Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 9 – Celos y recelos 79
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Capítulo 9 – Celos y recelos 79

A esa hora de la mañana Nueva Gades todavía fingía que el día podía refrescar y arreglarse.

Había entrado una brisa corta de Poniente, casi tímida, como si viniera pidiendo permiso, y eso bastaba para que la gente empezara a hacerse ilusiones.

Luego, a media mañana, llegaría el castigo de siempre, la bofetada húmeda del verano, la sensación de estar respirando por una toalla mojada.

Pero a las ocho y media aún se podía engañar uno.

Brais estaba apoyado en el capó de su coche, en el pequeño aparcamiento de atrás de la comisaría.

El Dacia Logan parecía más cansado que él, cosa que no era fácil.

Tenía una mano en el bolsillo y la cabeza un poco agachada.

Quien lo viera desde lejos habría pensado que estaba mirando el suelo.

No era eso. Estaba pensando en la conversación del día anterior con la familia de María Gualpa.

O mejor dicho: estaba intentando dejar de pensar en ella, que era distinto y bastante más difícil.

A unos metros, un agente uniformado acababa de llegar en el patrulla, había aparcado torcido, como casi todos, y se fumaba un cigarro con una tranquilidad insultante antes de entrar a currar.

Brais seguía con la vista el humo, cómo se enroscaba y se rompía con la brisa débil, sin perderlo ni un segundo.

Perico apareció desde el lateral del edificio, con el paso arrastrado de quien se había levantado demasiado pronto para la edad que tenía y para la vida que llevaba. Lo vio de lejos y ya supo que Brais estaba metido en uno de esos pozos silenciosos suyos.

—Estás embobao mirando el humo del cigarro como si escondiera el secreto del universo —dijo al llegar.

Brais no levantó la cabeza enseguida.

—Puede.

Perico se puso a su lado, apoyó un hombro contra el coche y siguió el rastro del humo también, por si acaso.

—¿Qué tal ayer con la familia de la chica?

Brais giró la cara apenas y le respondió con otra pregunta.

—¿Tú qué crees?

Perico se rascó la barbilla.

—¿Lo sabían?

—Sí. —Brais soltó aire por la nariz—. El padre ya lo sabía. Se lo había comunicado el consulado de su país. Ecuador.

Perico frunció el ceño.

—¿Era de Ecuador, entonces?

—Sí. —Brais tardó un segundo en añadir—. Y estaba… no sé. Muy entero. Derrotado, pero entero. Digno.

Se quedó callado un momento y luego añadió, como para sí mismo:

—Qué contradicción… No sé si tiene mucho sentido.

Perico lo miró de reojo.

—Sí que lo tiene. Muchísimo. Hay gente que cuando revienta por dentro por fuera se queda tiesa. Como si lo otro se lo guardara para más tarde.

Brais asintió despacio. Eso sí le cuadraba.

—¿Y has intentado sacar algo para la investigación? —preguntó Perico—. Ya sabes… algún nombre, algún novio, alguna amiga, alguien del barco.

—Les pregunté todo eso. —Brais alzó por fin la cabeza—. Si había alguien del crucero con quien se llevara especialmente bien o especialmente mal, si les había hablado de alguien importante, de algún tío, de cualquier cosa rara.

—¿Y?

—Dicen que de novio no les habló nunca. Nada. Lo que sí… —Brais se apartó un poco del coche— cuando hablaban por teléfono les mencionaba mucho a una compañera del barco. Una amiga. Una tal Camila.

—¿Camila qué?

—Pues no lo saben. Ni apellido, ni nada. Y ni siquiera si en este viaje coincidían otra vez en el mismo barco.

Perico chascó la lengua.

—Ya es algo.

—También les pregunté por el dinero. A ver si les constaba que mandaba mucho, por si el móvil del homicidio hubiese sido robarle.

—¿Y qué dijo el padre?

Brais soltó una media risa sin humor.

—Que no le extrañaría nada que la quisieran robar. Porque mandaba entre mil y dos mil dólares al mes.

Perico se volvió del todo hacia él.

—¿Dos mil pavos al mes? ¿Tú crees que cobraba eso de camarera de piso en un crucero?

—Ni de coña. —Brais negó con la cabeza—. De camarera de piso no le daba para eso. Así que lo más probable es que el sobresueldo viniera de su otro trabajo.

Hubo un pequeño silencio entre los dos. El tipo del cigarro lo terminó, tiró la colilla al suelo, la pisó con desgana y entró por fin en comisaría. El humo se acabó.

—En fin —dijo Brais con el semblante ensombrecido—. Ya tenemos dos cosas para cuando nos vayamos de crucero. Comprobar si la tal Camila está en el crucero y charlar con ella, y hablar con la gente del barco. Concierta una visita al crucero, Pedro, anda.

—Sí, me encargo. —Perico ya estaba mentalmente haciendo hueco para otra tarea más—. Y también le encargo a Vanesa que vaya al piso turístico del que denunciaron ayer otro robo. Se va a poner contentísima.

—Vale —dijo Brais.

Lo dijo tan distraído que Perico lo miró de lado. Le conocía bastante para detectar cuándo estaba en la conversación y cuándo solo sostenía las palabras por educación o por costumbre. Aquella mañana, claramente, tenía media cabeza en otro sitio.

—Y, Brais —dijo, bajando un poco la voz—, pichita mía… alegra esa cara. Ya deberías estar acostumbrado a estas mierdas.

Brais lo miró entonces. Por fin del todo.

—Precisamente es eso lo que me jode. Que estoy acostumbrado a la mierda.

Perico no respondió. Porque ahí sí que no había chiste bueno que metiera la pata menos que el silencio.

Brais empujó el coche con la cadera, se separó y se colocó mejor la camiseta.

—Lo dicho. Vamos a seguir con lo del asesinato. Yo voy a aclarar unas cosas del informe de la autopsia… y de paso me aireo.

Perico sonrió, ya oliéndose por dónde iba la cosa.

—Así me gusta. Y dale recuerdos a Lorena.

Le remató el comentario con un guiño obsceno. Brais se hizo el sordo. Pero ya iba algo más erguido.

- o -

En el anatómico-forense, reinaba una especie de silencio industrial que, junto con la penumbra y el olor a químicos, creaba un ambiente nada amigable, ni para vivos ni para muertos.

Brais entró con la excusa oficial bastante clara en la cabeza. El informe de Lorena era preliminar. Había puntos por cerrar. Podía preguntarlos. Era una excusa suficiente, aunque no perfecta, y él mismo lo sabía. Pero tampoco se iba a poner exquisito con eso.

La vio nada más cruzar la segunda puerta.

Lorena estaba de pie junto a una mesa metálica, hojeando unos papeles y hablando con alguien.

Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, como siempre que estaba trabajando de verdad, y una bata abierta sobre la ropa.

Sonreía. Una sonrisa técnica, distraída, no especialmente íntima, pero a Brais le bastó para sentir ese vuelco idiota que le daba cada vez que se la encontraba sin esperársela.

—Hola —dijo él, demasiado rápido, demasiado contento.

Ella levantó la vista y sonrió de verdad al reconocerlo.

—Hombre. Qué visita tan temprana.

Y entonces lo vio. O mejor dicho: lo vio a él. Al otro. Un auxiliar que no le sonaba en absoluto.

Casi tan alto como Brais, pero más ancho, más fuerte, bronceado incluso en aquel interior helado, con un uniforme blanco impecable y una sonrisa Profidén de anuncio de clínicas dentales.

—Brais, este es Manu —dijo Lorena—. Uno de los auxiliares nuevos.

Manu extendió la mano con naturalidad.

—Encantado, tío —le saludó mostrando su blanca dentadura.

Brais le estrechó la mano con una frialdad que habría helado una sopa.

—Ajá.

El otro no pareció darse por enterado.

—Lore, yo tengo que hacer una llamada y ahora vengo, ¿vale? —dijo Manu.

Y antes de irse le dio a Lorena un golpecito cariñoso en el hombro.

—No tardes —respondió ella, todavía sonriendo—. Tenemos trabajo.

A Brais se le apagó del todo la alegría. Fue una cosa bastante visible, aunque él confió demasiado en su capacidad de disimulo. Le cambió la cara como si alguien hubiera cerrado una persiana por dentro.

Cuando se quedaron solos, Lorena tardó solo dos segundos en darse cuenta.

—¿Y bien? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Qué te trae por aquí?

Brais se recompuso como pudo.

—Quería confirmar el informe que me mandaste. Como es preliminar…

Lorena lo miró con una expresión escéptica, divertida a medias.

—Tengo mucho lío. Ya lo sabes. Por eso han contratado temporalmente a dos auxiliares. Aunque a ningún forense, claro —añadió con una mueca de decepción—. No he podido cerrar al cien por cien un par de cuestiones, pero lo básico no debería cambiar.

—¿Qué cuestiones?

—El resultado definitivo de unos análisis que se están retrasando más de la cuenta.

Los arañazos de María. Y cerrar del todo si había mantenido relaciones sexuales recientes.

No hay señales de ello y mucho menos de que fuera forzada, pero quiero tenerlo todo bien atado antes de dar el informe por definitivo.

Brais asintió. En eso confiaba en ella más que en casi nadie. Lorena sonrió un poco más y le lanzó un vistazo que era mitad burla, mitad invitación.

—Aunque también puede ser que hayas venido a darte un voltio por aquí con la excusa del informe. Ya sabes que eres el primero a quien se lo mando siempre —le dijo con el aderezo de un guiño leve.

Brais estuvo a punto de decir que sí, o por lo menos de aflojar un poco la cara.

Pero en ese momento, al fondo del pasillo, volvió a aparecer Manu.

Venía con el móvil en la mano, sonriendo otra vez, y dijo algo desde lejos que Brais no oyó, aunque sí vio a Lorena responderle con otra sonrisa rápida y un gesto de la cabeza.

Eso bastó para que se le pusiera otra vez la cara de perro rabioso.

—También quería hablar de la uña que faltaba y de los restos que había en las otras —dijo, cortante.

Lorena parpadeó. Notó el cambio en el tono al instante.

—Ah —dijo—. Vale.

Y, casi por reflejo, se le enfrió también la voz.

—He hablado con una compañera de Científica. Están intentando identificar la procedencia exacta de los restos de las uñas.

—¿Qué restos? ¿Lapislázuli? —concretó Brais.

Lorena arqueó una ceja.

—Sí. Veo que también has hecho tu tarea.

—Pero no han encontrado la uña que falta, por lo que leí.

—No. No la han encontrado. —Lo miró con una media sonrisa que tenía ya algo de reproche—. Pero no sé por qué me preguntas todo esto si ya lo sabes. Viene en el informe que mandó Científica por correo, en el que estabais en copia tú y el subinspector Vélez, tu colega.

Brais respondió sin sonreír, tono lacónico, casi seco.

—Era por confirmar. Por si se me había pasado algo. Es un tema importante.

Lorena lo sostuvo la mirada un segundo, midiendo si merecía la pena seguir por ahí. Ella se estaba cabreando también.

—Tengo mucho trabajo, Brais. Si necesitas algo más, me lo dices ya.

Aquello sonó bastante menos amable que lo anterior. Brais asintió, tenso, como si lo hubieran pillado haciendo el ridículo y le fastidiara más el ridículo que el motivo.

—No. Ya está.

Se dio la vuelta y salió de allí mascullando para sí, entre dientes, lo bastante alto para que si alguien quería oírlo, lo oyera.

—Mis muertos a caballo. Hoy nada puede ir a peor.

Y, claro, fue decirlo y sonar el teléfono. Lo sacó del bolsillo con un manotazo.

—¿Sí?

—Brais, ¿dónde estás? —le preguntó a bocajarro una voz femenina y cortante que conocía perfectamente.

Él cerró los ojos.

—Ro… Rosa.

—Tan elocuente como siempre. ¿Dónde estás?

—¿Qué pasa?

—Que tenías que recoger a Samu.

Brais se quedó inmóvil en medio del aparcamiento lateral del anatómico, con el móvil pegado a la oreja y la sensación, muy nítida, de que el suelo acababa de inclinarse.

—Pero si es de mañana —dijo, torpemente—. ¿No está Samu en el cole? ¿Qué hora es?

Hubo un silencio. Del otro lado, Rosa se estaba conteniendo. Y eso, en ella, era siempre una mala señal.

—Qué buen policía se ha perdido el cuerpo —dijo por fin, con una ironía finísima—. Ah, no. Si ya eres poli.

Brais no dijo nada.

—Coño, Brais —siguió ella, ya masticando las palabras para no soltárselas peores—. Que es verano. El niño no tiene colegio. El fin de semana pasado, cuando hablamos, me dijiste que hoy tenías el día libre y que querías estar con él. Habíamos quedado en que lo llevabas a la playa.

Brais miró al cielo, luego al suelo, luego a ninguna parte.

—¿Yo dije eso? ¿A la playa?

El silencio de Rosa fue todavía peor que el tono.

—Te esperamos —dijo al final, muy despacio—. Y no se te ocurra tardar. He quedado.

Colgó.

Brais se quedó un segundo mirando la pantalla apagada. Luego soltó una sarta de palabrotas en voz baja, todas inútiles, todas merecidas.

Fue hacia el coche casi a paso militar.

Y justo cuando abría la puerta, volvió a sonar el teléfono.

Esta vez era Perico.

—¿Qué tal con tu amiga Lorena? —preguntó nada más descolgar, con ese tono de cabrón profesional suyo.

—Aclarado todo —dijo Brais, seco.

—Uf. Qué malaje estás. Creía que ibas a estar más alegre después de la visita a la muchacha.

—No sé a qué coño te refieres. Déjame tranquilo.

—Qué carácter, cojones. A ver… ¿y qué has hablado con la forense?

Brais metió la llave en el contacto con más violencia de la necesaria.

—Confirmar una serie de temas. Lo del lapislázuli en las uñas, por ejemplo.

—Eso ya lo sabíamos por el informe de Científica.

—¡Que sí, cojones! —gritó Brais, y hasta él mismo se dio cuenta de que se estaba pasando un poco.

Perico guardó un segundo de prudencia antes de responder.

—No veas, macho. Qué mala follá. Como dirían los de Granada.

Brais arrancó el coche.

Y, como si no hubiera pasado nada, cambió de tono y siguió hablando ya casi normal:

—Total, eso. Lo del lapislázuli, que faltaba una uña, que no la han encontrado.

—Bueno. ¿Vienes para comisaría? Podíamos ir al crucero ya. He hablado con el capitán. Un tipo… ummm… digamos especial. Me ha dicho que nos pasemos cuando queramos. Que si no está él, está el sobrecargo, que está al tanto de todo.

Brais miró el reloj del coche.

—Te llamo a las… —hizo una pausa— las dos más o menos y me das el punto de encuentro.

—¿Qué vas a hacer? ¿A quién vas a investigar? ¿Dónde estás?

Hubo un silencio breve.

Brais giró en la rotonda del hospital hacia la avenida del paseo marítimo.

—Quedamos para comer en el McDonald’s de la plaza del Hotel Playa. Comemos antes de ir al muelle de Nueva Gades, ¿vale?

Perico se echó a reír al otro lado.

—¿Cómo? ¿Hamburguesas chungas? Pero ¿dónde estás?

Brais agarró el volante con una mano y se frotó la frente con la otra.

—Voy para la playa. Recojo a Samu en casa de Rosa para llevarlo a la playa.

La risa de Perico fue ya abierta, limpia, inmisericorde.

—Ahora lo entiendo todo. Con lo que te gusta a ti la playa… y, sobre todo, charlar con tu ex.

Brais apretó los dientes.

—Pedro.

—¿Qué?

—Vete a tomar por culo.

Y colgó.

Siguió conduciendo con el mar a la derecha y el calor empezando a crecer otra vez sobre la ciudad, mientras pensaba que un cadáver, un lapislázuli en una uña, un auxiliar demasiado alto, una exmujer con memoria y un niño esperando bañador y sombrilla podían perfectamente formar parte del mismo infierno administrativo, sentimental y criminal sin que nadie, salvo él, pareciera verlo del todo.