Capítulo 11 – Poli de agua 94
La televisión sonaba demasiado alta para ser la casa de un convaleciente.
En el salón, una joven turca lloraba mirando a través de una ventana con cortinas blancas, un hombre turco sufría en silencio con cara de haber perdido una herencia, una madre turca se llevaba una mano al pecho como si se le acabara de morir media familia, y Toño López, el padre de Brais, lo veía todo con una concentración impropia de un señor que, hasta hacía unos meses, solo prestaba atención a las noticias de política, al tiempo y a los partidos en los que alguien corría detrás de una pelota.
Brais estaba de pie junto al sofá, con el móvil en una mano y cara de no estar del todo en ninguna parte.
—¿Entonces no te importa de verdad?
Toño no apartó los ojos de la pantalla.
—Que no, neno, que me encanta que se quede aquí Samu. Ya se ha puesto a bregar con el Lego que le regalé.
Desde la habitación del fondo llegaban ruidos de piezas cayendo, cajones abriéndose y ese murmullo concentrado de niño que juega hablando consigo mismo.
—De todas maneras —añadió Toño, con el mando agarrado como si fuera un arma reglamentaria—, ¿no me dijiste que librabas hoy?
Brais hizo una mueca.
—Sí. Era mi día libre.
—Pues vaya día libre.
—Estamos en comisaría bajo mínimos con las vacaciones. Y tenemos líos gordos.
Toño ladeó un poco la cabeza, aunque seguía mirando a la turca del televisor.
—¿Y qué es ahora?
—Has tardado en preguntarme. Antes de que te operaran, ya me abrías interrogado veinte veces.
—Las prioridades cambien cuando ves cerca a la muerte —explicó Toño con expresión circunspecta.
—Exagerado —le espetó Brais antes de empezar su relato.
—Lo que tú digas, rapaz. Venga, cuenta, ¿qué tenéis entre manos? —insistió el padre.
—Lo de la chica muerta de la conservera. —Parecía que Brais iba a parar ahí, pero prosiguió—. Y, por si fuera poco, la ola… por no decir tsunami… de robos a turistas.
—Ah, sí —dijo Toño con la mirada puesta en los lamentos que salían de la televisión—. Algo he leído en el Heraldo de Gades.
Brais levantó la vista como si le hubieran insultado a la madre.
—¡Deja de leer ese panfleto!
—¿Qué? —preguntó su padre distráido.
—Joder, papá.
Toño bajó un poco el volumen, pero solo un poco.
—¿Qué te pasa ahora?
Brais miró la tele, luego a su padre, luego a Zuleidy, que estaba sentada en una butaca junto a Toño, tranquilamente.
—Que desde que está Zuleidy nada más que veis telenovelas. Te está pegando el vicio. Y encima telenovelas turcas, en vez de las de su tierra…
El silencio cayó de golpe. Uno de esos silencios que parece que ha entrado un notario en la habitación.
Zuleidy levantó la vista muy despacio. Brais vio entonces el libro.
No era una revista del corazón. Ni un manual de punto.
Ni una Biblia de esas con tapas blandas.
Era La voz del violín, de Andrea Camilleri.
Zuleidy lo cerró con un dedo marcando la página y miró a Brais con una parsimonia que daba bastante más miedo que un grito.
—Usted da por hecho —dijo— que porque soy sudamericana y mujer tengo que ser aficionada a las telenovelas.
Brais notó que algo se le torcía por dentro.
—No-no-no… yo…
—¿Podría ser así? —continuó ella—. Claro. Podría. Pero no es así.
Toño, sin mirar, murmuró:
—Zuleidy lee más que tú, neno.
—Yo leo —protestó Brais, aunque sin mucha fuerza.
Zuleidy le mostró el libro.
—Yo me dedico a leer novelas, don Brais. No a ver telenovelas. Como puede comprobar el don.
El “don” le cayó encima como una losa con encaje. Brais abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Lo-lo-lo siento. Me tengo que ir. Estoooo… Perico está abajo esperando.
Toño subió otra vez el volumen.
—Calla, neno, que no me entero.
Brais miró a su padre, luego a Zuleidy, luego hacia el pasillo por donde Samu seguía peleándose felizmente con un ejército de piezas diminutas.
—Me cago en…
No terminó la frase. Salió del salón con la dignidad hecha un trapo.
- o -
Perico estaba abajo, dentro de su Fiat Punto azul, con el motor encendido y una mano en el volante. Tenía la ventanilla bajada y cara de haber estado disfrutando del aire acondicionado.
Brais abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento. Tenía la cara de una holoturia (es decir, de lo que en Cádiz se denomina un carajo de mar). Algo blando, ofendido y marino.
Perico lo miró.
—Qué tal con tu padre.
—Bien. A secas.
—Ya veo.
—Demasiado bien —se animó Brais a hablar, a sacar ese veneno que le consumía—. Sigue con sus pruebas, sus controles y sus mierdas, pero está bien. Es decir… —Brais puso una voz más aguda, teatral, ridícula— el ánimo lo tiene por las nubes.
Perico arrancó y metió primera.
—Desde que está Zuleidy, ¿no?
Brais miró por la ventanilla.
—Puede.
—Se le ve buena gente a la mujer. Y muy instruida, ¿verdad?
Brais giró la cabeza despacio.
—Muy instruida. Y muy buena gente.
Perico soltó una carcajada.
—Tu madre estaría contenta, malaje.
—Conduce y calla, gilipollas.
—Qué sieso eres, picha mía. Buen fondo, pero más agrio que un limón recién exprimido.
—Pedro, ya —le espetó cortante como el filo de una navaja recién afilada.
—Vale, vale. Paro.
Durante un par de calles no hablaron. El Fiat salió del barrio con ese ruido pobre de los coches pequeños cuando se les exige más de lo que quieren dar.
Nueva Gades se abría por delante, con sus avenidas rectas, sus esquinas de ángulos agudos, sus solares a medio prometer, sus edificios nuevos feos y sus rincones viejos milagrosamente vivos.
Perico fue el primero en volver al tema trabajo.
—Bueno. ¿Y ahora qué? ¿Por dónde seguimos? ¿O empezamos?
—¿Con qué? —preguntó Brais—. ¿Asesinato o robos? Porque tenemos varios frentes abiertos y ninguno tiene pinta de querer esperar sentado.
—Con lo de la chica.
Brais asintió.
—Vale. Sé que la ola de robos no podemos descuidarla.
Aunque, sinceramente, a mí me la suda que Agustín tenga presiones para que nos pongamos con eso.
Hay una chica asesinada. Me parece un poquito —ironizó valiéndose de nuevo de un tono más agudo que un castrati — más importante que unos turistas pierdan un reloj caro y escriban una reseña de mierda en Booking .
—Lo de los robos se lo he pasado a Vanesa, como me dijiste —respondió Perico, con cierto aire de suficiencia—. Ya se ha puesto a recabar información con ayuda del poeta.
Brais torció el gesto.
—Perfecto.
—¿Lo dices bien o mal?
—Lo digo perfecto. Porque Vane es muy buena y porque nos centramos en María Gualpa.
Se frotó la barbilla, mirando hacia delante.
—Tenemos que reconstruir sus últimas horas: dónde estuvo, qué hizo, con quién, si estaba trabajando esa noche, comprobar lo de su amiga Camila, la web de citas en la que Lozano, el estibador, dio con ella… Y eso último lo suyo sería que lo mirara Vanesa. Es muy buena con los ordenadores.
—Con demasiadas cosas la vamos a cargar, pichita.
—Ya. Lo sé. Pero mira cómo estamos de personal.
Perico suspiró.
—Como nos quedemos sin ella, lo vamos a pasar mal.
—Lo sé. Lo vamos a pasar mal nosotros, en general, y el poeta, en particular.
—Ya. Si se pudiera quedar cuando termine las prácticas…
—Ojalá —admitió Brais con un suspiro.
Se quedaron callados un momento. Los dos pensaron lo mismo sin decirlo: que lo más probable era que Vanesa, en unos cuantos meses, acabara en otro destino, en otra ciudad, en otra comisaría mejor organizada. O peor…
Brais fue quien cortó el silencio.
—Bueno, ya se verá. Siguiendo con lo de la chica: hay que hablar con quien la conocía, y también confirmar las coartadas de los capullos que presuntamente la encontraron en la conservera. El estibador, el consignatario y…
—Eso está al cincuenta por ciento.
Brais giró la cabeza.
—¿Eso qué significa?
—Que he hablado con compañeros de Lozano. Confirman que salió del curro a la hora que dijo. Alrededor de las doce, doce y media, quizá un poco más.
—El informe de autopsia indicaba que la muerte pudo ser hasta la una.
—Sí.
—Podría haberle dado tiempo si la mataron en la conservera.
—Muy apretado lo veo.
—Pero posible —dijo Brais con los brazos cruzados.
—Sí. Posible —Perico también cruzó sus brazos.
Brais se quedó un segundo pensativo.
—¿Y la coartada del consignatario?
—Ese es el cincuenta por ciento que falta. He contactado con los que pretenden comprar el terreno de la conservera.
—¿Los del fondo de inversión o como se llame?
—Sí. Un fondo buitre. O aguilucho. De esos que compran inmuebles y solares con eso que llaman “potencial de revalorización”.
—Ya. Lo que viene siendo especulación de toda la vida, pero con PowerPoint.
—Exacto. Se marchan mañana por la tarde. Han aprovechado para ver varias propiedades por la provincia. Pero he quedado con ellos mañana a primera hora.
—¿Y qué tal?
—Creciditos. Me ponían pegas, horarios, reuniones, que si su agenda internacional… Les he dicho que, si no, me acercaba a su oficina, estuviese donde estuviese, vestido de uniforme y con un periodista con cámara acompañándome.
Brais sonrió por primera vez en un buen rato.
—Me congratula que hayas aprendido algo de mí —dijo con suficiencia.
—Pero si esto te lo enseñé yo cuando eras una cría de poli, pedazo de cabrón —protestó Perico mientras Brais sonreía.
—Lo que tú quieras —le cortó Brais—. Pero también hay que hablar con Alfonso Rivas. Confirmar la coartada del consignatario, lo de que hace negocios por él, y lo de las llaves que tenía Lozano.
Perico sacó la libreta con una mano y la agitó un poco sin apartar demasiado la vista de la carretera.
—Lo tengo apuntado. También lo de que Félix dijo que el domingo había estado con ellos por la venta de la conservera. Hay curro de sobra.
—Muy bien, Pedro. Vamos avanzando.
Perico hizo un gesto teatral.
—Gracias, colega.
—No te vengas arriba —le espetó con una mueca que escondía una sonrisa cáustica—. Lo siguiente es ir al crucero a hablar con jefes, compañeros y con la tal Camila que mencionó el padre de María.
—A eso vamos.
Brais parpadeó.
—¿Cómo que a eso vamos?
—Al muelle de Nueva Gades —respondió Perico con orgullo en la voz—. Al barco. He quedado con el sobrecargo. Nos esperan.