Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 10 – Caín o Abel 87
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Capítulo 10 – Caín o Abel 87

El calor a esa hora no era ya calor. Era otra cosa.

Brais salía de la playa con la sensación de que le apuntaban con un calefactor invisible. Caminaba entre la multitud con los ojos medio entornados, los labios secos, la piel tirante. Notaba la sal en el cuello, en los brazos, en la espalda. El aire no refrescaba, se pegaba.

Por un momento —uno de esos momentos tontos que le venían cuando estaba cansado y saturado— se vio a sí mismo como otra cosa.

Como si fuera un soldado. Salvar al soldado Brais.

Un soldado en una guerra ajena, perdido en una selva húmeda, con el uniforme empapado, la boca seca, los pies hundiéndose en el barro.

Notaba el peso de otro cuerpo sobre su hombro, un compañero herido al que arrastraba sin saber muy bien hacia dónde.

El ruido de fondo era un concierto de insectos, de disparos lejanos, de ramas rompiéndose.

Se veía rodeado, cercado, cada vez más solo.

Se apretó más el peso imaginario del compañero contra el hombro. No lo iba a soltar. Nunca.

Entonces cambió la imagen. El soldado ya no era él, o no del todo. Era un yanqui. Un puto yanqui en Vietnam, atrapado entre líneas enemigas, sudando miedo y humedad, mirando alrededor sin entender nada. Y eso ya no le gustó.

—Ni de coña —murmuró para sí. Sacudió la cabeza, como si pudiera espantar la imagen.

—Papá, ¿qué dices? —le preguntó Samu, el compañero de guerra del que tiraba en su ensoñación.

—¿Que-qué? Na-nada —respondió Brais.

Algo vibró en el bolsillo y lo devolvió ya del todo a la realidad. Miró la pantalla. Era Perico. Pensó que si tuviera novia no tendría tantas llamadas como las del subinspector Vélez, su colega, su amigo.

Alzó la vista. Y entonces sí vio dónde estaba de verdad: en una playa Victoria a reventar.

Una marabunta. Sillas de playa abiertas como alas torpes, sombrillas clavadas en la arena formando un bosque de tela anti-rayos UVA, neveras de plástico, bolsas, toallas, cuerpos medio enterrados, niños corriendo, gritando, tirándose globos de agua, pelotas volando de un lado a otro, guiris con la piel roja como gambas recién cocidas, madres llamando a voces, padres resignados con cerveza en mano. La guerra, al fin y al cabo.

La arena casi ni se veía. Un balón de reglamento salió disparado de la nada y le dio en el hombro.

—¡Hostia! —soltó, girándose.

Un grupo de “niños” de entre veinticinco y treinta años levantó la mano desde lejos.

—¡Echa el balón!

Brais no respondió. Se pasó la mano por el hombro, resopló, lo miró con la mirada que tenía reservada para los más abyectos delincuentes y… siguió andando. El balón, por su parte, permaneció huérfano hasta que el inspector jefe se alejó lo suficiente.

Perico estaba apoyado en una barandilla, riéndose ya antes de que llegara.

—¿Tú dónde vas así, picha? —le dijo nada más verlo—. ¿A mariscar? Te faltan las cangrejeras y el bañador de “titi de Cai”.

Brais lo miró con una mezcla de cansancio y mala leche. Llevaba los pantalones negros remangados hasta donde daban, que no era mucho porque eran de pitillo, la camiseta negra de heavy colgada al hombro y las botas en la mano. El torso lo tenía descubierto, brillante de sudor, y la cara colorada.

—No veas —continuó Perico, sin dejar de sonreír—. ¿Te has bañado en calzoncillos o qué?

—No —dijo Brais, seco y hosco.

Al lado de Perico, Samu estaba de pie con una pelota en la mano, sonriente, ajeno a todo lo demás.

—Solo estoy sudando —añadió Brais—. He estado jugando al fútbol con Samuel.

Perico bajó la mirada hacia el niño.

—¿Qué tal, Samu?

—Bien —respondió el crío, con esa sonrisa a la vez tímida y franca que solo tienen los niños cuando todavía no han aprendido a disimular.

—No veas las pintas de tu padre —dijo Perico.

Samu se encogió de hombros, divertido.

—Se le ha olvidado el bañador. Como siempre.

—Ya —asintió Perico—. Solo te falta tu chupa.

Brais se quedó quieto. Tan solo parpadeó antes de girarse de golpe.

—¡Quédate con Samu!

Y salió andando rápido, casi corriendo, entre la gente.

—¿A dónde vas? —gritó Perico, arrancando detrás de él junto con Samuel—. ¡Cojones, que vamos contigo!

—¡Al parking! —respondió Brais, ya unos metros por delante, jadeando.

- o -

Entraron los tres en el parking frente al hospital Puerta del Mar con ese eco raro que tienen los sitios cerrados en verano, donde el calor se queda atrapado y rebota en las paredes.

Brais se estaba poniendo la camiseta sobre la marcha, todavía acelerado, todavía pensando en la chupa como si fuera algo más que una chaqueta. Porque realmente, para él, lo era.

—¿Has dejado el coche aquí? —preguntó Perico desde lejos.

—No —respondió Samu—. Lo ha dejado debajo de casa de mamá. Dijo que encontrar un hueco allí solo pasa una vez en la vida y hay que aprovecharlo.

—¿Entonces para qué viene aquí? —le preguntó Perico a Samu.

—Por mi chupa —intervino Brais con un bramido.

Perico abrió mucho los ojos.

—Ahhh… —alargó la palabra—. Vamos en busca de la parka perdida.

—¡Gilipollas! —le soltó Brais sin mirarlo.

Se dirigió hacia la garita del encargado. Un hombre con cara de carnavalero perpetuo, voz aguda de octavilla y gesto teatral incluso cuando no hacía falta.

—Oiga —dijo Brais, ceñudo, casi abalanzándose hacia el pequeño mostrador de la garita en la que el currante carnavalero se amparaba de los clientes—. ¿Han encontrado una chaqueta negra de cuero por aquí en los últimos días?

El hombre lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada.

—¿Qué gilipollas se va a dejar una chupa de cuero en verano con la caló que hace?

Brais apretó los dientes.

—Un colgao, si acaso —continuó el otro, encantado consigo mismo.

Brais estuvo a punto de saltar, pero vio a Samu detrás, con Perico, mirándolo todo con curiosidad.

—Perdone —dijo, tragándose lo que tenía que tragarse—. ¿Un trabajador de mantenimiento de por aquí? ¿Sabe si está trabajando?

—¿Un qué?

—Beli. Se llama Beli.

—Ni puta idea, compi —dijo el trabajador del parking con descaro—. Yo llevo aquí poco. Estoy sustituyendo vacaciones na más. No me suena.

—Se llama Abel. Es así más o menos —dijo elevando la mano para mostrar su estatura.

El encargado empezó a hacer aspavientos exagerados, pensando en alto, como si aquello fuera una actuación. Brais dejó de escucharlo. Algo le llamó la atención a un lado. Una moto de cincuenta, trucada, haciendo un ruido de mosquito cabreado, seguía de cerca a un Mercedes de alquiler. El conductor…

—¡Beli!

El grito resonó en el parking. La moto frenó en seco. El tipo se quedó tieso un segundo, como un conejo al que le han metido una linterna en la cara. Se giró despacio.

—¿Brais?

—¡Quillo! ¿Qué te pasa? —dijo acercándose—. Pareces que has visto un fantasma. Estaba preguntando por ti a tu compañero.

—¿Qué dice? —intervino el de la garita, sin enterarse de nada.

—Manolo, deja —le cortó Beli al otro, que levantó los hombros y cambió de tercio como si ya la cosa no fuera con él—. Ya me encargo yo.

Agarró a Brais del brazo y se lo llevó aparte. Perico y Samu los siguieron a cierta distancia.

- o -

Salieron a la avenida Cayetano del Toro. El aire seguía siendo caliente, pero al menos corría algo.

Beli estaba igual que siempre.

Desaliñado, mono de Astilleros manchado, cangrejeras, barba irregular, pelo a su aire.

Parecía un personaje que se había quedado atrapado en los años ochenta y había decidido no salir, pese a la dura lucha y a las revueltas que reclamaban a sangre y fuego casi literalmente, más carga de trabajo para el sector naval de la Bahía de Cádiz.

—¿A dónde ibas con tanta bulla? —preguntó Brais—. Parecía que querías coger el rebufo.

—Al otro parking. Al de la salida de Cádiz. Llego tarde y no quiero dar motivos para que me echen. Tengo que cuidar del curro.

—El encargado no me quiso decir…

—¿Manolo? Ese es nuevo. Está empanao —lo cortó Beli—. No le hagas caso.

—Sí, eso me ha dicho.

—Pero dime, ¿qué querías? ¿Pasa algo?

Brais fue directo.

—Mi chupa.

Beli abrió los ojos.

—¿Tu chupa? —preguntó rascándose la coronilla y con los ojos entrecerrados—. Ahhh… yaaa. La chaqueta de cuero hortera, ¿verdad?

—¿Hortera? —Brais dio un paso hacia él—. ¿El que va vestido de revolucionario de Astilleros de los años ochenta eres tú o soy yo?

—Brais, pichurra… qué poco carrete tienes.

—Me da igual —cortó ansioso—. ¿La tienes?

—Que sí, que sí, cojones. —Beli levantó las manos—. Cuando nos vimos el otro día la vi y supe del tirón que era tuya. Es inconfundible.

Brais soltó el aire como si le hubieran quitado un peso de encima.

—Gracias. Gracias, joder —dijo con alivio en el rostro.

—Lo que no entiendo… —empezó a objetar despacio Beli.

—¿Qué?

—Con lo bonito que es el carnaval… y a ti te gusta esa música heavy llena de berridos.

—Vete al carajo. ¿Me das mi chupa o qué?

—Claro, picha. Pero ahora no. La tengo en casa.

—¡Joder, macho! La podías haber dejado aquí. O haberme llamado.

—No tengo tu número. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? He podido cambiar de móvil veinte veces.

Brais sacó la libreta, arrancó un papel y escribió rápido.

—Anda, toma. Dame una perdida y te tengo pillado.

Beli cogió el papel, sonrió.

—Perfecto. Y ahora me tengo que ir —dijo mientras echaba un vistazo rápido a su reloj—. Que no quiero que me echen. Llámame y te doy la chupa. Y de paso nos tomamos algo.

—Hecho —replicó Brais con el pulgar hacia arriba.

Beli empezó a alejarse y entonces se fijó en Samu.

—Por cierto… muy guapo tu chiquillo. Se parece un montón a ti. Igualito que tú de chico. Y ese será su abuelo, ¿no?.

Samu soltó una carcajada.

—Este no es mi abuelo —dijo el niño con una sonrisa mientras miraba la transformación que se producía en el rostro del subinspector Vélez.

Brais miró hacia atrás, vio la cara de Perico y se echó a reír.

—Es mi compañero. Subinspector de policía.

—Hostia puta —dijo Beli—. Lo siento. Es que…

—Vete ya, anda.

—Me voy, me voy, que me echan —respondió, subiendo a la moto.

Y salió disparado.

- o -

Se quedaron los tres un momento en la acera.

Perico miró a Brais con media sonrisa.

—Vaya pieza tu amigo.

—Más listo de lo que parece —dijo Brais—. Las cosas de la vida —añadió como para sí.

—¿Y nosotros qué? —preguntó Perico—. ¿Qué teoría tenemos? Porque entre robos, chupa, playa y exmujer… aquí hay una muerta que sigue muerta.

Brais se apoyó en el coche de Perico.

—A ver. Tú primero.

Perico se encogió de hombros.

—A mí Lozano no me gusta. Demasiado nervioso. Demasiado pobre para tanto lío, pero también demasiado metido. Tiene acceso, tiene llaves, conocía a la chica, hace de intermediario…

—No me gusta tampoco. Pinta de innoble y eso, pero… no sé —lo interrumpió Brais.

—Ya. Yo tampoco…

—¿Y el consignatario? El engreído de José Félix.

Perico torció la boca.

—Ese sí tiene más que perder. Más que ocultar. Pero también tiene más cuidado. No me cuadra que se manche las manos. Aunque también tiene abogados para que se las limpien.

Brais asintió despacio.

—No me gusta ninguno. Pero la realidad es que no tenemos pruebas inculpatorias para nadie.

—¿Y entonces?

Brais miró al mar, que se veía entre los edificios.

—Entonces hay algo más. Piezas que todavía nos faltan. Como siempre.

—¿Por ejemplo?

Brais tardó un segundo en responder.

—El sexo.

Perico levantó las cejas.

—¿Otra vez con eso? Siempre pensando en lo único —dijo en broma.

—No “otra vez” —señaló Brais pensativo—. Siempre ha estado ahí. Lo dijeron los dos. Uno la usaba. El otro la recomendaba. Y lo que no dicen es más importante que lo que dicen.

—Puede ser —coincidió Perico.

—Y hay alguien más.

—¿Quién?

—La amiga. La tal Camila.

Perico asintió lentamente.

—La del crucero.

Brais se incorporó.

—Hay que comprobar si esa mujer tiene algo que decir en todo esto.

Samu, que había estado escuchando sin entender del todo, botó la pelota contra el suelo.

—Papá, ¿vamos a comer?

Brais lo miró. Y, por un momento, todo lo demás —los muertos, los robos, la chupa, el calor— se quedó en segundo plano.

—Sí —dijo—. Vamos a comer.

Y luego, ya volviendo a lo suyo, miró a Perico.

—Y después, al crucero.

Perico sonrió.

—A ver si está la tal Camila y nos ilumina.

Y esta vez, por primera vez en todo el día, a Brais le pareció que el aire corría un poco más. Aunque fuera mentira.