Capítulo 16 – Hotel de conveniencia 149
El Hotel Astarté, con nombre de diosa fenicia, no era un hotel al uso.
Tampoco se esforzaba demasiado en disimularlo.
Desde fuera no parecía gran cosa: fachada discreta, cristal ahumado en las ventanas, rótulo elegante y una puerta automática que se abría con una lentitud estudiada, como si quisiera decirle al cliente que allí dentro el tiempo se paraba, igual que las preguntas y las explicaciones.
Ya dentro, el vestíbulo era elegante, pero sin excesiva ostentación: mármol blanco, una lámpara colgante de diseño moderno, un mostrador impecable. Pero había algo… que chirriaba. Algo en el silencio, en la luz, en el tipo de clientes que entraban y salían sin cruzarse miradas.
Brais y el poeta entraron detrás del recepcionista, que caminaba con pasos cortos y nerviosos. Gabriel, que así se llamaba, les había pedido que esperaran un momento en recepción con esa voz cantarina y aguda que a Brais le había irritado desde el primer momento.
—Esto no es un hotel —murmuró Brais mientras observaba la zona de recepción y desmenuzaba lo que veía.
—¿Cómo dice, señor inspector jefe? —preguntó el poeta, con esa mezcla de respeto y entusiasmo que todavía no había aprendido a disimular.
—Que aquí se folla más que se duerme —dijo Brais sin cortarse—. Y se cobra por horas.
El poeta se quedó rígido.
—Ah —repuso con un sonrojo en ciernes.
—Qué inocente eres, Poeta. De hecho, podrías ser como ese hijo que nunca tuve.
—Pero si usted ya tiene un hijo —dijo extrañado el agente novato.
—No estoy seguro de que la palabra sea inocente —replicó a medias entre la negación, el hastío y el cariño.
Perico no estaba con ellos. Solo habían ido Brais y su escudero, el poeta, con la única compañía del recepcionista. Brais había decidido que no podían ni debían perder tiempo. Si la pista del recepcionista era buena, no podían dejar que se enfriara.
Perico, por su parte, había ido con Vanesa a un par de pisos turísticos pendientes de visitar por sendas denuncias de robo.
Decidieron repartirse para no darle al comisario de distrito la oportunidad de decir que desatendían “las prioridades”.
Lo de la chica muerta parecía no ser preferente para nadie más que para Brais, Perico, Vanesa y, quizá, algún familiar roto al otro lado del Atlántico. En definitiva, dividirse o morir.
—¿Te alegra venir conmigo, no? —preguntó Brais de pronto, mirándolo de reojo.
El poeta tardó medio segundo en procesar la pregunta. Sus ojos, abiertos de par en par, incluso se humedecieron y refulgieron de inmediato.
—Sí, señor inspector jefe —dijo emocionado—. Mucho. No sabe usted cuánto.
—No me llames así, cojones —protestó aquél.
—Perdón… Brais, picha —dijo con una pronunciación más forzada que las bisagras de un submarino nuclear.
—Tampoco te emociones.
El poeta sonrió atemorizado, pero se atrevió a contestar pese a todo.
—Pero sí, me alegra. Mucho.
Brais asintió, como si aquello no le importara, pero algo en su gesto se suavizó un segundo.
Gabriel, el recepcionista, tardaba. Eso acrecentó esa sensación incómoda de estar en un sitio donde uno no es bienvenido del todo. Mayormente si eres policía y estás investigando un crimen violento.
Brais decidió aprovechar el tiempo para curiosear. Se inclinó ligeramente hacia el mostrador. Miró los libros de registro —vacíos—, el ordenador —bloqueado—, el teléfono —silencioso—. Luego levantó la vista.
—¿Lo ves ahora? —preguntó Brais.
La pregunta pilló por sorpresa al poeta.
—¿Qué? —acertó a responder a duras penas.
—Esto no es un hotel normal.
—¿Por qué?
—Por todo. Por la recepción. Por la luz. Por el olor. Por las puertas. Por el tipo de silencio.
El poeta miró alrededor, tratando de captar aquello.
—Yo sigo viendo solo un hotel.
—Eres muy tierno, Poeta. Eso es porque todavía tienes fe en la humanidad.
—No mucha —le corrigió el agente Federico García—. No se crea. Desde que estoy aquí en la comisaría de Nueva Gades he visto… ya sabe… cosas.
—Ya, pero aún te sobra.
El poeta bajó la voz.
—Entonces… ¿usted cree que aquí venía María?
—No lo creo. Lo sabemos —ratificó Brais—. El recepcionista estaba muy seguro.
—Pero puede haber venido como clienta normal.
Brais giró la cabeza muy despacio.
—Poeta… —le espetó apretando los carrillos y con una mirada oblicua.
—Ya —dijo sin mucho convencimiento.
—No me hagas responderte a eso, cojones.
Se apoyaron cerca del mostrador como si fueran dos clientes aburridos esperando turno. El recepcionista seguía dentro, hablando con alguien. Por el cristal esmerilado de la puerta lateral se adivinaba una figura moviéndose de un lado a otro, y también se oía una voz grave, contenida, irritada.
—Y entonces… —se atrevió a hablar el poeta—. Entonces… lo que dijo el recepcionista…
—Te lo resumo —interrumpió Brais.
Y lo hizo. A su manera. Directo.
—Vio la foto de María en el periódico —dijo—. Se acordó de ella porque había ido varias veces al hotel. Y la última vez… el domingo por la tarde. A eso de las ocho y preguntando por la habitación… espera que mire —continuó mientras buscaba en su libreta—, la habitación 1303.
—Ajá. Y luego vio la foto del chico en coma, el que encontraron malherido fuera de la conservera, el que ahora está en la UCI, y leyó la noticia… —añadió el agente Federico García.
—Exacto. Y le cuadró. Porque lo había visto también.
El poeta asintió, cada vez más metido en la historia.
—Pero lo importante no es eso —dijo Brais levantando las cejas.
—¿No? —preguntó el poeta.
—No. Lo importante es esto.
Brais se giró hacia él.
—El chico —continuó— entró preguntando por una mujer con vestido rojo, gafas de sol y pañuelo.
—Como el que llevaba María Gualpa.
—Premio para el poeta. Y le dijo que había quedado con ella.
El poeta abrió los ojos.
—Y el recepcionista… ¿Qué hizo?
—Le indicó la zona de las habitaciones especiales de la planta baja.
Justo la parte del hotel en la que se ubica la habitación 1303, que es por la que preguntó María Gualpa.
Pero como lo vio muy nervioso, no quedó muy convencido de que fuera el cliente con el que había quedado María y no le dijo el número de la habitación. Por si acaso.
—Joder —dijo el poeta tras unos segundos de silencio.
—Sí, joder. Muy atinado de nuevo.
Brais se pasó la mano por la barbilla. El poeta apretó los labios y llegó a una conclusión.
—Entonces fue… a buscarla.
—Sí.
—Y no la encontró —volvió a conjeturar el poeta.
—Eso parece. O eso deduzco yo al menos, porque se fue por donde había entrado.
—Salió frustrado.
—Sí. Salió solo al poco tiempo, según el recepcionista —precisó Brais—. Frustrado, no lo sabemos.
—Espere una cosa, señor inspec… Brais —se corrigió a tiempo—. ¿Y María…?
El poeta se quedó en silencio.
—No salió por la recepción —terminó Brais—. O al menos, Gabriel, nuestro recepcionista de referencia, no la vio pasar, pese a que asegura que no se movió de su sitio.
Los dos se quedaron callados. El murmullo del aire acondicionado era lo único que se oía.
—¿No es demasiada coincidencia? —preguntó el poeta.
Brais negó lentamente.
—No creo en las coincidencias —respondió tajante.
—Pero esto…
—Esto… Ya veremos.
Brais dejó volar su mirada hasta un cartel con el que se prohibía fumar en todo el recinto hotelero. El cigarro dibujado, unos simples trazos muy básicos, se le representó con todo lujo de detalles en su mente. Brais tosió con fuerza como si así pudiera alejar ese pensamiento recurrente.
—Lo que está claro —continuó a la par que negaba con la cabeza— es que, por lo que parece, María y ese chico estuvieron aquí casi a la misma hora.
—Pero, pero —se aturulló el poeta—, en la conservera, luego…
—Luego —completó Brais la lógica de su compañero— aparecen en la misma zona. En la conservera.
El poeta tragó saliva.
—Eso ya no es coincidencia.
—Eso es una línea de investigación de las buenas —concluyó Brais.
En ese momento, el teléfono de Brais vibró, que casi da un bote. Lo sacó y vio su nombre.
—¡Lorena! —exclamó sorprendido— ¿Todo bien? Te escucho regular.
Puso el móvil en modo altavoz para tratar de oír mejor.
—Dime, Lorena.
—Brais —dijo ella al otro lado—. Las llaves.
—¿Qué llaves? —preguntó confundido.
—Las que le dejé a Avery, ¿te acuerdas?. Pues estaban en el coche. En la guantera.
Brais frunció el ceño. Solo se podía escuchar el sonido de los engranajes de su cerebro
—¿Segura?
—Sí. Claro.
—¿Y entonces cómo…?
—No lo sé. Es muy raro. Tanto Avery como yo miramos allí.
Brais apretó el teléfono.
—Vale. Luego hablamos, Lorena. Estoy con la investigación de la chica —le explicó al escuchar en la distancia unos pasos.
—Ok. No te preocupes.
Ambos colgaron. Brais se preparaba mentalmente. Su particular “modo combate”. Aunque también estaba pensando en lo que la forense le acababa de comentar sobre el robo en su casa. El poeta, que había notado también los pasos, lo miró.
—¿Hay algún problema?
—Que alguien abrió ese coche —respondió el inspector jefe, como si la frase hubiese salido al azar de entre la cascada de sus pensamientos.
—Perdón, ¿qué coche? —dijo el poeta. Tenía un ojo medio cerrado del esfuerzo por cuadrar la historia—. Me he perdido.
Antes de que pudieran seguir, se escuchó una voz grave al fondo.
Una discusión contenida, de esas que se dicen bajito pero con mala leche.
Luego, enseguida, aparecieron dos figuras.
El recepcionista, con cara de funeral. Y detrás, otro tipo.
Un hombre alto, delgado, vistiendo un traje caro y mirada de “aquí mando yo”.
—Ya he hablado con mi jefe —dijo el recepcionista, con una sonrisa forzada—. Podemos subir a la habitación 1303.
—Dele las gracias —respondió Brais— por su bondad y amabilidad… pero que sepa que si tenemos que pedir una orden judicial, en un rato estamos aquí otra vez con compañeros vestidos de uniforme y sirenas de esas chulas y llamativas.
—Así me gusta la policía —dijo con sarcasmo la voz grave que procedía del jefe del recepcionista.
Brais se giró. El hombre del traje lo miraba con una sonrisa irónica. El recepcionista carraspeó para llamar la atención.