Capítulo 15 – Guiri al desnudo 134 #3
—Sí. Tengo que adelantar trabajo.
Toño llevaba una camisa clara, bermudas y sandalias. Brais examinó el atuendo con sospecha.
—¿Tú adónde vas vestido así? —preguntó con sincero interés.
—A la playa, neno.
Brais se quedó clavado.
—¿A la playa? Pero si tú nunca has querido ir a la playa.
Toño dio un bocado a un trozo de manzana con mucha calma.
—A lo mejor era porque con quien podía ir estaba siempre quejándose de la arena.
Zuleidy bajó la mirada al plato para ocultar una sonrisa.
—Muy bonito —dijo Brais—. Me voy.
—¿Mucho lío?
—Robos. Homicidio. Papeleo. Informes. Otra denuncia que ha entrado. Pero bueno, con los robos tengo a Vanesa. Y con lo de la chica fallecida me ayudan Perico y los otros. La verdad es que se están portando.
—Pues díselo —dijo Zuleidy.
—¿El qué?
—Eso mismo. Que se están portando. Verbalice lo bueno, Brais. Es lindo —continuó ella con melodía en su voz.
Brais la miró en diagonal, como sin hablara en otro idioma.
—Sí. Claro —contestó confundido y sin demasiado convencimiento.
Sin embargo, poco a poco comenzó a fraguar en su mente esa idea de agradecimiento y bondad con el prójimo.
Somos seres sociales y los demás no son más que reflejos algo alterados de uno mismo.
Una sensación de amor universal –o lo más parecido que podía brotar parecido a eso en la cabeza de Brais– comenzó a calar en su entendimiento.
Se sintió completo, por fin, durante un segundo.
Y esa sensación continuó. Continuó justo hasta antes de poner un pie en comisaría, donde todos lo miraron al entrar como el ogro en el que se disfrazaba a diario.
Enseguida, lo notó. Primero, el silencio raro.
Después, las miradas. Luego, los teléfonos.
Sonaban todos. Uno detrás de otro. En mesas, mostrador, despacho, pasillo.
Gente hablando a la vez. Agentes tomando notas.
El poeta con cara de estar al borde de un colapso o de un arrobamiento existencial.
Vanesa al teléfono, seria. Garrido, de pie, con una expresión que no auguraba nada bueno.
Perico fue el único que osó interactuar con él.
Se acercó a Brais con cara de “te voy a matar, pero no delante de testigos”.
—Ya te vale, pichita mía —le recriminó.
—¿Qué?
—Por lo menos avisa cuando decides incendiar la comisaría.
—¿De qué hablas? —preguntó aturdido.
Perico señaló un ejemplar de “La Gaceta de Gades” abierto sobre una mesa.
Brais lo cogió. En portada interior, a doble columna, aparecían las fotos de María Gualpa y Camila.
Las dos con uniforme de camareras del crucero.
Las dos muy atractivas. Demasiado. El titular hablaba de una trabajadora del Sovereign Coasts asesinada y otra desaparecida.
—Me cago en…
—No lo digas —dijo Perico—. No tienes derecho.
Garrido apareció detrás.
—Te podías meter las filtraciones a la prensa en el culo. O avisar. Una de dos.
—Yo… yo…
—No damos abasto —dijo Garrido—. Entre las llamadas de chiflados, morbosos, gente que dice haberlas visto en todos los bares de Cádiz y alguno que pregunta si hay recompensa, esto es una romería.
Brais salió de la sala y llamó a Luis.
—¿Por qué has puesto esas fotos?
—Las que me mandaste —se justificó su amigo periodista.
—Había veinte fotos, cojones —le reprochó.
—No, poli largo —le frenó—. Había veinte archivos, pero eran veinte veces las mismas dos fotos.
Brais se quedó sin respuesta.
—¿No miras lo que recibes? —contraatacó Luis—. ¿Un policía no verifica, coteja y comprueba?
Brais tartamudeó.
—Me ca-cago en mi ca-cama.
Colgó y volvió dentro. La sala seguía siendo un incendio telefónico. Se acercó a Perico, ya más pequeño.
—Lo de los compradores… Me comentó el poeta…
Perico lo miró con cansancio.
—No hay más que eso. Confirmada la versión del José Félix Róvalo de los cojones, alias el consignatario. Más o menos —precisó al final.
—¿Más o menos?
—Son unos pijos de cuidado. Representantes de un fondo buitre que colecciona terrenos en lugares con potencial de revalorización comprados a precios competitivos. Traducción: especulación con gomina.
—Vale —asintió Brais—. ¿Y la coartada?
—Dicen que estuvieron con Róvalo entre las diez y las tres de la madrugada. Cena, copas, club.
—¿Comprobaste a los “coartadistas”?
—Sí. Me pasé por el club. Club de alterne con ínfulas de discoteca molona. El encargado reconoció al consignatario. Dijo que entró un grupo de tres o cuatro tíos enchaquetados sobre las diez y salieron entrada la madrugada.
Brais frunció el ceño.
—¿Tres o cuatro?
—Eso dijo. Tres o cuatro —explicó Perico—. No pudo asegurarme que estuvieran todos todo el rato.
Los dos se quedaron callados en el preciso instante en que Agustín entraba en la sala en la que se encontraban. Iba acompañado de un hombre bajito, blanco transparente, con gafas retro metálicas, entradas amplias y una edad indeterminada entre los veinticinco y los cincuenta años.
—¿Quién coño debería estar en la puerta? —bramó el comisario de distrito.
Nadie respondió, pero Brais dio un paso adelante.
—Es culpa mía. Les ordené que ayudaran con el caso de la mujer muerta. No hay efectivos suficientes. Supongo que es parte de mi responsabilidad gestionar las carencias de la comisaría.
Agustín lo miró. Una mirada oblicua que decía muy a las claras que no le había gustado el ataque de ironía del inspector jefe.
—¿Y esto tiene que ver con que hayan salido las fotos en ese diario? —preguntó de malos modos el comisario de distrito.
—Ni idea —respondió Brais con tono similar tras un breve silencio—. Pregúntale al editor del periódico, Agustín. Yo me dedico a investigar robos, homicidios y demás delitos.
—Sé que has sido tú.
Brais se limitó a mirar a los ojos a su viejo colega y actual superior jerárquico. Antes de que el comisario siguiera, el hombre que lo acompañaba levantó una mano.
—Perdón… ¿hablan de la mujer que sale en el periódico gratuito? —dijo con una vocecilla aguda
Agustín se giró, irritado y se dirigió a aquel hombrecillo.
—¿Quién es usted? ¿Y eso a qué viene?
—Soy recepcionista. Paso mucho rato sentado y solo. Me lo leo de pe a pa. El diario, o sea, la Gaceta de Gades.
Brais lo miró con atención antes de dirigirse a él.
—¿Y? —le espetó.
—He reconocido a la chica —contestó aquel.
La sala entera se giró hacia él, que enseñaba una hilera desordenada de dientes.
—¿A cuál? —intervino Perico.
—A la muerta, claro —contestó el recepcionista mínimo.
Brais se acercó.
—¿Cuándo la vio?
—Varias veces. La última el domingo. Por la tarde. Tarde. Sobre las ocho y diez.
—¿Dónde?
El recepcionista tragó saliva, contento y nervioso a la vez por tener tanta atención encima.
—En el hotel donde trabajo.
Brais notó que el ruido de los teléfonos se alejaba un segundo.
—¿Iba sola?
—Sí… —el hombrecillo hizo una pausa algo teatral—. Pero después vino el chico ese tan mono.
Perico se adelantó y se colocó frente al recepcionista preparado para lanzar su pregunta.
—¿Qué chico?
—El que está en coma. El que encontraron cerca de la conservera. También había una foto en el periódico, pero esa salió en el otro diario, no en el gratuito.
—¿En el Heraldo de Gades? —quiso confirmar Brais, que miró hacia Perico, que con rapidez le entregó el periódico en cuestión.
—Sí. Publicaron una foto suya.
Y de pronto todo el caos, todas las llamadas, todos los cabreos y todas las meteduras de pata de aquella mañana encontraron un centro.
—Siéntese —dijo Brais.
El hombre obedeció de inmediato mientras Brais se mesaba la incipiente barba de su rostro.
Las fotos de María y Camila quedaron boca abajo sobre la mesa.
—Ahora —dijo— cuéntenos exactamente qué vio.