Capítulo 14 – Ático con vistas 124 #2
—Félix es socio en algunos asuntos y amigo desde hace años. A nivel empresarial confío en él.
—¿Solo a nivel empresarial?
Rivas sonrió un poco.
—Inspector, todos tenemos amigos con virtudes y defectos.
—Eso es una respuesta bonita, pero no contesta.
—Félix puede ser… excesivo en algunas cosas. Pero no es un asesino. Por lo que sé y me ha demostrado estos años, no es capaz en absoluto de matar a nadie.
—¿Habló con él la noche del domingo?
—Sí. Me llamó un par de veces.
—¿A qué hora?
—Sobre las nueve y media, quizá algo más tarde. Yo ya estaba en casa. Había quedado con mi mujer para cenar y antes tenía una entrevista telefónica con un medio digital por el tema de mi posible candidatura a la alcaldía.
—¿Y él dónde estaba?
—Con los compradores. En un pub, creo. Había música y gente de fondo. Bastante ruido.
En ese momento apareció una mujer por la cristalera.
A primera vista, desde lejos, parecía una rubia despampanante de veintitantos.
Pero al acercarse, la imagen se fue ajustando sola.
El rostro tenía ese pixelado fino del botox, de la chapa y pintura, de algo parecido a la juventud mantenida a golpe de tratamiento y chequera.
Vestía de blanco, con gafas de sol en la cabeza, y miró a Brais y Perico como quien se encuentra dos repartidores en el salón después de soltar las dos bolsas de marca repletas de ropa que acarreaba.
—Lina, ven un momento —dijo Rivas.
—Dime, Alfonso. Hola, por cierto —añadió ella dirigiéndose a los agentes, con un desdén mínimo pero suficiente.
—Son policías. Han venido por lo de la pobre chica que encontraron en la conservera.
Lina abrió mucho los ojos, demasiado.
—Por Dios. Qué mala noticia.
Brais bajó la vista a su libreta para no mirar a Perico. Rivas continuó:
—Oye, ¿recuerdas a qué hora me llamó Félix el domingo? Te dije que estaba de cachondeo.
Lina pensó con un gesto teatral.
—Ay, deja que piense… Ah, ya. Habías terminado de hablar en la entrevista telefónica de OléDiario. Serían las nueve y media o así.
Brais cambió de asunto.
—¿Usted le dio las llaves de la conservera a Róvalo?
—Sí —admitió—. Ya le he dicho que confío en él. Es socio mío.
Brais y Perico se miraron. Rivas lo notó.
—Si están pensando que Félix, o el estibador que trabaja con él, son culpables solo porque tenían llave, deben saber algo. En la conservera entraron a robar hace poco.
—¿Cuándo? —preguntó Brais.
—Una semana antes de que encontraran a esa pobre chica. Forzaron una puerta lateral, individual, medio escondida en la pared derecha de la factoría. No se usa casi nunca. Quedó mal cerrada hasta que venga el seguro a valorar.
—¿Denunciaron?
—Se avisó. La inseguridad en Cádiz y, especialmente, en Nueva Gades es alarmante. Si llego al gobierno municipal, una de mis prioridades será…
—Tomamos nota —lo cortó Brais, escribiendo sin levantar la cabeza—. ¿Conoce usted a Juan Lozano? El estibador.
—Conocerlo, realmente no. Sé quién es y puede que alguna vez haya intercambiado alguna palabra con él, pero de ahí a conocerlo… —Dejó la respuesta en el aire antes de proseguir—. Félix se apoya mucho en él. Dice que es buen trabajador. Esforzado. ¿Verdad, cari?
Lina, que hasta entonces había mantenido una sonrisa artificial, cambió de expresión.
—Tú sabrás.
Fue casi nada, pero suficiente. Brais y Perico lo vieron. También vieron que Rivas lo vio y sonrió. El ambiente se tensó un segundo y luego Rivas lo tapó con una nueva sonrisa.
—Mi mujer no se ocupa de estas cosas.
—Ya —dijo Brais.
Perico, quizá por instinto o quizá porque le llamó la atención el brillo metálico sobre una bandeja junto a la puerta, señaló unas llaves.
—¿Tiene un Porsche?
Rivas pareció encantado con el cambio.
—Sí. Un Cayenne —reconoció—. Nada del otro mundo. Renting, ya sabe —dijo como si eso fuese propio de alguien humilde.
—Qué guapada —afirmó Perico con una expresión tan anticuada que hasta Brais lo miró raro.
Lina aprovechó.
—Si no me necesitan, me retiro. Me voy a casa de mi madre. Mi marido seguro que les atiende de maravilla. Es un especialista en dejar satisfecha a la gente.
—Claro, cari —dijo Rivas con una sonrisa inalterada de dientes blancos.
Brais la saludó con un gesto breve. Cuando se fue, preguntó:
—¿Ha ido con el Cayenne a la conservera?
Rivas frunció el ceño.
—Claro. El día que encontraron el cuerpo de esa chica.
—Pero ese día no entró en el recinto interior.
—No. ¿Por? ¿Tengo que llamar a un abogado?
Lo preguntó con una sonrisa relajada, casi divertida. Brais sonrió también, falsísimo.
—No, no. Por favor. Pero en el recinto interior había huellas de neumáticos compatibles con un Porsche Cayenne. Tenemos que investigarlo todo.
—Lo entiendo. Fui también unos días antes, cuando me llamaron por lo del robo que les acabo de comentar.
Brais y Perico tomaron nota en sus respectivas libretas.
—Bien —se preparó Brais mientras escribía—. ¿Conocía usted a María Gualpa?
—¿A la chica…? Ya saben… A la chica muerta
—Exacto.
—No. No la conocía. Nunca fui en uno de esos cruceros.
Perico sacó la foto de la tarjeta del barco y se la ofreció sin decir nada. Rivas la cogió y la miró.
—No. Lo siento —contestó mirando a Perico a los ojos y devolviéndole la fotografía.
—¿Y una compañera del crucero llamada Camila?
Rivas levantó apenas una ceja.
—¿Mila? No —preguntó girando la cabeza y poniendo la mano detrás de la oreja.
—No. Camila —precisó Brais.
—Ah, disculpe —dijo Alfonso—. Camila. No. Tampoco.
—De acuerdo —repuso Perico.
Se levantaron. Rivas también, impecable, estirando su chaqueta, pulcra y elegante.
—A su disposición para lo que necesiten.
Les estrechó la mano. Al hacerlo, miró a Brais con fijeza.
—No sé si conocen mi posición actual.
Los dos policías lo miraron en silencio. Rivas hizo una especie de guiño raro.
—Me presento a las elecciones. Les agradezco enormemente su discreción. Cualquier malintencionado podría sacar, por lo sucedido en la factoría, de donde no hay para hacer daño a mi imagen y a mi partido.
Brais asintió, sin decir nada. Perico también. Ambos se dirigieron hacia la puerta de entrada escoltados por su anfitrión.
Cuando ya estaban fuera del piso, y antes de despedirse, Rivas asomó por la puerta.
—Y muy buena la broma con Bautista. ¡De diez! —exclamó haciendo un gesto de satisfacción con los dedos.
Y la puerta se cerró.
- o -
En el ascensor no hablaron. Esperaron a salir a la calle. Entonces Perico soltó:
—Vaya tipo. Pura fachada.
—El típico burgués que se cree simpático porque no necesita serlo —añadió Brais.
—Y la mujer…
—Clasista de cuidado. Por más que se vista de moderna.
Perico quería seguir, pero Brais levantó una mano.
—Lo ponemos por escrito y lo hablamos en comisaría.
—¿Por qué tan serio ahora?
—Porque hay demasiado que ordenar.
Perico asintió. Brais miró el reloj.
—Tú vas ahora a ver a los del fondo, ¿no?
—Sí.
—Compara todo con lo que ha dicho Rivas —le pidió Brais.
—Eso haré.
—¿Dónde has quedado?
—Hotel Argantonio. Centro de Cádiz.
Brais abrió la puerta del coche.
—Perfecto. Me pilla de paso.
Perico lo miró.
—¿De paso a dónde?
Brais se sentó.
—A casa de Lorena.
Perico sonrió con malicia.
—Ay, pillín.
Brais lo señaló con un dedo.
—Arranca, Pedro.
—Sí, señor superhéroe.
—Arranca o te bajo del coche a patadas —amenazó Brais.
Perico arrancó riéndose. Y Brais, aunque siguió mirando serio por la ventanilla, ya no parecía tan enfadado por dentro. O quizá sí. Pero de otra manera. Quizás más útil.