Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 8 – Latrocinio vs. turisteo 69 #2
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Capítulo 8 – Latrocinio vs. turisteo 69 #2

Mientras conducían, habían ido repasando el informe preliminar de la Científica entre comentario y comentario.

Entre los objetos hallados junto al cadáver de María Gualpa constaban: un bolso pequeño, un tarjetero con un carné a su nombre, una tarjeta bancaria, una tarjeta de acceso del crucero, veinte euros doblados, un paquete de cigarrillos rubios y un mechero.

El móvil, que había trasteado Vanesa el día anterior, figuraba igualmente recogido como efecto intervenido.

Faltaba un trozo pequeño del vestido. Las marcas de rueda del exterior de la conservera coincidían “casi al cien por cien” con un Porsche Cayenne.

Y en las uñas de María, excepto en la que faltaba, habían encontrado restos de lapislázuli.

—¿Qué coño tiene lapislázuli? —preguntó Brais al volante.

—Ni idea —dijo Perico—. ¿Algo del crucero? ¿Algún producto de belleza? ¿Un colgante? ¿Maquillaje raro?

—No tengo ni puta idea. —Brais golpeó el volante con la palma abierta, sin fuerza—. Habrá que pasarse también por el muelle. Y subir al barco. Y ver fotos. Me cago en mi cama.

—Las fotos no me ha dado tiempo a imprimirlas —admitió Perico—. Las que cita el informe.

—Otra cosa pendiente.

Aparcaron como pudieron en una calle estrecha del barrio rico de Nueva Gades, que era rico a su manera: edificios antiguos lavados de cara con dinero público, fachadas rehabilitadas, portales elegantes y, por arte de birlibirloque, media finca convertida al poco tiempo en pisos turísticos.

Todo muy legal, muy moderno y muy indecente.

Miraron hacia arriba.

—Segundo derecha —leyó Perico.

La finca tenía un portal agradable a la vista, pero sin alma. El telefonillo, en vez de nombres, solo mostraba números y un sistema de códigos automático para que entraran los huéspedes sin hablar con nadie. Nada de portera, nada de vecinos cotillas. Una ratonera higiénica para gente de paso.

—No hay manera de contactar —dijo Perico.

—¿No tienes el teléfono de la dueña?

—No. El poeta me pasó la llamada, pero no me dio el número.

Brais ya estaba aporreando el portal con los nudillos.

—¡Hola! ¿Nos abre alguien? ¡Policía!

Se quedaron un rato mirando hacia la fachada con cara de tontos.

—Llama al poeta —dijo Brais al poco.

Perico tecleó, esperó, torció la boca.

—No lo cogen en comisaría.

—Pues llama a Vanesa, joder. Qué poca iniciativa.

—Gili… Espera… espera. El poeta dijo que Vane se había ido.

—¡Segundo derecha! —gritó Brais, sin dejar de aporrear la puerta—. ¿Nos abren? ¡Policía!

Empezaron a asomarse vecinos de las fincas colindantes. Primero una persiana. Luego una cabeza. Luego otra y un hombre gritó desde un balcón:

—¡Deje de chillar, coño, que estoy durmiendo!

Brais alzó la vista.

—¿Durmiendo a la una de la tarde? ¡Después dicen que los andaluces somos flojos!

—He tenido turno de noche —respondió el tipo, muy seco—. Soy Guardia Civil.

Brais se quedó un segundo en blanco.

—Ah. Perdón. Perdone.

A dos balcones de distancia, un viejo con camiseta imperio soltó, encantado de participar:

—¡Esos no pueden ser policías! ¡El alto parece más un enterrador, así vestido de negro, y el bajito tiene pinta de vendedor del Círculo de Lectores!

Perico, que había empezado a reírse, se quedó de repente con una mueca congelada.

—¿Bajito? —murmuró.

Y una mujer, desde otra ventana, añadió a gritos:

—¡Los policías sois unos cabrones! ¡El otro día me pusieron una multa por aparcar mal!

Brais, ya metido de lleno en el absurdo, señaló hacia arriba con el dedo, tartamudeando del cabreo.

—¡Señora! ¡Que esos son los locales!

—¡Locales tu padre y los tuyos también, cabrones! —le respondió la mujer.

La cosa se estaba yendo de madre cuando, por fin, la puerta del portal se entreabrió y asomó un hombre más bajito que Perico, en bañador, chanclas y camiseta de tirantes, con pinta de haber interrumpido una siesta.

—Pasen, pasen —dijo—. Que esto parece el coño de la Bernarda.

Entraron bajo un abucheo disperso, entre persianas que volvían a cerrarse y alguna voz que todavía protestaba por inercia. Ya dentro, el hombre se secó las manos en los muslos y se presentó atropelladamente.

—Soy Manolo. Vivo en el primero. Les llevo al segundo.

Subieron detrás de él por una escalera estrecha. El tipo miró varias veces a Brais, sobre todo a la ropa negra, a las botas y a ese aire suyo de rockero cabreado con resaca moral.

Al final no pudo evitar preguntarlo:

—¿Sois policías, verdad? —preguntó con los ojos entornados y la sospecha pegada en la cara.

Brais lo miró de arriba abajo. Muy despacio.

—Sí. ¿Y usted es gilipollas? —respondió al final.

—¡Brais! —saltó Perico—. Perdone. Es que nos la han liado ahí fuera y… —aderezó la frase con una sonrisa beatífica—. Los inspectores y subinspectores no vamos de uniforme.

—Vale, vale —dijo el hombre, aunque siguió mirando a Brais como si aquello no terminara de convencerlo.

Llegaron al segundo derecha. La puerta ya estaba abierta. Y antes incluso de que el dueño del piso apareciera tras ella, se veía que aquello estaba demasiado limpio.

El suelo brillaba. La encimera, también. El sofá parecía recién peinado. No había una toalla fuera de sitio ni un vaso mal colocado. Brais se quedó en el umbral, miró alrededor y soltó:

—Han limpiado a fondo.