Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 14 – Ático con vistas 124
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Capítulo 14 – Ático con vistas 124

Brais iba de copiloto en el Fiat Tipo azul de Perico con los brazos cruzados, la mandíbula apretada y la misma cara que ponía Samu cuando no le dejaban jugar a la Nintendo.

—Me parece fatal —dijo.

Perico conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios. Ni lo miró.

—Ya lo has dicho.

—Lo repito porque me sigue pareciendo fatal —insistió Brais.

—Pues repítelo más bajo, que el coche no tiene culpa.

Brais bufó.

—Yo iba para casa de Lorena.

—Ya.

—Me ha llamado ella. A mí.

—Qué bonito es el amor. Cuando es correspondido, claro —dijo Perico para pinchar a su colega.

—Y tú me llamas justo entonces para decirme que tenemos cita con Alfonso Rivas. Justo entonces.

—La vida es así de puñetera.

—No. Tú eres así de puñetero.

Perico soltó una risa breve.

—A ver, vamos por partes. Ir tú personalmente a investigar el robo en casa de Lorena sería trato de favor.

Brais giró la cabeza hacia él, ofendido.

—Es una ciudadana más a la que han entrado en su domicilio a robar.

—Claro.

—Y es compañera.

—Claro.

—Si entre compañeros no nos ayudamos…

—Claro. —Perico sonrió de lado—. ¿Y ella con qué favores te responde a ti, campeón?

Brais se puso rojo de golpe.

—Ve-vete al ca-carajo —tartamudeó de rabia.

—Querías quedar de superhéroe.

—Yo quería hacer mi-mi-mi trabajo.

—Con capa y todo, ¿no, machote?

—Pedro.

—¿Qué?

—No me calientes, haz el favor.

Perico sonrió a medio gas. Dejó pasar unos segundos. Luego aflojó el tono.

—Mira, lo siento. De verdad. Pero estará en buenas manos. Han mandado a agentes de la comisaría provincial. Allí no están tan en cuadro como nosotros. Ya nos pasaremos más adelante de todos modos.

Brais miró por la ventanilla.

—Ya.

—Y si llego a saber que la llamada era de ella, igual lo habría intentado mover.

Pero ya había concertado la cita con Rivas, el dueño de la conservera.

El tipo está ocupadísimo, tiene más contactos que la agenda del Papa y no quiero andar detrás de él como el gato y el ratón.

De eso ya tengo bastante con los del fondo buitre.

Cogen el tren a las tres y pico, así que quiero llegar pronto a su hotel.

Brais no respondió. Sabía que Perico tenía razón, que era lo peor que podía pasarle en medio de un enfado. Cuando alguien no tiene razón, uno puede instalarse cómodamente en la mala leche. Cuando la tiene, es gustoso conservar el cabreo, aunque sea solo por pura dignidad.

Se quedó en silencio, muy tieso, con los brazos cruzados. Perico lo miró de reojo.

—¿Vas a seguir haciendo de niño chico?

—Conduce y punto.

—Eso hago.

—Pues hazlo en silencio.

—Sí, señor inspector jefe despechado.

Brais lo miró con odio. Perico volvió a sonreír.

- o -

El ático de Alfonso Rivas estaba en uno de los edificios elegantes de la plaza de Canalejas, frente al muelle comercial y deportivo de Cádiz.

La zona había cambiado mucho. Donde antes había olor a puerto, trabajo, contenedores, gasoil y pescado, ahora había terrazas, cristales, barcos caros y gente que pronunciaba “experiencia gastronómica” sin que le diera vergüenza.

Brais miró por la ventanilla al bajar del coche.

—Cada vez queda menos Cádiz en Cádiz.

—Qué profundo vienes.

—No me toques más los cojones, Pedro.

Entraron en el edificio. El portal olía a dinero.

Mármol claro, metal cepillado, plantas que seguramente tenían más cuidados que muchos ancianos de casi cualquier barrio obrero, y una iluminación suave, moderna, carísima.

En la entrada, una vez traspasada la puerta de cristal automática, había un portero vestido de traje a la antigua usanza, con cara de palo y la barbilla levantada como si hubiera nacido para impedir el paso a gente que no fuera a juego con el recibidor.

Perico, mientras Brais miraba todo aquello con hostilidad antropológica, se acercó al mostrador.

—Buenos días —dijo con educación—. Vamos al ático. Tenemos cita con Alfonso Rivas.

El portero, que hasta entonces no se había dignado a mirarlos más que lo justo para calcular su precio aproximado, levantó la vista.

—Un momento. ¿Quiénes son ustedes? —preguntó con cara de asco y ocultando su acento andaluz a duras penas.

—¿A usted qué le importa? —le espetó Brais, que había regresado indemne de su mundo de mármoles y lámparas.

Perico cerró los ojos, apretó los labios y negó con la cabeza. Un ritual que repetía con demasiada frecuencia cada vez que acompañaba al inspector jefe López.

—Brais, cojones, déjalo —pidió bajando la voz casi al mínimo.

Metió la mano en el bolsillo para sacar la placa, pero Brais lo frenó agarrándole la muñeca.

—Shhh. Quieto.

—No empieces.

Brais miró al portero, que ya estaba con los brazos en jarra.

—Está bien, señor conserje. Le damos nuestros nombres. Claro que sí.

Perico puso cara de circunstancias mientras el portero empuñaba un bolígrafo y un bloc con gesto de funcionario imperial.

—Apunte, apunte —dijo Brais con una sorna que no pasó desapercibida para el subinspector Vélez, que había cerrado nuevamente los ojos—. Mi apellido es Tilla. De nombre Aitor.

El bolígrafo del portero se movió sobre el papel.

—Y mi compañero es Fermín. De apellido Galarga.

Perico no se esperaba aquello. Se giró hacia la pared para no reírse. El portero, metidísimo en su papel, arrancó el papel del bloc y se apartó unos metros con el móvil. Marcó. Esperó. Se irguió aún más, si eso era posible.

—Señor Rivas, buenos días. Tengo a dos señores aquí que indican que preguntan por usted. Dicen que han sido citados… Sí, lo tengo apuntado. Sí, es que… Sí, sí. Aitor Tilla… ¿Eh…? Y Fermín Galarga.

Hubo una pausa dramática y una tensión corporal. El portero empezó a ponerse colorado.

—¿Perdón?

Otra pausa más.

—No, no. No era mi intención que… Ha sido el más largo de los dos, que se va a enterar cuando cuelgue.

Brais ya se estaba riendo abiertamente. Perico también, aunque intentaba hacerlo sin ruido.

—Ahora mismo… Ah. ¿Que son poli… policías?

Brais sonrió de forma triunfal.

—¡Ahora! —dijo con cara de satisfacción máxima.

Los dos sacaron la placa al mismo tiempo.

—Tenemos cita con el señor Rivas —dijo Brais.

El portero parecía a punto de sufrir un ictus de dignidad.

La boca se había quedado a dos milésimas de un insulto monumental, pero no dijo nada.

Solo caminó hasta el ascensor, introdujo una llave especial en el panel y pulsó el botón del ático.

Las puertas se cerraron con ellos dentro y comenzaron a ascender. Y entonces Perico se descompuso.

—Pero qué capullo eres —dijo, con lágrimas de risa en los ojos—. Qué capullo. Aunque tengo que reconocer que ha sido buenísimo.

Brais también se reía.

—¿Has visto la cara del colega? Si hubiera podido, se abalanza sobre mí.

—Es que eres muy cabrón. A ver con qué cara nos recibe ahora Alfonso Rivas.

—Seguro que con cara de carajo.

—Vamos a ponernos serios, picha, que no es plan.

—Yo no tengo problema —repuso con una mueca llena de dientes.

El ascensor se abrió. Ambos salieron muy serios, de golpe, como dos actores malos entrando tarde a escena. Avanzaron por un pasillo amplio y lustroso y llamaron a la única puerta de aquella planta.

Abrió Alfonso Rivas en persona. La sonrisa, en contra de lo que esperaban, le ocupaba media cara.

Brais no pudo evitar pensar en los políticos profesionales, esos que siempre tienen un gesto tan afable como una joya bañada en oro por más que le estén diciendo cerdo infiel en la misma cara.

—Genial la broma —dijo Alfonso, apartándose para dejarlos pasar—.

Me he reído como hacía tiempo que no me reía.

Pobre Bautista —añadió antes de explicarse ante la cara de perplejidad de los dos policías—.

Sí, nuestro portero se apellida Bautista —indicó con una mano al viento ante la perplejidad de ambos—.

Jajaja. Díganme una cosa: ¿quién de los dos es Fermín Galarga?

Y volvió a reírse, con una risa pomposa, grande, de hombre acostumbrado a llenar habitaciones.

—Pasen, por favor. La terraza está por aquí —les ofreció cortésmente con un gesto mil veces entrenado.

- o -

El ático era algo ostentoso, pero sin parecerlo del todo.

No había dorados ni estatuas ni lámparas de araña.

Todo era más fino. Más moderno. Maderas claras, piedra natural, cristaleras enormes, cuadros abstractos, muebles de diseño con pinta de no ser cómodos y de costar la nómina anual de un policía.

La terraza daba a la plaza de Canalejas, al muelle deportivo, a la Bahía.

Barcos blancos, mástiles, reflejos, gente moviéndose abajo como miniaturas sin importancia. Y mar, mucho mar.

Se sentaron en unos taburetes altos alrededor de una mesa redonda. Brais miró las vistas un segundo.

—Buenas vistas —dijo sin dejar de mirar al horizonte.

Rivas sonrió.

—No me quejo.

Era un hombre de unos cincuenta y tantos, bien conservado, piel bronceada, pelo con canas cuidadosamente repartidas, camisa impecable y una forma de mirar que mezclaba cercanía con cálculo. El tipo de persona que te da la mano como si te estuviera concediendo algo. Pero siempre con una sonrisa.

—No quiero ser descortés —dijo—, pero me han llamado hace un momento y tengo una entrevista ineludible en cuarenta minutos. ¿Creen que terminaremos antes? Por si debo intentar posponerla, claro.

Brais apoyó la libreta sobre la mesa.

—Creo que no necesitaremos mucho más, señor Rivas. Vamos al grano.

—Se lo agradezco.

Perico tomó la iniciativa.

—Queremos confirmar la versión del señor José Félix Róvalo, socio de usted. Según nos ha dicho, el domingo por la tarde se reunió con usted y con representantes de un fondo interesado en comprar la conservera.

—Correcto.

—Y al día siguiente habían quedado en la propia factoría para que los compradores vieran el inmueble.

—Así es. El asunto está bastante avanzado. No cerrado, pero avanzado. A expensas de lo ocurrido, por supuesto.

Brais lo observaba sin escribir.

—¿Qué relación tiene usted con el señor José Félix Róvalo?

Rivas hizo un gesto medido, como de hombre sincero que elige las palabras por respeto a la verdad.