Capítulo 15 – Guiri al desnudo 134 #2
Tal y como estaba pronunciando esas palabras se dio cuenta de su error; de su error y de lo que significaba en cuanto a insinuación, tanto para él como para la forense.
Pero, pese a verse a cámara lenta, no pudo parar de hablar.
Solo le dio tiempo de borrar su sonrisa y de quejarse para sí mismo etiquetándose como “bocachanclas”.
—A veces viene algún hombre a casa —le dijo Lorena como retándole. Brais se repitió lo de bocachanclas.
—Bi-bien. De-de acuerdo… ¿Me di-dijiste que fa-faltaba u-u-u…?
—Te dije que faltaba la colección de relojes de mi padre. Había doce.
—¿Supongo que eran valiosos?
—Eran sus relojes. De mi padre. Los guardaba en una caja de madera. Algunos no valen demasiado, supongo. Otros quizá sí, aunque eso es lo de menos.
Lorena bajó la vista. Por primera vez desde que había llegado, Brais la vio desarmada. No enfadada, ni irónica, ni profesional. Solo triste. Y eso lo descolocó más que la aparición de Avery en ropa mínima.
—Lo siento —dijo en voz baja mientras colocaba una mano torpe sobre su hombro.
Lorena asintió.
—Me recordaban a él. Ya está. Es una tontería.
—No lo es —dijo él muy serio.
Entonces, un silencio. A Brais le costaba mantenerlos. Era consciente de que, a menudo, cuando se rompen los silencios, sobre todo los íntimos, es muy fácil estropear las cosas si no se piensa bien lo que se dice. Pese a que la intención sea buena…
—Es que esto de los pisos, los turistas, los guiris y todo este descontrol…
Lorena levantó una ceja.
—¿Perdona?
—No-no di-digo por Avery. Digo en general.
La ciudad se ha convertido en una especie de parque temático y habitaciones de doscientos euros la noche.
Entra gente, sale gente, nadie conoce a nadie, los vecinos ya no son vecinos.
En vez de llaveros para abrir lo que hay son códigos de acceso. Y luego pasa lo que pasa.
—That sounds a little xenophobic.
Avery había vuelto.
Ahora vestida. Vaqueros cortos, camisa blanca abierta sobre un top, el pelo recogido de cualquier manera y la misma sonrisa como si acabara de salir de un anuncio de colonia veraniega.
Brais se puso rígido.
—No-no-no. No quería decir eso. Yo…
Avery soltó una carcajada.
— Relax, police rocker. I’m joking. I agree with you. Estoy de acuerdo contigo —añadió en español al ver el rostro confundido de su interlocutor.
Brais parpadeó. Se relajó un poco. Pero tras repasar mentalmente su inglés macarrónico, apretó el rostro y preguntó indignado.
— ¿Police rocker?
Lorena se rio.
—Te pega —dijo.
—No me pega nada.
—Te pega todo.
Avery se sentó en el brazo del sofá con total confianza.
—Por cierto, Lore —dijo la inglesa con su acento mezcla de Oxford y La Viña—, ¿le has contado a tu amigo poli rocker que no están mis keys ? Las llaves.
Lorena resopló.
—Avery, ya te dije que seguramente las habrías perdido.
—No —contestó con rotundidad—. That´s not true.
—No sería la primera vez.
—Aquello fue diferente —replicó quitándole importancia con un movimiento de la mano.
—Claro. Cuál de las veces.
—Fue culpa de aquella orgía.
Brais, que había sacado una botellita de agua de su bolsillo interior y acababa de beber, casi la escupió entera sobre la mesa. Tosió. Una vez. Dos. Lorena se echó a reír.
—No seas mala, Avery, que se lo cree y luego tiene pesadillas.
—No-no-no-no —dijo Brais, colorado—. Yo no…
Avery sonrió, encantada.
— He’s cute when he panics.
—Un poquito sí —dijo Lorena.
Brais se secó la boca con el dorso de la mano.
—No sé que ha dicho, pero volvamos a las llaves.
Lorena se puso seria otra vez.
—Es verdad lo que dice Avery. Yo le dejé un juego de llaves de casa por si entraba o salía antes que yo. Recuerdo que estaban en el BMW. Y luego, cuando volvimos de la playa, ya no estaban.
—¿Abriste tú?
—Sí. Con mi juego de llaves.
Brais se enderezó.
—Vale. Esto sí es importante. Avery, ¿dónde viste las llaves por última vez?
—In my car . En el parking. Las dejé allí precisamente para no perderlas —explicó lentamente en español.
Lorena la miró con cara de absoluta falta de fe.
—¿Dónde dentro del coche? —preguntó Brais.
—En la guantera, creo. Sí, en la guantera —aseguró tras un inicio dubitativo—. No quería llevarlas a la playa.
—¿El coche estaba cerrado?
— Of course.
—¿Algo forzado?
—No.
—¿Tenías las llaves del coche contigo en la playa?
—No, old police rocker —respondió ella—. Tengo. ¿Cómo se dice en español digital key ?
—Llave digital. Tal cual.
—Ah, ok. Pues tengo la llave digital en mi móvil —confirmó Avery.
—¿Y por la mañana dijiste que fuiste también a la playa?
—Sí. Cerca del McDonald’s.
—Hotel Playa, ¿no?.
— Yes, I think so. Aparqué por ahí. Luego por la tarde Lore y yo fuimos a la playa por la zona del cementerio.
—¿Pero ahí no habías perdido aún las llaves?
— Wait. I´m not sure. No sé —contestó parándose a pensar mientras miraba al techo.
—Yo sí lo sé. En ese momento todavía las tenías, porque al mediodía regresaste a casa y esperaste a Lore…, esto…, a Lorena dentro.
— ¡Yesss! Cute and clever —se dirigió a Lorena divertida.
Brais apuntó varios datos más: horarios, calles aproximadas, dónde habían aparcado, si alguien había visto el coche, si alguien se había acercado. Avery contestaba con una mezcla de precisión inglesa y dispersión caótica que a ratos desesperaba a Lorena.
—De acuerdo —dijo Brais al final—. Lo comentaré en comisaría con la compañera que está ayudándome con los robos para que pongan cuidado.
—¿Quién? —preguntó Lorena con interés.
—Vanesa. La agente en prácticas.
Lorena sonrió y se relajó.
—Me gusta esa chica. Lista y guapa —dijo mientras Brais levantaba la vista de su cuaderno—. ¿Y a ti? —preguntó la forense mientras lo miraba fijamente.
—No. Digo… que sí. Que es lista. Y está… saliendo con el poeta.
Lorena tardó un segundo en entenderlo. Luego sonrió con malicia.
—Vale. Me alegro —dijo con una expresión franca.
Brais se levantó, incómodo.
—Bueno. Si esta tarde estás por aquí, igual necesito algún dato más.
—No estaré. He quedado con Avery. Se va mañana por la tarde y vamos a salir hasta que el cuerpo aguante.
—Ah —replicó Brais, que se quedó con la boca abierta, como si fuera a seguir hablando.
—¿Te molesta?
—No. ¿Por qué iba a molestarme?
—Por nada.
—Yo tengo que trabajar. A mí no me ponen ayudantes nuevos y musculosos para aligerarme la vida.
Lorena abrió la boca, sorprendida. Luego sonrió lentamente y asintió levemente. Brais se dirigió a la puerta. Sus pensamientos habían coloreado de rojo ira su tez.
—Me-me vo-voy a comisaría. Tengo que poner en pie los casos. Sin auxiliares que me asignen y eso.
—Perfecto. Dale recuerdos a tu ego cuando llegues.
—De tu parte —dijo Brais sin volverse.
Salió rebotado. Y, como siempre que salía rebotado, llamó a comisaría antes incluso de llegar al coche.
—Comisaría de Distrito de Nueva Gades —contestó el poeta.
—Pásame con Perico.
—¡Señor inspector jefe! —exclamó—. El subinspector Vélez se ha tenido que ir a casa. Me ha dejado encargado que le diga que los representantes del fondo de inversión han confirmado todo lo que ya sabían.
—Joder —musitó Brais.
—También lo que dijeron el señor José Félix Róvalo y el señor Alfonso Rivas.
—Maravilloso. Así no avanzamos ni empujando. ¿Y de lo de Camila no te habrá dicho nada?
—Sí, señor inspector jefe —dijo el poeta a la vez que Brais suspiraba—. Me dejó una nota. Dice literalmente: “Nada que nos lleve a ningún lado. Parece que se la ha tragado la tierra. Preocupante”.
Brais apretó el teléfono.
—¿Y el auxilio?
—¿Necesita ayuda, señor insp…?
—¡Coño, Poeta! —le cortó Brais con un grito superhuracanado—. Para que desde El Salvador nos den las llamadas de Camila. Las que hizo y recibió.
—Lo siento, lo siento, lo siento —se disculpó el poeta a toda prisa—. Espere… le paso con Garrido.
Un silencio. Luego una voz seca:
—Diga, inspector jefe.
—Garrido. ¿Sabes algo de la petición de auxilio internacional?
—Está pedida.
—Ya. ¿Y cuánto tardará?
—Un inspector jefe debería saber que eso tarda una eternidad —respondió huraño.
Brais cerró los ojos.
—Mira, Garrido, no te me pongas borde, que…
—El teléfono de Camila está apagado si es lo que iba a preguntar a continuación.
Brais se quedó un segundo callado.
—¿Habéis llamado?
—Claro que he llamado. Y el subinspector Vélez también. No soy un poli de a un euro, por más que me guste disfrutar de las vacaciones que me merezco.
El reproche entró limpio y lo aclaró todo.
—Joder, Garrido —le reprochó Brais—. Yo solo quería saber si se había comprobado. Es una chica que puede estar en peligro.
La voz de Garrido bajó un grado, aunque siguió seca como una mojama.
—Está apagado. Y, por si se te ocurre preguntar y volver a dudar de mi profesionalidad, también he pedido orden para ubicar su teléfono. Pero apagado es apagado.
Brais no respondió enseguida.
—Vale.
El teléfono cambió de manos.
—Señor inspector jefe —volvió el poeta—, ¿sigue ahí?
Brais estaba mirando la calle sin verla.
—Sí. Estoy. Y creo que vamos a tener que remover el avispero.
—¿Qué? —dudó el poeta.
—Nada. Espera. Una cosa. ¿Mandó el capitán las fotos de las dos mujeres?
—Sí. Hay un correo con veinte ficheros adjuntos. No lo he abierto todavía.
—Vale. Adiós.
Brais colgó e inmediatamente marcó otro número.
—Luis —dijo cuando su amigo periodista contestó—. Necesito un favor.
No explicó más en voz alta. No allí. No en la calle.
Pero en su cabeza el plan ya estaba tomando forma.
Si Camila estaba en una selva, alguien tenía que sacudir el árbol.
Y si el árbol era Nueva Gades, mejor hacerlo con un periódico gratuito que llegaba a todos los bares, peluquerías, ambulatorios y mostradores donde la gente decía que no leía prensa mientras se la sabía de memoria.
- o -
Brais pasó por su casa para almorzar cualquier cosa, aunque ya eran casi las cinco de la tarde.
Entró casi sin hacer ruido, picó de pie, bebió agua del grifo y se dispuso a marcharse igual que había entrado: como un ladrón con placa.
Pero al pasar frente a la cocina vio a Toño y a Zuleidy merendando.
—¿Ya te vas? —preguntó su padre.