Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 15 – Guiri al desnudo 134
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Capítulo 15 – Guiri al desnudo 134

Los hombres nacidos en España alrededor de la década de los ochenta tienen un sesgo cognitivo claro: la visión de un trozo de piel femenina, especialmente de torso o piernas, les genera una oleada imparable de sensaciones cuasi libidinosas.

No es culpa suya del todo. O no solamente.

La televisión que los acompañó durante la juventud —con Telecinco a la cabeza, ese escaparate obsceno de la España del escote, el jacuzzi y el cacao maravillao— se empeñó durante años en airear más carne que tela y más muslo que argumento.

Aquello educó a una generación entera en el sobresalto sensual.

Por eso, muchos hombres de aquella hornada, por más sensibles, comprometidos, deconstruidos o medio civilizados que pretendan ser o parecer, reaccionan todavía —muchas veces sin quererlo, sin aprobarlo, incluso odiándose un poco por ello— al mínimo atisbo de desnudez femenina como si acabara de abrirse ante ellos la puerta de entrada a un club privado de fantasías adolescentes. Cosas del cerebro domesticado.

Pues bien. Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Brais López. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía lo que debía decir. Cómo debía comportarse. La teoría de las buenas maneras la manejaba a la perfección. No mirar. No quedarse embobado. No parecer un salido de manual.

Pero una cosa es la teoría y otra el cuerpo y sus reacciones milenarias. Así que sus ojos delatores y traidores, se fueron solos. Directos. Sin pasar por comisaría. Sin pedir autorización judicial. Sin informe previo de la científica.

Se fueron hacia toda aquella extensión libre de ropa que apareció en el pasillo de casa de Lorena con la naturalidad devastadora de quien no sabe —o sabe demasiado bien— el efecto que causa.

La chica, todo candor y espontaneidad, acababa de salir de una de las habitaciones. Rubia, alta, voluptuosa, con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros y una toalla mínima.

— Hi! —dijo, alegre, sin darse cuenta del cortocircuito que estaba ocasionando.

Brais se quedó a medio tartamudeo. Lorena lo vio.

Lorena veía cadáveres, livideces mínimas, pequeños hematomas de defensa, fibras microscópicas enganchadas en uñas postizas y mentiras en boca de policías que decían que pasaban por allí “solo para confirmar un detallito”.

¿Cómo no iba a ver que Brais acababa de mirar a su amiga con la sutileza de un rinoceronte en una clase de danza?

—Brais —dijo Lorena, con el gesto torcido—, esta es Avery.

Brais tragó saliva.

—En… encantado.

—Avery —continuó Lorena—, este es Brais López. Inspector jefe de la policía. Un hombre muy observador y atento al detalle.

Avery sonrió. Era inglesa, pero también comprendía el castellano y el sarcasmo a la perfección.

— Nice to meet you, Mr. Lopes —se presentó con una franca y divertida sonrisa.

—Ló… López —corrigió él, todavía sin saber dónde poner la mirada.

Lorena ladeó la cabeza.

—Si quieres, Brais, puedes mirar al techo. También es parte de la vivienda.

—Yo no estaba… —empezó él.

—No, claro.

—Estaba… verificando… el entorno.

—El entorno —repitió Lorena.

Brais por fin entendió que cualquier cosa que dijera podría ser utilizada en su contra. Avery, entretanto, soltó una risa breve, musical, y se llevó una mano al pelo.

— Excuse me, Mr. López. I need to get dressed. Necesito vestirme —aclaró mientras se giraba con el glamour de una vedette; Brais, boquiabierto, asentía como la figura del perrito de un coche de los 70.

La inglesa desapareció por el pasillo con la misma naturalidad con la que había aparecido. Brais soltó aire, aunque no del todo convencido de haber superado tan complicado trance. La cara de Lorena le dejó claro que no.

—Muy profesional —dijo ella.

En el fondo su sonrisa desmentía, al menos en parte, el enfado que Brais notaba.

—No-no entiendo —tartamudeó él.

—Ya. Venga —ofreció Lorena con el tono de una madre que comprende el error de un niño—, siéntate y te cuento lo del robo.

Estaban en el salón de Lorena, un piso pequeño pero luminoso, ordenado con esa mezcla de precisión y calidez que a Brais siempre le había desconcertado.

No había demasiadas cosas, pero las que había parecían elegidas.

Libros. Plantas. Fotografías en blanco y negro.

Una lámpara de pie. Un sofá gris. Una mesa baja con una taza vacía, un cenicero limpio y un mando de televisión colocado paralelo al borde como si alguien lo hubiera alineado con escuadra.

—Siento no haber venido antes —dijo, intentando reconducir—. Tuve que ir a una cita relacionada con la investigación de la chica de la conservera.

Lorena lo miró ya con menos burla.

—No pasa nada. De verdad. Gracias por preocuparte.

—Por si no lo sabes, todavía tienes que poner la denuncia formal.

—Lo sé, lo sé —admitió ella mientras se tocaba la frente.

—Claro. No te preocupes por eso. Yo te ayudo en comisaría cuando sea…

Se detuvo porque un ruido estuvo a punto de empujar su mirada hacia el pasillo. Lorena sonrió y negó a la vez.

—Está vistiéndose, inspector jefe.

—No iba a mirar.

—Claro. Venga, sigue. Antes de que te dé un microinfarto.

Brais sacó su libreta pequeña. Aquella libreta que parecía haber sobrevivido a una guerra civil, dos mudanzas y varias noches de copas. Se sentó en el borde del sofá, sin terminar de relajarse.

—Cuéntame desde el principio.

Lorena se sentó frente a él, en una butaca clara.

—Ayer por la tarde fui a la playa con Avery.

Brais levantó una ceja.

—¿Tú? ¿A la playa? Pensé que no te gustaba.

—Y no me gusta. Avery insistió. Había venido de Londres y quería sol y arena. Ella ya había ido por la mañana, pero quería repetir por la tarde. Yo tenía hoy el día libre, así que podía salir de noche sin tener que levantarme a las seis. Me pareció buena idea en ese momento.

—¿Avery vive en Londres?

—Sí. De familia bien. Muy bien, de hecho. La conocí hace años, en un máster que hicimos juntas. Ella estudió aquí una temporada y le encanta Cádiz.

Brais apuntó aquello. Dinero. Guiri. Playa. Piso. Ahí notó algo parecido a un patrón que empezaba a encarrilar.

—¿A qué hora salisteis?

—Yo llegué a casa sobre las cuatro de la tarde después del trabajo. Picamos algo rápido aquí y nos fuimos.

—¿Andando? ¿Bus? ¿Coche?

—En su coche.

—¿Qué coche?

—Un BMW.

Brais volvió a apuntar mientras asentía para sí.

—¿Modelo?

Lorena se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Grande. Azul oscuro. De esos que hacen que la gente te odie antes de bajarte. Matrícula inglesa. UK, ya sabes. Ah, y volante en el lado derecho.

—Me vale de momento. ¿A qué playa fuisteis? —continuó Brais.

—A la zona del cementerio. No donde está todo el mundo apelotonado junto al chiringuito, sino algo más apartadas, por la parte de rocas.

A Avery le gusta hacer toples sin que ningún neandertal baboso la marque constantemente.

Tú me entiendes, ¿no? —quiso confirmar con un gesto que Brais no supo o no quiso identificar.

—¿Aparcasteis cerca?

—Más o menos. En la calle Brasil.

—A eso lo llamo yo que te toque la lotería.

—Se lo dije. Eso pasa solo una vez en la vida. De hecho, ella me contó que por la mañana no tuvo más remedio que aparcar en el parking de allí al lado.

—Bien —continuó Brais tras garabatear algo en su viejo bloc—. ¿Dejasteis algo dentro del coche?

Lorena dudó.

—Mochilas. Ropa. Lo típico. Ah, y la copia de las llaves de casa que Avery dijo que perdió, aunque ella dice que no fue así —dijo torciendo el gesto—. Conozco a mi amiga. Muy lista y muy guapa, pero un desastre perdiendo cosas.

Lorena se reclinó un poco y prosiguió el relato.

—Llegamos tarde a casa. Sobre las diez. Todavía había luz. Nos duchamos rápido y nos fuimos a cenar. Luego acabamos en un pub del centro que me gusta mucho. Volvimos de madrugada, bastante cansadas, y nos fuimos a dormir del tirón.

—¿Notasteis algo al entrar?

—Nada.

—¿Puerta?

—Cerrada.

—¿Cerradura forzada?

—No.

—¿Ventanas?

—Igual que siempre. Abiertas, pero con mosquiteras fijas. Nada raro.

—¿Y cuándo te diste cuenta?

—Esta mañana. Me desperté sobre las ocho. Tengo cogida la hora aunque libre. Es una desgracia de mi organismo.

—Ya. Te entiendo —sonrió.

Lorena devolvió la sonrisa.

—Fui al dormitorio y vi que el cajón de mi cómoda no estaba bien colocado. Tiene una guía rota. Siempre me cuesta cerrarlo, así que sé perfectamente cómo queda cuando lo dejo yo.

—¿Y no pudo tocarlo Avery?

—Avery no suele entrar en mi dormitorio.

—¿Seguro? —insistió Brais—. Podría haber ido a buscar las llaves que perdió. —Levantó la vista de la libreta.

—Yo diría que no, pero le podemos preguntar. En fin, que luego fui al baño y vi que el ventanuco estaba cerrado.

—¿Suele estar abierto?

—Siempre. Es pequeño, da a un patio interior estrecho.

Lo dejo abierto por ventilación. Solo lo cierro cuando me voy a duchar, para evitar miradas indiscretas de posibles neandertales como los que te comenté antes.

—Le guiño un ojo a Brais—. Cuando llegamos de noche no me fijé, claro. Y esta mañana estaba cerrado.

Brais apuntó más despacio a la par que apretaba el gesto.

—Pero lo peor no fue eso —siguió Lorena, que abrió mucho los ojos antes de que su expresión tornara en una mueca de disgusto bastante pronunciada.

—¿Qué fue lo peor?

Lorena torció la cara más aún, visiblemente asqueada.

—Lo peor fueron las gotas alrededor del váter.

Brais la miró.

—¿Gotas? ¿De agua?

—Ojalá.

Lorena aún apretaba la nariz. Brais dibujó un interrogante con el ceño.

—¿De…?

—¡Pipí, Brais! ¡Gotas de pipí! ¡Puaj!

Brais no pudo evitar sonreír. Envalentonado, bromeó.

—¿Has hecho un análisis a las gotitas o qué?

Lorena lo miró como si acabara de decepcionarla a nivel profesional y humano.

—Como amigo, regular. Como policía, fatal. Eran gotas amarillas, inspector Colombo —respondió con el mismo tono burlón que habría usado un niño pequeño.

—Eso solo demuestra que —empezó a decir con socarronería—… un hombre descuidado orinó en tu baño.