Capítulo 13 – Visita de cortesía 115
A Brais le costaba discutir temprano. Pero no porque le faltaran ganas.
Con el cortisol preparado, el modo combate era su modo por defecto.
Se trataba más bien de una cuestión física, como si el cuerpo, antes de cierta hora, no hubiese terminado de colocarle la mala leche en el sitio adecuado.
La tenía ahí, claro. Latente. Pero todavía no con la punta bien afilada.
Aquella mañana, sin embargo, Rosa había conseguido sacársela antes incluso del segundo café.
No estaba ella allí, naturalmente. Eso habría sido demasiado sencillo.
Rosa tenía la rara capacidad de seguir discutiendo con él a distancia, por teléfono, por mensajes, por silencios y hasta por recuerdos.
Y lo peor era que muchas veces tenía razón.
Una razón irritante, con la que Brais podía estar de acuerdo durante dos segundos antes de buscar la manera de enfadarse con ella por tenerla.
Estaba en la cocina de su casa, apoyado en la encimera, con una camiseta negra de Metallica arrugada, los ojos a medio abrir y el móvil en la mano, repasando por tercera vez los mensajes de la noche anterior.
Toño estaba sentado a la mesa, con un colacao lleno de grumos delante y el periódico doblado sin leer.
Desde que había empezado con pruebas, consultas y ese ir y venir hospitalario que lo ponía más viejo algunos días y más vivo otros, había adquirido una serenidad rara.
Una serenidad que a Brais le molestaba un poco porque lo obligaba a no comportarse siempre como un animal.
—Es que me toca los cojones, papá —dijo Brais, dejando el móvil sobre la encimera—. Me los toca a dos manos. Ayer se me fue la hora. Vale. Lo reconozco. Pero tampoco hace falta montar un juicio de Nuremberg cada vez que cometo un error.
Toño dio un sorbo al cacao.
—No deberías criticarla delante del niño.
—Si no la critico delante del niño.
—La criticas por dentro tan fuerte que se oye igual en la distancia.
Brais se volvió hacia él.
—No empieces tú también.
—No empiezo. Te lo digo.
—Es que parece que yo soy el malo siempre.
—No siempre.
—Gracias.
—Casi siempre.
Brais lo miró con los ojos entrecerrados.
—Qué gracia tienes para estar convaleciente, papi querido —dijo con ironía.
Toño no sonrió.
—Bueno —dijo su padre cambiando de tono—. Da igual. Déjalo. Hoy no tengo ganas de ver cómo te sube la tensión antes de desayunar. Además, hoy tengo hospital.
Brais respiró hondo. Trató de contar mentalmente hasta diez, pero no llegó ni a cuatro.
—Hablaremos de esto.
—Hablaremos de lo que tú quieras, pero ahora vamos con otra cosa. —Toño se recostó un poco en la silla—. Hoy prefiero ir contigo.
—¿Adónde?
—A comisaría. Luego me llevas al hospital.
Brais lo miró como si acabara de pedirle que lo llevara al frente.
—¿A comisaría para qué?
—Para acompañarte —respondió Toño.
—Zuleidy te iba a llevar. Me lo dijiste anoche cuando llegué.
—Zuleidy tiene que ir a la Oficina de Extranjería.
—Pues te llevo yo directamente al hospital cuando toque.
—Prefiero ir contigo antes.
Brais se frotó la cara.
—Papá, en serio. La comisaría ahora mismo no es un sitio para…
—¿Para qué?
—Para estar.
—Pues he estado en sitios peores. Entre ellos, esa misma comisaría. ¿O tengo que recordarte que yo fui comisario?
—No tiene nada que ver.
—Quiero ver el ajetreo, coño —protestó Toño con la mirada endurecida.
Brais soltó una risa seca.
—¿Ajetreo? Estamos en cuadro. Como no veas a Perico insultando a la máquina de café y a Vanesa trabajando por todos, poco ajetreo vas a ver.
—Da igual.
—No da igual.
—Sí da. —Toño lo miró fijo—. Deberías estar contento de que me sienta con fuerzas para salir y hacer cosas.
Eso lo desarmó. Brais bajó la mirada. La sonrisa le salió sola, pequeña, sincera. También triste, aunque intentó que no se notara. Tenía una de esas tristezas que no hacen ruido, que no piden permiso y que solo aparecen cuando uno ve al padre esforzarse por parecer fuerte.
—Vale —dijo con una sonrisa que no le salió forzada—. Pero no me montes un mitin allí. Que te conozco.
—Yo nunca monto mítines.
—Claro. Tú das discursos fundacionales.
Toño sonrió.
—Eso ya me pega más.
- o -
Entraron en la comisaría poco antes de las nueve.
Brais iba con la prisa de siempre y Toño con ese caminar suyo un poco más lento, no débil exactamente, pero sí medido.
Como si cada paso tuviera que ser negociado con el cuerpo.
Al cruzar el patio, Brais se dio cuenta de que estaba pendiente de él más de lo que quería.
Pendiente de si respiraba bien, de si se cansaba, de si miraba alrededor con demasiada nostalgia o con demasiada pena.
Garrido fue el primero en verlo.
—Don Antonio.
Lo dijo con esa parquedad suya que, en Garrido, equivalía a una ovación con banda de música. Se acercó y le dio la mano. Perico apareció enseguida desde la zona de mesas.
—¡Toño! ¡Qué alegría!
—Pedro —dijo Toño—. Cada vez estás más joven.
—Eso es mentira, pero se agradece.
Perico se rio y le puso una mano en el hombro. A Toño lo conocía de sobra. Había comido con él, discutido de fútbol con él y escuchado más de una vez sus teorías sobre Galicia, Cádiz, la política municipal y la decadencia general de Occidente.
Brais aprovechó la distracción para acercarse a Vanesa, que estaba sentada frente al ordenador con varias carpetas abiertas y un cuaderno lleno de anotaciones.
—¿Cómo llevas lo de los robos?
Vanesa levantó la vista. Tenía ojeras, pero también esa concentración casi luminosa de quien está metida de verdad en un asunto.
—Hay nueve hasta el momento con el mismo modus operandi.
—Nueve.
—Confirmados. Puede haber más que todavía no se hayan denunciado o que se hayan considerado pérdidas, descuidos o incidentes internos.
Brais asintió.
—Sigue.
—Quien sea es muy cuidadoso. No hay huellas útiles, no hay nada fuera de sitio y de los testimonios no sale nadie sospechoso. En los pisos donde insistí para que fuera la Científica, revisaron cerraduras con más detalle. Nada. Ni forzamiento, ni señales claras de ganzúa, ni manipulación evidente.
—¿Puertas abiertas con llave?
—Es lo que parece.
—¿Y tú qué dirías?
Vanesa no dudó.
—Una sola persona.
Brais arqueó apenas una ceja.
—¿Por?
—Homogeneidad. Selección de objetos. Limpieza. Tiempos. Y porque no hay errores cruzados. Cuando trabaja más de uno, aunque sean buenos, suele aparecer alguna diferencia de estilo. Aquí todo parece hecho por la misma cabeza y las mismas manos.
Brais se quedó mirándola con aprobación.
—Eso mismo pienso yo.
El poeta, Federico García, andaba cerca de la mesa de Vanesa, ordenando unos papeles con más atención de la necesaria. Brais lo vio, pero no midió bien la frase siguiente. O la midió como él solía medir algunas cosas: tarde y mal.
—Cambiando de tema —dijo—, ¿te has metido ya en la web de citas sexuales?
El poeta se quedó inmóvil. Vanesa, sin embargo, respondió con profesionalidad y normalidad absolutas.
—Le he echado un vistazo por encima para valorar. He decidido que voy a apuntarme.
Federico abrió mucho los ojos. Fue un gesto tan limpio, tan de pobre desgraciado sentimental, que Brais lo entendió todo en el acto.
Vanesa, en cambio, no entendió nada. Lo miró al ver que se levantaba.
—¿Pasa algo?
—No —dijo el poeta, con voz digna y rota a la vez—. Nada.
Y se marchó tieso, fingiendo que tenía que ir a cualquier parte que no fuese aquella mesa.
Brais miró cómo se alejaba. Luego miró a Vanesa. Luego otra vez al poeta.
—Ay, mi madre —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Vanesa.
—Nada. Nada.
—Era para la investigación —dijo ella—. Si María y Camila usaban esa web, alguien tendrá que entrar.
—Sí, sí. Claro. Por supuesto.
Brais decidió que, por una vez, lo más inteligente era callarse. No le duró mucho la oportunidad de sentirse prudente.
Cuando se giró hacia la sala común, vio que alrededor de Toño se había formado un pequeño corro.
Agentes uniformados, dos administrativos, Garrido, Perico.
Hasta un chaval de prácticas lo escuchaba como si aquel hombre delgado y algo gastado fuera un veterano de guerra recién salido de contar una campaña.
Toño, que había sido comisario provincial y que todavía conservaba algo de ese empaque natural de quien ha mandado sin necesidad de gritar, hablaba con tranquilidad.
Tenía una mano apoyada en el bastón y la otra dibujando un gesto en el aire.
Brais sonrió apenas. Pero el silencio cayó de golpe.
Fue entrar Gerardo De Lomeña, el comisario provincial —en funciones todavía, porque lo habían destituido pero seguía ocupando espacio como esos muebles feos que nadie se atreve a tirar— y, a su lado, Agustín, el comisario de distrito, y la comisaría entera cambió de temperatura.
Agustín se tensó al ver al padre de Brais y no saludó. El sucesor en el puesto que ocupó Toño, tampoco.
Miró el corro, miró a Toño, hizo un gesto mínimo con la barbilla que no llegó a saludo y siguió andando.
Brais sintió cómo se le tensaba la espalda.
Toño se quedó callado. Eso fue lo que más le dolió a Brais.
No la mala educación de aquellos dos, que a esas alturas no sorprendía a nadie.
Fue ver a su padre quedarse un punto más pequeño, como si el recuerdo de todo lo perdido le hubiera caído encima de pronto.
Gerardo De Lomeña era, de una manera u otra, parte de la historia que había terminado con Toño fuera de donde le correspondía.
Y verlo allí, todavía caminando por la comisaría como si nada, con Agustín al lado y sin siquiera saludarlo, fue un golpe bajo sin necesidad de palabras.
Cuando desaparecieron por el pasillo, Toño forzó una sonrisa.
—No ha sido buena idea venir.
Brais se acercó.
—Sí lo ha sido.
—No.
—Papá.
—Déjalo.
Brais miró a Perico, que hizo un gesto casi imperceptible: sácalo de aquí un rato.
—Venga —dijo Brais, cambiando de tono—. Nos vamos ya para el hospital.
—Aún queda tiempo.
—Pues vamos tranquilos y sin prisas.
Toño asintió, pero no se movió enseguida. Brais buscó algo. Cualquier cosa. Algo que no fuera aquello.
—Por cierto, vi a Beli.
Toño frunció el ceño.
—¿Beli?
—Sí, hombre. Abel. Beli. Del instituto. Jugaba conmigo al fútbol.
Toño lo miró unos segundos, y de pronto algo se encendió en su memoria.
—Ah, ya. Jugaba muy bien.
—Eso.
—El Sócrates de la Bahía le llamaba yo. ¿Te acuerdas?
Brais sonrió.
—Porque era muy bueno jugando al fútbol, ¿no?
Toño negó con la cabeza y frunció el ceño.
—No me escuchas. Ni ahora, ni cuando eras un rapaz —protestó Toño.
—Bueno, pues cuéntamelo de camino al hospital —dijo Brais sin terminar de entender.
—A lo mejor. Si me prestas atención.
—No prometo milagros.
- o -
En la sala de espera del Hospital Puerta del Mar, la vida tenía otro ritmo.
Uno más lento, más blanco y más cruel. Gente mirando pantallas sin verlas, ancianos agarrados a carpetas de informes, hijos pendientes de padres, padres pendientes de hijos, enfermeros cruzando con pasos rápidos y caras de no poder detenerse.
Toño estaba sentado junto a Brais, con las manos cruzadas. Parecía mejor que en la comisaría. O al menos más dueño de sí.
—Sí me acuerdo de Beli —dijo—. Era listo. Muy hábil. Pero un bala perdida.
—No eras juez, pero siempre fuiste muy de sentenciar.
—Porque acierto. Y tengo vista.
—Es buena gente, papá. Beli no haría daño a nadie.
—No he dicho que no. Pero hay gente buena que tiene la vida patas arriba. Desorganización, poca cabeza, poca previsión. Eso también mata, aunque tarde más.
Brais se removió en la silla.
—La vida no lo trató bien.
—La vida trata mal a mucha gente. Luego cada uno se defiende como puede.
—Estuvo en la cárcel un tiempo —confesó Brais casi como si el preso hubiese sido él.
Toño lo miró.
—Eso no me sorprende tanto como debería.
—Ahora ha encontrado trabajo.
—Me alegro. Todos tienen la oportunidad de encarrilar su vida.
Brais sacó el móvil.
—Voy a llamarlo. Por lo de la chupa.
Marcó. A la primera, Beli le colgó. Brais miró la pantalla incrédulo.
—Será cabrón.
Volvió a llamar. Le colgó otra vez.
—Qué raro.
Toño observaba sin decir nada. Brais llamó por tercera vez. Esta vez sí contestó.
—¿Beli?
Al otro lado se oyó una respiración entrecortada, ruido de fondo y una voz muy baja.
—Picha… ahora no puedo —susurró.
Brais frunció el ceño.
—¿Estás currando?
Tardó en responder.
—Sí. Más o menos. Estoy ocupado.
—Era por la chupa. Estoy en el hospital, al lado del parking donde trabajas.
—Ahora no estoy allí.
—¿Estás en el de la salida de Cádiz? Me puedo acercar luego.
—No.
La comunicación se cortó. Brais se quedó mirando el teléfono.
—Se ha cortado.
—Ese estaba con una mujer —soltó Toño, que había escuchado toda la conversación.
Brais obvió el comentario de su padre. Iba a llamar de nuevo cuando entró otra llamada. Lorena. El nombre apareció en la pantalla y Toño, que no tenía un pelo de tonto aunque se hiciera el gallego distraído cuando le convenía, inclinó la cabeza.
—Esa muchacha te gusta.
—Papá.
—Si te llama, es por algo.
—Será por el informe definitivo de la autopsia de la chica del crucero. Aunque creo que hoy tenía el día libre.
Toño lo miró entornando los ojos, con una pregunta muda clarísima: ¿y tú cómo sabes cuándo libra?
Brais se enfurruñó antes de coger.
—¿Sí?
Escuchó. Al principio su cara fue de fastidio profesional. Luego cambió. Se puso de pie.
—¿Estás bien?
Toño también se incorporó un poco, alarmado. Brais le puso la palma delante, pidiéndole que esperara.
—¿Estás segura? Vale, vale. Es solo para asegurarme. ¿Y la puerta estaba forzada?
Toño se puso inconscientemente la mano en la boca.
—No te preocupes. En cuanto pueda voy a tu casa. Ahora estoy en el hospital con mi padre.
Brais se alejó de Toño, que cada vez estaba más pegado a su hijo para oír que se cocía entre ellos.
—Que sí, que sí, que voy. Además, es mi trabajo. De todas maneras, llama también a comisaría para ir tramitando lo de la denuncia.
Colgó. Cierto ahogo era visible en su respiración entrecortada. Toño lo miraba fijamente.
—¿Qué pasa?
Brais guardó el móvil despacio.
—Han entrado a robar en casa de la forense.
—¿Está bien?
—Sí. Entiendo que sí.
—¿Le han roto algo?
—No. Todo impoluto. Pero se han llevado la colección de relojes que tenía de su padre.
Toño frunció el ceño.
—¿Y por qué pones esa cara?
Brais miró hacia el pasillo del hospital, como si allí estuviera la respuesta.
—Porque no han forzado la puerta. Porque todo está limpio. Porque parece uno más de la ola de robos a turistas.
Toño tardó un segundo en entenderlo.
—Ya comprendo. No te gusta cuando te descuadran tus razonamientos, ¿verdad, neno?
Brais asintió.
—Lorena no es una turista.
El altavoz del hospital llamó a otro paciente. Una mujer se levantó al fondo. Un niño lloró en alguna sala cercana. Brais siguió mirando al frente, quieto, con la sensación desagradable de que alguien acababa de cruzar una línea.