Capítulo 12 – Un abordaje suave 105 #2
—Entonces, solo un rumor. Nada de pruebas. No las han visto en internet ni nada.
—Yo no…
José Ernesto intervino:
—Al jefe de camarotes le da vergüenza decir que hemos visto su publicidad en una web de citas.
Brais giró despacio hacia él.
—Ahora nos vamos entendiendo.
José Ernesto no se inmutó.
—Pero poco más podemos decirles. María era de Ecuador y Camila es de El Salvador. Como decía Francisco, buenas chicas y buenas trabajadoras. Seguramente necesitaban dinero extra para enviar a sus familias. No sé si saben que aquí no se cobran salarios altos comparados con Europa o Estados Unidos.
—Ni en la Policía Nacional —dijo Perico.
José Ernesto concedió una sonrisa mínima.
—Yo puedo sentirme satisfecho —continuó su alegato el oficial jefe—, pero camareras de piso, camareros, pinches… Sus sueldos pueden ser buenos para sus respectivos países, pero no para mantener familias enteras a largo plazo. Muchos aquí mantienen padres, hijos, sobrinos, abuelos.
Brais asintió.
—Comprendo. ¿Saben qué otras compañías frecuentaba María en Cádiz?
Ruipérez negó. José Ernesto abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se lo pensó.
—No. Quizá sus compañeros más cercanos. Los camareros y camareras de piso tienen camarotes próximos. Si me siguen, puedo llevarlos. Aunque no sé si estarán todos. Con el barco en reparación, hotel tiene horarios flexibles.
Brais miró a Perico.
—Vamos al lío.
- o -
Los camarotes de la gente de hotel estaban en las entrañas del crucero.
Bajaron por pasillos cada vez más estrechos, cada vez más bajos, hasta una zona cercana a máquinas donde el aire cambiaba. Menos lujo, menos moqueta, menos brillo. Más metal, más calor, más humedad. Aquello parecía un submarino. Brais se detuvo antes de llegar a la zona común.
—Ustedes esperen aquí —dijo con una expresión seria y rotunda.
José Ernesto frunció el ceño.
—¿Perdón? —preguntó incrédulo.
—He dicho que esperen aquí.
Ruipérez no replicó. Delano, por contra, abrió la boca, pero Perico se adelantó.
—Será mejor que hablemos primero con ellos solos.
Los dos mandos se quedaron en el pasillo. Muy tiesos ambos. Perico se acercó a Brais mientras avanzaban.
—¿Por qué los has dejado fuera?
—Para que no intoxiquen. Si ellos oyen lo que ya nos han dicho de lo de que las dos chicas son escorts, los otros se suben al mismo carro o se callan. Mejor sin jefes. Además, el del culo no me mola nada.
Perico, que estaba asintiendo por defecto, paró, puso cara de incomprensión y preguntó ante el comentario.
—¿Has dicho el del culo?
—José Ernesto Delano… ¿Lo pillas? Delano, del culo… —trató de explicarse ante la inexpresivo semblante de Perico, que comenzó a negar.
Todavía con el forzado juego de palabras enrareciendo el ambiente, llegaron a una pequeña zona de descanso. Había una mesa, una máquina de agua vacía del pleistoceno, dos sillas y varios tripulantes con cara de estar entre turno y turno. Cinco personas al principio. Luego se añadieron dos más.
—Policía. Queremos hablar de María Gualpa y Camila —se presentó Brais, placa en mano.
No hubo sorpresa. Más bien una especie de tristeza compartida. Como si el nombre de María hubiera estado flotando allí desde el lunes. Una chica dominicana se llevó la mano al pecho.
—Pobrecita María —dijo con aflicción.
Un hombre de Panamá, menudo, con ojos vivos, se presentó como Emilio Zola. Brais tuvo que repetir el nombre.
—¿Emilio Zola?
—Sí, señor. Mi mamá era profesora. Cosas de ella.
—Muy bien por tu madre —dijo Brais.
A partir de ahí, empezaron a hablar.
María y Camila eran jóvenes. Guapas. Trabajadoras. Las dos con hijos pequeños y familias enteras viviendo de lo que ellas mandaban. Países distintos, vidas muy parecidas. Se habían hecho inseparables casi sin querer.
—Se entendían —dijo la chica dominicana—. Por tener cargas parecidas. Ya saben.
Esa frase se quedó un momento en el aire. Perico la apuntó. Brais preguntó si tenían pareja. Algunos dijeron que no sabían. Otros se miraron.
—¿Qué pasa? —preguntó Brais.
Nadie contestó. Así que entró por el otro lado.
—¿Tenían otros ingresos?
Se preparó para la incomodidad, para el rodeo, para la vergüenza. Pero Emilio Zola habló claro, sin experimentos y sin novelas.
—Se prostituían cuando bajaban a tierra.
La chica dominicana lo miró mal.
—Emilio… —le reprochó ella.
—¿Qué? —respondió él levantando las manos—. Es la verdad. Y no eran malas por eso. Eran pobres. Es distinto. Aquí hay gente que juzga con la barriga llena. Yo no.
Brais se quedó mirándolo un segundo.
—Nadie ha dicho que fueran malas.
—Más les vale —dijo Emilio muy serio.
Perico pensó en intervenir, pero Brais, esta vez, no necesitaba frenar su iracundia. La gente clara y consecuente no sacaba lo peor de él, sino al contrario.
—¿Saben con quién quedaban? —preguntó Perico.
—No —dijo Emilio—. Eso no lo contaban mucho. Por seguridad, supongo. O por vergüenza. O por las dos.
—¿Y Camila? —continuó Brais—. ¿Cuándo la vieron por última vez?
Emilio respondió de inmediato.
—El lunes por la mañana, cuando estábamos comentando lo de María. A eso de las once. Quizás las doce —dudó—. Tenía la cara de un fantasma.
—¿Hablaste con ella?
—Sí. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí, que era por lo de María. Nos acabábamos de enterar. Estaban muy unidas. Pero me llamó la atención una cosa.
—¿Cuál?
—No lloraba. Temblaba. Estaba blanca, con lo morena que es, pero no lloraba. Como si tuviera más miedo que pena. Le dije si quería que la acompañara y ni me oyó. Se fue corriendo.
—¿Fuera del barco?
—Iba hacia arriba. No hacia su camarote. O fue a tomar aire o ya se marchó fuera.
Otra compañera, una muchacha peruana con coleta, añadió:
—Fuimos a buscarla a su camarote. La cama estaba sin deshacer.
—¿Después les preguntaron por ella? —dijo Brais.
—Sí.
—¿Quién?
—Ernesto. El oficial. Vino porque sabía que eran amigas.
Brais y Perico cruzaron una mirada breve.
—¿Cuándo? —preguntó Perico.
—El mismo lunes, pero después.
—¿Después de qué?
La chica dudó.
—Después de que ya supiéramos que no estaba.
Brais lo anotó mentalmente.
- o -
Revisaron los camarotes de María y de Camila, pero no encontraron nada que gritara una verdad, una prueba o, siquiera, un indicio. Y eso, a veces, desesperaba más que encontrar algo.
Fotos de familia. Hijos pequeños sonriendo en lugares humildes.
Ropa doblada. Vestidos más llamativos que el uniforme de camarera en los armarios de ambas.
Maquillaje. Algún perfume barato. Peines.
Un par de pendientes de bisutería. Un rosario hecho a mano.
Un dibujo infantil. Todo perfectamente ordenado.
En el camarote de María, la ausencia pesaba.
En el de Camila, pesaba también, pero de otra manera.
Tomaron datos de compañeros, números, turnos, nombres completos. También el teléfono de Camila, con prefijo de El Salvador.
Cuando salieron del muelle, eran cerca de las nueve. Todavía era de día. Ese día eterno del verano gaditano que no acababa nunca, aunque todo el mundo estuviera ya vencido.
El Levante estaba otra vez en calma. Una calma pegajosa que solo anticipaba una noche de lucha contra la almohada.
Perico caminaba junto a Brais por la zona portuaria, con la camisa pegada al pecho.
—Lo suyo sería mirar las llamadas y mensajes del móvil de Camila.
—Sí —dijo Brais—. Habrá que pedir orden judicial.
—Siendo número extranjero y encima de fuera de la Unión Europea, prepárate. El Salvador. Habrá que pedir rogatoria o auxilio internacional, ver convenios, rezarle al santo extranjero que corresponda…
—Pues se intenta. Para eso estamos —zanjó Brais.
—Oído cocina.
Caminaron unos pasos en silencio.
—Me voy a casa —dijo Perico—. Y tú deberías hacer lo mismo. Tu chiquillo te estará esperando.
Brais se paró en seco. Se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.
—Me cago en mi cama.
Sacó el móvil. Varias llamadas perdidas le chillaban que la había cagado.
Lo había dejado en silencio y sin vibración.
Eran de Rosa. También de Toño. Entró en WhatsApp angustiado y vio el mensaje de Rosa: “Es tarde. Tráeme a Samu ya”.
Otro mensaje de Rosa, más tarde: “Brais, de verdad. No me puedo creer que no cojas el teléfono”.
Y luego uno de Toño: “Neno, me llamó Rosa. Ya se llevó al rapaz. No te apures, que sé que estás trabajando”.
Brais se quedó mirando la pantalla, alelado. Perico no dijo nada durante unos segundos. Luego preguntó, con cuidado:
—¿Todo bien?
Brais guardó el teléfono despacio.
—No —dijo mientras se pasaba la mano por la cara—. Soy un desastre, Pedro.
Y siguieron andando hacia el coche, mientras el crucero quedaba detrás, enorme, iluminado, lleno de camarotes, secretos y silencios que aún no habían empezado a hablar.