Capítulo 8 – Latrocinio vs. turisteo 69 #3
El dueño salió entonces de detrás de la puerta. Delgado, blanquísimo, gafas finas, acento madrileño y un polo beige que hacía daño a la vista de puro impoluto.
—Claro —dijo—. Es una de nuestras consignas. La limpieza y…
—Joder —lo cortó Brais—. ¿Y cómo quiere que investiguemos si lo han limpiado y ordenado todo?
El dueño se quedó descolocado.
—Esto… yo pensaba que no vendrían. Y tenemos el piso alquilado para mañana.
—Ah, claro —dijo Brais—. Pues nada, perdone por interrumpir la rotación del turismo.
Perico intervino antes de que aquello se torciera del todo.
—Los inquilinos anteriores, ¿qué dijeron?
—Eran gallegos. Muy secos. Muy desconfiados.
—El hombre se pasó la mano por el pelo—.
Habían alquilado un coche para ir a unas calas, pero la mujer se torció un tobillo y se quedaron aquí, en Cádiz, yendo a la Victoria.
Ya la conocían de otros años. Antes de ayer llegaron al piso después de estar en la playa por la mañana.
Iban a echarse una siesta cuando vieron que la caja fuerte que ponemos a su disposición no estaba cerrada del todo.
Estaba como encajada. Allí tenían dinero en efectivo y un smartwatch .
Ya no estaban —dijo con un pretendido tono de misterio.
—¿Algo más? —preguntó Perico.
—No. Solo eso. El dinero y el reloj.
—¿Y ustedes no detectaron nada raro?
—Ellos hablaron con el de mantenimiento, con el del mono de trabajo, según dijeron…
y luego me llamaron a mí. Muy enfadados.
Que si las limpiadoras, que si yo, que si el edificio no era seguro.
Les dije que pusieran denuncia y fue cuando me soltaron que no querían perder tiempo, que la pusiera yo y que ya les avisara si aparecía su dinero.
Y que, si no, me ponían una reseña pésima.
Eso para mí es mortal, así que llamé yo.
Brais apoyó una mano en la pared.
—Tranquilo. No se vaya a atragantar charlando tanto.
El dueño parpadeó, confundido.
—¿Cómo?
—Que si robaron algo más —aclaró Perico.
—No, no. Eso solo.
—¿Y el de mantenimiento está por aquí?
—Creo que estaba en la azotea. Tenemos una zona chill-out la mar de chula. No sé si la han visto.
—Llámelo —dijo Brais—. Ande.
El hombre cogió el teléfono con un punto de enfado apenas disimulado.
—Lo llamo… Ah, mira, está ahí mismo.
Se volvió hacia la puerta.
—¡Paco! ¡Ven pacá, que está la policía!
Apareció un hombre con ropa de trabajo azul, algo encorvado, manos finas, cara vulgar de currante de mantenimiento. O eso pareció al primer golpe de vista.
—Hola —dijo.
Perico tomó la palabra.
—¿Nos puede contar qué habló con los huéspedes que estaban alojados hasta anteayer aquí?
El hombre frunció el ceño.
—No sé… Yo no recuerdo haber hablado con nadie —dijo con un tono tan displicente como su rostro—. Si acaso, algún saludo. Buenos días, buenas tardes… eso.
Brais lo miró fijamente.
—Ya, ya. Y buenas noches.
El hombre lo miró como tratando de decidir si se estaba burlando de él o si era así de fábrica.
El dueño insistió:
—Paco, hombre, haz memoria.
—Que no. —El currante empezó a enfadarse—. Que no he hablado con nadie.
Perico notó algo raro en Brais. No mucho. Una especie de atención súbita. Como si un olor le hubiera cruzado la cabeza.
El dueño, sin venir mucho a cuento, remató:
—A lo mejor se lo han inventado los turistas esos. No son de fiar los gallegos.
Perico vio a Brais tensarse nada más mencionarse a la tierra de sus ancestros. Con buen criterio, no le dejó tiempo. Se apresuró en alargarle al dueño una tarjeta con una mano y con la otra tiró suavemente de la manga de Brais hacia la puerta.
—Nos vamos. Llámenos para pasarnos el teléfono de los huéspedes.
Ya estaban saliendo cuando, a unos metros, Brais murmuró en la distancia:
— Fillo de puta…
Bajaron a la calle. El calor les recibió como una pared. Perico soltó aire.
—Encárgate tú de hablar con los huéspedes, entonces.
—¿Yo? —repuso Brais—. No. Tú. Y si no, se lo encargas a Vanesa.
Seguro que le hace ilusión la responsabilidad.
Porque nosotros tenemos que volver con el caso de la chica muerta, de María.
Que por mucho que el comisario diga que esto de los robos es preferente porque se lo ha pedido algún político de los huevos…
Perico asintió a regañadientes.
—Vale. En cuanto vea a Vane se lo digo. ¿Y qué hacemos nosotros ahora?
Brais se quedó un momento callado, mirando hacia el coche.
—Yo voy a mi despacho.
—¿Para qué?
Brais abrió la puerta del Dacia.
—Me he dado cuenta de que hay algo que seguro que nadie ha hecho aún.
Perico le hablaba a ese mal encarado e iracundo inspector de policía que tenía en frente mientras rodeaba el coche.
—¿El qué?
Brais se sentó al volante, metió la llave y dijo, ya sin ironía, con una seriedad que a Perico le llamó la atención porque le cambiaba la cara entera:
—Voy a hablar con la familia de María Gualpa, en Ecuador. Creo que es lo mínimo.
Perico no respondió enseguida.
Se sentó, cerró la puerta y miró por la ventanilla un segundo antes de volver hacia él.
—Sí —dijo al final—. Sí. Eso toca.
Y el Dacia arrancó, protestando, mientras el calor seguía cayendo sobre Nueva Gades como una orden absurda que nadie sabía ya a quién obedecer.