Capítulo 11 – Poli de agua 94 #2
—¿No me dijiste que íbamos a comisaría?
—No. Eso lo has dado por hecho tú, que siempre quieres ir un paso por delante hasta de tu sombra.
Brais lo miró con una mezcla de sorpresa y ofensa.
—Joder. En fin. Tú mandas. Para una vez que tienes iniciativa…
—Desde que estás sin chupa de cuero estás como sin personalidad, picha mía. Te dejas llevar sin pensar. Lo llego a saber antes…
Lo dijo con una sonrisa maligna. Pero Brais no picó. O hizo como que no picaba.
—Por cierto. ¿Y el hombre que encontraron medio muerto cerca de la conservera?
Perico chascó los dedos.
—Se me olvidó contarte. Llamé al hospital. Está en coma aún.
—¿Sabemos ya quién es?
—Sí. Mauricio no sé qué —contestó Perico con los ojos en dirección al techo del coche intentando recordar.
Brais frunció el ceño.
—¿Mauricio no sé qué? Qué precisión policial.
—¡Coño! Ya habló el señor memoria de pez. Le dije a Garrido que hiciera un informe pequeño con sus datos y me lo imprimiera.
Brais se quedó mirándolo.
—Vale. Y dile que compruebe si su número de teléfono hizo o recibió llamadas al teléfono de María Gualpa. A ver si nos vamos a encontrar otra sorpresa. Porque la realidad es que estaba demasiado cerca de una mujer muerta.
—Ok. Sin problema.
Perico tomó nota como pudo, apoyando la libreta en el volante cuando pararon en un semáforo. Brais se tocó la cabeza, pensativo.
—Pero espera… Has dicho que se encargaba Garrido.
—Sí.
—No comprendo. ¿Garrido no estaba ya de vacaciones?
Perico lo miró de reojo.
—¿No te lo he contado? —preguntó el subinspector extrañado—. ¿No lo has visto?
—¿El qué? ¿A quién? Si es que no sé quién es el superior aquí, me cago en mi cama.
—Garrido está que trina contigo.
—¿Qué coño he hecho ahora?
Perico hizo un gesto de pereza.
—Lo llamó Agustín, nuestro gran comisario de distrito y probablemente próximo comisario provincial. Brais hizo una mueca de asco al oír lo de próximo comisario provincial.
—¿Y?
—Le dijo que no podía cogerse vacaciones —precisó Perico.
—¿Y qué tengo que ver yo? El capullo es el trepa de Agustín.
—Nada. Solo que tu amigo Agus está diciendo por ahí, a todos a los que está impidiendo cogerse vacaciones, que tú le has dicho que hace falta personal porque no damos abasto. Que él no quería, pero que habiendo una queja de un inspector jefe, no puede mirar para otro lado.
Brais abrió la boca despacio.
—Sus muertos a caballo.
—A los caballos te ha tirado él a ti.
—Hijo de puta —bramó Brais.
—Agustín o yo.
—Agustín. Tú eres solo el mensajero. Y a los mensajeros se les mata después.
—Gracias por el matiz.
- o -
El muelle de cruceros de Nueva Gades había ido creciendo como crecen las cosas que dan dinero: a lo bruto y sin pedir permiso.
Al principio era una ampliación lógica, o eso habían dicho.
A bombo y platillo, el muelle de cruceros se había publicitado como el compañero perfecto para la zona industrial ubicada en Nueva Gades.
Luego, tras el auge del turisteo gaditano, se convirtió en una oportunidad estratégica que no se podía dejar pasar.
Después, como era de prever, todo desembocó en una ampliación imprescindible para el imprescindible polo de atracción turística de la “tacita de plata”, o mejor, de oro, tal y como le gustaba llamarla a los que se enriquecieron con la alquimia del dinero.
Al final, un monstruo con amarres suficientes para tragarse diez cruceros a la vez y vomitar miles de personas con gorra, pulsera “todo incluido”, mochila y prisa por comprar imanes de nevera.
El viejo muelle del centro, el de Canalejas, había quedado para barcos más pequeños, regatas y exhibiciones náuticas repetidas hasta el hartazgo.
Sail GP, yates de ricos, yates alquilados por ricos de fin de semana, pantallas gigantes para que la gente de a pie viera de lejos lo que otros veían a todo lujo desde sus cubiertas privadas.
Lo habían peatonalizado con la excusa de abrirlo a los gaditanos, aunque Brais siempre decía que lo habían abierto a los hosteleros.
Pubs, cervecerías, terrazas, hoteles, franquicias con madera falsa y camareros con moreno de albañil. Una ciudad puesta de puntillas para servir cerveza a turistas baratos mientras expulsaba poco a poco a los autóctonos.
—Cada día hay más mastodontes de estos —dijo Brais, mirando la hilera de cruceros desde el coche—. Más humo, más gente y más mierda.
—Podrían poner una tasa por cada turista de crucero —dijo Perico—. O por cada uno que se aloja. Como en otras ciudades.
—Deberían. Vamos a morir de éxito. Aunque seguro que saltan los de siempre, los que se están poniendo las botas mientras la ciudad se va a pique.
—Empresarios.
—Y políticos. Y primos de políticos. Y empresarios amigos de políticos. Total… vamos a lo que vamos.
Perico aparcó su Fiat Punto azul junto a un edificio de aduanas nuevo, demasiado funcional, que sustituía al que derribaron junto al muelle del centro histórico. Habían entrado en el recinto portuario sin que nadie los parase, cosa que a Brais le pareció normal y sospechosa al mismo tiempo.
Nada más bajar, cuando ya caminaban hacia la zona de atraque, una voz los frenó.
—¡Oigan! ¡Aquí no se puede aparcar!