais.
—¿Por lo de los robos? ¿Han robado en su casa?
—Sí.
El poeta frunció el ceño.
—Pero Lorena no es turista. Y si no le he entendido mal, su teoría es que atacan sobre a todo a gente de fuera.
—La forense no lo es, pero su amiga sí. Es inglesa.
—Ah.
—Quien sea va a por gente de fuera, sí. Pero esta vez se ha mezclado con una autóctona.
—¿Autóctona?
—Gente de aquí, cojones —explicó Brais ofuscado—. Que vive aquí. Como Lorena.
—Ah, claro. Disculpe, señor inspector jefe.
El poeta, pese a la corrección, sonrió de medio lado.
—Gracias por el consejo amoroso, por cierto.
Brais lo miró, satisfecho.
—De nada.
—Me ha quedado claro con el ejemplo que ha dado usted hablando con la señorita forense.
Brais abrió la boca. El poeta ya se alejaba, teléfono en mano.
—Voy a llamar a Vanesa.
—Tus muertos a caballo… —murmuró Brais.
- o -
Más tarde, ya solo en el coche, Brais conducía por la Punta de San Felipe. El Levante ahora soplaba con fuerza, lo que, a pesar de los pesares, siempre era mucho mejor que un Levante en calma.
El mar golpeaba contra las piedras con ese ritmo que parecía constante, pero nunca lo era del todo. Y en esas el teléfono sonó otra vez, para variar.
—¿Qué pasa, Pedro?
—Na, trabajo de poli pringao en vacaciones por culpa de un jefe hijoputa.
—Muy gracioso. ¿Todo bien con Lorena?
—¿Qué confianzas son esas?
—Vete al carajo.
Perico rio.
—Hemos ido a los dos domicilios que habían denunciado. El segundo era el de Lorena, la forense, y su amiga inglesa.
—Avery.
—¿La conoces? Muy simpática, por cierto —añadió con una picardía que no pasó desapercibida a Brais.
—Seguro que solo te has fijado en eso. Anda, céntrate.
—Nada nuevo. Todo limpio, ordenado. Solo faltan la colección de relojes y unos pendientes.
—Lo de los pendientes no lo sabía.
—La inglesita se dio cuenta hace poco, cuando fue a mirar en su mesilla de noche. Un trabajo muy metódico —especificó Perico.
—Listo, organizado, profesional, minucioso.
—Picha, te has tragado la RAE enterita. Así es normal que tartamudees con tanta palabreja que tienes a medio salir. Pero siempre hablas en singular
—Bueno, no sé.
Ambos se quedaron en silencio durante un breve espacio de tiempo.
—Por cierto —dijo Brais—. ¿Sabías que algunas habitaciones del hotel Astarté tienen acceso directo desde el garaje?
—¿Cómo?
—Entrada privada. Sin pasar por recepción.
—Joder… Un puticlub para gente bien.
—Eso significa que María pudo salir por ahí.
—O no salir viva.
Brais no quiso responder. Simplemente se quedó pensativo mirando cómo una moto le adelantaba por la derecha sin dedicarle un exabrupto al motorista.
Pero esta vez Perico no le secundó, sino que lo sacó de inmediato de su ensimismamiento.
—Y lo que tenemos que ver y confirmar ahora es si Mauricio tenía relación con ella.
—Ya, ya. Lo tengo apuntado —replicó Brais mientras cambiaba de carril por el paseo de Canalejas.
—No me has entendido, Brais, pichita mía. Lo que digo es que vayamos cuanto antes.
—Pero no hay prisa —contravino Brais—. Está en la UCI del hospital, cojones.
—Muy cierto, pero ya no está en coma.
Brais levantó la cabeza de golpe y a punto estuvo de sufrir un esguince cervical.
—¿Cómo? —Sin poner el intermitente giró a la derecha y embocó la parada del autobús. Allí, justo detrás del bus número 5, paró.
—Que se ha despertado —confirmó Perico.
—No me jodas.
Brais apretó el volante.
—Vamos para allá entonces.
—Tranquilo, pichita mía —respondió Perico—. Mira la hora.
Brais miró el reloj.
—Es verdad. Son casi las diez de la noche… No son horas de tocar los huevos a alguien que acaba de regresar de la muerte.
—Exacto.
El sol empezaba a caer. El calor no.
—¡Me cago en mi cama! —exclamó Brais de repente y sin venir a cuento.
—¿Qué pasa? —dijo Perico alarmado.
—Que he quedado con Beli —añadió Brais—. Para que me devuelva la chupa. Y voy muy tarde.
Perico empezó a reírse.
—No vaya a refrescar —le soltó con la sorna de rigor.
—Que te den. Voy a tomarme unas birras con mi colega.
—Espera, espera —dijo a toda velocidad—. Voy contigo. Estoy libre y mi parienta esta noche está con las amigas. Es decir, ¿te importa si me apunto?
—He tenido mejores compañías, pero tampoco quiero discriminarte por feo, bajito, calvo y cabezón.
—Mamón.
El coche siguió avanzando. El viento soplaba más fuerte. Y, por primera vez en todo el día, Brais tuvo la sensación de que algo empezaba a encajar. No mucho. Pero lo suficiente como para no soltarlo.