Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 16 – Hotel de conveniencia 149 #2
41%

Capítulo 16 – Hotel de conveniencia 149 #2

—Este es… el señor Franco Gámez. Director del hotel.

—Encantado —dijo Franco, sin parecerlo—. ¿Y usted?

—Inspector jefe Brais López. Para servirle a dios y a usted.

El poeta bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

—Que sepas antes que nada —continuó Franco— que soy amigo de Don Gerardo, el comisario provincial.

Brais lo miró fijo. No lo escrutaba, simplemente valoraba antes de empezar con él.

—Primero: para usted soy el inspector jefe López.

—Brais hizo una pausa antes de seguir con su decálogo de razones—.

Segundo: Don Gerardo es comisario en funciones.

O sea, que le queda poquito. —Hizo una nueva parada antes de finalizar—.

Y tercero… —Brais sonrió— digo yo que serán amigos porque le gusta venir por aquí a tratar temas… laborales.

El silencio se volvió espeso.

—¿Vamos a la habitación? —añadió Brais.

Franco apretó la mandíbula.

—Esto no va a quedar así.

—Póngase a la cola —respondió Brais y echó a andar.

- o -

La habitación 1303 estaba en la planta baja, al final de un pasillo largo que, pese a la esmerada decoración, olía a ambientador barato. Pasaron por delante de una cámara que no pasó desapercibida para ninguno de los dos agentes.

—¿La ha visto, señor inspector jefe? —susurró el poeta.

—Sí. Y no me llames más así, coño —murmuró entre dientes Brais.

El séquito continuó andando hasta que el recepcionista paró, sacó una tarjeta y abrió la puerta.

—Esta es. —Ofreció con un estudiado movimiento de la mano mostrando la entrada.

Accedieron a la habitación 1303. Todo estaba limpio. Reluciente.

—Han limpiado —dijo Brais.

—Claro —respondió el recepcionista—. Nadie sabía…

—Ya —le cortó.

Brais empezó a recorrer la habitación. Cama. Armario. Jacuzzi. Cocina. Baño. Se detuvo en una puerta lateral.

—¿Y esta puerta?

—Da al garaje.

—Ábrela, haz el favor —pidió Brais con el ceño fruncido.

El recepcionista no dudó. Abrió la puerta de inmediato y dejó libre el paso a lo que sin duda era un garaje individual.

—Hostia… —murmuró el poeta.

—Sí —dijo Brais sin quitar los ojos del garaje—. Discreción premium para clientes VIP.

—Política de empresa —precisó, como si fuera un eslogan, el recepcionista, presa de la costumbre.

—Ya, ya. ¿Y la puerta del garaje da a la calle?

—No —contestó Gabriel—. Da al aparcamiento general del hotel.

—¡Joder! Eso es perfecto —indicó Brais mientras asentía complacido a las prestaciones del selecto hotel—. Entras, sales… y nadie te ve. Sin testigos molestos de ningún tipo.

Tras una breve inspección regresaron a la habitación.

—Necesito el listado de huéspedes —dijo Brais a las bravas.

—¿Qué? ¿Perdón?

—Que necesito que me pases el listado de clientes del domingo pasado.

—Eso… eso yo no puedo…

—¿No eres el recepcionista? Tendrás acceso a quién entra y quién sale y quién paga, digo yo.

—No —respondió con una rotundidad que descolocó a Brais.

—¿Cómo que no? —insistió el inspector jefe visiblemente enfadado ante la negativa.

—Yo estoy por si los clientes necesitan algo, aparte de para tratar con los proveedores, las visitas y, bueno… para controlar, ya saben.

Brais se cruzó de brazos. Luego echó la cabeza hacia atrás, como si estuviera cogiendo fuerza antes de contradecir. Pero el poeta se atrevió a adelantarse. Brais lo miró sorprendido, pero también orgulloso.

—¿Pero el check-in y esas cosas de hoteles? —dijo el agente novato.

—El check-in y el check-out es online . Se hacen por internet, en la plataforma del hotel. Las puertas van por código. Así que las listas yo no…

—Tú sí, Gabi —se anticipó Brais haciendo uso de su viejo truco de tutear—. Claro que puedes sacar las listas.

—Que no. Yo solo… —titubeó.

—Mira, chaval —Brais se acercó un poco más a él para intimidar—. No me caes mal, pero tu jefe sí. Y te va a meter en un lío por salvarle el culo. ¿Sabes que eso se considera desacato?

—Señor inspector jefe, eso no es desacato… —musitó el poeta, que se había estirado de repente para acercar su boca a la oreja de Brais, que se llevó el dedo índice a los labios sin dejar de mirar al recepcionista, que observaba a ambos de hito en hito sin entender.

—Gabriel, tú has contado que María Gualpa te preguntó por la habitación 1303, y eso me lleva a sospechar que te preguntó por alguien en concreto.

—Que no, de verdad, que no… —dijo el recepcionista a punto de llorar—. Preguntó solo por el número de la habitación. Lo juro. Somos muy discretos aquí.

—Ya. Se nota a leguas la política de la empresa y su discreción. Incluso puedo aventurar que no te acuerdas del nombre de la persona que estaba en esa habitación. Por eso te pregunto por la lista de clientes. Anda, dámela.

—Me la juego; si entro en la lista, me la juego; me despide seguro y no me contrata aquí en Cádiz ni mi padre, que en gloria esté. Que mi jefe está muy bien relacionado.

Brais dio un paso más y se colocó justo delante de Gabriel, exponiendo toda su altura y la mala leche que llevaba dentro por el tiempo perdido.

—Vale… vale… —cedió el recepcionista—. Vamos.

Salieron en dirección a la recepción. Gabriel, el recepcionista, se sentó en su silla y desbloqueó el ordenador. Tras esto, empezó a teclear nervioso.

—¿Pero qué…? No funciona… —se quejó para sí.

—¿Qué es lo que no funciona, chavalín? —le espetó Brais con condescendencia.

—La contraseña…

Lo intentó otra vez. Una gota de sudor se deslizó por su sien. Nada.

—No… no entiendo…

—Llama a tu jefe, anda —dijo Brais, ya sin paciencia— Y de paso pídele también las grabaciones de las cámaras de seguridad y así vamos adelantando.

El recepcionista tragó saliva. Iba a decir algo, pero al ver el rostro del inspector, tan de negro y tan cabreado, que se quedó en blanco. No se movía.

—¿Y ahora qué te pasa? ¿Por qué no te mueves?

—Es que no hay grabaciones.

Brais entrecerró los ojos mientras clavaba su mirada de nuevo en el recepcionista. Luego se quedó mirando los monitores que había debajo del mostrador. Las imágenes del hotel aparecían, fluidas, veraces, reales, todo lo contrario que la cara de Gabriel, el recepcionista.