Capítulo 11 – Poli de agua 94 #3
Se giraron. Un policía portuario venía hacia ellos con cara de haberse incorporado tras las vacaciones y tener aún estrés postraumático.
—Si lo dejan ahí, tengo que llamar a la grúa —gruñó, pero con extrema educación.
Brais y Perico se metieron la mano en los bolsillos traseros casi a la vez para sacar las placas.
El portuario se puso en guardia al instante, porra en ristre, listo para el combate.
—¿Qué coño haces, cojones? —soltó Brais, enseñando la placa.
El portuario parpadeó, miró la placa y soltó aire.
—Joder. Qué susto.
—¿Susto de qué?
—Es que ya he tenido más de un altercado por aquí de noche con gente sospechosa. Les doy el alto o les alumbro con la linterna y se me ponen chulitos. Como me ven solo y sin pistola, se crecen. Perico levantó la voz de pronto, aguda de interés.
—¿Tripulantes de los cruceros?
—No, no —se apresuró a negar el agente portuario—.
Los extranjeros que trabajan en los cruceros no dan problemas.
A veces vienen contentos, cantan alto después de beber sus cosas por el barrio de Astilleros, pero son respetuosos.
Los peores son los operarios de por aquí.
Estibadores, currantes de la tierra. Se creen los dueños de todo esto.
Alguno se me ha enfrentado y he tenido que llamar a Guardia Civil.
No me extrañaría que al chico de la UCI le hubiesen pegado.
Brais levantó el dedo índice.
—Por cierto… ¿tu nombre, compañero?
—Rodríguez. Pepe para vosotros —se presentó con una sonrisa abierta y sincera.
—Vale, Pepe. Una cosa. La conservera está por ahí, ¿verdad?
Brais señaló hacia una zona más apartada.
—Sí. Cerca de la zona de reparaciones. No muy lejos del dique seco.
—¿Y por esa zona hay cámaras? —preguntó Brais con un interés que no pasó desapercibido para el portuario.
Pepe hizo una mueca. Parecía estar valorando si su respuesta podría causarle problemas.
—A ver… Debería.
Perico lo miró.
—¿Cómo que debería?
—Las están cambiando. Llevan desde principios de año.
Quitaron las antiguas, que estaban casi de adorno, y ya sabéis cómo va esto.
Que si la partida no cuadra, que si hace falta dinero para otra cosa, que si la empresa se harta de currar sin cobrar.
Por la entrada que controlamos nosotros, la del dique seco, no hay grabación ahora mismo.
Y por la otra, la que controlan los picoletos, creo que tampoco.
Brais cerró los ojos.
—Tiene guasa la cosa —concluyó.
—Ya.
—En fin, compañero —continuó Perico—. ¿Puedes decirnos cómo llegar al Sovereign Coasts ?
Pepe señaló hacia la zona de cruceros.
—Ahí empieza el atraque de los que vienen de viaje. Pero el vuestro no está soltando turistas. Está en el dique seco, más a la izquierda. En reparaciones.
—¿La conservera está por allí?
—Después. No muy lejos.
Subieron de nuevo al coche porque Pepe les explicó que andando tenían que dar una vuelta grande. Brais se quejó de que quería pasar por la conservera de camino, pero aceptó dejarlo para otro momento porque el día ya venía lo bastante cargado. Aparcaron más cerca del dique seco.
El Sovereign Coasts imponía incluso quieto.
Un edificio flotante, blanco, enorme, con el casco abierto en zonas de reparación y andamios en los laterales.
No tenía el brillo de los cruceros recién llegados con turistas haciéndose selfis.
Tenía algo más íntimo y más triste: el aspecto de un gigante enfermo en una camilla.
Encontrar la escalerilla correcta fue otra historia. Había varias, todas parecidas, todas con gente entrando o saliendo, mecánicos, operarios, tripulantes, técnicos, alguien con casco que no sabía nada y alguien sin casco que sabía menos.
Brais se cabreó al tercer intento.
—¿Pero esto qué es? ¿El laberinto del Minotauro con bufé libre?
Perico preguntó a un hombre de uniforme azul, que por fin señaló la pasarela adecuada.
Subieron. En cubierta los esperaba un hombre vestido de blanco impecable, gorra reluciente, gafas de espejo y una sonrisa, eso sí, un poco mema.
Parecía recién salido de una de esas interminables series malas de antaño.
Vacaciones en el mar versión Nueva Gades.
—La policía de España es muy rápida —dijo el presunto oficial con acento indescifrable, abriendo los brazos—. Acaba de llamar hace quince minutos.
Inspector y subinspector se miraron confusos.
—Yo hablé con el sobrecargo. Pero hace horas —dijo Perico—. Por la mañana. Había quedado con él.
El hombre puso cara de aturdimiento teatral.
—No me consta que el sobrecargo sepa nada de la desaparición de la chica aún. Al menos eso creo.
Brais dio un paso adelante.
—¿De María? ¿María Gualpa? La que apareció muerta.
El tipo de uniforme impoluto se llevó una mano al pecho.
—No, pobre María —declamó con exagerada pena—. No, no.
Casi sollozaba. Era melodramático de una manera difícil de soportar a las cinco y media de la tarde.
—Me refiero a Camila —precisó tras volver a su tono habitual.
Brais sintió cómo algo se alineaba mal dentro de la cabeza. Perico dejó de moverse. Y el hombre bajó la voz, como si el barco entero pudiera escucharlos.
—Camila, otra camarera de pisos, ha desaparecido.