Capítulo 12 – Un abordaje suave 105
El capitán del Sovereign Coasts volvió a decirlo como si lo acabara de descubrir él también.
—Han llamado para denunciar la desaparición de Camila.
Brais y Perico se quedaron mirándolo.
El hombre, que hasta entonces no había tenido el detalle menor de presentarse, pareció recordar de pronto que quizá convenía hacerlo, aunque solo fuera por cumplir con la liturgia marítima.
—Perdón, caballeros. Antes de proseguir, me he percatado de que no me he presentado adecuadamente. Augusto De Longhi Escobar. Capitán del Sovereign Coasts .
Lo dijo con una ligera inclinación de cabeza, arrobado, como si acabaran de anunciarlo en una recepción de embajada.
Iba como un pincel, haciendo clara ostentación de galones y de una sonrisa satisfecha de sí misma, que a Brais le dieron ganas de desmontarle pieza a pieza.
Hablaba con el tono de alguien acostumbrado a sonar importante incluso cuando decía una estupidez.
—¿Y quién ha llamado? —preguntó Perico.
—Un tripulante, ¡cómo no! —respondió el capitán—. Bueno, creo. Me han informado de ello tal cual.
Brais respiró por la nariz. Muy despacio. Perico intervino antes de que el inspector jefe empezara a incendiar el dique seco.
—Yo había quedado con el segundo de a bordo, un tal… —Perico sacó su libreta y la ojeó— José Ernesto; era para hablar sobre María Gualpa Cedeño. Estamos investigando las circunstancias de su muerte.
El capitán abrió ligeramente los ojos.
—Ah. Ahora que caigo, puede que mi segundo comentara algo al respecto.
Confío absolutamente en él y por ello le delego los temas secundarios —explicó con tono rimbombante y afectado—.
De hecho, creo que me comentó de soslayo que la policía vendría en algún momento.
No sabía que ya hubieran quedado a una hora concreta.
—No habíamos quedado a una hora concreta —repuso Perico.
El capitán lo miró, genuinamente confundido.
—Entonces, ¿qué hacen aquí?
Brais levantó los ojos al techo metálico del pasillo. Por encima se oían golpes secos, ruido de herramientas, ecos de reparaciones. Todo el crucero vibraba de vez en cuando, como una bestia inmensa anestesiada.
—Lo que le acaba de decir el subinspector Pedro Vélez —dijo Brais, marcando cada sílaba—. Veníamos a hacer unas preguntas sobre María Gualpa, la chica cuyo cuerpo fue encontrado sin vida el lunes.
—Pero han dicho que no habían quedado.
Brais se quedó quieto. Hubo un segundo peligroso. Perico lo vio cortocircuitar. Literalmente. Como si una chispa le hubiera saltado detrás de los ojos.
—Capitán —se anticipó Perico, con una paciencia casi heroica—, habíamos hablado con su segundo para pasarnos por aquí. No habíamos fijado hora cerrada. Hemos venido ahora. Y ya que estamos aquí, nos informan de que también ha desaparecido una compañera de la fallecida.
—Ah —dijo el capitán—. Así sí. Esperen, hagan el favor. Voy a… —El capitán se acercó a un recodo del pasillo.
Brais se tapó la boca con dos dedos.
—Me voy a morder la lengua —murmuró.
—No lo hagas —respondió Perico en voz baja—. Que te envenenas y me voy a tener que encargar yo de la investigación.
En ese momento llegaron dos hombres por el pasillo.
El primero era alto, estrecho de hombros, también con uniforme impecable y una expresión ensayada, casi altanera.
El segundo iba menos tieso, con cara de haber dormido poco y trabajado mucho.
Tenía las manos grandes, la piel castigada por años de barcos y un gesto reservado.
El capitán los presentó con una solemnidad absurda.
—El Staff Captain , oficial jefe, segundo de a bordo: José Ernesto Delano. Y el Head Cabin Steward …
—En cristiano —murmuró Brais.
El segundo hombre adelantó un paso.
—Francisco Ruipérez. Jefe de camareros de camarotes. O jefe de camarotes, para abreviar.
—Gracias —dijo Brais—. Estaba empezando a marearme con tanto cargo de hotel flotante.
Ni Augusto de Longhi ni José Ernesto Delano, los primeros de a bordo, parecieron apreciar la broma.
—Nos han avisado desde el control de acceso —dijo—. Dos policías preguntaban por mí. Supuse que era por lo de María Gualpa Cedeño. Había hablado con el subinspector… —hizo una pausa para recordar— Vélez.
—Pedro Vélez —dijo Perico, ofreciéndole la mano.
José Ernesto se la estrechó con una mano lacia, fría, como si le prestara los dedos.
El inspector jefe también se la dio. Y notó lo mismo.
Mano sin energía. De esas que no dicen nada bueno de nadie.
A Brais se le escapó un gesto de desagrado, es decir, su famosa cara de “a quién se le ha escapado gas metano por las posaderas”.
—Le presento a Francisco Ruipérez —continuó José Ernesto, el oficial jefe y segundo de a bordo—. Está aquí porque usted me dijo que sería conveniente que estuviera el superior directo de María.
Perico asintió.
—Y de Camila, no se olviden —añadió el capitán.
Nadie le hizo caso.
Brais se centró en Delano.
—Explíquenos qué ha ocurrido con ella. Precisamente queríamos hablar con Camila. Nos consta que era muy amiga de María.
El capitán se adelantó:
—Ya les he dicho que ha desaparecido y que queríamos denunciar su desaparición.
José Ernesto hizo un gesto contenido.
—Fui yo, a través de un tripulante a mi cargo, quien lo comunicó, señor capitán.
—¿Desde cuándo no aparece? —preguntó Brais—. ¿Quizá desde el domingo por la tarde o la noche?
El capitán se volvió hacia sus subordinados elevando las cejas exageradamente.
—¿Desde cuándo?
Ruipérez habló por primera vez, con voz baja.
—Desde el domingo no. Según sus compañeros, la vieron por última vez el lunes, sobre el mediodía.
José Ernesto, el segundo, intervino con una voz algo engolada, como quien había preparado la frase delante del espejo.
—Cuando nos comunicaron que no sabían dónde estaba, y habida cuenta de lo sucedido con María, entendimos, en aras de la colaboración, que procedía ponerlo en conocimiento de la policía.
Miró a Ruipérez buscando apoyo. El jefe de camarotes se limitó a asentir sin más. Brais entornó los ojos. El capitán, encantado de aportar algo, levantó un dedo.
—Pero yo creo saber, porque he visualizado muchas series y películas, que hasta cuarenta y ocho horas después de un hecho delictivo, no es posible denunciar a las autoridades competentes una desaparición, ¿verdad? ¿Estoy en lo cierto? —preguntó ansioso de confirmar sus palabras.
Perico miró a Brais, suplicándole sin palabras que no lo despellejara allí mismo.
—Teniendo en cuenta la muerte de María —dijo Perico—, que era compañera y amiga de Camila, no hubiera sobrado que lo hubiesen comunicado antes.
José Ernesto asintió con la cabeza, aunque no parecía sentirse especialmente reprendido.
—Lo hablé con Francisco. El jefe de camarotes. Y llegamos a la conclusión de que podía tratarse de una ausencia puntual.
Ruipérez permaneció impasible, aunque el capitán remató:
—Minucias.
Brais negó con la cabeza.
—Está bien. Vamos a hacer unas preguntas sobre María Gualpa. Después necesitaremos hablar con esos compañeros para tratar también lo de Camila.
Perico miró a Ruipérez. Algo en su silencio también le había llamado la atención.
—¿Conocían bien a María Gualpa? —preguntó.
El capitán volvió a adelantarse con el dedo índice en ristre.
—Me resulta familiar el nombre. ¿La amiga es la trabajadora que ha desaparecido, no? Camila se llamaba, si la memoria no me traiciona.
—Se llama —corrigió Brais, seco—. No hay constancia de que haya fallecido. Y, si necesita hacer cosas de capitán —añadió con la mandíbula apretada—, puede irse.
El capitán frunció el ceño, aunque no pilló la indirecta. Perico intervino con diplomacia de emergencia.
—Lo que el inspector jefe López quiere decir es que seguro que usted tiene obligaciones importantes. Estando aquí sus subordinados, ellos pueden atendernos perfectamente. Lo que sí le agradeceríamos es que nos facilitara un par de fotos de María Gualpa y de Camila.
El capitán sonrió con aquella mezcla de soberbia y candidez que, de alguna forma, empezaba a resultar fascinante.
—Ah. Claro. Estaré en el puente de mando. Les dejo con mi segundo en buenas manos. Y lo de las fotos está hecho. Les mandaré unas en las que salgan bellas.
—A este correo —dijo Perico, entregándole una tarjeta.
El capitán se marchó igual que había llegado: como si desfilara. Cuando desapareció por el pasillo, Brais soltó aire.
—Dios bendito —dijo mirando al cielo.
—No empieces —replicó Perico.
Brais se volvió hacia José Ernesto y Francisco Ruipérez.
—A ver. Ustedes tenían relación con María Gualpa. Y ya puestos, con Camila.
José Ernesto, el oficial jefe, respondió primero.
—Una relación meramente profesional.
Se quedó ahí. Brais hizo un gesto con la mano.
—Siga —pidió con tono desabrido.
—Las conozco, claro —respondió el segundo—. Pero no he tenido nunca una conversación con ellas más allá de informar o responder alguna cuestión laboral. En este barco trabajan unas mil ochocientas personas. Ahora, al estar en reparación, el número es menor, pero aun así…
—Vale, vale —lo cortó Brais—. ¿Y usted?
Al jefe de camarotes, Francisco Ruipérez, se le escapó una fugaz mirada hacia su superior antes de responder.
—Yo no era el mejor amigo de María. Pero hemos salido alguna vez en grupo los de hotel.
—Continúe.
—Con Camila, lo mismo. En grupo.
—¿Eran muy amigas?
—Sí. Era fácil… esto, era fácil verlas juntas. Supongo que por edad y… bueno.
Se trabó lo mínimo. Casi nada. Pero Brais lo pescó.
—Cuando ha dicho “por edad” iba a añadir algo.
—No. Nada más.
—Somos policías, señor Ruipérez.
—Ya. Ya lo sé.
Perico cambió el ángulo.
—¿Sabe si tenían alguna ocupación adicional aparte de trabajar aquí?
Ruipérez titubeó mientras miraba hacia José Ernesto. Brais lo detectó.
—Sabemos cosas —dijo—. Y queremos confirmarlas. Si se las guardan, podríamos enfadarnos.
Ruipérez tragó saliva.
—No lo sé seguro —terminó por hablar—. Es solo un rumor.
—¿Qué clase de rumor?
—Que Camila y María… eran…
—Adelante.
—Prostitutas. Pero es solo un rumor —precisó rápidamente, como si con eso pudiese borrar lo dicho.
Brais apoyó los nudillos en una barandilla metálica.